viernes, 30 de julio de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO -CAPÍTULO 15 (1ª parte)




Abrió los ojos lentamente y trató de estirarse en la cama, pero el pesado brazo aprisionando su cintura y la poderosa pierna sobre las suyas se lo impidieron. Giró la cabeza para observar al hombre que dormía boca abajo a su lado, las pieles le cubrían hasta las caderas y tenía el rostro vuelto por lo que se desilusionó al no poder ver sus hermosos rasgos.

Curvó los labios satisfecha al recordar que se habían amado como salvajes la noche anterior. Deseosa de ver que le deparaba el presente, con mucho cuidado de no despertarlo apartó los miembros que la tenían presa entre ellos y puso los pies en suelo de piedra. Miró para abajo al notar algo raro y casi se echa a reír, si tenía alguna duda de donde estaba esta desapareció al ver los juncos que plagaban el terrazo. El gesto de felicidad se le borró cuando al incorporarse todo su ser protestó dolorido. Volvió a sentarse en el lecho soltando un leve gemido. Quiso despertar al causante de sus males y darle una paliza por dejarla en ese lamentable estado, pero la sangre le hirvió en las venas cuando al cambiar ligeramente de posición, los desarrollados músculos de su espalda se contrajeron mostrándole los pequeños arañazos que los cubrían, dignas secuelas fruto de la pasión y el deseo compartidos.

Suspiró y desechó la idea de sacarlo del sueño, no podría resistir otro asalto de sexo impetuoso en ese momento, así que se dedicó a examinar el cuarto. La estancia era enorme, de gruesos muros cubiertos de tapices con escenas de batallas, una enorme chimenea ocupaba el frente y en su repisa descansaban varios cabos de velas a medio consumir, una enorme silla de gruesas patas y alto respaldo estaba apoyada en una de las paredes, una mesa con más pavesas apagadas un par de jarras y una copa, otra silla gemela a la anterior, una jofaina, un cubo de madera, un viejo espejo y una especie de arcón ricamente labrado eran todo el mobiliario. Alzó la vista hacia las pequeñas ventanas, dos para ser exactos, que dejaban entrar el aire fresco y por cuyos huecos todavía podía ver algunas estrellas brillar en el firmamento.

Se levantó de nuevo y fue hacia la más cercana, algo enredándose en sus pies la hizo detenerse, bajó la vista para encontrarse con sus vaqueros, un poco más allá estaba el sujetador y la camiseta, en la misma puerta hecho un revoltijo estaba el kilt de Aldair. Dio una patada al pantalón y se agachó a tomar su camiseta, fue hacia la jofaina y la humedeció en el agua fría con intención de pasarla por entre sus muslos para aliviar el escozor, se detuvo a contemplar su imagen en el reducido espejo, su cara mostraba signos de fatiga por la falta de sueño, su pelo estaba revuelto como si una ventisca hubiese pasado por él, justo en la mitad del cuello tenía una huella roja que en poco tiempo estaría morada, lo mismo que las que se dibujaban sobre sus senos, la señal de los dientes de su fogoso amante formaban un circulo sobre su hombro derecho y estaba segura que encontraría copias de esas marcas sobre su cuerpo si se dedicaba a  revisarlo.

Después de escurrir la prenda la llevó hacia su entrepierna y gimió de alivio al sentir la frescura. La suave brisa que se colaba por las ventanas y la sensación del frío líquido le pusieron la piel de gallina. Fue hacia el lecho y con sutileza tiró de las pieles con las que se tapaba Aldair hasta arrebatárselas y dejarlo literalmente con el culo al aire. Se la enrolló lentamente alrededor mientras observaba con detenimiento y deleite aquella maravillosa desnudez masculina, desde el oscuro cabello rubio enredado hasta las plantas de los pies, más que un hombre parecía una estatua –con cada ligamento esculpido a la perfección- o mejor aún un sueño. Colmó nuevamente las ávidas retinas con cada centímetro de piel, saciándose de su belleza y la perfección de lo que veía, deseando que se girara y le mostrara el resto de lo que poseía. Parpadeó al percibir el lunar que adornaba su nalga derecha, sintiéndose juguetona se arrodilló en el tálamo, bajó la cabeza y lo mordió dejando que su lengua acariciara aquella pequeña mancha.

Aldair se sobresaltó y se dio la vuelta violentamente, soñaba que estaba enterrado en el cuerpo de Liana cuando sintió una dentellada en el trasero, oyó un pequeño grito y abrió los ojos despavorido al ver a su mujer envuelta en la piel y despatarrada en el suelo.

— ¿Qué hacéis ahí mi señora? —preguntó apoyándose en un codo.
—Eres un salvaje –gruñó poniéndose en pie con esfuerzo— me has tirado de la cama.
—Disculpad mi torpeza –sonrió al ver su ceño fruncido—es que sentí que me atacaba un animal, aunque debéis recriminárselo a la fiera que trataba de alimentarse de mis posaderas.
—Ah —bajó la cabeza para ocultar su risa—, debió ser horrible.
—No tanto —contestó burlón— no obstante debo reconocer que si agarrara a ese bicho podría acabar con él, interrumpió un buen sueño.
—Espero que no lo encuentres, seguro que el pobre animalito no quiso hacerte daño —se ajustó aun más su improvisado atuendo.
—Siento discrepar —dijo con la diversión bailando en sus verdes orbes—, semejante osadía reclama un escarmiento—, —se sentó en el borde—, acercaos pequeña arpía.
—Ni hablar —dio un paso atrás al ver sus ojos llenos de deseo.
—Está bien —se puso en pie, mostrándole su palpitante erección—, iré yo a vos.
—Por favor Aldair —continuó caminando de espaldas hasta que chocó contra la pared.
—Debéis pagar vuestra afrenta —murmuró apoyando sus manos a ambos lados de su cuello— nadie ataca a Aldair McRea y queda impune.
—Fue una broma —musitó con la voz entrecortada cuando él comenzó a deslizar los labios por su mandíbula—. Oh para, por Dios.
—Shhh —dibujó con la lengua el contorno de la oreja— os haré mía como represalia por vuestra temeridad.
—No —protestó pegándose a su cuerpo—, te juro que no podré, me dejaste dolorida para un par de semanas.
—Podréis —aseveró tomándola en brazos para acostarla en el centro del enorme lecho— yo haré que podáis.
—Por…fav…—gimió cuando se cernió sobre ella llenando su rostro de besos— te juro…
—Dejad de protestar —de un tirón le arrancó la tela que la cubría dejándola desnuda— me habéis atacado, me habéis despertado y por ello debéis entretenerme hasta el alba.
—Estoy cansada —se mordió el labio para evitar jadear al sentir los largos dedos subir por la cara interna de sus muslos—, escocida.
—Y húmeda —agregó con voz ronca al hurgar entre sus pliegues—, empapada de deseo.
—Estás loco —alzó los brazos, se agarró a sus hombros y levantó las caderas— completamente chiflado.
—Vos me volvéis loco mujer —añadió penetrándola lentamente— loco de pasión, loco de amor.

El sol ya lucia cuando volvió a despertarse, se dio la vuelta buscándolo pero estaba sola en la cama, se estiró y bostezó con ganas hasta despejarse, iba a levantarse cuando la puerta se abrió. Una mujer entró en el cuarto. Liana la miró un momento antes de taparse hasta la barbilla. La recién llegada la miraba con los ojos entornados y un mohín de disgusto en los labios. Ella también la estudió, no era muy alta, por las arrugas que surcaban su cara tendría unos 50 años, sus ojos azules brillaban intensamente con algo parecido al desden, el cabello rubio salpicado por algunas hebras grises, lo recogía en un moño, era robusta, de anchos hombros, abundante pecho y prominentes caderas. Caminó hacia ella hasta que estuvo a unos pocos pasos de la cama.

—Nuestro señor me ordenó que os trajera esto —caminó hasta que estuvo a unos pocos pasos de ella—. Bajad cuando estéis vestida, os espera en el salón.
—Gracias —contestó.
—Daos prisa —añadió la mujer yendo hacia la puerta.
—Mi nombre es Liana —dijo, la otra se encogió de hombros y salió sin mirarla siquiera—. Adiós simpática.

<<Genial>> pensó al ver la forma en que la había tratado, <<mi primera amiga>>. Abandonó la cama, fue a la jofaina y se aseó un poco dispuesta a no hacer esperar mucho a Aldair, tomó las prendas y las observó, una falda de lana marrón, una camisola blanca y un corpiño pardo algo ajado, igualito al vestido del baile de Cenicienta, rió tirándolo todo como si quemase, sonrió feliz al ver su mochila, que creía perdida sobre una de las sillas, fue hacia ella y tras comprobar que estaba todo sacó unas braguitas negras y el sujetador a juego, luego se colocó la camisola y el corpiño y después la falda que le llegaba a los pies , señor parecía algo raro con aquellas ropas, se rascó la pierna allí donde la vasta tela le rozaba, aquella maldita saya le picaba, se la sacó tomó sus vaqueros y se calzó sus zapatillas. Sí, ahora estaba mucho mejor y mucho más cómoda, decidió antes de salir al enorme corredor.

Guiada por las voces que provenían de abajo, y con los nervios atenazándole el estomago pues no sabía con lo que se iba a encontrar ni, ni como sería recibida, Liana fue al encuentro de Aldair sin dejar de maravillarse con los detalles que iba descubriendo, las pequeñas ventanas, los enormes tapices, las antorchas que descansaban en sus bases, los muebles que encontraba a su paso y  relucían de limpios, así como el suelo que parecía emanar un delicioso aroma a lavanda de entre sus  juncos frescos.
Bajó las empinadas escaleras en dirección al lugar donde la gente reía y hablaba. En el último peldaño se obligó a levantar la cabeza y ver que la deparaba, se encontró ante una multitud que poco a poco empezaron a guardar silencio y que la miraban fijamente. El corazón le martilleó en el pecho, por primera vez desde que había llegado era consciente que estaba en la Edad Media —alucinante— y de que los que la rodeaban eran completos desconocidos.

Aldair se puso en pie en cuanto la vio llegar, maldijo para dentro al ver su vestimenta, los pantalones se ceñían a sus muslos y caderas de forma pecaminosa, el corpiño se le ajustaba a la cintura y había apretado tanto las cintas que los pechos asomaban por encima del cuadrado escote escapando de la protección de la camisola. ¿Dónde diablos estaban las prendas que ordenó que le enviasen? ¿Las que personalmente había escogido de la lavandería?, algo decente y discreto para la ocasión. Apartó la silla y caminó a su encuentro examinando con detenimiento a su gente, no sabía si reír al ver el asombro reflejado en sus rostros, o sacar su espada y comenzar a dar mandobles a diestra y siniestra hasta que todos y cada uno de sus hombres cerraran la boca y dejaran de mirar a su mujer de aquella lujuriosa manera. Cuando llegó al pie de las escaleras estiró el brazo y le ofreció la mano que ella aceptó temblorosamente, le dio un ligero apretón para hacerle saber que estaba a su lado.

—Venid Liana —dijo en voz alta y clara— quiero que conozcáis a mi gente, que de ahora en adelante también será la vuestra.

Asida a su mano caminó por entre aquellas personas que parecían haber visto a un monstruo de dos cabezas, los susurros se intensificaron conforme iba atravesando el salón hasta que él la llevó la gran mesa y la instó a sentarse, restregó las sudorosas palmas en sus vaqueros y ojeó a los presentes asombrándose de la diversidad de gestos que mostraban sus rostros, unos fruncían el ceño, otros la miraban pasmados, muchos mostraban su disgusto y sólo unos pocos sonreían abiertamente.

Aldair permaneció de pie estudiando a su vez la reacción de los suyos, la noticia de su regreso, así como que había traído a una mujer de otro tiempo corrió de boca en boca. Desde que el sol empezó a salir por el horizonte hombres, mujeres y niños habían ido llegando para saber y sobretodo para ver a aquella muchacha. Llevaban horas esperando, pero entre las emociones,  el susto y el cansancio de la noche en vela, prefirió dejarla dormir y reponerse. La miró de soslayo y la vio cabizbaja, retorciéndose los dedos convulsivamente. Tomó su jarra y bebió un largo trago. Nadie se movía, nadie hablaba, el silencio era ahora tal que se podía cortar, todos esperaban expectantes que comenzara su discurso.




Continuará...

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martes, 27 de julio de 2010

-CONQUISTADO POR UN SUEÑO — CAPÍTULO 14 (2ª parte)-





El gruñido que escuchó al dejar caer la bolsa le impulsó el ritmo cardíaco a cien por hora poniéndole los pelos de punta. No moriría sin plantarles cara, así que por muy ridículo que pareciese les apuntó con su bote de colonia, sujetó con ambas manos el frasco sin llegar a lograr que esté dejase de oscilar por el temblor que la poseía.
Menuda imagen estaba dando, digna para salir en los periódicos:

Joven escocesa regresa al pasado y logra salvar su vida de una jauría hambrienta de lobos, con un simple vaporizador de su fragancia preferida.
“Por lo que más quieras, Liana, vas acabar devorada y tú no haces más que pensar en tonterías”.

—Quizá esto con lo que... os amenazo os... os parezca una ridiculez –balbuceó, agitando el contenido que llevaba entre las manos—, pero os aseguro que puede hacer daño, puedo confirmároslo por experiencia propia—, el lobo que parecía el líder dejó de gruñir y ladeó de nuevo la cabeza—, y no sabéis lo que escuece.

El animal se sentó y Liana hubiese apostado toda su ropa interior que le vio sonreírle.

—Pues si que habéis cenado bien –murmuró con el ceño fruncido—. Pero lo mismo luego os apetece algo de postre y no pienso hacer de tarta, así que largaos ¿si?

Para dejar bien claro que no tenían intenciones de hacerla caso, todos se sentaron contemplándola con las orejas tiesas.

—¿No veis que tengo poca carne? En realidad soy todo hueso, aliviaría vuestra hambre bien poco. Marchaos, joder.

No sabía si reír o llorar, lo que tenía muy claro es que esa actitud la estaba alterando mucho y con los nervios siempre venía el enfado. Lo que no iba a consentir es que la siguiesen asustando de esa manera, estaba harta de tener el estómago encogido, si se la iban a comer pues que lo hicieran ya, pero se negaba a que se quedasen observándola toda la noche, con la angustia de no saber cuando se abalanzarían a por ella.

—No me obliguéis a ser cruel —les enseñó la botella en gesto amenazante—. ¡Dejadme en paz!—, al ver que los animales se levantaron, pero no se decidían a dar la media vuelta e irse, perdió el poco control que poseía—. ¡FUERA!—, gritó a pleno pulmón hasta quedarse sin un hálito de aire.


El corazón dejó de latirle cuando vio toda esa jauría salvaje delante de ella, para volver a bombear con energía al espolear con más ímpetu a su caballo e incitarle a coger más velocidad. Vociferó su nombre agitando la tea al viento para espantar a los animales, no permitiría que aquellas fieras tocaran ni uno solo de sus cabellos, al menos no sin luchar.
Liana giró su rostro y sin pensar en lo que podría suceder, echó a correr hacia él.
Aldair aferró la espada fuertemente entre su puño, preparado para atacar si decidían agredirla, pero todos se dieron la vuelta y corrieron para perderse entre la espesura del bosque. Guardó su arma al verificar que ya no había peligro alguno, aminoró la galopada y cuando llegó a su altura se agachó y sujetándola por la cintura, la levantó en volandas para sentarla delante de él.

—Os tengo –susurró con los labios apoyados en su coronilla, mientras la apretaba fuertemente contra él—. Ya no os soltaré nunca más.
—Eso dijiste antes y mira lo bien que cumpliste tu palabra pedazo cabrón —espetó pegándole un puñetazo en el pecho antes de enterrar su cara en su hombro—. Abrázame fuerte, haz que consiga dejar de temblar.
—Estáis a salvo, mi amor. Os lo prometo.
—No volverás a desaparecer ¿verdad?
—Jamás.
—¿Seguro? –se separó levemente para poder mirarle.
—Os lo juro por mi vida –rozó los labios con los suyos—. No os podéis imaginar el miedo que pasé al no encontraros junto a mí, os he buscado durante horas, temiendo que quizá...
—¿Quizá qué?
—Que os hubierais quedado allí, dejándome solo –continuó besándola—, hubiese muerto sin vos a mi lado.
—No –acarició con la mano libre la dureza de su mandíbula, la incipiente barba raspó su piel—, soy yo la que hubiese muerto, hace mucho que no concibo mi vida sin ti, te amo tanto—, una única lágrima rodó por su mejilla y él la atrapó con los labios—. Creí que nunca diría esa palabra, pero tú has logrado que naciese en mi interior y creciese hasta hacerse grande y poderosa. Te pertenezco, Aldair.
—Yo os pertenezco a vos, para siempre.
—Para siempre –repitió deslizando la mano por su nuca, atrayéndole mientras embestía su boca con la lengua.

Aldair la atrapó con la suya, en un besó hambriento y avaricioso. Jamás se cansaría de esa mujer y de su sabor, ella estaba bien arraigada en su corazón y allí permanecería hasta su último aliento.
La acercó más a él, restregando su dureza contra su cadera y absorbiendo el suave gemido que escapó de su garganta. Tenía que controlarse o la posicionaría frente a él, le arrancaría la ropa y la tomaría sin importarle estar sobre el caballo.
Un carraspeo cercano y el sonido de risas, le obligó a soltar su deliciosa boca. Había estado tan ensimismado que no se había percatado que sus hombres se habían acercado. 

—Vemos que la dama se halla sana y salva –comentó Mervin con una gran sonrisa.
—Sana está, pero salva... —dijo Kai riéndose.
—Así es –confirmó sin dejar de mirarla e ignorando al bromista del grupo—. Vuestra señora no sufrió ningún daño—, curvó el entrecejo—, no lo sufristeis ¿verdad?
—¿Te parece que estoy lesionada? –le vio negar repetidamente—. Aunque...—, acercó la boca a su oído para que nadie más pudiese escucharla—, hay partes que están doloridas por falta de atención y apostaría cierta prenda —pasó el dedo por la tela enrollada en su muñeca—, que tienes algo con lo que poder aliviar esta desazón.

El miembro de Aldair dio un pequeño salto al imaginarse la escena, dejando escapar una estruendosa carcajada y agradeciendo silenciosamente la poca timidez que ostentaba Liana.

—Recoged las cosas de vuestra señora y llevadlas al castillo —ordenó a sus hombres sin apartar la vista de ella—, me adelantaré, la dama necesita reponerse del susto sufrido.

Sin hacer caso a las risitas que oyó a su espalda, dio la vuelta al caballo y aferrando a su preciosa carga se perdió en la espesura del bosque camino a su fortaleza. Ya habría tiempo de presentarla a sus hombres, ahora debía llegar a su cuarto a la mayor brevedad posible y poseerla hasta el agotamiento.
El regreso se hizo eterno, con ella depositando húmedos besos en su cuello y deslizando los dedos por el tórax, sintiendo las uñas rozándole de vez en cuando y deslizando los dedos por el tórax hasta pararlos justo en el borde del kilt, para volver a subirlo con las uñas rozándole.

Bajó con dificultad de su montura, clavó la antorcha en el suelo y la tomó inmediatamente en brazos, entregó al vuelo las riendas de Dúshlán al muchacho con cara de sueño que apareció a la carrera, ordenándole mientras echaba a andar que le diera un buen cepillado y doble ración de avena.
La evidencia de su ardor saltaba a la vista, sólo esperaba no encontrarse con ninguno de los sirvientes pululando por los alrededores. Al poner un pie en el primer escalón para subir a sus aposentos, una voz tras él lo detuvo.

—Veo que la habéis hallado, ¿cómo se encuentra la dama?
—Bien padre –respondió entre dientes y mirando a su progenitor por encima del hombro, estaba a punto de explotar y el simple hecho de articular una palabra suponía una tortura—, mas algo quejumbrosa por el viaje y el susto.
—Sospecho que eres tú el que está fastidiado –murmuró entre suaves risas Liana—, no lo niegues, puedo notarlo.
—Pienso vengarme de vos, señora –amenazó con la voz baja.
—Uuu, me muero de miedo.
—Juro que os haré suplicar.
—Perdonad que interrumpa vuestra amena charla –manifestó Baldulf, intentando no reflejar la risa que le producían esos dos, ¿de verdad creían que no les estaba escuchando? Por Dios, estaba mayor, no sordo—. Pero si nos os importa, Aldair, me gustaría que me presentarais a vuestra invitada.
—Os presento a Liana, padre –echó a andar de nuevo—, comprenderéis que ahora no es el momento indicado, necesita reponerse de las impresiones será mejor que la lleve al aposento para que pueda descansar, mañana os la presentaré como Dios manda.
—Encantada de conocerle, señor –afirmó Liana ya arriba de las escaleras—, me gustaría quedarme a charlar con usted, pero su hijo tiene razón, necesito llegar rápidamente hasta la cama, porque le juro que como no lo haga moriré
—El placer fue mío, hija –espetó antes de echarse a reír, era bueno ver a su hijo sonrojado como cuando era un muchachito y lo pillaba en alguna travesura y la muchacha parecía simpática, aunque con el pelo excesivamente corto, bueno, ya habría tiempo para conocerla y que le explicara el motivo de semejante barbarie.
—Sois una desvergonzada —aseveró pellizcándole en la nalga y aligerando el paso para llegar a su alcoba mientras ella le devolvía el ultraje en forma de mordisco.

Al llegar al dormitorio abrió la puerta y la cerró tras de si con el pie, avanzó hasta el lecho depositándola en él. Se deshizo de su arma que hizo un estridente sonido al chocar contra el suelo y de sus ropas y sin miramientos, la desnudó. Se estaba comportando como un salvaje, pero por los sonidos que emitía Liana sabía que no le molestaba, elevó una plegaría por su buena suerte porque ahora mismo no se veía capaz de ser delicado. La quería desnuda y lista para entrar en su interior y hacerla gritar presa del placer. Su pene palpitó llorando de impaciencia cuando pudo contemplarla sin una sola prenda. Ese hermoso cuerpo era sólo y exclusivamente suyo. Deseaba besar toda la extensión de su satinada piel, succionar los sonrosados picos que coronaban sus senos, enterrarse entre los dorados muslos y lamer la cremosidad que fluía entre ellos. Sus manos se deslizaron entre sus piernas, la sintió estremecerse cuando resbaló dos dedos en su húmedo interior, y entonces cometió la torpeza de imaginar su verga deslizándose en su adorable y cálido agujero, Señor, si no se sepultaba ahora mismo dentro de ella, acabaría abochornado por explotar sobre alguna parte de esa exquisita figura.
Tiró de sus piernas acercándola más al borde la cama, se las posicionó sobre sus hombros, tomó el firme trasero entre las manos y con un fuerte impulso de sus caderas, enterró su erección hasta la empuñadura. Un fuego abrasador le recorrió de arriba abajo terminando en su glande y si en algún momento tuvo la intención de ser delicado, se esfumó cuando su terciopelo lo envolvió. Aferrando las nalgas con más fuerza, empezó a salir y entrar de ella moviéndose con un duro ritmo dentro de su apretada vagina.

—Fuisteis creada para mí, Liana –gimió al bajar la vista hacia el lugar donde estaban unidos.

Comenzó a penetrarla con más ímpetu, sus empujes se aceleraron hundiéndose en su cuerpo con movimientos cada vez más rápidos.

Ella abrió los pesados párpados, sintió la llegada del orgasmo al ver como la penetraba con precipitadas y duras estocadas, enviándole vibraciones de puro placer. Elevó la mirada quedando atrapada en los verdinegros y fieros iris y de pronto la luz la llenó, balbuceó el nombre de Aldair convulsionándose cuando las olas del clímax la cubrieron, ahogándola en la pasión.

Con los apasionados sollozos de Liana resonando en su cerebro y los músculos de su femineidad agarrándole hasta el delirio, dio la bienvenida al potente orgasmo que le atravesó como un electrificante relámpago, su gemido de liberación sonó alto y sus estremecimientos parecían no tener fin.
Con el resuello entrecortado, se retiró a regañadientes de su cuerpo, el suave sonido de protesta que ella dejó escapar fue música para sus oídos, se tumbó a su lado y la atrajo hacia él rodeándola con los brazos. Percibir los desbocados latidos del corazón de su amaba junto a los suyos era uno de los placeres que antes de ella ni le había prestado atención.

Con la respiración estabilizada reptó al centro del lecho llevándosela consigo, reposó la cabeza en la mullida almohada y dejó descansar la de ella en el hueco de su cuello, le gustaba el cosquilleo que le producía su aliento al rozarle la piel y experimentar el escalofrío que los traviesos dedos le producían al juguetear con el vello alrededor de su pezón.

—¿Esto fue la venganza? –besó la empapada garganta, al tiempo que desplazaba una de sus piernas por encima de las de él.
—¿Acaso suplicasteis clemencia? —interrogó con los párpados cerrados y una ladeada sonrisa.
—No.
—Pues ahí tenéis la respuesta.

Ella soltó una risita mientras escurría la mano hacia el firme vientre, le fascinó la ondulación de sus músculos y como se le tensaba el estómago por sus caricias. Dejó arrastrar la palma hacia su pene y empezó a acariciarle muy despacio,  enardeciéndose con el gruñido que escapó de la garganta masculina jugueteó con las suaves bolsas, lo sintió temblar y crecer entre su puño mientras lo movía arriba y abajo sobre la enorme verga. Sonrió complacida cuando se tensó y una gota de esencia floreció en la gruesa cabeza.

—¿Sabías que mientras te buscaba en Calton Hill, muerta de miedo por la oscuridad que me rodeaba y el temor a no encontrarte a tiempo, prometí matarte? –escuchó un rudo gemido en respuesta.

Se incorporó y sin darle tiempo a asimilar sus palabras, se sentó a horcajadas sobre sus muslos y cerrando con firmeza los dedos a su alrededor se inclinó sobre él, recorriendo la ancha punta y lamiendo la brillante lágrima. Cuando a Aldair se le escapó un retumbante jadeo, alzó la vista para contemplar su desencajado rostro, una sonrisa de satisfacción iluminó la de Liana.

—Yo también cumplo mi palabra, cariño, y como hice la promesa antes que la tuya..., prepárate a morir.

Rodeó uno de los sacos con los labios y lo chupó al tiempo que lo acariciaba con la lengua, los abundantes gemidos de Aldair resonaron en el dormitorio, confirmando que este tipo de muerte le complacía. Arrastró la lengua a lo largo de toda su longitud, apreciando su estremecimiento, lamió la cima paladeando su delicioso y salobre sabor, absorbiendo el almizclado olor a deseo que emanaba su cuerpo. Continuó lamiendo a lo largo de su longitud, disfrutando de las sacudidas que aquello producían en su órgano, percibiendo como la excitación empapaba sus muslos. Gimoteó al envolver el enrojecido glande alrededor de sus labios.
Las grandes palmas de Aldair fueron a su cabello para impulsarla hacia abajo.

—Manos fuera –advirtió, soltando pequeños soplidos sobre él—. Yo inventé el juego, yo pongo las reglas.
—Vais a acabar conmigo, Liana –aseguró con los ojos en llamas.
—No lo dudes ni por un instante.

Arremolinó su lengua sobre la cabeza de su pene, impidiendo que él le replicase.

Las caderas de Aldair se arquearon buscando introducirse en su húmeda cavidad, agarró las ropas de la cama con fuerza para evitar tocarla. Si ya sería difícil sobrevivir a las sensaciones que le quemaban al recorrerle el cuerpo como la lava de un volcán,  ver como era engullido por su adorable boca marcaría por siempre sus más delirantes sueños. Un bufido escapó de su reseca garganta cuando ella abandonó su tarea.

Liana acunó el endurecido escroto y con deliberada lentitud arañó la sensible piel, al escuchar el ronco jadeo apretó las manos firmemente alrededor de la base de su hinchada erección y lánguidamente comenzó a estimularle.
Se embelesó observando la transformación del rostro de Aldair quedando cautiva por los sensuales sonidos que salían de él.
Se inclinó de nuevo y sin dejar de tocarle lo acogió nuevamente en su boca, rozándolo con los dientes y aplicando una intensa succión.

Jadeó y gritó echando la cabeza hacia atrás, moviendo las caderas hacia adelante cuando se encontró en su embriagador interior. Iba a perder el poco control que le quedaba y no podría evitar derramarse dentro de su boca. Abrió los puños soltando la arrugada ropa y separándose de sus enloquecedores labios, la alzó, girando con ella y posicionándola debajo de él, acalló su protesta con un hambriento y salvaje beso. Con un gruñido estrangulado embistió en ella, deslizándose del todo en su acogedora y ardiente vagina. Sus bíceps se pronunciaron al apoyar las manos a cada lado, mientras Liana le enroscaba las piernas alrededor de las caderas abriéndose a él para sentirlo lo más hondo posible. Comenzó a moverse dentro de ella con feroces y rápidos embates, enterrándose en su tórrida carne una y otra vez.

Liana clavó las uñas en la nervuda espalda al empujar su pelvis contra la de él con desesperación, sin previo aviso su cuerpo se tensó por el clímax que la dejó temblando, mientras Aldair continuaba penetrándola con más y más fiereza,  los músculos de su vientre se contrajeron cuando la ardiente sustancia de él la inundó y lo escuchó pronunciar su nombre entre los espasmos que a ambos los sacudían.


Aldair se dejó caer sobre ella con cuidado de no lastimarla,  era consciente que debía liberarla de su peso, pero apenas si tenía fuerzas para respirar. Sintió el corazón de Liana cabalgando firmemente contra su pecho y los brazos deslizarse por su espalda. Como pudo levantó  la cabeza para encontrarse con sus ojos que aún lucían vidriosos y empañados por el placer.

—Podéis matarme todas las veces que os plazca..., contáis con mi beneplácito.

Un dulce risa resonó en sus oídos al posicionarse de nuevo en el hueco de su garganta.
   



  Continuará...


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domingo, 25 de julio de 2010

SIGNOS ZODIACALES Y SU PEQUEÑA LEYENDA

Y con el signo de Piscis llegamos al final del horóscopo.
Esperamos que os hayan gustado estas entradas semanales.



Símbolo Los Peces: Representa la personalidad y el alma nadando en direcciones opuestas a pesar de estar unidas.
Planeta regente: Neptuno.
Elemento Agua: Se le asocia con la sensibilidad la compasión. La ilusión y el entusiasmo duran muy poco.
Cualidad Mutable: Flexible y adaptable.
Color: Verde mar.
Metal: Estaño.
Parte del cuerpo: Pies y glándulas.
Frase clave: Yo creo.
Palabra clave: Unidad.

La leyenda:

Cuenta la mitología que Afrodita sedució al gigante Tifón. Viendo que éste se obsesionó con ella, decidió escaparse con la ayuda de Cupido, pero cuando llegaron al río Eufrates les fue imposible cruzarlo a nado pues Tifón con sus poderes revolvió sus aguas, viendo sus esperanzas truncadas se arrojaron a él convirtiéndose, con un pequeña ayuda exterior, en peces, llegando a la otra orilla donde se salvaron puesto que esa zona estaba prohibida para el gigante.
Para conmemorar este acontecimiento, Minerva colocó a los peces en el firmamento.

Otra leyenda cuenta que Derceto ofendió a Venus y entonces la diosa le inspiró una pasión ciega hacia uno de los que le ofrecían sacrificios en el templo (Caístro). De esta pasión nació una niña, Semíramis, que llegaría a ser reina de Babilonia. Después de nacer su hija, también por obra de Venus, acabó el amor que Derceto sentía por ella, y al que siguió el conocimiento de su falta y la vergüenza de haberla cometido. Derceto, llena de ira, abandonó a su hija, hizo matar al hombre a quien había amado y se arrojó al agua dispuesta a darse muerte, Poseidón irritado, la trasforma en un ser mitad mujer y mitad pez: la primera sirena.

Famosos nacidos bajo este signo:

Frederic Chopin, Albert Einstein, Edward Kennedy, Miguel Angel, Gabriel García Márquez, Luis Buñuel, Sara Montiel, Benicio del Toro, Carlos Baute, Dakota Fanning, Eva Mendes, Javier Bardem, Jennifer Love Hewitt, Rihanna y Sharon Stone.
 

viernes, 23 de julio de 2010

-CONQUISTADO POR UN SUEÑO — CAPÍTULO 14 (1ª parte)-




Sólo una palabra ocupaba su mente en estos instantes: MIERDA, y por más que lo intentaba, mientras giraba despacio sobre sí misma para tratar localizar a Aldair y al mismo tiempo hacerse una idea de donde narices se encontraba —algo materialmente imposible, ya que estaba rodeada de grandes árboles y la oscuridad le impedía ver a través de ellos—, no era capaz de pensar en otra cosa que no fuese lo perdida y sola que se hallaba en una tierra desconocida.

Se retorcía los dedos compulsivamente y su respiración se aceleraba a un ritmo vertiginoso, hasta llegar a pensar que se desmayaría de un momento a otro presa de la ansiedad y encima sin una maldita bolsa de plástico a la que echar mano, “mierda”.

—Vale Liana, cálmate, así no vas a lograr nada –se llevó las palmas al estómago—, repite conmigo y con tranquilidad, aspira..., espira..., aspira..., espira..., aspira..., espira...

Con la última exhalación logró que sus pulmones no quisiesen explotar y que su cuerpo se relajase un poco, pero todo se fue al traste cuando a lo lejos escuchó el aullido de un lobo.

—Oh, joder —sollozó arrodillándose y llevándose las manos a la cara, apoyó la frente en la tierra notando la frescura de la hierba en su piel—. ¿Dónde estás, Aldair?—, se dejó caer de lado, abrazándose las piernas fuertemente contra el pecho—. No me dejes sola...



Se hallaba de nuevo en su cuarto, justo en el mismo sitio donde había desaparecido hacía ya unas semanas. El regocijo que sintió al encontrarse  por fin en Ceann-uidhe, desapareció enseguida al comprobar que Liana no estaba con él.

—¡Maldita sea! –bramó enfadado consigo mismo por no haber sabido cuidar de ella tal y como se lo prometió.

Tras envolver bien el medallón y guardarlo a buen recaudo, presa de la preocupación tomó su espada que descansaba donde la había dejado encima de la mesa y salió como alma que lleva el diablo en su busca. Liana estaba sola y sin duda asustada en algún lugar dentro de sus extensas tierras, ¿y si se encontraba también en peligro? Negó apartando de si esos oscuros pensamientos, ella estaba bien y pensaba hallarla aunque fuese lo último que hiciese en esta vida, ahora que estaba a su lado no iba a permitir que nada ni nadie se la arrebatara, nunca.
No bien había dado unos pasos cuando chocó contra una encogida figura, a la que sujetó por los brazos para que no cayese.

—Mirad bien por...
—Padre –musitó emocionado.
—Hijo mío, habéis vuelto.

Se abrazaron brevemente, pues el júbilo del reencuentro no hizo olvidar a Aldair su cometido.

—Los dioses han escuchado mis súplicas —dijo el anciano conmovido agarrado a los antebrazos de su vástago—, decidme ¿habéis...?
—Ahora no padre —interrumpió—, he de reunir a los hombres y partir de inmediato.
—Pero hijo si apenas acabáis de llegar —añadió con preocupación al ver su demudado rostro—, debéis descansar y reponer fuerzas.
—Lo haré más tarde —aseguró—, cuando la haya encontrado.
—¿Encontrar a quién? —preguntó extrañado.
—A Liana —sin más se marchó dejando al antiguo Laird en medio del pasillo.

Baldulf McRea se quedó en el sitio sorprendido por el comportamiento de su muchacho, ¿Liana?, ¿era acaso ella la causante de ese brillo en los ojos de Aldair y de ese miedo que se reflejaban en ellos?  Tenía que averiguarlo y quedándose ahí parado poco podría hacer, así que echó a andar y más rápido de lo que cabía esperar en un hombre con sus años y sus achaques, aun así cuando llegó al patio su hijo ya había convocado prácticamente a todos los hombres y las antorchas que portaban iluminaban el lugar, haciendo que pareciese de día. Sonreía agradeciendo la bienvenida que venía en forma de numerosas palmadas, enérgicos abrazos y alguna que otra palabra, los agasajos terminaron cuando uno de los mozos se acercó con su bello y enorme semental y de un salto Aldair montó en él. La curva de sus labios desapareció siendo ocupada por un rictus severo, mientras se removía  impaciente sobre su cabalgadura esperando a que los jinetes ocupasen su lugar en las monturas que poco a poco eran traídas al patio y guardasen silencio. Al ver que la algarabía no sólo no cesaba sino que iba a más con la llegada de nuevos aldeanos, levantó el brazo con el que sujetaba la tea haciéndoles callar.

Una mezcla de satisfacción y desazón lo recorrían a partes iguales cuando vociferando fue dando órdenes a los que encontraba a su paso, la gente se fue arremolinando en el patio a su llamada con sus rostros iluminados de felicidad por su regreso, fueron muchos los que lo saludaron y lo recibieron con beneplácito. Se sentía feliz por ellos puesto que tenía en su poder la llave de su libertad, pero tanta dicha no estaría completa hasta que la poseedora de su corazón estuviera sana y salva a su lado. Desde lo alto de su caballo silbó y agitó en el aire la antorcha que portaba para que los suyos fijaran su atención en él y en las palabras que iba a dirigirles.

—Necesito vuestra ayuda para buscar a una mujer.
—¿Y desde cuando necesitáis ayuda para eso, señor? –preguntó uno de los reunidos, causando la risa de los presentes.
—Muy gracioso, Kai –masculló fulminando con los ojos al que había hablado, pero prestamente su mirada se suavizó al describirla—. Se trata de una muchacha, su suave y negro pelo está cortado rozándole la nuca, es alta y hermosa como ninguna otra que hayáis visto y sus largas piernas están cubiertas por unos extraños pantalones.
—¿Estáis seguro que se trata de una hembra, señor? Por la descripción más parece un bastardo inglés.
—Otra tontería más, Kai y haré que os cosan la boca amenazó rechinando los dientes y cogiendo con fuerzas las crines de Dúshlán, haciendo que éste se moviese inquieto.
—Perdonadme, señor –balbuceó el aludido avergonzado al haber ofendido a su Laird.
—¡No admito jacarandas con esto! –gritó mirando a todos sus hombres detenidamente—. Se trata de Liana, vuestra futura señora. Así que  dispersaos por todas partes y no dejéis ni un solo recoveco sin avistar.

Baldulf sonrió para sus adentros, al parecer aquel grandullón del que se sentía tan orgulloso había encontrado esa dama que tanta falta le hacía y por el tono de su voz al detallarla y por como se enfadó con unas simples e inofensivas burlas, estaba claro que era muy importante para él. Dejó escapar una carcajada, su hijo estaba enamorado y no sabía por qué, pero tenía el presentimiento que esa relación daría que hablar.
Rezó para que fuese hallada sana y salva.

Con Aldair en cabeza, todos pusieron inmediatamente a sus monturas al trote, lentamente el fuego de las antorchas se fue difuminando al perderse en la oscuridad.


Cuando veía a alguno de sus hombres aparecer, la esperanza brotaba dentro de su pecho para morir dolorosamente al oírles decir siempre lo mismo: “lo sentimos, señor, pero no hemos tenido suerte”. ¡Maldita sea su mala estrella! La incertidumbre empezó a hacer mella en él ¿y si por una mala jugada del destino se había quedado en su época? No, se negaba a creer semejante atrocidad, sentía en sus entrañas que ella estaba ahí, sólo tenía que escudriñar mejor, con más ahínco y pronto la encontraría.
Contempló la gran extensión de terreno que se presentaba ante él, prácticamente lo habían revisado todo menos lo más complicado, el bosque. Tantos árboles y rocas entorpecerían la búsqueda, pero no se daría por vencido. Azuzó a Dúshlán para ponerlo al trote, se adelantaría a sus hombres y sería el primero en adentrarse en su interior.
Al llegar al comienzo de la arboleda, varios puntos luminosos de color ámbar le dieron la bienvenida, el caballo se movió nervioso en el sitio y Aldair le acarició el cuello para tranquilizarlo.

—Shh, amigo, no se atreverán a meterse con nosotros.

Sacó su espada y presionando con las piernas en el flanco del animal, éste empezó a caminar adentrándose entre el espeso follaje. Las abundantes y largas ramas le obligaban a agacharse continuamente, pero se mantuvo encima de su cabalgadura, los lobos que les seguían el rastro guardando las distancias no se aventurarían a atacar si se mantenía a esa altura con el fuego en su poder y si lo hacían, no sobrevivirían al filo de su arma. Enseguida se olvidó de ellos, los rayos de la luna eran incapaces de atravesar la frondosidad de los grandes árboles y con sólo la luz de una antorcha no era suficiente para ver con claridad, que además fuera vestida con ropajes oscuros no ayudaba mucho. Sólo le quedaba hacer una cosa, lo mismo que había hecho durante horas.

—¡Liana! ¡Contestadme, Liana!

Gritaría hasta quedarse ronco, pero que cayese fulminado en ese mismo instante si no retornaba a su hogar con ella entre sus brazos.

—¡Sé que estáis ahí! –voceó haciendo rodar la llama de un lado a otro, prestando especial atención para no rozar las hojas y sin perder detalle de todo lo que le rodeaba—. ¡Decidme algo, Liana!

A sus oídos llegaron tenuemente unas voces, miró hacia atrás, pequeñas llamaradas se agitaban flotando en la nebulosidad que les envolvía, sonrió aliviado, con la ayuda de su gente sería más fácil localizarla.

Hizo que Dúshlán se parase con una leve presión en los costados, quizá su mente le estaba jugando una mala pasada, pero juraría haber escuchado un sonido conocido, justo cuando se disponía a llamarla una vez más, una brisa nocturna trajo consigo un grito femenino rompiendo el silencio que le rodeaba, “Liana”. Hostigó al animal a ponerse al galope y maldijo cuando este rehusó la orden, sabía que era imposible cabalgar velozmente por entre aquellos árboles, aun así insistió en acelerar la velocidad del paso sin preocuparse de las ramas que arañaban su piel, dispuesto a matar a cualquiera que osase tocarla. Daría con sus huesos en el infierno antes que consentir que le pasase nada malo.



El ruido de alguien, o algo, olisqueando el aire le hizo levantarse de golpe. Un enorme lobo gris que estaba a unos pocos metros de distancia, la miraba con la cabeza ladeada, parecía inofensivo, pero por muy pariente cercano que fuese de los huskys y de los malamuten, se trataba de la oveja negra de la familia y no debía olvidarse de eso, sobre todo cuando dicha familia empezaba a aumentar de forma escandalosa, empezó a contar hasta llegar a la indecente cifra de diez cánidos, todos con poderosas mandíbulas, repletas de afilados y abundantes dientes que en cualquier momento podrían desgarrarla sin ningún problema. Aunque debía tocar madera, pues estos seguían bien guardados y con suerte seguirían así, sólo esperaba que recién se hubiesen dado algún festín y la dejasen en paz.

¿Cuánto tiempo más aguantarían, tanto ella como ellos, sin hacer nada más que estudiarse? La respuesta vino rápida cuando el que parecía el jefe, levantó su pata derecha y empezó a acercarse a ella seguido por todos los demás. Su réplica tampoco se hizo de esperar, apresuradamente se quitó la mochila y rebuscó en su interior algo con lo que defenderse sin dejar de observar al lobo que tenía enfrente y que se había parado de nuevo contemplándola, sólo que esta vez los belfos se elevaban haciéndole ver unos largos y blancos colmillos.
Lo había dejado todo por el amor de su vida y ahora no sólo no estaba con él, sino que iba a morir de un modo que nunca antes se le había pasado por la cabeza.

Continuará...

GRACIAS POR LEERNOS Y COMENTAR.

jueves, 22 de julio de 2010

PREMIOS ESPECIALES PARA UNAS AMIGAS QUE TAMBIÉN LO SON

Y aquí estamos de nuevo para seguir con nuestros premios especiales. Esta vez les toca a dos chicas de las que nos sentimos orgullosas de llamar amigas bloggeras, porque lo son y mucho.

Empezamos con Karol Scandiu de http://deseoyoscuridad.blogspot.com Nos conocimos hace algunos meses y lo que empezó siendo unos saludos en nuestros respectivos chats, se fue expendiendo poco a poco hasta que lograste hallar un hueco en nuestros corazones y ahí te quedaste. 
Ella dice disfrutar con nuestras historias, pero es que tú nos haces vibrar con las tuyas y tan pronto logras que nos muramos de miedo como que babeemos como si fuéramos bebés.
Nos alegra mucho haberte conocido.
Sigue así, Karol, llegarás lejos.



Continuamos con Laqua de http://laquasv.blogspot.com Esa argentina resultó que nos seguía desde hacía mucho tiempo y nunca había dicho esta boca es mía, hasta que un día se decidió y desde entonces nos saluda y nos comenta (sólo dejamos de saber de ella en las épocas de exámenes y otros compromisos). Empezaste hablando poquito ¿te acuerdas? Pero eso quedó en el pasado, de lo que alegramos mucho.
Tú también fuiste calando poco a poco hasta ser parte importante en nosotras.
Gracias por animarte a saludar ya de de otra manera nunca te hubiésemos conocido ni a ti ni a tu blog, donde apoyas a tantos otros blogs y defiendes tus ideas con gran ahínco, como tiene que ser.


OS QUEREMOS

martes, 20 de julio de 2010

-CONQUISTADO POR UN SUEÑO — CAPÍTULO 13 (2ª parte)-




Caminaba de un lugar a otro como león enjaulado preso del nerviosismo y la angustia, pero sabía que si se detenía comenzaría a dar gritos o aullar a la luna llena que en ese momento lo contemplaba silenciosa, no es que le preocupara mucho que alguien lo pudiera oír, después de todo a sus acompañantes hacía años que dejaron de perturbarle cualquier cosa, mas por la santidad y el respeto que le merecía el sitio más le valía que tratara de calmarse.
Aún así no pudo dejar de gruñir al percatarse que se le agotaba el tiempo y ella, tal y como le aseguró, no iba a aparecer.

—No dejéis que parta solo, Liana... –murmuró con voz temblorosa—. Os necesito.

Maldita sea, no debió marcharse sin ella, tenía que haberla insistido y no abandonarla hasta convencerla de su amor, porque sin Liana él no era nada, era su otra mitad, el centro de su universo. ¿Lograría sobrevivir sin ella, sería capaz alguna vez de volver a sentir un amor como el que lo consumía? Sabía que no, que moriría sin hallarlo.

Apenas hacia unas horas que no estaba a su lado y ya añoraba hasta la desesperación su risa y el genio que lo irritaba y lo placía a partes iguales, adoraba ese modo tan peculiar suyo de hacerse notar, su hermosa Liana no estaba subyugada a su poder, era su semejante. No podía ser que ya nunca más volviese a acariciar su dorada y sutil piel, que jamás volviese a enterrarse en su suntuosa cremosidad, ni derramarse en ella con frenesí oyéndola gritar su nombre mientras llegaban al clímax enredado entre sus largas piernas.

—¡No! –clamó a la noche olvidando donde se encontraba, golpeando con furia el enorme obelisco—. ¡Debéis venir, Liana! ¿Me escucháis?—, se dejó caer de rodillas cuando la única respuesta que recibió fue un ensordecedor silencio, apoyó el hombro contra la columna dejando descansar la cabeza en ella totalmente derrotado.

Pausadamente y con temor alzó la vista hacia el estrellado cielo, unos minutos más y tendría que empezar con el ensalmo y una vez comenzase sería imposible parar. Debía resignarse a dejar esta época solo y abandonar su corazón aquí.



En la vida había pasado tanto miedo como hasta ahora, la oscuridad la envolvía con un manto tenebroso, sólo alumbrado de vez en cuando por los débiles rayos de la luna; tanto silencio la estaba agobiando, aunque no sabía que era peor, porque cuando de repente oía un mínimo ruido todo su ser se sacudía como una hoja en otoño atrapada por el viento.

—Juro que cuando te encuentre Aldair, te mataré –masculló mientras seguía caminando—, y muuuy len-ta-men-te.

Con la de sitios que podía haber elegido, pero claro, el Mr. Laird tenía que optar por el lugar más lúgubre de todos, por lo menos por la noche, ya que durante el día era una de las mejores zonas para visitar, lástima que ahora no pudiese disfrutar de las maravillas que plagaban la colina, como el Monumento de Nelson donde a sus pies esperaba encontrar al hombre de sus sueños, sonrió al recordar cuando casi logró dejarle sin aliento al conseguir llegar arriba tras subir la infinita escalera de caracol, y de nuevo prometió vengarse, cosa que cumplió como todas sus juramentos; el Monumento Nacional, más conocido como La locura de Edimburgo; sus observatorios y su Monumento Stewart Dugald.
Al llegar a la cima corrió hacia la estatua del laureado almirante, pero allí no había nadie.

—¡Aldair! —le llamó a voz en grito sin obtener respuesta—, vamos deja de esconderte.

Al no oír la ansiada réplica a su llamado pateó el suelo frustrada y miró el reloj presa del pánico.

Las agujas marcaban las doce menos diez, golpeó el cristal varias veces con la punta del dedo índice para comprobar que seguía funcionando.
El nuevo día aun no había comenzado ¿era posible que él se hubiese marchado antes? Podía ser, después de todo ya poseía el medallón. No, se negaba a creerlo, sus palabras y lo que reflejaba su verde mirada habían sido sinceras.
Con la respiración alterada pues el miedo al no encontrarle estaba haciendo presa en ella, giró en su propio eje varias veces y de repente lo vio, sí, ahí estaba la punta que señalaba el cielo, el imponente obelisco que presidía el Cementerio de Old Calton.

—¡Guya! –chilló eufórica mientras echaba a correr colina abajo.

Sin prestar atención donde ponía el pie, bajó como si de una carrera se tratase desprendiendo alegría por todos los poros de su piel. Sólo una pequeña distancia le separaba de Aldair. No veía la hora de caer entre sus brazos, apretarle fuerte contra sí y no dejarle escapar nunca más.

Se paró en seco al llegar a la entrada del camposanto, no pudo evitar que su mente se pusiese en marcha e imaginase que los Williams aparecían de pronto para asesinarla y vender su cadáver al doctor Knox para practicar con él, o que la tierra se abría y numerosas y putrefactas manos escarbaban en ella para salir al exterior y alimentarse con su cuerpo, se colocó las palmas sobre el corazón para intentar calmar los abrumadores latidos, justo en ese instante la luna iluminó con nítida claridad las numerosas lápidas, parecía una broma de mal gusto, en todo el trayecto apenas si le dejó ver el camino y ahora ahí estaba, riéndose de ella, ¿o tal vez no? Quizá le estaba echando una mano ayudándole a ver que todo era producto de su bulliciosa imaginación y de paso poder localizar a Aldair más fácilmente.
Inspiró profundamente y echó a andar de nuevo, fue dejando atrás las distintas losas —muchas de ellas adornadas con calaveras, claro signo de que allí fue enterrado un fallecido por la peste que asoló la ciudad hace siglos—, acercándose poco a poco al obelisco.

—¿Aldair? ¿Estás ahí? –preguntó en un murmullo, pasó la lengua por los resecos labios—. Más vale que me digas que sí o juro que te mataré... dos veces—, amenazó elevando el tono.



Había llegado la hora y no había aparecido, todos sus sueños llegaban a su final, bueno no todos, se obligó a recordar, su gente volverían a ser de nuevo personas libres. Apretó los ojos aceptando la realidad. Agitó la cabeza cuando la suave brisa le llevó la voz de Liana entre las frías tumbas, encogiéndole más el alma. De nuevo escuchó su inconfundible sonido, esta vez más fuerte, más claro, más cerca..., apartó la frente de la piedra y con una risa nerviosa salió tras la columna.
Parada frente a él estaba la mujer que amaba, su mujer.

—¡Liana! –gritó emocionado, abriendo los brazos cuando la vio correr hacia él. La aupó y con las piernas alrededor de su cintura y riendo felices, giró sin parar. Poco a poco fue deteniéndose, la depositó en el suelo y le ahuecó la cara entre sus grandes manos apoyando la frente en la de ella—. No puedo creer que estéis aquí, decidme que no estoy soñando. ¡Auu! ¿Por qué me pegáis?
—¿Y todavía te atreves a preguntarlo? ¿Tienes idea de por lo que me has hecho pasar? –volvió a pegarle en el brazo—. Casi muero y ¿todo para qué?
Para que me tengas esperando como una tonta a que me beses.
—Dios, como os eché de menos –atrapó entre los dientes su labio inferior succionándolo y cuando Liana dejó escapar un pequeño gemido, lo atrapó con su boca besándola con avidez, enredó los dedos en el sedoso pelo y la acercó  hacia su cuerpo. La besó una y otra vez sin terminar de saciarse de su sabor, todavía le costaba creer que estuviese ahí, que iría con él y que nunca se separarían. Con las manos apoyadas en las nalgas la atrajo más a él, fue ascendiendo lentamente cuando tropezó con un enorme bulto, dio un paso atrás extrañado.
—¿Qué lleváis ahí? –preguntó señalando la mochila.
—Nada, cosas sin importancia –contestó gesticulando para confirmar sus palabras.
—Si carecen de interés, no es necesario que os la llevéis.
—Ni hablar, Aldair, donde yo voy vienen conmigo.
—Habéis logrado despertar mi curiosidad –arqueó una ceja—. Mostradme–, la giró antes de que ella se resistiera abriendo la bolsa con presteza, sonrió divertido cuando con la punta de los dedos sacó una delicada prenda blanca y con encajes—. No pondré impedimento alguno en que os llevéis estas ropas con vos—, se llevó el pequeño tanga a la nariz intentando captar algo de su aroma, el tenue olor a su colonia de lilas y el pensar que en breve se lo vería puesto en su espléndida figura, hizo que su miembro cobrase vida con sólo imaginárselo.
—Quería que fuera una sorpresa –protestó torciendo el gesto y cruzándose de brazos.

Aldair cogió su barbilla y le giró el rostro para que le mirase.

—Y lo fue, no lo dudéis ni por un instante —acercó la boca a la suya e inspiró absorbiendo su embriagador olor—, pero la mejor sorpresa y a la que jamás renunciaría es a la de teneros aquí ahora, junto a mí—, recorrió con la lengua sus labios, antes de perderse en las profundidades de su boca.

Liana se volteó sin romper el beso enredando su lengua con la de él,  necesitaba sentirle cerca, enlazó los brazos alrededor de su cuello apretando los pechos contra su torso. Frotó las caderas contra la evidente erección y deslizó una mano para acariciar el endurecido miembro.

Aldair inspiró profundamente, apartándole la mano.

—Diablos, por desgracia no hay tiempo para esto ahora –sonrió guiñándole un ojo—, pero acordaros de donde lo hemos dejado, porque en cuanto retornemos junto a mi clan exigiré que continuemos con ello, y esto –dijo enrollándose el tanga en la muñeca—, quiero verlo en vos una vez estemos en mi alcoba.

Liana se echó a reír.

—Estoy segura que lo que llevo ahora puesto no te defraudará.
—No lo dudo, amor —le cerró la mochila y la cogió de la mano, besándosela—. Es tiempo de regresar, ¿estáis segura?

Liana echó un vistazo por última vez a la hora, sólo faltaba un minuto para la medianoche, le miró a los ojos y el corazón redobló su latir al leer las esperanzas, el miedo y el amor en sus verdes profundidades.

—Si es contigo, estoy lista para lo que sea –le sonrió, recibiendo un apasionado beso a cambio.

Aldair se sacó el medallón que llevaba en el cuello y de entre los pliegues del kilt extrajo una pequeña navaja, con la cual se hizo una raja en la palma.

—¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco?
—Tranquilizaos, mi amor –pidió con tono calmado, esquivándola para poder guardar el arma—, con la sangre del Laird y el conjuro que tiene escrito, regresaremos—. Frotó el rojo líquido contra el rubí, lo sujetó con la mano herida y con la otra enlazó a Liana por la cintura acercándola a él—. Suceda lo que suceda no os separéis de mí.

Asintió asustada y le abrazó, quedó embelesada con el ronco sonido de su voz al leer en un desconocido idioma los extraños signos que rodeaban la joya. Cuando terminó de hablar se quedaron mirándose, perdiéndose cada uno en los iris del otro y entonces fue cuando Liana se acordó.

—Te quiero, Aldair.

Le vio abrir la boca, pero lo que fuese que llegó a salir por ella fue encubierto tras una envolvente explosión carmesí, apretó fuerte los párpados, mas la irradiación siguió siendo igual de insoldable.
El intenso silencio que de pronto la circundó, en vez de proporcionarle paz le produjo un enorme desasosiego.
Quiso llamarle y de su garganta no salió sonido alguno, quiso sujetarse férreamente a él y su cuerpo no le respondió, era como un elástico que se estiraba y encogía.
La luz le dañó las córneas cuando abrió los ojos para buscarle y sólo pudo ver un rojo profundo y luminoso.
La oscuridad llegó de improviso, el volver a escuchar, la sensación de tener de nuevo cuerpo y visión la llenó de alegría, tenía los nervios a flor de piel con los pulmones trabajando a mil por hora, así que se obligó a serenarse, cuando al fin logró sosegarse percibió el vacío, alzó la cabeza buscando la causa.
Estaba sola.

—¿Aldair? –le llamó asustada—. ¡Aldair!

 Continuará...

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