domingo, 30 de enero de 2011

COINCIDENCIAS ASOMBROSAS IV



MARK TWAIN Y EL COMETA HALLEY

Pocos hicieron caso a la profecía que el escritor repetía una y otra vez, porque entre que era algo siniestra y la gran fama que ya él arrastraba sólo sirvió para que sus más allegados pensaran que todo se trataba de una pura excentricidad, digna de un genio con ganas de más notoriedad. Sin embargo, él seguía empeñado en los últimos meses en vaticinar un hecho muy concreto.
Huraño y preocupado, alejado del resto de los círculos intelectuales, barruntaba una única frase: “Yo nací con el cometa y me iré con él”.
Y acertó de pleno.
Mark Twain nació en 1835 el día que pasaba el cometa Halley y murió el 21 de abril de 1910, en el preciso instante en que dicho cuerpo celeste volvía a aparecer.

¿Cómo es posible que lo supiera?



UN RAYO CABEZOTA (POR NO LLAMARLE OTRA COSA Y QUE NO DIRÉ AQUÍ POR NO OFENDER AL PERSONAL)

En febrero de 1918, el mayor Summerford fue alcanzado por un rayo mientras combatía en los campos de Flanders. Dicho ataque le provocó una parálisis de cintura para abajo, así que el oficial británico se retiró y se fue a vivir a Vancouver.

En 1924, mientras el buen hombre se entretenía pescando en un río, un rayo cayó en el árbol sobre el que estaba apoyado, a consecuencia de lo cual se quedó paralizado el lado derecho de su cuerpo.

Años después, bastante recuperado de sus anteriores accidentes, salió a dar un tranquilo paseo por un parque cercano. Y no sabemos si fue el mismo o un pariente cercano, pero allá que apareció de nuevo causándole después una parálisis permanente.

Murió dos años después y lo peor es que ahí no queda la cosa, porque transcurrido cuatro años de su fallecimiento, durante una tormenta una de esas chispas eléctricas cayó en el cementerio y destruyó la lápida bajo la que yacía el mayor Summerford.

¿Qué le habría hecho ese pobre señor? Porque vaya odio le tenía.

viernes, 28 de enero de 2011

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 40 (1ª parte)



Sentada al borde del lecho Liana mantenía los nervios a raya como buenamente podía. Le fastidiaba estar con el estómago lleno de mariposas que no hacían más que joderla con el revolotear de sus alas y más con lo bien que había ido todo hasta el momento. El sueño la acompañó hasta que Aldair decidió sacarla abruptamente de la cama para la sorpresa que Niall preparó a Brianna, había sido tan emotivo ver a ese grandullón a los pies de su dama que sólo cuando su hombre le recordó que en breve también sería una mujer casada la realidad empezó a hacer mella en ella y la luz hizo presencia al llegar al atestado salón donde los sirvientes se apuraban con los preparativos para que todo saliera a pedir de boca, esmerándose para complacer a su señor pero sobre todo a ella. Apretó los ojos con fuerza, cielo santo hoy era el día de su boda y estaba muerta de miedo.

Tan pronto como Aldair se despidió de ella para ocuparse de sus asuntos y con el fin de controlar la inquietud que la recorría se encerró en su cuarto, sin preocuparse de lo que pudieran pensar al ver que la novia no se molestaba en interesarse en su desposorio. Justo cuando soledad de su habitación estaba consiguiendo atemperar su desazón varias mujeres irrumpieron acompañadas de algunos hombres, dos de ellos portaban un enorme balde que depositaron cerca de la chimenea, el resto cubos de humeante agua que vertieron con rapidez en la cuba, cuando hubieron acabado su tarea y con un ligero gesto abandonaron el lugar dejándola a solas con las risueñas damas, que presurosas se prestaron a ayudarla en el aseo. Para su vergüenza la desnudaron, la sumergieron en el templado líquido y la frotaron con ganas dejando su piel sonrosada y perfumada con el intenso olor de la lavanda. Con la misma rapidez con que habían llegado la abandonaron entre risitas y miradas cómplices, dejándola envuelta en unas de las pieles que cubrían el tálamo. De nuevo sola, se quedó esperando algo sin saber el qué.

 Una extraña congoja se apoderó de ella, sintió como una furtiva lágrima abrasaba la dermis de sus pómulos, sin poder poner nombre a lo que le sucedía la apartó de un manotazo, se puso en pie y fue hacia el vestido que había elegido para tan señalado evento. El traje de color azul, que se estiraba en el respaldo de una de las sillas, no era especialmente bonito, no tenía excesivos adornos ni otras parafernalias, pero había decidido que entre los pocos que poseía era el más adecuado, seguro no estaba bien visto que acudiera al altar con un tosco traje marrón, o ataviada de rojo y desde luego quedaban descartados los vaqueros.

El suave golpeteo en la puerta la hizo girarse y agarrar con más fuerza el trozo de piel que tapaba su cuerpo desnudo, tras otorgar el permiso, esta se abrió dando paso a una sonriente y luminosa Brianna que portaba algo entre sus brazos y que dejó encima de la cama antes de encaminarse a su lado.

Brianna había ido a ayudar a Liana a prepararse para su inminente boda, a diferencia de lo que esperaba no se encontró frente a una novia radiante sino más bien a una mujer triste y abatida. Fijándose en los negros orbes se percató de que estos estaban cuajados de humedad, un tanto preocupada y temerosa que algo malo le sucediera tomó una de las frías manos entre las suyas.

—Liana querida, ¿Qué os ocurre?
—No lo sé —respondió incapaz de mentir a su amiga—, es algo…, yo…
—Venid sentaos y contadme —terció la joven pelirroja al ver los labios temblorosos y las gotas saladas acoplarse en las largas pestañas—, decidme Liana ¿que os tiene así?
—Me siento sola —musitó dejándose guiar—, un día tan importante y no hay nadie que me acompañe, echo de menos a los míos —sollozó— y tengo miedo.
—¿Qué os atemoriza? —demandó la muchacha haciéndola sentarse en la silla libre arrodillándose a su lado.
—Una vez más me reconcome la idea de no ser buena para Aldair —respondió sin mirarla—, es tan noble, tan responsable de sus obligaciones y yo, bueno yo soy tan malhablada, tan diferente…
—Él sabe como sois y os ama con todos vuestros defectos o quizá por ellos —comentó sonriendo— y aunque lo describáis tan virtuoso no es perfecto, nadie lo es.
—Sí pero…
—No hay peros que valgan —manifestó levantándose—. ¿Vos lo amáis?
—Más que a mi vida –respondió sin vacilar un tanto sorprendida por esa pregunta.
—Entonces todo está bien, él también os ama con fervor, jamás he visto un hombre tan enamorado de una mujer.
—Yo sí —afirmó pasando la yema por la sedosa cinta que aun rodeaba la muñeca de Brianna.
—Ahora secad esas lágrimas y olvidar esas tonterías que ocupan vuestra cabeza —ordenó un poco sonrojada— es hora de que empecéis a prepararos.
—De acuerdo —obedeció y con el dorso de la mano secó las gotas que salpicaban sus mejillas antes de incorporarse.

Brianna contempló una vez más a su buena amiga, sin duda estaba profundamente enamorada, pero la alegría aun no había regresado a sus iris cuando se irguió y le dio la espalda, quizá no era la más indicada para consolarla, eran tan distintas, pero comprendía los sentimientos de nostalgia que la atenazaban.

—Yo también estuve sola el día de mi enlace con Niall —murmuró clavando la vista en el suelo—, las circunstancias fueron diferentes por supuesto, mi matrimonio fue concertado, apenas me escoltaron unos pocos hombres que partieron al día siguiente.

Liana se giró ante la diatriba de la señora McInroy, abrió la boca para replicar pero la cerró sin decir nada cuando el melodioso tono continuó.

—Mi madre falleció cuando era una niña, mi padre enfermo no podía viajar y mi hermano…, bueno él no pudo acompañarme —se retorció las palmas—, a diferencia de vos no conocía a mi futuro esposo, nunca antes lo había visto y lo cierto es que no me recibió de buena gana, él tenía a otra mujer y…
—¿Niall?
—Sí —asintió alzando la vista—, por otra parte la gente de mi marido no estuvo muy satisfecha con la elección de su señora, al menos algunos, e instigados por almas oscuras me hicieron la vida imposible en más de una ocasión, acusándome de atrocidades y vilezas que sonrojarían al mismo demonio.
—Te ruego que no continúes, no te hace bien.
—Oh no, te aseguro que el dolor que sentí en aquel tiempo está borrado y olvidado —curvando los labios y con un destello verdoso que indicaba su sinceridad dio un paso hacia ella—, sabed que estaría dispuesta a revivir cada momento de pesar si supiera que la recompensa iba a ser la misma, cada afrenta, cada lágrima que derramé merecieron la pena y han sido suplidas con creces por una felicidad que jamás soñé. Lloré mucho pero hoy tengo a un hombre amoroso que se desvive por hacerme dichosa, no cambiaria ni un ápice el pasado porque gracias a él tengo a Niall y a mi adorado y grandullón hijo en el presente.
—¿A pesar de que te mando azotar? —las esmeraldas que coronaban el hermoso rostro perdieron un tanto su brillo y ella se arrepintió de haber dicho eso—, lo siento no debí...
— Niall no ordenó que me fustigaran.
—Pero Liam aseguró —sintió el calor de la vergüenza invadirla.
—Como ya os dije no tuvo nada que ver, ese vil mentiroso utilizó el látigo por voluntad propia —repitió con firmeza— que la marca que cruza mi espalda fue hecha a manos de un desalmado, rencoroso y sin alma. Esa señal que me acompañara el resto de mis días es la que empaña un poco mi felicidad, ya que mi marido se siente tan culpable que no hay nada que diga o haga para que su corazón deje de sangrar.
—Discúlpame —dijo contrita—, además no hay dudas del amor que te profesa Niall, es tan verdadero que parece hasta irreal.
—Olvidadlo —susurró con dulzura—, os he contado parte de mi historia por que quiero haceros ver que vos no estáis sola, a diferencia de mi os espera un hombre que os venera, seréis la señora de un pueblo que ya os quiere y os respeta…, quizá no sean sangre de vuestra sangre pero os protegerán y os ayudaran, son vuestra familia y vos la de ellos.

Sintiendo que el nudo de melancolía comenzaba a deshacerse, asintió ante las palabras de Brianna, la pelirroja tenía razón, aquellas personas la aceptaron como si hubiera nacido entre ellos.

—Gracias —biseó abrazándose a su amiga.
—Pues ahora que ya estáis mejor y puesto que supongo que por fortuna para mi no tendré que pasar por el engorroso momento de explicaros que sucede la noche de bodas —rió ante la carcajada de Liana—, es hora que comencéis a prepararos.


Olvidando por completo toda la desazón que minutos antes la había poseído y contagiada por el buen humor que parecía haber regresado a Brianna, asintió y se dirigió hacia la silla donde estaba el traje elegido, con cuidado de no arrugarlo lo tomó para depositarlo sobre la colcha.

—¿Qué es esto? –interrogó Brianna arrebatándoselo de las manos.
—¿Mi vestido? —respondió burlona el ceño ante el gesto de desagrado de la otra mujer al examinar la prenda azul—, no es muy bonito lo sé.
—Es horrible —sin cuidado alguno y ante la mirada desconcertada de Liana lo dejó caer al suelo—, venid.

Sin poder dejar de observar el montón de tejido que descansaba amontonado sobre la fría piedra, siguió o más bien se vio obligada a seguir a aquella “bruja” hacia el lecho. Una vez junto a él, le indicó un trozo de plaid con los colores McRea que ocupaba buena parte de la cama.

—Abridlo.
—¿Qué es?
—Dejad de hacer preguntas —señaló impaciente—, y abridlo de una vez.

Con los nervios a flor de piel separó las dos partes del tartan y se llevó las manos a la boca al ver la prenda que apareció ante sus ojos, un precioso vestido de color blanco, tanto el escote redondo como las  mangas acampanadas estaban rematadas con una pequeña puntilla con los colores del clan cosida en pequeños pliegues, estos también resaltaban en el lazo de la cintura y el dobladillo. Alargó los dedos y con lentitud acarició la delicada tela, era sencilla pero tan hermosa que no necesitaba nada más.

—Es precioso —balbuceó emocionada—, no sé como agradecerte.
—Las mujeres del clan lo hicieron para vos —contó una encandilada Brianna al ver que habían acertado con el presente—, y aunque no soy muy virtuosa con la aguja y quise colaborar dando algunas puntadas y guardándolo en mí cuarto, es a ellas a quienes tienes que darle las gracias, aunque estoy segura que se sentirán gratificadas al veros lucirlo.

Continuará...


Feliz 
Fin de Semana



jueves, 27 de enero de 2011

¡ FELIZ ANIVERSARIO CITU !

Un blog muy querido y admirado por nosotras acaba de cumplir su primer año de vida, cosa que nos alegra y nos satisface porque ayudamos, como buenamente pudimos, a su nacimiento y como buenas amigas hemos sido partícipes de su crecimiento, hasta ver convertido a "ENAMORADA DE LAS LETRAS" en un hermoso y pleno blog.


Desde su espacio, su administradora la increíble Citu, comparte con todos nosotros su dulzura e imaginación creando historias con estupendos personajes que te envuelven de principio a fin sin dejar lugar a la indiferencia.


Desde SokAly queremos hacerte llegar con este humilde presente, que esperamos que te guste, nuestra más sincera enhorabuena.


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"CONCURSO EL BIEN Y EL MAL" DE NUESTRA IRENILLA




Para festejar que dentro de nada su estupendo blog cumple un año y las miles de visitas que consiguió hasta la fecha junto con un montón de comentarios, su simpática y siempre atenta administradora se decidió a conmemorarlo mediante su primer concurso y que por cierto está siendo un éxito rotundo, nada de extrañar.
A pesar del escaso tiempo que tenemos últimamente, nos hemos apuntado.
Las bases son muy sencillas, pinchar aquí y os enterareis. Podéis ganar La cúpula de Stephen King, la publicidad del blog ganador durante un mes en el suyo y un relato corto personalizado.



martes, 25 de enero de 2011

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 39 (2ª PARTE)




Niall espoleó a Caraid deseoso de llegar a su destino, cuando el afrutado aroma que emanaba Brianna le llenó las fosas nasales enardeciéndolo de pasión. Adoraba a esa mujer que tanto había sufrido por su culpa y necesitaba perdonarse por tanto dolor infligido, sabía que ella ya lo había hecho demostrándole cada día lo mucho que lo amaba, pero las viles palabras de Liam abrieron una herida que aunque parecía “sanada” no había conseguido cicatrizar y en lo más profundo de su ser sabía que nunca lo haría. A pesar de su condonación, contemplar la tristeza que brotaba en la límpida mirada cada vez que nombraba ese percance y la marca que durante el resto de su vida surcaría la fina espalda era más que suficiente para avergonzarlo hasta que exhalara el último aliento. Los turbios pensamientos lo abandonaron apenas vio al grupo reunido unos metros más allá.

En cuanto llegó a las cercanías, desmontó y ayudó a su esposa a bajar dejando que el delicado cuerpo resbalara por el suyo, aspirando la fragancia natural que su piel y el refulgente cabello emanaban.
Con un ahogado gemido dejó que los pequeños pies tocaran el suelo antes de dar un ligero beso en la respingona nariz, el amoroso gesto para su disfrute hizo que las bellas facciones se tornaran de un rosado intenso, sonrió complacido y asiéndola con firmeza la condujo hacia los presentes que los esperaban sonrientes.

—Niall, ¿por qué están todos aquí? —requirió un tanto confusa.
—Nos esperaban, ahora id con Cuddle, estaré con vos en un instante.

Satisfecho al comprobar como su mandato era acatado, se dirigió hacia Aldair que no podía ocultar su regocijo al tiempo que asentía y le alargaba una diminuta bolsa que tomó con decisión.

—Os agradezco vuestra ayuda —dijo Niall echando un vistazo al contenido del atillo—, son perfectos.
—Ha sido un placer colaborar con vos en esto —aseguró sincero—, espero que a Brianna le complazca.
—Yo también hermano.

Dejando a Aldair, y bajo la atenta mirada de todos, se dirigió hacia su esposa y el viejo druida que parecía tener una distendida conversación con ella y con el orondo sacerdote que se había unido a ellos, una vez a su lado enlazó la estrecha cintura. Brianna alzó la cabeza regalándole una embelesadora mirada que le calentó el ya agitado corazón. Con denuedo desprendió los ojos de ella y girándose levemente elevó la voz para captar la atención de los allí reunidos.

—Os he hecho venir hasta aquí para que seáis mis testigos ante los dioses de esta ceremonia —de soslayo contempló a su mujer que lo vigilaba atentamente—, como todos sabéis estoy unido a esta dama en sagrado matrimonio, cosa de la cual doy gracias al cielo, pero no os es desconocido que en mi terquedad, en mi orgullo y ante todo en mi necedad la herí, la humillé y la traté como si un despojo se tratara...
—Niall, eso es pasado, algo que ya olvidé —argumentó Brianna consciente del dolor que aún roía las entrañas de su marido por aquellos sucesos—, sólo me importa el presente, que os quiero y me queréis.
—Gracias a Dios y a la buena intención de un gran amigo —señaló a Aldair—, reaccioné y para mi fortuna el amor que sentía me fue devuelto y con creces, jamás pensé ser tan dichoso por eso quiero que me acompañéis ante el juramento que haré en este cruce de caminos a la única mujer que amé, amo y amaré el resto de mi vida.

Un silencio sepulcral roto por algún sollozo proveniente de Nerys invadió todo el paraje.

—Brianna, esposa mía os he traído aquí para pediros que volváis a uniros a mí —dos lágrimas rodaron por los tersos pómulos—, no nos está permitido hacerlo de nuevo por la santa iglesia, mas sí por anudamiento de manos.
—Niall —musitó emocionada.
—Decid que sí, permitidme hacer las cosas como debieron hacerse en su momento, dejadme procuraros un enlace como os merecéis —ante el mutismo de su dama tragó saliva—. Soy consciente de vuestra fe cristiana por eso pedí consejo al padre Kevin y está de acuerdo.
—Jesús murió por amor a los hombres —indicó el sacerdote atento a la conversación—, no hay nada que le complazca más que ver a sus hijos felices y dichosos, os concedo con agrado el beneplácito para este rito.
—No necesito el permiso de nadie, ni todo esto —apuntó hacia la concurrencia antes de posar la palma sobre el acelerado tórax de Niall—, me basta con esto para ser feliz y ya lo tengo, y sí acepto unirme de nuevo a vos.

A los sollozos de Nerys se unieron los de Liana que no pudo reprimir el llanto ante tal muestra de romanticismo, este se hizo más intenso cuando Aldair la rodeó entre sus brazos una vez la pareja estuvo frente al improvisado altar de rocas sobre el que reposaba un cáliz, varios pedazos largos de cinta y algunos trozos de papel.

—Quizá algún día si os amo lo suficiente yo haga algo igual —susurró el Laird junto a su oreja.
—Quizá algún día si yo te amo lo suficiente puede que tengas suerte y te acepte —respondió hipando sintiendo como era arropada con más fuerza entre los anchos antebrazos.

Una vez posicionados frente a los druidas —Baldulf como respetado miembro del clan junto a la novia y el resto detrás— y tras anunciar la radiante pareja que acudían libremente, Abdallah colocó cuatro velas simulando cada uno de los puntos cardinales y las prendió. Tras llevar a cabo el primer protocolo del rito, clavó la punta de su báculo en el suelo y con paso cansino fue rasgando la tierra formando  un círculo que los abarcó a todos en su interior. En el instante en que la esfera estuvo completa y su compañero se situó a su lado, Cuddle dio comienzo a la ceremonia. Tras susurrar unas palabras en gaélico el anciano alzó la cabeza hacia los contrayentes.

—Habéis elegido una bifurcación de senderos, señal de que deseáis unir vuestros corazones como si fuera uno solo —continuó al ver al señor de los McInroy asentir—. ¿Venís con amor y confianza ciega el uno en el otro?—, interrogó solemnemente.
—Sí —afirmaron al unísono.
—Tened pues —dijo alargando la copa hacia Niall que tras tomar un sorbo se la tendió a Brianna.
—Bebed con la promesa de que saciaré siempre vuestra sed y os alimentaré vuestra alma día a día —susurró cuando ella miró el líquido ambarino que rápidamente ingirió.
—¿Tenéis las alianzas? –preguntó Abdallah cuando Niall las mostró le instó a continuar.
—Mo Chroí —tomando con delicadeza su mano le separó los dedos y deslizó por su anular un aro con unos nudos grabados en el legendario idioma—, aceptad este anillo como símbolo de mi amor, sin un principio ni final, pues seréis la dueña de mi corazón eternamente.

Completamente emocionada, Brianna asió la otra sortija y tras introducirlo en la larga falange de su marido repitió la misma frase que había escuchado de sus labios, sin apartar los ojos de los violáceos orbes que refulgían ante ella. Sabía que el amor que sentían el uno por el otro sería exactamente como él había dicho “Sin un principio ni final”, tal y como representaba la perfecta circunferencia que desde ahora luciría con orgullo. Pestañeó al oír la cadenciosa voz del druida demandarle algo.

—¿Cómo deseáis que sea vuestra unión? —repitió sosteniendo la extensa cinta ante ellos.

Miró desconcertada y perdida a su esposo, que tras dedicarle una cálida sonrisa se fijó en el oficiante.

—Para siempre —terció Niall.
—Así sea si es vuestro afán.
—Os juro que os protegeré hasta mi último aliento —aseguró con voz grave tomando la mano derecha de Brianna con su mano izquierda, sin soltarla enlazó con la diestra la zurda de su esposa formando con sus brazos un ocho perfecto, personificación de la eternidad—, con ambas prometo amaros aun cuando nuestros cuerpos alimenten la tierra.

Entre llantos, suspiros y exclamaciones de júbilo Cuddle comenzó a enroscar la tira alrededor de las muñecas sin apretar, hasta que la mirada inquisidora del bravo Laird le provocó una mueca en lo que pareció ser una sonrisa.

—El amor verdadero no conoce ni nacimiento ni muerte y por tanto no puede deshacerse —susurró apretando fuertemente el nudo—, permaneced eternamente unidos en él.

Tras acabar el ritual y recibir las felicitaciones de los presentes, los recién “casados” abrieron la comitiva mirándose con embeleso y todos se encaminaron hacia Ceann—uidhe.
Kai había arrebatado a Aidan de la conmocionada Nerys, para poder consolarla mejor rodeándola con su brazo libre e intentar contener el flujo de emoción que la agitaba sin cesar; Mervin por su parte se encargó de Caraid mientras departía con los hombres del clan amigo, Aldair enlazaba el talle de una suspirosa Liana sin dejar de recordarle que en unas pocas horas ella también sería una mujer decentemente casada, así como ciertos detalles de los planes que tenía para lo noche que estaba por llegar, logrando con los irreverentes comentarios que los sonrosados labios se curvasen hacia arriba; cerrando la procesión y algo más retrasados los sabios hombres, el sudoroso padre Kevin al que le costaba mover su enorme barriga y Baldulf observaban a las nuevas generaciones con agrado.

Ansioso por llegar a sus aposentos, apenas agradeció con un movimiento de cabeza los buenos augurios de los aldeanos que se encontraban en el camino y que como ellos iban hacia el castillo para ayudar en los preparativos de las nupcias del señor de los McRea.
Tan pronto llegaron al ajetreado salón donde los sirvientes se afanaban en cumplir sus tareas con eficiencia, se dirigió hacia las escaleras con su amarrada esposa, al llegar al primer escalón giró la cabeza hacia sus amigos.

—Espero que sepan disculparnos, tengo una discusión pendiente con mi dama —rió al ver el rubor teñir la nívea dermis—, y por la fortaleza del nudo creo que tardaremos un buen rato en aparecer.

Las carcajadas de los hombres reverberó entre los muros, Nerys solidaria con su señora se puso como la grana ante la velada declaración de su señor, Liana por su parte miró a su amiga y le enseñó el pulgar en gesto de aliento.

 Continuará...


domingo, 23 de enero de 2011

COINCIDENCIAS ASOMBROSAS III

Y regresamos de nuevo con algo que a todas nos enloquece y por el que nos hemos llegado a conocer, y en este caso no son los espléndidos hombres que plagan nuestro blog.


EL AZAR Y ANTHONY HOPKINS:

Habiéndosele propuesto a Anthony Hopkins protagonizar la versión cinematográfica de la novela La chica de Petrovka de George Feifer,  salió de su casa londinense para comprar la novela en que se basaba el guión, pero tras el infructuoso resultado, al no hallarla en ninguna de las librerías de Charing Cross Road, se dispuso a regresar a casa y se adentró en la estación de Leicester Square. Al ir a sentarse en un banco encontró que alguien se había dejado abandonado un libro viejo y plagado de anotaciones. Lo tomó y… ¡era la novela que había estado buscando!
Dos años después, durante el rodaje de la película, Hopkins conoció a George Feifer, quien le contó como dos años antes le había prestado a un amigo su ejemplar lleno de notas y como éste lo había perdido en el metro.

¿Es o no es una coincidencia extraordinaria?



EL TEXTO QUE LA MARCÓ EN LA INFANCIA

En el año 1920 mientras la novelista norteamericana Anne Parrish recorría las librerías de París, se encontró con un ejemplar de uno de sus libros favoritos de la infancia: "Jack Frost y otras historias". Tomó la desgastada novela de la estantería y se lo enseñó a su marido diciéndole que ese era el texto que recordaba con más cariño. Su esposo lo abrió y se sorprendió cuando en la primera hoja descubrió la inscripción: "Anne Parrish, 209 N. Weber Street, Colorado Spring". ¡Era el mismo libro que le perteneció cuando ella era una niña!

Conclusión: una buena obra nunca te abandona.


viernes, 21 de enero de 2011

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 39 (1ª PARTE)



Una suave caricia en su nuca la hizo estremecerse, cuando esta regresó acompañada de un tierno beso ronroneó y se estiró como una gatita satisfecha antes de voltear la cabeza para buscar los plenos labios que ahora torturaban su desnudo hombro.

Aunque su primera intención había sido la de despertarla llamándola por su nombre, al ver los pequeños rizos pelirrojos pegándose a la base de su cabeza no pudo resistir la tentación de posar la boca en ellos, el sabor de la satinada piel de su esposa seguía fascinándolo día a día, así que continuó su recorrido por el cuello hasta el níveo y tentador arco que formaba su clavícula, cuando ella se giró y le buscó hambrienta la devoró con un beso abrasador que le caldeó el centro mismo de su alma. Adoraba como Brianna respondía a sus caricias y a pesar de que aún guardaba en su interior esa timidez que la caracterizaba —que tanto le enternecía y de la que él tanto gozaba provocando su sonrojo— la forma en que se le entregaba lo enardecía hasta límites insospechados.
Renegando de manera audible y con desgana se apartó del apasionado cuerpo que le demandaba que lo colmara de placer. Sin duda era lo que más le apetecía en ese momento, mas si quería llevar a cabo sus planes ambos deberían esperar para desfogar su deseo.

—Veo que estáis despierta —dijo con cierta sorna deslizando el pulgar por el hinchado labio inferior.
—Vos también parecéis bastante desvelado —respondió lamiendo la callosa yema mientras se incorporaba buscando unos labios que él le negó con un áspero gruñido, poniéndose en pie.
—No hay tiempo para eso ahora, debéis levantaros y vestíos —informó dándole la espalda para ocultar la erección que le alzaba el kilt, así como la satisfacción que se dibujó en su rostro al escuchar la protesta que ella emitió.
—Aún es pronto, si apenas clarea el alba —exclamó llevando la vista a la pequeña porción de cielo que se colaba por el ventanuco vislumbrando los tonos violetas y anaranjados, que como jirones iban anunciado un nuevo amanecer.
—No seáis perezosa y obedecedme —requirió mirándola por encima del hombro—, hay algo que debo hacer y necesito vuestra ayuda.
—Niall —apartó rápidamente las prendas que la cubrían al ver el tono violáceo en los hermosos ojos, aunque la pasión no había desaparecido una desconocida emoción titilaba firme acompañándola—. ¿Sucede algo?
—Tranquilizaos nada que os deba perturbar, pero daos prisa.
—Está bien, avisad a Nerys mientras me visto para que se haga cargo de Aidan.
—Hace rato que lo llevé a los aposentos de la joven —interrumpió al verla acercarse hasta la silla donde descansaba uno de sus trajes—. No, ese no, esperad yo os traeré el que quiero que luzcáis.

Brianna bajó el brazo sin llegar a coger la prenda color verde que se estiraba en el respaldo y se revolvió incrédula hacia su esposo, Niall jamás se preocupaba de su vestuario, desde luego era atento y le hacia halagos sobre su belleza, pero nunca antes se había inmiscuido en la elección de sus ropajes. Observó confusa como se acercaba hacia su baúl y extraía un vestido blanco rematado en el escote y las mangas con una cinta de color esmeralda, abrió la boca para protestar, aquella vestimenta no era apropiada para las tareas que en un día como aquel le tenía reservado, sin duda alguna tras los preparativos para el enlace de Aldair y Liana la delicada tela quedaría inservible.

—Este —le alargó la prenda—, siempre me ha gustado veros con él puesto.
—Pero se...
—Y dejaos el cabello suelto, quiero ver el fuego que desprende bañar vuestra espalda cuando lo acaricie el sol —vio el desconcierto cruzar por las hermosas facciones—, por favor.
—Ni...
—Os aguardaré en el corredor, no me hagáis esperar os lo ruego.

Incapaz de articular palabra —y no sólo porque él se lo impidiese— lo vio abandonar el aposento, no entendía nada, pero algo en la manera de mirarla y en la forma de hacer su petición con ese deje de súplica, le indicó que debía darse prisa en acatar su mandato. Bajó la vista hacia el precioso vestido que sostenía en los brazos y tras parpadear para eliminar el desconcierto que la embargaba se dispuso a engalanarse.


Quería matar a Aldair y lo haría en cuanto él dejara de tirar de ella como si fuese una mula, el muy bastardo no había tenido bastante con sacarla de la cama a horas tan intempestivas, obligarla a ponerse esa horrible indumentaria que le picaba y se le enredaba entre las piernas sino que además se había negado a darle ningún tipo de explicaciones cuando le preguntó a donde iban. <<Ya os enterareis>>, le contestó con aire misterioso. Él si se iba a enterar en cuanto pudiera dejar de trotar detrás suyo por aquel prado.

—¡Basta! —estalló clavando los pies en la húmeda tierra—, no puedo seguir caminando tan deprisa con estas malditas faldas.
—Sois una debilucha —rezongó parando.
—Serás cab... —su diatriba quedó en el aire cuando se vio izada y aprisionada contra el musculoso tórax.
—Y vos una protestona adorable —afirmó palmoteándole el trasero—. Mirad, ahí están.

Liana torció el gesto hacia donde le indicaba, unos metros más allá justo donde se cruzaban los caminos a la orilla del lago un grupo de personas parecía esperar algo, escudriñó tratando de ver quienes eran, conforme avanzaban pudo poner rostro a las figuras, el orondo padre Kevin, los dos druidas, Baldulf, Mervin, Kai, Nerys sosteniendo algo entre sus brazos —el pequeño bulto resultó ser Aidan— también se encontraban allí un par de hombres de Niall que los saludaron amablemente en cuanto Aldair la dejó poner los pies en el suelo.
Una vez dejaron de observarles, Liana golpeó levemente con el codo a su compañero haciendo que este la mirase.

—¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué estamos aquí? —interrogó en voz baja para que nadie excepto él pudiese escucharla.
—Sois muy impaciente mo grádh —replicó con sorna.
—Si tú lo dices —contestó con el mismo tono a la vez que examinaba el lugar—. ¿Qué es eso?—, preguntó asombrada al percatarse de un pequeño montículo de piedras en los que se alineaban algunos utensilios que Cuddle se afanaba en recolocar una y otra vez.

La posible respuesta quedó silenciada con el resonar de los cascos de un caballo que se acercaba al galope, se volteó hacia el lugar donde provenía el sonido, aun en lontananza pudo distinguir a los señores de Dà Teintean acercarse a lomos de un equino.

—Joder ¿a mi por qué no me trajiste así? —demandó enfurruñada.
—M´eudail, si deseáis una cabalgada os juro que la tendréis en cuanto regresemos a nuestros aposentos.

La contestación se mereció un codazo y por su parte una herida en la boca por morderse los carrillos para no echarse a reír. <<Este hombre no tiene solución... y que se le ocurra cambiar>> pensó un segundo antes de quedarse boquiabierta ante la llegada de la pareja.
Entre los brazos protectores de su esposo Brianna parecía una princesa, suspiró cuando el Laird de los McInroy detuvo su montura, se apeó y con mucha ternura ayudó a su señora a bajar del animal. Liana les contempló fascinada, un dios de la guerra, fornido y letal, apuesto hasta la saciedad y una mujer que más bien parecía la reina de las hadas con ese traje blanco que se ceñía a su busto y cintura, con el cabello rojo como una llamarada cayendo por sus hombros otorgándole un halo mágico al conjunto, tragó saliva, jamás había visto a dos seres que desprendieran tal aura de amor a su alrededor.


Tras ataviarse, cepillarse el pelo y dejarlo tal como Niall le había pedido Brianna corrió a su encuentro. Como le indicara lo encontró en el pasillo, cuando se revolvió y la miró de arriba abajo lentamente, el corazón le palpitó desbocado y todo su ser se encendió presa del deseo. Sin mediar palabra, tomó su mano y tras llevar las yemas a los labios y depositar un suave ósculo en ellas la instó a seguirlo. No opuso resistencia alguna, había tantas promesas veladas en aquellos cárdenos ónices, amaba tanto a aquel hombre que lo seguiría al mismo averno si él se lo pidiera.

Apenas hubieron salido al patio, Niall enredó las delicadas falanges entre las suyas y se encaminaron hacia los establos, al llegar el mozo sacó el azabache garañón ya preparado para ser montado, tras unas palabras de agradecimiento hacia el joven por su rauda labor, la tomó por el talle y la aupó hasta dejarla sentada en la grupa, de un salto subió tras ella y con un movimiento de talones sobre el flanco del animal este se puso al galope.

Sintiendo el fornido brazo rodearla y dejando que el céfiro matutino posara tiernos besos sobre su cara como si de un afectuoso amante se tratara, apoyó la cabeza sobre el pecho de su esposo, cerró los ojos exhalando dichosa y disfrutó del calor que este desprendía.
No hizo preguntas ya que tampoco necesitaba respuestas, confiaba tanto en su Lobo que iría donde él quisiera llevarla.

Continuará...




miércoles, 19 de enero de 2011

CONQUISTADO POR UN SUEÑO (CAPÍTULO 38)



A pesar de lo avanzado de la noche Aldair no podía conciliar el sueño, con los ojos clavados en el techo y sintiendo el suave cuerpo de Liana enroscado al suyo esperaba impaciente la llegada del amanecer, el despertar del nuevo día en el que aquella mujer que se abrazaba a él se convertiría por fin en su esposa. Bajó la vista hacia la maraña de cabello oscuro que descansaba sobre su pecho y sintió una gran pesadumbre al pensar lo cerca que había estado de perderla a manos del que ahora yacía para siempre bajo un abeto en el corazón del bosque, en una tumba que no se había señalizado con la finalidad que la naturaleza y el tiempo cubrieran la tierra con la maleza y quedara para siempre en el olvido.

Apretó los párpados, sí, olvidarían a Liam McInroy pero sus sangrientas y crueles acciones quedarían eternamente grabadas a fuego en sus corazones aunque no volvieran a hablar jamás de ellas. Nunca podría apartar de su mente el rostro asustado de Liana con las ropas desgarradas y a punto de ser mancillada, ni la vergüenza en la pálida tez de Niall cuando el bastardo recordó el trato hacia su mujer, ni el dolor atravesar a su padre cuando lo acusó falsamente de traición..., pero era la imagen de Bruce y Bethia McDonald —los padres de Katia— cuando les llevaron a su hija los que más huella le dejaron. Los desgarrados lamentos de esa madre al ver el cuerpo destrozado de su niña aún resonaban en su cerebro y la mirada del buen McDonald, un sencillo campesino que trabajaba de sol a sol para sacar adelante a su prole se le aparecía en sueños, acusadora.
Con las pertinentes explicaciones detalladas de los hechos, que el clan vecino escuchó solemne y una generosa compesación por parte del señor de los McInroy, que aunque no le devolverian a su retoño si les haría la vida más cómoda a la desolada familia, pareció ser suficiente evitando así una cruenta guerra sin sentido, una lucha que habría significado un inútil derramamiento de sangre buscando una venganza que los mantendría años y más años en encarnizadas batallas donde no habría vencedores ni vencidos, sólo perdedores y todo por la leyenda que se escondía atrapada en una gema, que despertó la locura y ambición de poder de un hombre.

Llevó la mano hacia el pecho y la dejó descansar abierta sobre el bombeante órgano, cubriendo el medallón que de forma inusual descansaba sobre su esternón. Esa noche, al subir a sus aposentos, algo lo había impulsado a sacarlo de su escondite y colgarlo alrededor de su cuello. Cerró el puño con fuerza hasta que las puntas doradas se le clavaron en la palma, de repente el devastador gesto desapareció y una extraña sonrisa curvó las comisuras de sus labios. Con sumo cuidado de no despertar a Liana, la separó de su lado y cuando se removió esperó hasta confirmar que continuaba durmiendo placidamente, salió del lecho, tomó el kilt que descansaba sobre la alta silla, lo enrolló a su cintura y tras sujetarlo con el cinturón echó una ultima ojeada a la espalda desnuda de su mujer, la arropó con cautela tomó su espada y dejó el cuarto.

Caminó sigiloso por los solitarios corredores tenuemente alumbrados por las distantes antorchas, se detuvo un minuto en el patio cuando la gélida brisa nocturna le golpeó el rostro. En el momento en que alzaba la vista al oscuro cielo admirando como la luna rielaba altiva sobre él, el sonido de pasos acercándose le obligó a pegarse a los muros, eran los centinelas que hacían la ronda, se mantuvo quieto hasta que se alejaron, lo último que quería era levantar suspicacias entre su gente. Sin apartarse de la pared para no ser visto, rodeó el recinto y abandonó la seguridad de la fortaleza. Apenas miró atrás una vez, levantó los ojos allá donde sabía que Liana dormía tranquila y continuó el avance hacia su destino.
Dejó atrás el pequeño grupo de árboles, el sendero y ascendió por la colina hasta la cima, se detuvo al llegar a la base de la cruz celta que la presidía. Durante unos minutos se dejó embelesar por la visión que a esas horas presentaban sus propiedades bajo el plateado hechizo de la radiante Cerridwen, la silueta oscura del castillo recortando el paisaje, las pequeñas casitas de su gente salpicadas por acá y por allá, el serpenteante cauce del río que apenas se distinguía, el inmenso bosque que se tragaba el horizonte..., amaba su tierra, a su pueblo y tenía la obligación de protegerlo de ratas como Liam y de maldiciones como las que encerraba la opulenta piedra que reposaba en su torso. Bajando la vista hacia el suelo se dejó caer de rodillas y con un anhelo desconocido comenzó a excavar.

Los minutos transcurrieron hasta que le fue imposible discernir el tiempo que llevaba hundiendo falanges y estoque en la helada tierra, tenía los dedos entumecidos y el frío viento otoñal le erizaba la piel y le hacia castañear los dientes, mas no desistiría en su afán por proteger lo que más amaba en este mundo. Con nuevos bríos continuó despejando el terreno hasta que un fétido olor le llenó las fosas nasales provocando que una arcada subiera por su garganta, se alejó un tanto del hueco y tomó una bocanada de aire para limpiar sus pulmones, tras cubrir con el plaid el rostro para protegerse del mal olor volvió a acercarse para terminar el trabajo.

Aunque el tartán cubría nariz y boca, el hedor se filtraba por el tejido llenándole las vías respiratorias, haciendo que luchase contra la tentación de abandonar la asquerosa tarea autoimpuesta y regresar al calor de su lecho, pero se obligó a si mismo a continuar. Debía llevar a cabo el desagradable cometido. Soltó un exabrupto cuando sus dedos toparon con una textura diferente, sintió el sabor de la bilis ascender por su laringe al bajar la vista y ver el cuerpo. A pesar de la oscuridad, el perlado brillo que le llegaba del cielo era más que suficiente para contemplar con toda claridad el cadáver o lo que quedaba de él. Fijó la vista en las cuencas oculares ahora vacías, en la piel acartonada y amoratada pegada al hueso, dio un pequeño respingo cuando percibió el sutil movimiento debajo del ropaje que cubría el exiguo pecho, como si los pulmones se insuflasen al percibir el ansiado oxígeno, pero con repulsión se dio cuenta del error,  saboreó el sabor de su propio vómito cuando por entre los pliegues de la raída túnica y por los labios blanquecinos pequeños gusanos se retorcían inquietos, por Dios aquello era repugnante pero sin duda era el mejor lugar para ocultar la causa de tantas desgracias.

Tras limpiarse las palmas en el kilt, las llevó hacia su cuello y sacó la cadena por encima de su cabeza, durante unos segundos dejó oscilar la reliquia frente a él, el rubí refulgió de forma extraña, como si el mal que habitaba en él hubiese adivinado sus intenciones. Con decisión abrió su sporran, hurgó en él y sacó un trozo de tela con sus colores, depositó la pesada joya en él y la envolvió con cuidado, después se agachó y con delicadeza dejó que las cadavéricas manos ocultaran para siempre el pequeño atillo, una vez concluida la tarea, salió de la sepultura y con ayuda de manos y piernas volvió a cubrir al ahora protector druida.

Sentado junto al túmulo se despojó del plaid y respiró profundamente dejando que sus pulmones se expandieran, estudió una vez más la tierra removida y una punzada de culpa lo invadió por haber profanado el descanso eterno de Cromwell. <<Hicisteis bien, Aldair>> se alentó a sí mismo. Sin duda había hecho lo correcto, lo sentía en el centro mismo de su ser. La reliquia permanecería oculta y tal como mandaba la tradición, custodiada por un McRea. Nadie la buscaría allí. ¿Quién mejor que Cromwell para mantenerla a buen recaudo? Casi sonrió, pues durante toda su vida había litigado por cobijarla entre sus posesiones y ahora le pertenecería por toda la eternidad.

Se puso en pie y se cubrió para mitigar un poco el frío, se percató de la pestilencia que parecía envolverlo todo, con paso firme y sin mirar atrás se ciñó la espada y se dirigió al helado cauce, era hora de limpiar el olor a muerte de su piel.


Adormilada buscó a tientas la tibieza de su hombre entre las sábanas, le gustaba pegarse a él siempre, pero en noches como estas en las que el helor se colaba hasta los huesos era un placer sentir el calor de Aldair caldear su dermis, entreabrió los ojos lo justo para percatarse que estaba sola en el enorme lecho, masculló algo entre dientes y se arrebujó entre las pieles, al tiempo que paseaba la vista por la estancia. ¿Dónde se habría metido?, encogiéndose de hombros y cubriéndose la cabeza se dejó vencer nuevamente por el sueño.

Con el cuerpo limpio pero aterido regresó a su alcoba, tomó un paño y lo pasó por su goteante cabello, se detuvo en contemplar la figura que acurrucada entre la ropa dormía placidamente, era un seductor ángel, su ángel. Suspirando lanzó el trapo al suelo, se despojó del kilt y con cautela de no rozarla se coló en el lecho. Era una tentación alargar los brazos acunarla en ellos y sentir su calidez, pero llegó tan arrecido que sin duda la asustaría. Con un suspiro se dio la vuelta y cerró los ojos intentado dormir aunque sin duda no lo lograría. Se removió intranquilo cuando tras sus párpados aparecieron las imágenes de lo que acababa de hacer, mas la voz de su conciencia pareció acallar los demonios que lo acusaban de violar el descanso de un finado.

—Aldair —el tono meloso de su dama lo acabó de convencer que había hecho lo mejor que podía hacer—, ¿dónde estabas?
—Dormíos —masculló tapándose más con la piel.
—Te eché de menos —susurró acercándose a él hasta rozarlo—, Dios mío, estás congelado.

Una mano trémula y templada se deslizó por su columna, hasta su cadera y luego resbaló hacia su ombligo, ascendiendo en lentos círculos por su estómago hasta detenerse abierta sobre el oscilante torso. Unos labios ardientes depositaron un beso sobre su hombro y un cuerpo amoroso se pegó a él, suspiró extasiado antes de girarse para encontrarse con los ojos brillantes de pasión de su mujer.



Liana se había despertado varias veces durante la madrugada para encontrarse sola en el tálamo, así que cuando esta vez abrió cansinamente las pestañas y se encontró ante la ancha espalda de su guerrero no pudo menos que acercar las yemas hacia aquella maravillosa y musculosa parte de su anatomía, frunció el ceño al notarla helada mas las comisuras se fueron curvando al percatarse como se iba calentado bajo sus caricias, gimió cuando él se revolvió y se encontró con las verdes lagunas titilantes de amor, quiso zambullirse y ahogarse para siempre en ellas.

Acercándose más a él, buscando el refugió de sus brazos, comenzó a besar el mentón mientras las enormes manos iban tomando posesión de su cuerpo. Quería preguntarle donde había estado, por qué su cabello estaba mojado, pero todas las interrogantes se fueron perdiendo en la nebulosa del deseo que el placentero contacto iba despertando en ella. Soltó un ridículo gritito cuando él se volteó dejándola debajo y descansando el peso de su corpachón en los antebrazos la contempló embelesado.

—Sois tan hermosa que a veces creo que no sois real —musitó abriéndole las piernas con la rodilla—, que amanecerá y no os encontraré a mi lado.
—Aldair —gimió enroscando los dedos en el pelo.
—Mañana seréis mía ante la ley de Dios —terció agachando la cabeza—, mía para siempre.
—Ya soy tuya para siempre —afirmó doblando las extremidades para que encajara mejor entre ellas—, mañana sólo será…

Las palabras quedaron interrumpidas cuando él tomó avariciosamente los labios entreabiertos saciándose de ellos, al tiempo que con avidez deslizaba una de sus manos hacia abajo absorbiendo las adorables curvas e impregnándose de la entibiada y satinada piel. Jugueteó con el sedoso vello púbico y cuando Liana abrió aún más los muslos incitándole a continuar introdujo el corazón en el ansiado paraíso aspirando el gemido que ella dejó escapar. Rompió el beso fijando la mirada en las candentes pupilas.

—Os he echado de menos –musitó deslizando la falange dentro y fuera de ella.
—Oh... y yo a ti joder –respondió arqueándose ante la delirante fricción.
—Hermosa palabra, me gusta las connotaciones que implica.
—A mi me... me gusta cuando llevas a la práctica su significado.
—Mi señora –mordisqueó el lóbulo de la pequeña oreja—, existo para obedeceros—, confirmó alojando el índice en la sedosidad.

Había echado terriblemente de menos el delicioso tormento al que Aldair la estaba sometiendo, a veces la caballerosidad era una mierda y estos días en los que sólo se atrevía a abrazarla, por temor a hacerle daño, en las largas noches lo confirmaron, pero la tortura había llegado a su fin y ahora era otra la que burbujeaba por su ser acelerándole la respiración.

Cimbreó las caderas cuando los dedos bombearon con desquiciante lentitud haciendo que la humedad fluyese a través de su vagina empapándolos, estalló con un poderoso jadeo apenas uno de ellos acarició el clítoris en ondulantes círculos.

— Maldita sea…, si que te he echado de menos —balbuceó aferrándose a las sábanas.

Cuanto había ansiado volver a contemplar el rostro de su Liana transformado por el placer, como los oscuros orbes centelleaban a través de las largas pestañas hasta casi cegarle y los labios se entreabrían intentando capturar algo de aire a la vez que dejaban escapar unos enloquecedores sollozos. Sentir el pegajoso fluido bañándolo casi le descontrola y cuando el arrollador clímax surgió deleitándole los oídos tuvo que cerrar los ojos y apretar las mandíbulas hasta hacerlas crujir para no enterrarse en ella, se negaba a dejarse llevar por la ganas, iba a transportarla al cielo, controlaría el deseo que lo consumía hasta hacerla disfrutar de todas las maneras posibles, aunque para ello tuviera que descender al mismo infierno.
Continuó invadiéndola mientras con su lengua barría la humedad de la esbelta garganta y mordisqueaba la pulsante vena, descendió regando de  besos la candente dermis, raspó con los dientes los sensibles pezones y sonrió cuando las pequeñas manos le acercaron más a ella. Chupó y lamió los dorados senos hasta endurecerlos y gimió cuando las lacerantes uñas le arañaron los hombros y se clavaron en sus omoplatos.

—Vuestro salvajismo me enloquece –su voz sonó áspera.
—¿Sólo eso? –inquirió curvándose hacia arriba rozándole el henchido pene—, mmm, veo que no—, susurró cuando notó el brinco que éste dio.
—Vuestra osadía es igual de atrayente—, sacó con renuencia las falanges de la ardiente cueva y se los introdujo en la boca paladeándolos con placer—, y vuestro sabor es exquisito, quiero más.

Se movió más abajo sin dejar un solo trozo la ondulante figura sin degustar, introdujo la punta de la lengua en el ombligo y cuando se retorció se descolgó hasta detenerse en su pubis. Aspiró pausadamente.

—No hay mejor perfume que el de vuestra pasión.

Incitada por sus palabras y por los estimulantes toques, Liana elevó la pelvis empotrando los talones en el colchón ofreciéndose, el sonido gutural de Aldair que aceptó raudo la invitación estuvo a punto de hacerla sucumbir nuevamente.

El lento vaivén de su lengua la embriagó y el anhelo se apoderó de ella, una callosa mano se aposentó sobre su cadera y la sujetó a la cama. Impotente y con la excitación punzándole como sutiles descargas, alzó la mano hacia su cabeza enredándose en el enmarañado cabello, sin dejar de saborearla Aldair elevó la vista buscando sus ojos, a través del tenue velo que cubría los suyos contempló como la satisfacción iluminaba las verdosas lagunas. Cuando el húmedo músculo se introdujo explorando el acuoso sexo acompañado de uno de los exigentes dedos, echó la cabeza hacia atrás dejando escapar un febril jadeo. Por un instante creyó que su espíritu la abandonaría. Ese hombre iba a acabar con ella, pero por sus muelas que resucitaría una y otra vez para volver a pasar por tan placentero martirio y que alguien o algo se atreviese a impedírselo.

—Oh, Dios... –bisbiseó tirándole del pelo al sentir como un lacerante lametazo bañó el sensible punto recreándose en él—, si...

Esa mujer era el más exquisito de los frutos y su jugo le estaba enajenando, mordió con suavidad la delicada piel y succionó con fuerza el palpitante clítoris aumentando el ritmo de la caricia percibiendo el ligero temblor que iba apoderándose de su hembra.
Cuando explotó en su boca, relamió la zona con codicia como si de un hambriento se tratara y esperó a que tenuemente las convulsiones desaparecieran, envuelto por el deleitoso aroma. Deseaba que Liana elevase los párpados y le mirase, al verse recompensado por los brunos iris acompañados de una saciada sonrisa, serpenteó sobre ella y devoró los sonrosados labios poseyéndolos como hacía un instante había hecho con su suculento centro.

Necesitaba más de ese guerrero que amaba con toda su alma, le quería dentro de ella, marcándola firmemente y prendiéndola fuego. Una de sus palmas abandonó el recio cuello y vagó en busca del órgano que podría colmarla. Gimió cuando el puño se cerró sobre él percibiendo el grosor, la dureza y la quemazón en el nervudo contorno. Con presteza colocó la llorosa cabeza en su entrada y se arqueó sinuosa al tiempo que agarraba con ambas manos las firmes nalgas empujándola hacia ella.

—Necesito sentirte dentro de mí, ahora.

Con un bajo gemido de placer la penetró profundamente de una poderosa embestida sintiendo como la suave seda interior lo envolvía. Le urgía sentirse completo en ese instante, con Liana aferrada a él, clavándole las uñas en la piel, retorciéndose jadeante bajo sus palmas, moviéndose contra su pelvis, dándole amor, limpiándole las heridas y colmándolo de paz. Sí, Liana era su fuerza, su vida y no permitiría que nada la pusiera en peligro nuevamente, aceleró el ritmo de sus acometidas cuando las paredes vaginales se contrajeron sobre su eje, convencido de que su acto había sido el correcto se dejó ir en aras del placer.

Continuará...




domingo, 16 de enero de 2011

COINCIDENCIAS ASOMBROSAS II

Esta semana volvemos con las sorprendentes similitudes, sólo que esta vez tocan dos ambientadas en el S. XIX.


EL VIDENTE DE POE

En 1838 Edgar Allan Poe escribió un libro llamado "The narrative of Arthur Gordon Pym". Se trataba de un relato sobre un naufragio, en el que los 4 supervivientes derivan en un bote durante varios días, hasta que 3 de ellos deciden matar al grumete para comérselo. En el relato, el nombre del marinero era Richard Parker.
Algunos años después, en 1884, el bergantín Mignonette naufragó y sus 4 sobrevivientes derivaron largo tiempo en una barca. Debido al hambre los 3 miembros más viejos decidieron matar al grumete para comérselo.
Premio para quien acierte el nombre del desafortunado... ¿ya lo tenéis? Pues sí, era Richard Parker.
Es escalofriante ¿verdad?


ASESINATO POR VENGANZA

Un buen día de 1883, Henry Ziegland decidió terminar la relación que mantenía con su novia, quien acabó suicidándose al no poder sobrellevar tal pérdida. El enfurecido y apenado hermano de la chica le persiguió y le disparó. Creyendo que le había matado se quitó la vida. Sin embargo no había muerto en el atentado, el proyectil sólo le había arañado el rostro y terminó alojado en un árbol.
Años más tarde Henry decidió cortar el mismo árbol, que aún tenía la munición en su interior y para poder extraer las enormes raíces del suelo lo voló con dinamita. La explosión extrajo la bala de la corteza, que salió disparada en dirección a Ziegland incrustándose en su cabeza, lo que ocasionó su muerte.
He aquí otro consejo, no dinamitéis nada sin antes haberos refugiado y bieeeeeen lejos. 

DIPLOMA CONCURSO BELLAS Y BESTIAS CON "EL BESO DE LA MUERTE"

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DIPLOMA CONCURSO EL BIEN Y EL MAL CON "EL ROSTRO DE LA INOCENCIA"

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PREMIOS LITERARIOS

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