miércoles, 29 de junio de 2011

EL PRECIO DEL AMOR. CAPÍTULO 16.




Debía ir a casa y esa era su primera jodida y buena idea, la que tenía que haber llevado a cabo, pero pensar que el gilipollas de su compañero estaría cenando en algún sitio de la ciudad con Rae le revolvía las tripas, así que mejor meterse en un garito y beber hasta hartarse o hasta que el cuerpo aguantase. Tomó la botella de whisky y se sirvió un poco más. Jugueteó con el vaso entre los dedos.
Conocía a Theodore, el tipo era galante, amable, sabía tratar a una mujer, como tocar las teclas para que se embelesaran y suspiraran de puro romanticismo, el cabrón era el perfecto príncipe azul soñado, nada que ver con él. Claro que lo suyo era algo totalmente distinto, puro y simple sexo, no necesitaba de cortejos ni ninguna otra puta mierda, era claro, directo y si la tía estaba dispuesta bien y si no era así pues a lanzar el anzuelo en otra dirección. Bebió de un solo trago el contenido servido y volvió a reponer, por eso no entendía bien que le estaba pasando, se suponía que con Rae sería exactamente igual que con las demás, sin embargo percibía la mordida de la inquietud roerle el estomago, arañarle lo más profundo cada vez que pensaba en su amiga en brazos de aquel bastardo suertudo. Joder, ¿por qué no podía sacársela de la cabeza? ¿Por qué le dolía imaginarla con otro que no fuera él?

Masculló un improperio cuando alguien se acercó, alzó la testa para enviar al diablo a quien fuera, mas la sorpresa de ver a Amanda Taylor a su lado fue mayúscula.

—¿Ahogando las penas? —demandó la morena mirándolo desdeñosamente desde arriba.

Charlie le echó un vistazo, la chica iba vestida como de costumbre, ropa ajustada y sexy que haría resucitar a un muerto, puede que fuera una bruja, pero reconocía que era guapa y estaba buena. Una socarrona sonrisa curvó sus labios y la malicia brilló en las profundidades de sus iris, si jugaba bien sus cartas lo mismo la noche acababa bien.

—Más o menos —indicó la silla de enfrente—, ¿quieres acompañarme?

Amanda había ido al local sin saber muy bien el motivo, lo cierto es que después de estar sentada frente a la televisión cambiando continuamente de canal sin prestar interés a nada y con la idea de que Lewis estaba con su mejor amiga hizo que la casa se le viniera encima, se ahogaba en su propio refugio y la necesidad de respirar era tan grande que salió a la calle para tomar una bocanada de aire sucio de la ciudad, luego comenzó a caminar sin destino hasta que el parpadear fucsia del neón le llamó, como abducida se dejó embrujar por las brillantes letras y allí estaba en las tripas de aquel bareto de mala muerte. Tras recorrer a la concurrencia con la vista y ver la calaña de la clientela pensó que lo mejor era dar la vuelta y salir por donde entró pero sus orbes toparon con la figura del hombre que bebía solo. Lo reconoció al instante y aunque le caía como una patada entre las piernas algo la impulsó a acercarse a él.

—Claro, ¿por qué no? —respondió tomando asiento.
—¿Qué quieres tomar?
—Lo mismo que tu —aseveró mirando la botella medio vacía.

Alzó el brazo para obtener la atención del camarero y le hizo una señal para que llevara otro vaso. Este llegó raudo con el pedido y Charlie lo llenó hasta el borde antes de hacer lo mismo con el suyo.

—Un brindis —dijo Amy elevando su recipiente—, por el mayor cabrón del mundo y la imbécil que lo acompaña.

La carcajada de Charlie resonó por el local, sin ganas chocó cristal contra cristal y apenas probó un sorbo para dejar el vaso con fuerza sobre la madera, el líquido ambarino se derramó formando un charco, Amanda posó un dedo en el fluido y se lo llevó tras su oreja.

—Dicen que da buena suerte —aclaró ante la sorpresiva mirada que le dirigió—, así que por si acaso.
—No creo en esas chorradas.
—Ni yo, pero ante la duda —calló unos instantes—, además últimamente no estoy que digamos en mi mejor fase y para muestra un botón, aquí me tienes hablando contigo.

Charlie se echó hacia atrás, entrecerró los parpados y estudió a la chica, aunque se esforzaba por parecer contenta, su semblante estaba triste, la mirada apagada y la sonrisa forzada.

—¿Vas a contarme tu vida?
—A ti mi vida te importa una mierda —rió sin ganas—, te caigo como el culo, y lo gracioso es que tu a mi no me caes mucho mejor, así que tranquilo no te voy a dar la brasa con mis penas.
—Bien.
—La verdad es que no sé que coño hago aquí sentada contigo.
—Quizás vayas buscando un revolcón —soltó posando las manos tras la nuca—, ojo por ojo, diente por diente, es lo que hacen las de tu clase.
—¿Cómo?
—Tu Theo está con tu amiga, ¿por qué no devolverle el favor a ese gilipollas?
—El no es mi Theo —el chirrido de la silla al correrla le hizo daño en los oídos— y antes me tiro de un edificio que acostarme con un desgraciado como tu, así que si quieres joder búscate a otra.

Se estiró hacia delante cuando la vio ponerse en pie como un resorte.

—Además Rachelle no sólo es mi amiga, es mi hermana —se le aguaron los ojos nublándole la visión—, yo no soy como otros —espetó fulminándole—, jamás haría nada que la lastimara, jamás —comenzó a girarse para salir de allí cuando una mano se cerró sobre su muñeca, tironeó en un vano intento por soltarse—, déjame en paz.
—Siéntate.
—No me da la gana.
—Por favor —suplicó Charlie.

Acató la orden más por el temblor ante la absurda acusación que por otra cosa, era tal el estado de nervios que dudaba que las piernas la sostuvieran hasta la puerta.

—Lo siento —se disculpó él—, no quise ofenderte te lo juro, es sólo que…, no importa.
—Dímelo.
—Necesitaba descargar mi frustración y tu estabas ahí —explicó casi sin darse cuenta.
—¿Por qué lo hiciste?

O’ Sullivan  posó la vista en su vaso y aunque quiso explicarle sólo pudo encogerse de hombros mientras un músculo vibraba en su apretada mandíbula.

—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Claro.
—¿Qué sientes por Rae?
—Lo cierto es que no lo sé —afirmó con sinceridad—, es mi amiga o lo era, me porté como un cretino y merezco su desdén pero eso no evita que… —se cortó en seco, no era precisamente con Amy con quien quería vaciar su corazón—, ¿y tu que sientes por Theo?
—Le amo —anunció sin reparos dejándolo boquiabierto—, ya ves tuvo que pasar de mi para darme cuenta cuanto le quiero.

El silencio se instaló entre ellos, ninguno supo continuar la conversación, enemigos mortales allí sentados uno frente a otro haciéndose confesiones y compartiendo una botella de whisky. La de vueltas que daba la vida, las sorpresas que deparaban detrás de una esquina.

óóóóó

La cena transcurrió de forma amena, charlaron de nimiedades, de sus respectivos trabajos, de los últimos cotilleos y se rieron por lo bajini de una señora que pidió un exagerado menú y que engulló en menos de 5 minutos sin pestañear. Una vez liquidaron el importe abandonaron el restaurante. Aunque Theo pensó que era buena idea tomar un taxi, ella prefirió pasear, a pesar de que ya había nevado, la temperatura era agradable.

Caminaron por las desérticas calles enlazados de la mano, cuando ella tembló, Theo la enlazó por la cintura y la pegó a su cuerpo, así uno junto a otro llegaron al bloque de apartamentos donde ella vivía. Se separó del calido agarre y rebuscó en su bolso las llaves, cuando las encontró separó la del portón la introdujo en la cerradura y abrió, antes de entrar se revolvió hacia su acompañante que la observaba en silencio con las palmas en los bolsillos de su chaqueta.

—Gracias por la cena —se irguió un poco sobre la punta de los pies y rozó con los labios la rasurada mejilla—,  lo he pasado muy bien.
—Ha sido un placer.
—Buenas noches Theo —le dio la espalda para entrar al edificio cuando el agarre sobre sus hombros la detuvieron.
—Rachelle —la volteó con delicadeza, buscó los pálidos iris y resbaló la mirada hacia su boca al tiempo que sus dedos ascendían hasta acunar el bonito rostro entre ellos, mientras su cabeza descendía lentamente—, Rachelle.

Lo vio venir pausadamente, le daba tiempo para apartarse y huir de las intenciones del agente. Lewis era un caballero, un paso atrás y se hubiese detenido. Sí, debía frenarle, pero oteó el brillo acerado en los verdes orbes, sintió el aliento masculino rozar la dermis de su mandíbula y sólo pudo cerrar los parpados, entreabrir los labios y esperar.



Continuará…




jueves, 23 de junio de 2011

FELIZ NOCHE DE SAN JUAN


Llega la noche de los ritos, del fuego y del aquelarre,
la que pueda coger que agarre, jajaja.




miércoles, 22 de junio de 2011

EL PRECIO DEL AMOR. CAPÍTULO 15



El rugido de un motor mezclado con el chirrido de unas ruedas ahogó el grito de Charlie, pero no lo suficiente como para no percatarse de lo que sucedía, corrió hasta Rachelle y se abalanzó sobre ella haciéndola caer al suelo bajo su cuerpo. Escuchó el chillido de asombro y luego el quejido de la mujer al chocar contra el asfalto mientras giraba la cabeza para ver el coche negro que sin aminorar la velocidad se perdía por la esquina. Maldita fuera no había sido capaz ni de leer un solo número de la matricula.

Con el corazón en la garganta se apresuró hacia Rae cuando vio el vehículo arrancar, acelerar como el diablo e incorporarse al tráfico sin respetar la señal luminosa. Gritó con todas sus fuerzas, ella estaba justo en la trayectoria y él no iba a llegar a tiempo para evitar el atropello. Dio gracias a los cielos cuando vio a Theo saltar como un gato sobre su presa y lanzarla al piso, lejos de los neumáticos que podían haberle hecho tanto daño.
 Llegó a la altura de ambos justo cuando ella, con ayuda de su compañero se alzaba.

— ¡Rae! —exclamó asiéndola por los brazos al tiempo que la recorría de arriba abajo— ¿Estás bien?

Un tanto aturdida y sonrojada al ver el cúmulo de personas que se habían detenido ante la rocambolesca escena, se liberó del agarrare y comenzó a sacudirse la ropa.

—Contesta —insistió ahora Theo— ¿Estás bien?

 Aparte del susto y del dolor en el trasero sobre el que había amortiguado el golpe, estaba perfectamente, bueno la dignidad al ver como la gente la observaba la tenía rota, pero eso no contaba. Asintió mientras tomaba el bolso que alguien le tendía y que debía haber soltado en la caída.

—Gracias —dijo amablemente a la joven que le dedicó una triste sonrisa.
— ¿No viste el coche? —interrogó Charlie.
—Lo siento no —masculló entre dientes—, iba despistada.
—Dios mío Rachelle un auto ha estado a punto de atropellarte, sino llega a ser por que Charlie —señaló al susodicho sin dedicarle una sola mirada—, se dio cuenta y gritó ahora estarías bajo las ruedas de una ranchera.
—Bueno pero no lo estoy —respondió un tanto nerviosa ante la expectación creada—, yo…, me gustaría salir de aquí.
—De acuerdo, te llevaré a casa —O’ Sullivan la tomó del antebrazo—, puedo…
—No —de un tirón se soltó al tiempo que clavaba los pálidos iris en él—, tengo una cita con Theo y me gustaría mantenerla —se giró hacia el rubio agente que en ese instante fruncía el ceño—, si él todavía quiere.
—Por supuesto que si —afirmó Lewis rodeándola por la cintura—, pero lo primero eres tu, ¿estás segura que te encuentras en condiciones?
—Estoy perfectamente —reiteró curvando los labios—, solo ha sido un susto sin importancia y no lo pongas como excusa para no invitarme a cenar.
—Mm de acuerdo —sonriendo la pegó más a él—, si me prometes que olvidarás la dieta —fijó la mirada en su rostro—, te llevaré a degustar uno de los mejores asados de la ciudad ¿Qué dices?
—Buena idea.
—¿Juras que no picaras como un pajarito? —la vio asentir—, ¿Qué no te quejaras del tamaño de los platos y que disfrutarás con el postre?
—Sí lo juro.
—Entonces vamos. Te acompañaré y mientras te das una buena ducha relajante regresaré al trabajo a fichar y cambiarme.


Comenzó a caminar calle abajo de la mano de Theo cuando un repentino ataque de culpa la detuvo, giró el cuello y por encima del hombro pudo contemplar a Charlie parado en medio de la acera y con la vista clavada en ellos. Desasiéndose del agarre de su acompañante se volvió y regresó junto al hombre que hasta hacía unos pocos días copaba sus fantasías, sus sueños y sus anhelos de mujer y que ahora, como si de una enfermedad contagiosa se tratase, intentaba erradicar de su vida. Una vez frente a él se puso de puntillas y depositó un suave beso en la rasurada mejilla.

—Gracias —sin darle tiempo a replicar recorrió los pocos pasos que la separaban de Lewis para reiniciar su camino.

Como un idiota invisible escuchó toda la conversación, la delicadeza de las palabras de uno, el coqueteo descarado de la otra. Sí sin duda había presenciado el cortejo del jodido pavo real de Lewis. Como le habría gustado arrancar una a una las coloridas plumas del ganso antes de darle una patada en su ridículo culo y enviarlo directamente al asadero.
Como un gilipollas se quedó mirando como la parejita feliz se alejaba de su lado —como si no existiera— rumbo a su cena romántica. Ya iba a darse la vuelta cuando se percató que Rae se detenía, sin mediar palabra se separó del hombre que la acompañaba y se encaminó hacia él. Apreció como se acercaba con rapidez y a pesar de todo tuvo tiempo en deleitarse con sus femeninas curvas. ¿A dieta?, joder esa mujer era perfecta tal y como era. Cuando ella llegó a su altura y besó su mejilla un escalofrío le recorrió la espalda. Luego habló y volvió a irse pero no había escuchado nada. El inocente gesto lo tensó.
Con los dedos en el pómulo sobre el que ella posara los labios los observó perderse, con los dedos enlazados y los cuerpos juntos calle abajo. Apartó las falanges, apretó los parpados y volvió a sentir la sutil caricia sobre su piel, pestañeó sacudiendo las imágenes que iban tomando forma en su mente, al fijar la vista en el horizonte solo vio edificios, coches y personas anónimas que regresaban a casa tras una jornada laboral. Él también debería ir a su hogar, tomar una buena ducha y olvidarse del malestar que le roía las entrañas.

óóóóó

El Dominique’s no era nada especial, un local con las paredes pintadas de un amarillo chillón que dañaban a la vista, los sillones de skay que originalmente debieron ser de un tono rojo sangre, estaban gastados y algunos mostraban las tripas ocres de la esponja que los rellenaban. La mayoría de las mesas estaban ralladas o desconchadas, y los baldosines dominó que cubrían el suelo habían perdido su brillo hacía mucho, pero a pesar de la pasmosa limpieza de los cristales que permitían ver el repelente interior, el restaurante siempre estaba atestado y todo era por el dueño, Dominique Blanc, un emigrante francés todo barriga que tenía en su poder el secreto de cómo el cordero podía ser un manjar de dioses.

Tras esperar más de media hora a que les buscaran una mesa —al fondo del establecimiento y con vistas a unas esplendidas telarañas que colgaban de una de las vigas, un minucioso trabajo de encaje de seda y que desde luego no desmerecía con el entorno—, por fin pudieron relajarse. Lo cierto que el sitio era realmente patético, pero se comía como en ningún otro lugar. Olvidó todos sus pensamientos cuando, por encima de la descascarillada mesa las yemas de los dedos de Theo acariciaron sus nudillos, sonrojada apartó las manos que tenía apoyadas sobre la tabla y sonrió tontamente sin saber que decir.

—Te pones preciosa cuando el rubor hace acto de presencia —susurró repantigándose en el sillón —, muy bonita.

Bajó la vista aturullada por el piropo y dio gracias al cielo cuando la camarera se acercó para tomar nota de su pedido. La chica de unos veintitantos años sacó un bloc de notas del diminuto delantal negro con el nombre del restaurante bordado en rojo y se dirigió a Theo, que en esos instantes tenía puesta toda su atención en el pronunciado escote en forma de V que mostraba el nacimiento de unos generosos y caros pechos.

—Señor, ¿Qué va a tomar? —repitió la muchacha con una coqueta sonrisa y un ligero y más que ensayado aletear de pestañas.
—Ahhh, el especial de la casa —consiguió responder cuando volvió del trance.
—Y ¿ella? —señaló con la cabeza a Rae que permanecía en silencio.
—Igual.

Iba a replicar que podía pedir ella misma, pero la joven ya se marchaba mientras la mirada de su pareja admiraba sin disimulo el balanceo de ese trasero embutido en unos ajustados pantalones cortos blancos. Carraspeó un poco enfadada, vale que no se podía comparar con aquella Barbie camarera, ni jamás lograría aparentar ni moverse como ella por mucho que lo intentara, pero tampoco necesitaba que se lo recordaran olvidando que estaba allí. Lewis se giró acomodándose de nuevo en su asiento.

—Vaya —murmuró atusándose el cabello.
—Muy guapa —afirmó imitando el gesto de él.
—Una ilusión —aclaró colocando los codos sobre la mesa—, silicona, botox… —alargó la mano y le rozó una mejilla—, prefiero la belleza sin artificios.

Se le aceleró el corazón ante la repentina caricia y las palabras que brotaron de la boca masculina, si no entendía mal el sexy agente la estaba alabando y era la segunda vez desde que llegaran. Pestañeó confusa. <<Sólo está tratando de ser amable>>, se dijo en un arranque de auto sinceridad, << ¿no viste como miraba los senos de esa?>>, disimuladamente miró su busto antes de afianzar la vista en el hombre que tenía enfrente, era como comparar una sandía con una naranja.

—Era imposible no fijarse —señaló él como si le leyera el pensamiento—, me las plantó directamente en la cara.

Maldiciendo para sus adentros por ser tan transparente forzó una sonrisa y volteó el cuello para que no pudiera ver lo ridícula que se sentía, observó a la mesera bandeja en mano sortear a los clientes con esos andares de modelo hasta llegar a donde ellos estaban. Sin dejar de ser profesional coqueteó y se rozó con Theo mientras iba depositando plato tras plato ante sus ojos. Quiso levantarse, agarrar la maraña de rizos pelirrojos y tirar de ese cabello tintado hasta hacerla gritar, pero lo único que hizo fue suspirar cuando contempló la cantidad de comida que el policía había pedido.




Continuará…




martes, 21 de junio de 2011

LLEGÓ EL VERANO

La estación de la luz y el calor, de días largos y noches intensas toma posesión de su reino. Es tiempo de ropas ligeras, playa, fiestas, diversión y vacaciones. 





miércoles, 15 de junio de 2011

EL PRECIO DEL AMOR. CAPÍTULO 14




          
Unas semanas después


Mientras decoraba el escaparate con nuevas y coloridas plantas se dio cuenta de lo rápido que habían pasado los días y como el dolor que había permanecido pegado a ella como una lapa, oprimiéndola el pecho con tanta saña que a veces el solo hecho de respirar le suponía una tortura, prácticamente había desaparecido.

Fijó la vista en la fina capa blanca que empezaba a cubrir la grisácea calle y sonrió amargamente, esa nieve era ahora como sentía su corazón, en la distancia pura, pero al tacto fría, tanto, que tenía la sensación que ni el potente sol del verano lograría derretir la escarcha que lo revestía. Un movimiento en la distancia llamó su atención, bueno, quizá el hielo podría llegar a derretirse. Elevó la curvatura de los labios ante la vista del rubio policía. Theo resultó una gran y encantadora sorpresa, ¿quién le iba a decir que a sus años tendría un paladín para ella sola? Hacía tiempo que dejaron de defenderla y lo último que esperaba es que un simple conocido se alzase en su auxilio y salvaguardara su honor. Si, definitivamente resultó agradable sentirse protegida, aunque más grato hubiese sido no haber necesitado ningún tipo de ayuda. Chasqueó la lengua enfadada consigo misma al retornar de nuevo con el cruel pensamiento, si quería volver a oxigenar sus pulmones sin sufrir ningún pinchazo por el esfuerzo debía olvidarle, ya nada le unía a él, ni siquiera esa vergonzosa foto que desapareció de Internet pocas horas después de su publicación. Blasfemó en alto cuando la punción arremetió fuerte al verle bajar los escalones de la comisaría, sin duda todavía le quedaba mucho terreno por recorrer, pero como que se apellidaba Adams lo lograría.

Bajó la vista dispuesta a continuar con su trabajo, aunque antes de posarla en el rosado ciclamen la elevó de nuevo. La sangre corrió rauda a través de sus venas cuando en la distancia sus ojos chocaron con los de Charlie. Sujetó el borde de la maceta con fuerza intentando darse valor con ese simple gesto y no caer en el desatino de desplomarse como una damisela enamorada. No, ella no era ni una cosa ni la otra, pero maldita sea si contemplar a ese hombre que la observaba, quieto como una estatua y con los brazos cruzados, no hacía que le temblasen las piernas como si de un par de delgados alambres se tratasen. Tragando saliva dolorosamente se forzó a volver con sus flores, en ese pequeño mundo oloroso y plagado de color no tenía cabida esa persona, ni ahí ni en ningún lugar al lado de ella.

Cerró los parpados al escuchar el timbre del teléfono. Desde hacía un tiempo ese sonido —daba igual donde lo escuchase— le revolvía el estómago, amedrentándola como si fuese una niña. Se incorporó y volteándose fue hacia el aparato, se negaba que quien estuviese al otro lado de la línea se saliese con la suya. Sujetando el auricular se obligó a descolgarlo, aunque antes de llevárselo al oído supo habían colgado. Soltando un aliviado suspiro lo dejó en su sitio, para acto seguido pegar un respingo por el molesto repiqueteo. Lo volvió a recuperar con la ayuda de ambas manos.

—Floristería la Inspiración de RAE.
—Hola pequeña ¿cómo va la búsqueda?
—Ya te he dicho mil veces que no tengo nada que buscar, déjame en paz —rogó con un hilo de voz.
—¿Cómo puedes hablarle así a tu amigo? —preguntó tristemente.
—Mi único amigo se encuentra a unas pocas manzanas de aquí ¿quieres que le llame? Es policía.
—Ni toda la jefatura al completo evitará tu muerte si no me das lo que llevo pidiéndote desde hace mucho —advirtió chirriando los dientes.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no tengo ningún sobre marrón?
—No quiero que me lo digas, quiero que me lo entregues o ¿acaso quieres que practique en tu rostro lo que le hice a tus sosos delantales?

Cubrió su boca para evitar que el sollozo que sin querer dejó escapar al recordar esa jornada , llegase a los oídos de ese sujeto. Un estremecimiento recorrió todo su ser al evocar el instante en que abrió la portezuela donde guardaba sus enseres para la labor del día a día y se encontró con los mandiles destrozados salvajemente.

—Fuiste tu...
—Sigues haciéndome daño con tu indiferencia, mira que no pensar en mi con el magnífico diseño que hice —aseveró desconsolado.
—¿Por qué la tienes tomada conmigo? ¿Qué te hice?
—Una pregunta estúpida mi querida Rach. El tic tac cada vez se escucha más débil —sentenció duramente cortando la comunicación.

óóóóó

Chocar contra una pared andante no entraba dentro de sus planes, pero comprobar que dicho muro era nada más y nada menos que Lewis le produjo un escalofrío que, junto con el empujón, casi le hace caer al suelo, suerte que sus fuertes manos la habían sujetado por los brazos en cuanto se topó con ella.
Se zambulló en las verdes lagunas, dejando que una intensa y extraña emoción se apoderara de ella.

—¿Estás bien? —preguntó Theo con la preocupación reflejada en su voz.
—¿Mmm?
—Amanda, ¿Te he hecho daño?
—¿Ahh?

Una contundente y exasperante carcajada logró sacarla del estupor en el se encontraba, mandando a tomar viento fresco el inaudito sentimiento que le había empezado corretear por la piel como si de miles de hormigas se tratasen. Puñetero O´Sullivan siempre jodiéndolo todo, aunque pensándolo mejor quizá esta vez hizo bien, porque ella ya no tenía nada que hacer.
Bajando la vista dio un par de pasos hacia atrás provocando que el electrificante agarre desapareciese.

—He... —carraspeó sonoramente intentando tragar el nudo que le oprimía la garganta—, he quedado con Rachelle, llego tarde.
—Salúdala de mi parte y recuérdale nuestra cita.
—¿Cita? —demandaron Charlie y ella a la vez, lo que hizo que se mirasen durante unos segundos con el entrecejo fruncido.
—Si, a ti no te tengo por qué contar nada —aclaró a su compañero secamente—, y a ti...—, de pronto no supo que decirle, esa mujer copó durante mucho tiempo sus sueños nocturnos y aunque ahora no aparecía en ellos sus oscuros ojos continuaban impresionándolo con su belleza,  haciéndolo sentir como un adolescente en su primera vez.
—Se lo recordaré, no te preocupes —dijo aceleradamente echando a andar—. Adiós.
—Adiós Amy.

Se quedó observando el oscilante balanceo de la larga melena decorada con pequeños copos de nieve.

—Así que te sigue gustando ¿eh? —como respuesta recibió una fulminante mirada y una nada atrayente vista de su espalda cuando empezó a caminar dejándole atrás—. ¿Por qué no te lanzas de una vez y le confiesas tus sentimientos?
—¿Y qué coño se supone que siento? —interrogó sin detenerse.
—Eso sólo lo sabes tú, aunque eres como un libro abierto en cuanto la ves.
—No sabía que supieras leer.
—Lo hago de puta madre.
—Pues yo que tu iría a un oculista porque no ves tres en un burro, el título de la obra que estoy leyendo empieza por una letra muy distinta a la A de Amanda.

Apretó las manos a ambos lados de su cuerpo, para evitar rodear el cuello del gilipollas y cometer un asesinato, clavándose las uñas en las palmas, pero fue incapaz de ocultar el bajo gruñido que brotó por los oprimidos labios.

—¿Molesto? —inquirió irónicamente al escuchar el rabioso quejido.
—No me jodas con ese tema, Theo.
—No te pongas y así no te joderé, Charlie —espetó parándose en seco para plantarle cara.
—Si le haces daño yo...
—Voy a dejar claras dos cosas, primero —recalcó golpeándole el pecho con el índice—, después de lo tuyo dudo mucho que exista algo que la pueda dañar tanto, segundo—, volvió a pegarle dejando la yema sobre el esternón—, tú ya no pintas nada, lo que suceda entre Rachelle y yo sólo nos incumbe a nosotros.

Con un rápido e improvisado movimiento atrapó la cargante falange entre su firme puño.

—Todo lo que rodee a Rae siempre me concernirá —aseveró retorciéndole el dedo y disfrutando al verle rechinar los dientes—, ¿has entendido capullo?

Lewis le agarró de la solapa de la chaqueta con su mano libre para acercarle a él y abrió la boca para replicarle, pero lo que fuera a decirle quedó silenciado ante el auxilio de una mujer mayor que les llamaba presa de los nervios. Ambos giraron las cabezas hacia la señora y sin perder el tiempo echaron a correr hacia ella.

óóóóó

Miró el reloj y sonrió feliz al comprobar como las horas habían pasado velozmente. Nada como tener unos pocos clientes y la visita de su amiga para que el tiempo volase.
Se quitó el delantal y tras guardarlo se dirigió a la trastienda a recoger sus cosas, se detuvo un segundo ante el pequeño espejo que colgaba, casi oculto por los tiestos, en el  muro el pulido cristal le devolvió una sonriente cara un poco más delgada de lo que era habitual, la dieta estaba dando resultados, de repente el rostro de Amy se dibujó en la superficie, frunció los labios recordando el velo de tristeza que revestían sus bonitos ojos y la apatía que vibraba en su normalmente risueña voz, aunque por más que le insistió en que le contase que le pasaba no hubo forma de que soltase prenda. Quizá sufría mal de amores, pero en ese caso ¿por qué no decirlo? Sus pensamientos se vieron interrumpidos con el sonido del teléfono. Exhaló lentamente mientras protegía su cuello con una suave bufanda y se ponía el abrigo abrochándoselo hasta arriba. Debía de hacer algo al respecto, ya no parecía tratarse sólo de una escabrosa broma, ese individuo se había metido en su vida y estaba empezando a minarla poco a poco. La figura de Charlie emergió en su mente, si lo supiera seguro que terminaba con esa locura en unos pocos minutos. <<¿Te has vuelto loca? Él ya no es nadie>> se regañó golpeándose la frente. Lo mejor sería hablar con Theo, seguro que la ayudaría.

Contenta con su decisión aunque sin saber muy bien como se lo plantearía, menuda charla le echaría por no haber denunciado la intrusión en su tienda, asió su bolso, conectó la nueva alarma, apagó las luces y cerró. Tenía que ducharse y arreglarse para su cita.

óóóóó

Le dolían los pies, las sienes le latían amenazando con explotar y el carácter se le agriaba conforme el tiempo iba pasando con desesperante lentitud.
Siempre había adorado su trabajo, luchó por él con ganas haciendo que su sueño infantil se hiciese realidad, sin embargo últimamente no lo estaba disfrutando, era algo así como un martirio gracias al torturador con el que le obligaban a compartir la jornada. Chirriando silenciosamente los dientes le miró de reojo. Dios sus oídos hubiesen gozado escuchando el crujir de los delicados huesos de su dedo y sin duda lo habría roto si no llega a ser por los chillidos de esa loca histérica, joder la buena señora había alertado con sus gritos a todo el vecindario como si le fueran a quitar la vida y todo por que un chiquillo de cuatro años había aplastado con su triciclo unas ridículas begonias.
Chasqueó la lengua ante el incipiente instinto criminal que comenzaba a crecer en sus entrañas, debería hablar seriamente con el capitán y exigirle un cambio de compañero antes de que la cosa se le escapase de las manos y cometiera un delito de sangre y vaya si lo perpetraría.

Por décima quinta vez miró el reloj sin disimulo alguno, una aliviada sonrisa apareció en su cara y la jaqueca por fin decidió darle un respiro. Unos pocos minutos más y sería libre.
Levantó la vista más animado y esta se posó en la dorada melena de la mujer que esperaba tranquilamente a que el semáforo se abriese. Sólo la separaban de ella unos escasos pasos, sin embargo la distancia parecía abismal. Mascullando una blasfemia por su estupidez al dejarla escapar y por la cobardía que le serpenteaba como una díscola víbora cada vez que la veía impidiéndole acercarse a ella para intentar recuperarla, fue aminorando la marcha hasta frenar.

—Si me dices ahora que estás apenado porque por fin hoy dejaremos de vernos, no me lo creeré —dijo Theo parándose delante de él al percatarse que no estaba a su lado.
—¿Qué?
—Si que estás afectado —barbulló elevando una ceja.
—No lo sabes tu bien —musitó deslizando los ojos por la figura que comenzaba a cruzar la carretera.
—Pues supéralo tío, porque yo me largo —indicó volteándose para descubrir lo que había embelesado a O´Sullivan.

El pesado día de repente se volvió ligero ante la imagen de Rachelle. Esa chica resultó ser una agradable sorpresa y como si de un regalo se tratase se encontró deseando desenvolver el paquete para descubrirla del todo. Le gustaba y mucho. Animado por su pensamiento la llamó y cuando se dio la vuelta y le sonrío supo sin ninguna duda que quería algo más que su amistad. 

El que esa sincera sonrisa no fuese dirigida a él le repateó el intestino y le hizo añorar todos los momentos vividos antes del desastroso día. Echaba de menos su risa, su confiada mirada, la timidez que coloreaba sus tersas mejillas y que le incitaba a descubrir si la rojez se había asentado en otras partes de su cuerpo, deseaba encerrar el bello rostro entre sus manos y devorar la curvatura de los plenos labios. Quería marcarla delante de Lewis y de quien hiciera falta. Meneó la cabeza ante los disparatados derroteros que estaba tomando su cerebro, estaba perdiendo el juicio, esa era la única explicación ante tamañas ideas.

Un movimiento a lo lejos llamó su atención acelerándole el corazón. Echó a correr con todas sus fuerzas notando como la sangre se le congelaba y los latidos repicaban salvajemente ensordeciéndole.

—¡Rae!


Continuará…


miércoles, 8 de junio de 2011

EL PRECIO DEL AMOR - CAPÍTULO 13




La vuelta al trabajo se le hacia cuesta arriba, y no porque le doliera todo el cuerpo por los golpes recibidos que también, sino porque por un lado estaba seguro que todos los colegas se interesarían de un modo u otro en saber que le había pasado a su cara y por el otro no soportaba tener que pasar la larga jornada junto al que era su compañero, si ya hasta entonces su relación aunque amigable era un tanto tensa estaba claro que a partir de lo sucedido en la floristería sería insostenible. Suspiró cansado y continuó caminando hacia la cafetería para tomar su dosis de cafeína diaria, sí, tomaría un buen desayuno y después afrontaría los problemas, sin duda alguna con el estómago lleno encontraría una pronta solución.

Tal y como había previsto, aunque optó por mantener la cabeza gacha hasta el vestuario, su entrada llamó la atención de varios que al ver las heridas y moratones en su rostro se acercaron raudos a preocuparse por los sucedido, prosiguió su camino restándole importancia pero como era de esperar la gente no era tonta y más de dos susurraron por lo bajini que O’Sullivan presentaba un aspecto bastante parecido. Joder, si había algo que odiara era ser el centro de atención y estaba visto que por unos días si no lo remediaba iba a ser la comidilla de la comisaría.

Al llegar a las instalaciones tiró la mochila sobre uno de los bancos, se sentó y se dispuso a sacarse la ropa de calle para ataviarse con el uniforme, ya estaba deshaciéndose de los pantalones cuando la puerta se abrió y se cerró de un golpe. Alzó la cabeza con desgana y el fastidio se intensificó al comprobar que se trataba de Charlie apoyado en la madera, con un pie sobre otro y los brazos cruzados sobre el pecho, varias heridas cruzaba su faz, le molestó ver que el labio parecía haber mejorado, pero fue recompensado con la contundente hinchazón de su ojo izquierdo.

—No fui yo.

Obviando las palabras del recién llegado continuó con la tarea de desvestirse, se sacó la camiseta y fue hacia su taquilla, tomó la camisa azul, se la pasó por los hombros y comenzó a abotonarse.

—Martínez colgó la foto en la red —dijo quedamente ante el desinterés mostrado—, no tuve nada que ver, sólo quería que lo supieras por mi antes de que lo escucharas por ahí.
—Puedes ahorrar tu saliva conmigo, no es a mi a quien jodiste la vida —añadió guardando la bolsa en el cubículo y cerrando antes de volverse para enfrentarlo—. Voy a hablar con el capitán y pedirle que me cambie de compañero.
—Entiendo.
—Y una cosa más, quiero que dejes a Rachelle en paz —se colocó las esposas en el cinturón y guardó la pistola en la cartuchera que oscilaba en su cadera—, como te dije ella ya no está sola.
—Rae no es... —se calló y observó el semblante serio del rubio agente—, ¿acaso vosotros...?
—Eso no es de tu incumbencia —terció dirigiéndose hacia la puerta sobre la que Charlie seguía recostado—, si me entero que la vuelves a molestar...
—¿Qué? —se separó y lo miró desafiante—, dime ¿qué vas a hacer?

No respondió a la provocación, no estaba dispuesto a enzarzarse en una nueva pelea y mucho menos en las dependencias policiales, así que lo apartó y salió dejándole solo.

Exhaló fuertemente antes de estrellar un puño contra el muro, maldijo cuando el dolor le recorrió todo el brazo y volvió a hacerlo al ver sus nudillos ensangrentados. Le importaba una mierda que Theo le pidiera a su superior que le cambiaran de compañero, de hecho le haría un favor porque estaba hasta los cojones de aguantar a aquel dechado de virtudes, pero que le advirtiera que dejara en paz a Rae. ¿Quién coño se creía el gilipollas que era? Sacudió la palma y salió como un basilisco en busca de aquel cabrón, iba a decirle cuatro cosas bien dichas, a él nadie le decía lo que tenía o no que hacer y si pensaba que iba a alejarse de su amiga lo llevaba claro.

óóóóó

Se mesó el cabello, o el poco que le quedaba, y miró a los dos hombres que tenía enfrente con detenimiento, primero a uno luego al otro, sus rostros parecían un mapa de las montañas Rocosas y por la demanda que acababa de hacerle Lewis no había que ser muy listo para saber que el asunto había sido personal. ¿Juego? ¿Mujeres? No era de su incumbencia y no iba a preguntar, la vida privada de sus subordinados no era cosa suya. Lo único que le importaba era que estaba falto de agentes y hasta las narices de papeleo.

—Denegado —dijo tomando un bolígrafo para firmar algunos de los papeles que tenía sobre el escritorio—, vuelvan a su puesto.
—No puede...
—Mirad —dejó la estilográfica sobre la mesa y se puso en pie—, estoy hasta arriba de trabajo, se acercan las elecciones y el alcalde me está presionando para que solucionemos varios casos a como de lugar.
—Pero...
—Pero nada, no sé que os ha pasado ni me interesa —continuó señalándoles la cara—, pero tendréis que soportaros...—, bufó cuando oyó el gruñido—, os las arregláis como os de la gana, no os habléis, no os miréis pero los asuntos personales se quedan para fuera del horario personal, así que volved al trabajo y dejar de tocarme las pelotas con vuestras gilipolleces—, sentenció volviendo con la aburrida burocracia.

Miró la puerta que acababa de cerrarse de un sonoro portazo, se removió en su sillón que crujió ocultando el chirriar de sus cansados huesos. Joder, si no fuera por su esposa y sus hijos lo mandaría todo a la mierda, estaba harto de tanta estupidez para tan escasa nómina.

óóóóó

Dejó la escoba junto con el recogedor en un rincón y miró el cubo de basura repleto de hojas y flores inservibles, un buen puñado de dólares echados a perder. Suspiró y volvió a la tienda. En el umbral se detuvo, ya no quedaba rastro de la batalla campal que había tenido lugar allí unas horas antes, pero en su cerebro continuaba la lid. Las imágenes de Theo y Charlie batiéndose a puñetazos pasaban una y otra vez a cámara lenta, la pobre Amy danzando como un títere, con el rostro descompuesto y regado de lágrimas y máscara de pestañas, alrededor en un vano intento de acabar con la pelea, impotente entre dos fieras ciegas por la ira. Sintió el rubor en las mejillas, avergonzada porque no había hecho nada, sólo contemplar como si de una película se tratara el intercambio de golpes e insultos, como si no le importara cuando había sentido cada uno de ellos como si los hubiera recibido ella misma. Sí, le dolieron los de Theo porque los encajaba por defenderla y eso le llegaba muy hondo, nunca nadie había salido en su defensa con tanto ahínco, y los de Charlie, porque los padecía el hombre al que tenía que dejar de amar a toda costa, pero que aún quería con todo su corazón.

Tomó una bocanada de aire al tiempo que pestañeaba, se le quebró el alma cuando lo vio incorporarse, con la cara amoratada y ensangrentada, le costó la vida misma rechazar su explicación, apartarse de él y echarlo a la calle, estuvo a punto de correr tras la apesadumbrada figura cuando lo vio abandonar el establecimiento, pero no, debía ser fuerte, Charlie era un bastardo de la peor calaña y lo mejor era mantenerlo lo más lejos posible o mejor aún hacer como si estuviera muerto y enterrado. Por eso se quedó donde estaba, tragándose el pesar que le ocasionaba ver sus lesiones y su derrota, aferrada a Lewis, él si merecía ser el destinatario de su preocupación, que curara sus heridas..., una extraña sensación se apoderó de ella al rememorar como el sexy policía la había mirado cuando le acarició la adolorida mandíbula o como besó las yemas de sus dedos al despedirse, ¿acaso él? No, era imposible —sacudió enérgicamente la cabeza— él era un hombre de honor y la había defendido sólo por eso. Se atusó el cabello y sonrió ante la loca ocurrencia que acababa de asaltarla. Tenía que centrarse en su trabajo y dejar de imaginar idioteces.

La mañana estaba resultando bastante divertida pensó moviendo el trasero al ritmo de la música que sonaba en ese momento en la radio, era tonta pero la imagen de Lewis ocupó su mente mientras trabajaba y lo cierto es que le agradó la idea que el guapísimo agente se sintiera atraído por alguien como ella.

—¿No crees que ya has tenido de sobra? —se regañó a si misma al darse cuenta de sus inquisitivos pensamientos—, si el que era tu amigo te engañó cualquiera sabe que hará uno que es casi un desconocido.

Cortó el tallo de la rosa amarilla que tenía en la mano hasta la altura adecuada y la colocó en el centro.

—Mmm es verdad conciencia quisquillosa —afirmó frunciendo el ceño—, pero soñar es gratis.

Inmersa en su auto conversación el sonido del teléfono la sobresaltó, se deshizo de los guantes de trabajo, bajó el volumen y tomó el auricular sin dejar de sonreír.

—Inspiración de RAE —respondió alegremente.
—Mi dulce y preciosa Rach como extrañé tu cálida voz —dijeron al otro lado.
—¿Qui... —las palabras se atascaron en su garganta mientras un escalofrío le recorría la espina dorsal.
—¿Estás asustada? —demandaron con pesar—, mi cielo sabes que jamás te haría daño, no tengas miedo de mi.
—Por favor —masculló con tono tembloroso—, déjame en paz, seas quien seas déjame en paz.
—Busca lo que te pedí —la ternura desapareció de repente—, encuéntralo y entrégamelo.
—No sé de que me hablas.
—No juegues conmigo Rachelle —advirtieron en un tono amenazante—, haz lo que te digo y por tu bien procuraría no acabar con mi paciencia—, dejó expeler un cansado suspiro-, ¿oyes el tic tac del reloj? Sí ¿verdad? Pues acaba de empezar a correr en tu contra.

Iba a hablar cuando se cortó la comunicación, miró el auricular que le devolvía el pitido de comunicando y que sostenía con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos y lo soltó sobre su base como si le quemara. ¿Qué era todo aquello? ¿Por qué la amenazaban? Dios, se llevó las manos a las sienes y las apretó con fuerza. Él quería desquiciarla.
El tintineo del móvil sobre el dintel la hizo revolverse, miró al hombre que permanecía con la mano en el pomo bajo el arco de la puerta, rompió a llorar y corrió hacia él, se abrazó a su cintura y enterró la cara en el ancho pecho. Notó los fornidos brazos enlazarse a su espalda, antes de que las palmas se aferraran a sus hombros y la separaran del cobijo que había buscado.

—¿Qué pasa? —el gesto de desasosiego en el rostro masculino era evidente—, ¿porqué estás así?
—Bésame.

Había ido allí con la intención de comunicarle lo que averiguó sobre la foto de internet y supo que algo no iba bien en el mismo momento que la observó rígida como una estatua tras la barra, quiso decirle algo mas cuando la vio correr con los ojos anegados fue incapaz, cuando se asió a él casi con desesperación y sollozó contra su tórax la preocupación lo desgarró. La separó de si y contempló el pálido rostro, los orbes cuajados de miedo y necesitó saber que la tenía tan aterrorizada. Pero ella dijo “Bésame” y se le olvidó todo, con premura acunó las húmedas y níveas mejillas entre sus palmas, bajó la testa y bebió de aquellos temblorosos labios.

Tan pronto su boca tocó la de ella, el deseo lo poseyó, la rodeó con fuerza y la pegó tanto a su cuerpo como pudo sintiéndola trémula y blanda. Pasó la punta de la lengua por los salobres labios lamiendo las lágrimas que los bañaban, mordisqueó el inferior antes de deslizar el húmedo músculo por entre los dientes que se abrieron dejando paso a la indagante invasión, succionó el rosado apéndice antes de dejarla participar, jadeó cuando lo acompañó en la erótica y mojada danza que estaba teniendo lugar en sus bocas, gimió al percatarse del ligero frotamiento de las arqueadas caderas contra su entrepierna que ya estaba dura, la necesidad de algo más que un beso se fue abriendo paso al tiempo que los envites en sus bocas se tornaban cada vez más frenéticos.
El grito de  protesta que pugnó por salir cuando ella se apartó para tomar aire, quedó oprimido en su garganta ante el brillo de la pasión en los pálidos iris. Su verga brincó dentro de sus pantalones estimulada por el fuego azul que lo miraba, Dios Santo pensó casi sin aire, se moría por enterrarse en esa mujer.

Todo su ser ardía por dentro, la sangre corría rauda quemándola como si de lava se tratase. Sus pezones estaban erectos, sus bragas húmedas, quería que le arrancara toda la ropa y la tumbara en el suelo, anhelaba que la empujara contra la pared y le hiciera el amor una y otra vez hasta dejarla sin sentido, hasta que..., parpadeó y enfocó al hombre que tenía enfrente, asombrada por la locura que acababa de cometer dio un paso atrás y luego otro. El calor de la turbación se apoderó de ella haciendo que la hoguera que la consumía se apagara de golpe.

—No —chilló cuando lo vio acercarse—, yo...
—Rae.
—Vete Charlie, por favor —suplicó abochornada.
—¿Qué me vaya? —demandó con sorpresa—, te abalanzas sobre mi, me enciendes como una tea y ahora me dices que me vaya.
—Fue un error —volvía a arder pero esta vez era la vergüenza la que la abrasaba—, estaba trastornada y pensaba...
—¿Qué pensaste Rae? —cerró los puños a los costados cuando ella le ocultó la mirada.
—No importa.
—Sí, si importa —asiéndola por los hombros la sacudió hasta que los garzos orbes se elevaron hacia él—, ¿qué creíste?, acaso... ¿me confundiste con otra persona?

Asintió levemente notando como las falanges se clavaban dolorosamente en su carne ante el afirmativo gesto, se quejó pero no disminuyó la presión ni un ápice, por el contrario él volvió a agitarla.

—¿En quien Rachelle?
—Suéltame, me haces daño.
—Dime su nombre —ordenó obviando lo que acababa de decir—. ¿Es Theo?
—Charlie por favor me haces daño.
—Contesta —insistió hundiendo aun más las yemas en la dermis—, ¿tanto deseas a ese cabrón que fuiste capaz de verle a él en vez de a mi?
—Si —sollozó con el corazón oprimiéndola la garganta ante la mentira.

Se tambaleó cuando la soltó de repente, por un momento creyó ver un matiz de tristeza cruzar por sus retinas, pero fue tan rápido que quizá lo hubiese imaginado. Sin decir un solo vocablo más la miró de arriba abajo con la indiferencia dibujada en sus pupilas, se giró y salió de la tienda sin volver la vista atrás.

La fresca brisa le acarició el rostro mitigando un tanto la furia que lo embargaba, se alzó las solapas y caminó calle abajo. No, no estaba irritado estaba herido, decidió aligerando el paso, ese monosílabo que brotó de los tentadores labios se le clavó en el pecho como un puñal y joder, dolía como el demonio. 

Continuará...




miércoles, 1 de junio de 2011

EL PRECIO DEL AMOR - CAPÍTULO 12






La pesadumbre con la que había salido del local se convirtió rápidamente en una dura y pesada ira que le quemada el esófago y la faringe pidiendo salir a gritos al exterior.

—¡Maldito hijo de puta! —bramó lanzando una patada a la papelera que segundos antes se encontraba frente a la comisaría y que ahora rodaba sin control hasta pararse en uno de los vehículos aparcados.
—Un mal día ¿eh? —preguntó uno de los novatos.
—¿Y a ti qué cojones te importa? —escupió lanzándole una mirada asesina.

Con la respiración acelerada y los puños anhelando tocar la imberbe cara, observó cabreado como el joven levantaba las manos en son de paz y se largaba rápidamente meneando la cabeza. Quería matar a alguien, pero su punto de mira se encontraba al otro lado de la calle, abrazando protectoramente a Rae y dejando que esta le acariciase la lacerada mandíbula mientras sus ojos le miraban amorosamente.

—¡Joder! —se cubrió el rostro exasperado con sus pensamientos para destaparse en cuanto rozó sus heridas—. Cabrón—, gruñó al ver ensangrentada una de sus palmas.

Como que se llamaba Charles O´Sullivan que esa mierda que tenía por compañero pagaría caro el que se hubiese metido entre medias de su chica y él. <<Para ya imbécil con tanta posesión>> se ordenó golpeándose la frente. Ella no era nada suyo, ya ni siquiera era su amiga por culpa de esa maldita apuesta. Cerró los párpados con fuerza como si un rayo le hubiese atravesado el cerebro y exhaló bruscamente cuando la fija imagen que le enseñó el pelirrojo en el PC apareció ante él. Esa foto estaba en su móvil ¿por qué mierda se encontraba ahí para el regocijo de pervertidos que no tenían ningún derecho a disfrutar de la exuberante figura? Un cuerpo que era suy...

—Joder Charlie, que no es tuya —se recordó a si mismo apretando los dientes.
—¿Todo bien? —demandó de pronto J.J. a su lado.
—¿Tu qué crees? —replicó volteándose para mirarle.
—Guau, tu cara es digna candidata para salir en un cuadro de Picasso.
—Y encima me siento tan retorcido como sus pinturas —murmuró desalentado.
—Si te sirve de algo, siento mucho por lo que estás pasando —declaró posando la palma en su espalda—, y por lo que está pasando ella.
—Me comporté como un crío al aceptar ese desafío sin pensar en las consecuencias.
—Nunca debimos proponértelo.
—Nunca debí acceder —admitió hundiendo los hombros.

J.J. contempló al hombre que tenía delante y al que apenas reconocía, y no por ese ojo y pómulo que conforme pasaban los segundos se iban hinchando cada vez más, sino porque por primera vez se estaba arrepintiendo de algo, mostrándolo a través de la apenada voz y del compungido semblante, y lo hacía de corazón.
Ya era tarde para dar marcha atrás en la metedura de pata, pero le ayudaría en todo lo que pudiese.

—¿Estás así por qué ya averiguaste quién fue el cabrón que hizo lo de internet?
—No, estoy así por un gilipollas entrometido, pero físicamente quedó tan tocado como yo.
—Vaya, tenía pensado venderte como obra inédita y póstuma de Pablo, pero al ser dos ya me has cortado el chollo.
—Como payaso no tienes competencia.
—Eso es porque no te has visto en un espejo —dijo riendo.
—Ja.
—Pongámonos serios y vamos al asunto, piensa quien pudo tener acceso a tu teléfono, no sé, tal vez alguna de las tías con las que te acostaste.
—Eso lo dudo, ella misma no podría haberse hecho eso.
—¿Ella misma? —preguntó pasmado—, ¿no jodas que en todos estos días sólo te has...?
—Sí y no quiero hablar del tema.
—No hablaremos, pero admite que da que pensar, tu eres de una mujer cada noche.
—Tampoco te pases.
—Bueno, noche sí noche no —aclaró sonriendo de lado.
—Idiota —replicó devolviéndole la sonrisa que se convirtió en una mueca de dolor por la herida—, quizá me estoy haciendo mayor.
—Puede, aunque yo me arriesgaría a pensar que se trata de otra cosa.
—Esta claro que de los dos el abuelo eres tú, así que deja de decir ñoñerías y vamos a lo que importa.

J.J. soltó una carcajada al comprender por fin a que se debía ese cambio tan evidente en su amigo. Lástima que ahora no fuese el momento propicio para meterse todo lo que quisiera con él, pero ya le picaría con Cupido y su traviesa puntería.

—Tachemos de la lista a tus ligues, aunque me hacía ilusión que fuese la venganza de alguna de ellas por haberla utilizado.
—Dejemos una cosa clara, yo no las engaño, nunca les hago creer que serán algo más que un polvo.
—Ya sabes como es la mente femenina.
—Ni lo sé ni me importa, sólo me interesan sus cuerpos.
—Aunque últimamente parece que sólo te atrae uno —indicó con tono divertido.
—Eres muy pesado, tío.
—Pues mi Jenny dice que soy muy flexible.
—Ella está enamorada de ti, yo no, por eso veos tus fallos y son muchos por cierto.
—Shh, que quede en nosotros o mi idolatrada imagen caerá del pedestal.
—Lo haré, pero sólo porque me caes bien.
—Simplemente por esa confesión te ayudaré con más ganas. Sigamos pensando ¿en qué momento pierdes de vista tu móvil?
—Cuando estoy en casa, pero estos días no invité a nadie y también aquí cuando me...

Lo que iba a decir quedó en suspense cuando con nítida claridad divisó al culpable dentro de su mente. Sin decir nada y con la sangre hirviendo caminó a grandes pasos hacia la comisaría y se adentró en ella. Lentamente anduvo entre el personal, ignorando los comentarios y las preguntas que le hacían. Todo carecía de importancia excepto el encontrarle. Rezaba porque no fuese verdad lo que su pensamiento le devolvía una y otra vez, aunque sabía que no estaba equivocado y el que sólo pudiese ser esa persona le estaba matando.
Volteó la testa ante la sonora y conocida carcajada. Verle ante el ordenador con tres detrás de él y correspondiendo a las risas le revolvió el estómago, pero apretando la mandíbula contuvo las nauseas. Una vez junto a ellos, dejó escapar un leve suspiro al verificar que en la pantalla no salía Rae, sino unos vídeos que nada tenían que ver. Con un gesto ordenó a los que estaban de pie que se largasen y se enfrentó a Ricky.

—Menuda facha, ¿quién te usó como saco de boxeo, tío?
—Fuiste tú —escupió abriendo y cerrando los puños.
—A mi no me mires, yo no te he puesto un dedo encima.
—Fuiste tú quien robó la foto de mi móvil.
—¿De qué hablas? Yo no...
—Ese día en las duchas no quisiste gastarme una broma cogiéndome el dinero, no, fuiste más allá —se acercó hasta casi rozar su nariz con la suya—. Tu meta era joderla a ella y de paso a mi.
—Te equivocas.
—¿En qué lo hago? —interrogó mascullando.
—Quise joder a esa gorda mojigata, no a ti.
—Hijo de puta —sentenció pegándole un puñetazo en el estómago.

Sin darle tiempo a que se recuperarse, le agarró de las solapas de la camisa levantándolo del asiento y obligándole a erguirse le arrastró hasta el vestuario, lo que tenían que hablar no le incumbía a nadie. Dentro el recinto le empotró contra las taquillas y sin soltar a su presa voceó a los pocos que ocupaban el lugar para que saliesen, una vez a solas fijó la vista en el extraño que tenía enfrente. Una mezcla de asco y pesadumbre se apoderó de él, pero ganó la rabia al comprobar que ni un mísero rastro de remordimiento se reflejaba en la cara de ese hombre que una vez consideró su amigo.

—¿Qué cojones has ganado haciendo eso? —quiso saber zarandeándolo—, la has hundido más de lo que estaba.
—Ella es una insignificante y fofa zorr...

El sonido de unos huesos chocando contra cartílago rezumó en sus oídos generándole un fuerte deseo de seguir golpeándole una y otra vez hasta destrozarle la vil faz, pero un resquicio de luz traspasó el espeso velo rojo que le cubría la visión y se contuvo, antes de machacarle debía dejarlo todo solucionado.

—No te atrevas a insultarla —advirtió enseñando los dientes en una mueca al tiempo que abrigaba los sangrantes dedos alrededor de su cuello.
—No puedo... resp... —farfulló intentando desprender el firme agarre.
—Debería terminar con tu asquerosa vida, así habría un repugnante insecto menos —masculló aflojando algo las falanges.
—No voy a luchar contra ti —musitó tragando saliva.
—¿Y crees que eso me calmará? —preguntó con una amarga sonrisa—. En mis 35 años he visto cosas que harían estremecer hasta a Superman, me han insultado en varios idiomas, he sufrido algunos golpes sobre todo morales, pero tú te llevas el premio.
—Sólo lo hice para reírnos.
—¿Dónde coño ves la diversión? —demandó descargando la palma abierta sobre el armario, haciendo que la testa de Martínez rebotase, para volver a dejarla en su lugar anterior.
—Yo...
—Te voy a decir lo que vi, contemplé a una mujer rota, desgarrada por dentro a la que le costará mucho salir del pozo donde la metiste.
—Amigo, te has olvidado que fuiste tu quien empezó con la broma.
—Esa palabra en tu boca es un insulto y jamás me olvidaré de que fui yo el primero que la jodió.
—Y bien que disfrutaste follándotela.

Con la furia haciendo más mella en él, desprendió una de las manos de la enrojecida garganta para estrellarla enérgicamente contra la mandíbula del bocazas. La cabeza giró a un lado provocando que el fluido líquido salpicase las metálicas taquillas.

—Escúchame bien porque sólo te lo voy a decir una vez —bisbiseó obligándole a mirarle y deleitándose con el encarnado flujo derramándose por sus labios y barbilla—. A partir de ahora ella será para ti como tu madre, una santa intocable y...

El ruido de la puerta al abrirse y cerrarse rápidamente le forzó a silenciar su ultimátum. De reojo comprobó que se trataba del pelirrojo que contemplaba a su presa con desilusión. Sí, sabia que él también estaba defraudado y dolido.

—He venido a avisarte que el capitán se dirige hacia aquí.
—Gracias —volvió a fijar la vista en las atemorizadas pupilas—. Te doy de plazo hasta mañana para eliminar cualquier mierda que circule por internet mancillando el nombre de Rachelle Anderson—, selló de golpe su puño alrededor de los testículos de Ricky asiéndolos con fuerza—, o lo siguiente que notes no serán mis dedos, sino el frío filo de mi navaja amputando tus ridículas pelotas. ¿Has entendido, gilipollas?—, inquirió apretando con más determinación.
—Si —chilló con un grotesco tono—, lo haré... maldita sea.

Obligándose a desprender el agarre, porque su instinto le exigía terminar con lo que había empezado y dejarle tendido en el suelo agonizando de dolor, se separó de él justo cuando la abertura que los mantenía aislados del resto del mundo se abatió chocando contra la pared.

-¡¿Qué está pasando aquí?! –bramó un encolerizado hombre con una reluciente calva y unos feroces orbes.
—Nada jefe —contestó J.J.—, estos dos que son muy torpes y se han caído al salir de las duchas.
—¿Vestidos y a una distancia considerable del baño?
—Ya le dije que son torpes y sí, han llegado hasta aquí deslizándose y golpeándose con todo lo que han encontrado por el camino.
—¿Me tomas por imbécil? —masculló asesinándole con la mirada.
—No —dijo seriamente—, por eso mismo espero que demuestre que me cree.

Parpadeó ante esas palabras y asintiendo dirigió los verdes ojos hacia los afectados.

—¿Debo hacerlo chicos?
—Pregúnteselo a Richard —respondió escupiendo el nombre.
—Es verdad jefe. A partir de ahora dejaré de ser un inepto —confesó oteando de reojo a Charlie.
—Por desgracia eso ya no me sirve —musitó echando a andar hacia la salida.
—Será mejor que te vea un médico —sugirió el capitán cuando pasó por su lado.

Negó lentamente palmoteando el hombro de J.J. agradeciéndole su compañerismo. Ojalá un doctor pudiese curarle, se ofrecería sin pensarlo para una sesión de horas con el desinfectante derramándose en las lacerantes heridas que tenía por dentro, pero sólo el olvido que proporcionaba el alcohol de una botella de whisky podría sanarlo al menos durante unas horas. Con un suspiro salió al exterior anhelando poder regresar al pasado y hacer las cosas de diferente manera, mas eso era sencillamente imposible así que tendría que cargar con su apestoso proceder a cuestas.
Cuando el helado viento le arañó las sangrantes lesiones sus retinas volaron a la colorida fachada de la floristería, se imaginó a Rae entre sus olorosas plantas y aunque ansió estar a su lado para aspirar el perfume de su piel ni siquiera amagó dirigirse allí, por el contrario bajó los escalones y se encaminó hacia la izquierda, dejando la tienda a su espalda.

Continuará...








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