miércoles, 28 de septiembre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR. Capítulo 27


SENTIMOS MUCHO NO HABER SUBIDO CAPÍTULO LA SEMANA PASADA, PROBLEMILLAS VARIOS NOS LO IMPIDIERON. HOY NOS HEMOS RETRASADO PORQUE EL BLOG SE NOS SUBLEVÓ Y COMO PODÉIS APRECIAR SIGUE SIN ESTAR DE NUESTRA PARTE, PERO COMO NO PODÍAMOS VOLVER A DEJAROS SIN ÉL, ESPERAMOS QUE SEPÁIS DISCULPAR COMO QUEDÓ, NO ASÍ AL BLOG, POR LO TANTO LE PODÉIS INSULTAR TODO LO QUE QUERÁIS Y MÁS, JAJAJA.
GRACIAS POR SEGUIR AL PIE DEL CAÑÓN.

Sabía que debía respirar, pero lo que su cerebro le dictaba su cuerpo se negaba a obedecer, pendiente tan sólo de la imagen tan impactante que se encontró al acceder al baño.


Se había despertado al percibir la falta de calor que desprendía la poderosa figura del policía e inmediatamente se sintió ridícula, ¿cómo era posible que en tan escaso tiempo se hubiese acostumbrado a tenerle tumbado a su lado? Enfadada consigo misma volvió a su posición inicial al borde de la cama, debía poner distancia o a saber como terminaría la cosa, sonrió tristemente, por supuesto que sabía qué podría suceder, los dos acabarían en ese colchón aunque uno encima del otro. Dispuesta a volver a dormir cerró los párpados con fuerza justo en el instante en que un apagado sonido se ancló en sus oídos. Sentándose de golpe en el lecho prestó atención al murmullo que venía de fuera intentando distinguir que podía ser, frunció el ceño confundida ¿qué era eso? ¿Acaso...? <<Oh, Dios mío, Charlie>>. Con el corazón encogido por el temor a que le hubiese sucedido algo, echó a un lado las mantas y sin ponerse las zapatillas salió rápidamente de la habitación.
Y ahí estaba ahora, con la conmoción y el fuego explotando a través de los poros de su piel, usurpando el lugar de la preocupación que gorgoteaba hasta hacía un instante por todo su ser.

Con el aliento atascado en la garganta, se quedó paralizado ante la inesperada visita. Lo único que podía hacer era vocear dentro de su testa una palabrota detrás de otra, levantando el volumen con cada blasfemia hasta que sus orejas vibraron mostrando su disgusto. ¿Alguna vez dejaría de comportarse como un gilipollas con esa mujer? Mierda, como si no fuese suficiente con esa bocaza que tenía ahora le había pillado masturbándose como un calentorro adolescente con las hormonas disparadas. Maldijo una vez más antes de darse cuenta de que aunque Rae se encontraba pasmada, había algo más que se revelaba tanto en su sonrojado rostro con los labios ligeramente abiertos, como en los claros orbes titilando con un ardor que hizo que su sangre se acelerase quemándole entero.

Con una inexorable lentitud y envalentonado por lo que su vista absorbía como un hambriento, deslizó el apretado puño hacia adelante. Dejó escapar un siseante jadeo entre los apretados dientes al restregar la palma en la llorosa cabeza impregnándola con el abundante líquido y, controlando el placer que le recorrió por la untuosa palpación, comenzó a acariciarse premiosamente de arriba a abajo.
Oh si, esto era estar en la gloria, con ella enfrente viéndole tocarse y endureciéndose cada vez más debido a la ardiente mirada que, fija en él, no se perdía ningún detalle.

Se le escapó un gemido cuando la sonrosada lengua bordeó la apetitosa boca, joder, daría parte de su vida si esta engullese su inflamado glande y lo lamiese hasta dejarle seco. Los ojos se estrecharon ante la imagen que tan nítidamente apareció en su pirexia mente. ¿En la gloria? No, esto era estar en el sofocante infierno, pero que ni Dante se atreviese a sacarle de allí, a no ser que fuese para hacer realidad el desesperante deseo de sentir ese húmedo músculo de ella alrededor suyo para luego hacerle sollozar cuando le torturase rozándole con los bordes de sus dientes.

Sus pulmones se abrasaron con la pequeña inhalación que entró apresurada cuando, asombrada y dominada por un anhelo como hacía mucho no sentía, oteó como la apretada mano de deslizaba por el erecto miembro. Esto no podía estar sucediendo de verdad, seguramente aún se encontraba en la cama prisionera de un tórrido sueño. Por su bien físico debía pellizcarse para despertar, pero los dedos los tenía atrapando con firmeza la tela del pantalón del colorido pijama y se negaban a desplegarse a no ser que fuese para dejarlos resbalar por el nervudo pene.

Se lamió los resecos labios con nerviosismo. Tenía al hombre que amaba delante suya, desnudo y tocándose lascivamente para ella, sólo y exclusivamente. Juntó los muslos al percibir como un caliente fluido se condensaba entre sus piernas mojándole las braguitas. Con desmedida codicia siguió el movimiento de esos largos y enroscados dedos, quiso desprenderlos uno a uno, chuparlos para llenarse las papilas gustativas con su mareante sabor y llevarlos a su punzante centro, mientras le rodeaba con sus propias falanges y comenzaba a masturbarlo apretándole también los endurecidos testículos, deleitándose con los mismos sonidos que ahora llenaban el pequeño habitáculo, únicamente que estos serían producidos gracias a ella.

Gimió al masajear y hacer rodar entre sus falanges el apretado escroto al tiempo que con la otra palma seguía una y otra vez la longitud de la hinchada verga, haciéndolo estremecerse por el inaguantable deseo de introducirse entre los acogedores pliegues y volver a estar en su añorado hogar. Las caderas comenzaron una serie de acometidas imitando el anhelo que le quemaba como lava. Una ola de calor le recorrió al imaginarse envuelto por su calidez.

—Rae —musitó sin apenas aliento.

Aunque no estaba preparada para chocarse de frente con la realidad y que esta congelase la intensa sensación vivida, se obligó a levantar la vista al escuchar su nombre, para estrellarse contra unas fogosas pupilas que la dejaron débil. Turbada por las emociones que dejaban fluctuar los oscurecidos orbes, se sujetó a la jamba para evitar caer. Lo que estaba observando en ese momento era producto de lo acontecido, nada más. Decepcionada y enfadada, pero con el cuerpo aún en brasas comenzó a voltearse.

—No te atrevas a marcharte.
—Yo...
—Tu —empezó a decir acercándose—, has sentido lo mismo que yo.
—Te equivocas —corrigió sin atreverse a mirarle.
—Mírame —ordenó suavemente a escasos centímetros de ella—. Nunca se te dio bien mentir—, aseguró cuando su negra mirada atrapó la clareada.
—Eres un...

Los labios masculinos apresaron el insulto al cubrirlos con los suyos. Tomó con avidez la jugosa boca deslizando la sedienta lengua con un enloquecedor movimiento, para aplacar la aridez que desde hacia semanas padecía. Le rodeó la cintura con una de sus grandes manos mientras con la otra le aprisionó la nuca estrechándola contra si.

Rachelle emitió un pequeño chillido cuando percibió sus palmas rodeándola para ceñirla contra su desnudo cuerpo, que se transformó en un ahogado sollozo cuando con una rodilla le separó las piernas e inclinándola ligeramente friccionó su muslo contra su centro enviándole oleadas de placer. La tela del pijama y la enorme erección presionando su cadera, no ayudaban a mitigar el sofocante calor ante la sensual caricia. Dejándose envolver por las sensaciones casi olvidadas que él le estaba despertando, deslizó las yemas por los antebrazos, los hombros hasta enredarlos en el revuelto cabello para sentirlo más cerca.

Ella le deseaba, daba igual lo que su golosa boca dijese, se lo había demostrado con su descarado y apasionado comportamiento de hacía unos instantes y ahora, al rodearle el cuello reteniéndole con avaricia contra su curvilínea figura. La necesitaba. Le urgía enterrarse en el rociado núcleo y notar la hinchada cabeza encerrada entre las paredes vaginales.

—Déjame hacerte el amor, Rae  —jadeó con voz ronca aprehendiendo su labio inferior entre los dientes.

Su ruego la debilitó y la fiera necesidad que corrió por sus venas la mareó. Se inclinó mas hacia él, hacia el devorador beso que avivaba sus oscuros deseos. Rotó la pelvis frotando con delirante lentitud la dureza  que palpitaba entre sus muslos. Oh si, él iba a ser suyo de nuevo. Frunció el ceño ante ese pensamiento. No, aunque eso supondría padecer como una loca por no aplacar el placer que vibraba por todo su ser, ella no sería jamás su juguete de nuevo. Tenía que tragarse las ganas de él y parar esta locura o se vería arrastrada por sus instintos, porque si la desechaba otra vez no podría superarlo.

—No —gimió separándose con ímpetu de él—, no más Charlie.

Un molesto frío comenzó a filtrarse entre la bruma del frenesí que le envolvía al escuchar la negativa, hubiese jurado por su vida que ella ardía con la misma pasión que lo cubría a él, pero fue al alzar la vista hasta sus ojos cuando percibió el brillo de la lujuria mezclado con una turbulenta tristeza que le destrozó el corazón. Quiso abrazarla y apartar el pesar de los vidriosos orbes, pero era mejor dejarla ir en ese momento y tragarse la frustración por el deseo no consumado.

Haciendo acopio de voluntad para no llorar, se giró caminando con flemáticos pasos hacia la salida. Probablemente lo que estaba haciendo ahora era una soberana estupidez, pero de lo que estaba segura era de que su dignidad no pensaba lo mismo.

óóóóó

Llevado por una intensa frustración, dejó que su puño rebotase una y otra vez contra el volante. Le importaba un cojón si la mierda del airbag le saltaba en su puta cara y se la reventaba, por lo menos así dejaría de sentirse un inepto por haber dejado escapar a su presa y sólo pensaría en su nariz golpeada y con un poco de suerte rota. Se lo merecía por confiado. A él nunca, nunca le había sucedido algo así. Tenía que haber sido más espabilado, estar constantemente ojo avizor, meando dentro de una botella si fuese necesario, cualquier cosa siempre que no la perdiese de vista

—¡Joder! —bramó soltando un último golpe.

Llevó a cabo varias respiraciones profundas hasta que poco a poco consiguió que sus pulmones trabajasen con normalidad, sin embargo la cabeza era distinta, la sacudió intentando desprenderse de la ansiedad que tiranizaba sus pensamientos, pero le fue imposible conseguirlo. Aún recordaba como si hubiese sucedido escasos minutos el momento en que, según aparcaba frente al edificio de la mosquita muerta, el rubio policía se paraba al lado de su vehículo, sacaba el móvil y con un tono furioso increpaba a alguien el que hubiese permitido que Rachelle se largase con el otro agente. Se quedó de piedra al escuchar eso y casi estalla en un montón de trozos cuando resultó que se la había llevado lejos y nadie sabia donde. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no salir y liarse a hostias con el memo del novio por permitir que se la quitasen delante de su jeta. No contento con eso y aun sabiendo que hacia mal tuvo que ir a contárselo a Devon. Todavía no entendía como le permitió que le tratase tan despóticamente, si con un soplido ese patético gilipollas saldría volando, pero maldita sea también lo haría su abundante dinero.

Repitió de nuevo el proceso de las largas exhalaciones para tranquilizar tanto la mala hostia como los nervios y volver a ser el de siempre. Un hombre seguro de si mismo.

—Te voy a encontrar, zorra —masculló—, con la ayuda de tu amiguita o sin ella te voy a encontrar—, afirmó mirando a través del manchado parabrisas a una de las ventanas del bloque que tenía en frente.

Ella sin duda debía saber algo, estaban demasiado unidas para que no fuese así. De repente se animó dejando aflorar una voraz sonrisa, esa morena se veía realmente apetitosa, un auténtico bollito caramelizado, no como la insulsa de su amiga, aunque si debía ser sincero consigo mismo para un buen polvo si que serviría. Se volvió a cabrear al recordar su huida.

—Cuando te pille te voy a follar durante horas y luego, hablaremos para ganarme mi sueldo.

Satisfecho con su decisión echó el respaldo hacia atrás, cogió la gruesa manta que había dejado en el asiento del copiloto y se tapó con ella. Con esta no metería la pata, así se quedase helado Rachelle sería suya.

óóóóó

Con las lágrimas bañando sus mejillas y sintiéndose la más imbécil de las mujeres llegó al cuarto, se tumbó en la cama esperando en vano que el calor que la fundía de dentro a fuera se aplacara mientras soñaba con ser diferente, como le gustaría ser más decidida, más valiente, pero no decididamente ella no era aguerrida, sólo una desgraciada que apostó mal y le rompieron el corazón.

Apartando el llanto, jadeó cuando con el movimiento la tela rozó los pezones erguidos y sensibles ansiosos de atención, agudizó el oído tratando de percibir entre el sonido de la ducha algo de lo que imaginaba Charlie estaría haciendo, dándose el placer que ella negó a ambos. La imagen de él tocándose ante ella se dibujó en su cerebro provocándole una nueva oleada de lujuria, se retorció entre las sábanas y apretó los muslos, deslizó la mano por su vientre hasta la cinturilla de su pantalón dispuesta a aliviar la hoguera que la consumía. Cuando la yema del dedo encontró su candente y húmedo centro tuvo que apretar los dientes para retener el potente gemido que vibraba en la garganta.
Tapándose la boca con la palma libre, para ahogar los resuellos que pugnaban por escapar, continuó palpando su canal presionando levemente con el pulgar el abultado montículo al tiempo que sus caderas se cimbreaban al ritmo de sus toques. Los hinchados labios se contrajeron con pequeñas descargas de energía que recorrieron todo su ser preparándola para lo que nunca antes había experimentado a solas.
Mordiéndose el dorso de la mano aceleró la frotación sobre su clítoris, los ojos se le opacaron, los dedos de los pies se encogieron y su pelvis se levantó del colchón por inercia propia cuando la avalancha del orgasmo la sacudió arrasándola por completo.

Entre la jadeante respiración y el golpear incesante de su corazón, se coló el cese del repiqueteo del agua. Apartó las falanges, mientras un exagerado rubor la cubría avergonzada porque él pudiera regresar y encontrarla de esa guisa. Cerró los ojos fingiendo dormir, lo último que deseaba era encontrarse con él y que vertiera sobre ella cualquier humillante comentario. 

Continuará...



miércoles, 14 de septiembre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR. Capítulo 26


Perpleja ante la maniobra de Charlie volvió la vista atrás para ver por la luna de cristal alejarse la calle a toda velocidad. Maldiciendo se aferró a los asientos delanteros para acercarse más al conductor.

—¡Para! —gritó junto a su oreja pero él parecía haberse vuelto sordo— he dicho que pares maldita sea.
—Deja de chillar como una loca, acomódate y disfruta del viaje —indicó haciendo caso omiso a sus demandas—, no todos los días dispones de chofer particular.
—No tiene gracia —respondió clavando las uñas en el cuero—, ¿Qué te crees que estás haciendo?
—Conducir.
—Estoy hablando en serio Charlie, si es una broma ya está bien, da la vuelta tengo que coger un tren en una hora —dijo adoptando un tono más conciliador.
—No creo.
—Y además Amy tiene que estar preocupada al ver que desaparecimos —añadió nerviosa al ver que no le hacia caso.
—No te preocupes por ella, estará bien.

Bufando se echó hacia atrás y respiró profundamente en un vano intento por calmarse, pero le resultaba imposible. Los edificios iban pasando ante ella como manchas borrosas debido a la celeridad mientras en el espejo retrovisor podía contemplar una sonrisa burlona que la sacaba de quicio. Tomó aire y volvió a incorporarse para hacer un nuevo amago de hacerlo entrar en razón.

—Charlie estás haciendo una tontería, cuando Amanda vea que no estamos va a pensar que me has secuestrado y avisará a la policía.
—Quizá piense que hemos huido juntos —dijo buscando su mirada a través del pulido cristal.
—No me hagas reír, precisamente ella sabe que no iría contigo ni a la esquina —barruntó cada vez más enfadada al ver que se burlaba de ella.
—Mmm tal vez te sorprendería saber lo que pasa por la bella cabecita de tu amiga —dejó caer mientras ponía el intermitente al llegar a un desvío.
—No trates de confundirme ni de cambiar de tema, o paras ahora mismo o te juro que me tiro en marcha —amenazó agarrando la manilla de la puerta que para su asombro no hizo nada— mierda.
—Seguridad para niños.
—Te odio —gritó frustrada mientras las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas—, te detesto con todas mis fuerzas.
—Rae
—Ojala no te hubiese conocido nunca —sollozó impotente.

Durante unos minutos el silencio se instaló entre ellos, se llevó las manos a la cara para que no la viera llorar cuando, sin dejar de conducir, la miró por encima del hombro, ya estaba bastante sofocada con la situación como para que encima él se burlara al verla con los ojos enrojecidos. Soltó un gritito cuando el frenazo la hizo inclinarse violentamente hacia delante y no fue lo suficientemente rápida en reflejos por lo que se golpeó con la parte trasera del asiento del copiloto. Iba a protestar cuando oyó como él abandonaba el auto, por la ventanilla lo vio pasear de un lado a otro y por las zancadas que daba parecía bastante cabreado, encima como si fuera culpa de ella. Apartó la vista al verlo acercarse.

Sólo quería ayudarla maldita fuera, su intención era sacarla de la ciudad durante unos días mientras sus compañeros investigaban el asunto de su agresión y de las amenazas, pretendía poner tierra entre el desalmado y ella. Mierda, quería que se sintiera segura no que pasara un calvario por estar a su lado, pensaba que gastando bromas llegarían a su destino sin apenas darse cuenta y con sus gilipolleces había conseguido hacerle sufrir. Estaba enfadado por que últimamente siempre metía la pata, pero estaba mucho más cabreado con las palabras que ella le había lanzado a la cara, lo cierto era que esos vocablos no lo habían enfurecido podría con eso, pero no con el dolor que le causó escuchar de sus labios que lo odiaba. Se mesó el cabello para tranquilizarse y tomando la manija abrió.

—Baja —ordenó contemplándola hipar repetidamente—, baja Rae.

Se apartó para dejarla salir sin dejar de observarla y se dio un puñetazo mental al verla tan triste.

—¿Por qué lloras?
—¿Tu que crees? —demandó secándose con el dorso—, me engañas, me secuestras y no solo te ríes de mi, sino que además me tratas como a una estúpida.
—No te secuestré —murmuró rozando con la yema del pulgar el húmedo pómulo.
—¿Y como llamas a meter a alguien en un coche y llevársela en contra de su voluntad?
—No te obligué a subir —terció apartando un mechón de pelo que caía sobre su frente— y en cuanto dejes de comportarte como una idiota yo dejaré de tratarte como si lo fueras.

Boqueó perpleja ante su comentario, de un manotazo se separó de él.

—¿No ves que quiero ayudarte? ¿Qué todos queremos que estés a salvo? —preguntó clavando la vista en ella—,nos preocupa que algo malo pueda llegar a ocurrirte. Fui a por ti porque Amanda me avisó que seguías recibiendo llamadas —confesó al verla parpadear repetidamente como si no entendiera nada—, me telefoneó y me contó que al poco de irme el otro día de tu casa ese individuo volvió a las andadas —tragó saliva—, y después de la agresión que sufriste a las puertas de tu negocio trazamos un plan entre los dos, ella te convencería de hacer un viaje y luego yo me encargaría de velar por tu seguridad.
—¿Por qué no me dijisteis nada?, habéis maquinado a mis espaldas, tu y la que creí mi amiga que ahora resulta que es una traidora.
—Sabes que eso no es cierto, te quiere y está muy asustada, no es justo que pienses así de ella y yo…, bueno no creímos que contártelo fuese una buena idea, como bien has dicho conmigo no irías ni a la esquina —su voz sonó un tanto estrangulada—, no te voy a imponer mi presencia si tanto de molesta Rae.
—Yo…, lo siento Charlie —miró al suelo avergonzada—, sabes que no es cierto, es solo que estaba disgustada y aún lo estoy, me siento como una niña tonta a la que hay que guiar.
—Déjame ser tu perro lazarillo, tontita.
-¿No te da miedo que pueda llegar a ahogarte con la correa por tus halagos? —preguntó intentando disimular una sonrisa.
—Solo si me soltases —dibujó la línea de la boca con el pulpejo del índice— y te diré lo que eres, una preciosa mujer que me tiene..., que está atemorizada.

Curvó la comisura al verla bajar la testa mientras un ligero rubor la cubría. Su instinto le indicó que ya casi la tenía, nada más debía presionar un poco para conseguir que ella lo acompañara hasta donde tenía previsto.

—Bien —susurró acunando su cara para que lo mirará—, ¿proseguimos viaje y dejamos a los chicos hacer su trabajo durante unas jornadas o te llevo a casa? Aunque te advierto que decidas lo que decidas voy a estar pegado a ti como una lapa.

Durante unos segundos de incertidumbre dejó vagar sus pensamientos, conociendo los sentimientos nada agradables que su amiga tenía hacia el policía debía estar muy asustada por ella para dar el paso de ponerse en contacto y acabar siendo cómplices en algo como aquello. Sintió una profunda vergüenza por haber pensado que era una traidora. En cuanto a él era cierto que se portó como un bastardo, pero también era verdad que día tras día intentó explicar el por qué de su actitud sin que se lo permitiera y a pesar de sus desplantes, de sus insultos regresaba una y otra vez a su lado y nuevamente ahí estaba dejando atrás sus cosas, su trabajo, su vida para sacarla del infierno al que un mal nacido la arrastraba sin remisión.
Apretó con fuerza los párpados como si con ello pudiera borrar la miseria que ocupaba sus días y sobre todo sus noches, faltas de sueño y descanso a causa de las pesadillas. Tenía miedo, horror de estar en casa y que sonara el teléfono, a salir a la calle y que ese monstruo volviera a atacarla, pero también sentía pánico de ir con Charlie por que a pesar de todo seguía siendo el dueño de su corazón.

—Rachelle —su nombre le llegó con dulzura, como la suave caricia que le dedicaba a sus labios con el pulgar—, confía en mi por favor, déjame protegerte.

Abrió los ojos y observó los orbes color chocolate, que a su vez la contemplaban. Una sutil tristeza brillaba en ellos pero también una gran determinación y supo que a su lado estaría segura.


—¿Dónde me llevas? —musitó mientras cierta dosis de placer iba tomando sus terminaciones nerviosas ante los tiernos toques.
—Es una sorpresa —afirmó depositando un beso sobre la frente antes de soltarla con desgana e indicarle el auto—, vamos sube.

óóóóó

Con la bolsa de viaje al hombro, donde guardaba las pocas cosas que trajo de su apartamento, salió del cuarto. Al llegar al salón se detuvo y echó una ojeada. Todo estaba en su sitio, cada detalle le otorgaba a aquel lugar ese toque hogareño que jamás desprendería su casa. Sus retinas se clavaron en una de las fotos que descansaba en la balda del mural, se acercó y la tomó. En ella un par de jóvenes sonrientes enlazaban a una chica que parecía un alma en pena entre ellos. Deslizó el dedo por el rostro de la muchacha y por un instante dudó en si había hecho lo correcto, luego se fijó en el más mayor de los chicos y se convenció que actuó bien. Detestaba a ese arrogante y no le dolían prendas en hacérselo saber y mucho más después de que se comportara como un cerdo con Rach, pero para su asombro y eso era algo que no reconocería ni bajo tortura, cierto aprecio por el fue naciendo poco a poco. No era cariño, quizá podía llamarlo afecto por que aunque no entendía como pudo hacer algo tan bajo, también se percató de su arrepentimiento y de que realmente le importaba su amiga. Quizá debían darse una nueva oportunidad.
Pero no todo fue bondad, se dijo, había una parte más oscura y egoísta en todo aquello llamado Theo. Sufría por ese hombre mientras él apenas la miraba pendiente como estaba de una mujer de la que jamás lograría más que amistad. Quizá con aquello no conseguiría tenerlo con ella, pero al menos le abriría los ojos.

El sonido del timbre la sobresaltó, tanto que estuvo a punto de dejar caer el marco al suelo. Lo colocó en su sitio y se giró apresurando el paso ante la insistencia de la visita. Casi de mal humor abrió la puerta dispuesta a soltar una charleta a quien fuera pero las palabras quedaron atascadas en su garganta al ver la imponente figura frente a ella. Como si lo hubiese invocado Theodore Lewis vestido con su uniforme, una rosa blanca en la mano y una deslumbrante sonrisa parecía sacado de una revista de modelos masculinos. Se apoyó en el marco cuando le flaquearon las rodillas, pero al segundo se recuperó al ver la desilusión dibujada en su rostro.

—Hola.

La tentativa de sorprender y alegrar el día de Rachelle quedó en nada al ver que era la temporal compañera de piso quien estaba en el umbral, la sonrisa desapareció de su boca y el brazo donde portaba la aromática flor que le compró cayó a su costado. No era que no le gustara ver a la guapa morena que descansaba contra la moldura, con el jersey gris de cuello cisne marcando sus turgentes senos y los gastados y ceñidísimos vaqueros que le sentaban como una segunda piel a sus torneadas piernas, era una delicia erótica para la vista, una delicia que quedaba muy lejos de su alcance.

—Hola —respondió rozándola levemente al adentrarse en el piso—, he venido a ver a…
—No está —interrumpió Amy caminando tras él— se ha ido.
—Bueno la esperaré.
—Se marchó de viaje —dijo deteniéndose a cierta distancia.
—¿De viaje? —se revolvió como un resorte— ¿Sola?
—No —negó bajando la mirada temerosa de la reacción—, se fue con O’ Sullivan.
—Con… —acercándose a ella al percatarse que le ocultaba algo la aferró de los antebrazos— ¿Ese hijo de puta la forzó a irse con él? ¿Dónde la llevó?
—No sé donde fueron —contestó tironeando—, y no la obligó, de echo yo le pedí que se la llevara.
—¡Tú! —exclamó soltando el agarre como si se quemara—, maldita sea, te volviste loca.
—Déjame explicarte por favor —suplicó al ver como se alteraba.
—De acuerdo habla.

Mordiéndose la lengua para no interrumpirla, cerrando los puños para no estamparlos contra algo o alguien escuchó presa de una creciente furia sus pobres razones. No cabía en si cuando ella acabó, se sentía un inútil al que habían echado a un lado, un imbecil con el orgullo vapuleado. Con el fuego de la ira brillando en sus verdes iris se inclinó hacia ella, que tras soltar la diatriba permanecía cabizbaja.

—¿Y tu te llamas amiga suya? —gritó conteniéndose para no agarrarla y zarandearla—, joder ¿que clase de persona eres que la lanzas al tipo que la usó como a una basura?
—Hice lo que creí mejor para ella —respondió tragando saliva al ver el gesto adusto en el apuesto semblante—, él era la mejor opción la cuidará bien.
—Por todos los Santos —se mesó el cabello una y otra vez dando largas zancadas por la habitación—, no puedo creer lo que estoy oyendo.
—Theo por favor —alargó la mano hacia él y este la apartó casi de un manotazo—, la quiere la protegerá.
—Me importa una puta mierda lo que él sienta o deje de sentir —bufó como un animal—, es Rachelle la que me preocupa, dime ¿no tiene bastante con ese acosador como para que encima la víbora en la que confía ciegamente la engañe y la obligue a irse con un hombre que detesta?
—¡Deja de insultarme! —exigió sacando el genio encarándolo—, yo jamás haría nada que la perjudicara y lo sabes, además ella lo ama.
—Eres una zorra mentirosa —asiéndola la sacudió con fuerza—, dime ¿que te dio ese patán para que ahora lo defiendas con tanto afán? —estaba tan fuera de si que no percibió como una ligera capa de pesadumbre y humedad embadurnaban los oscuros orbes—, no mejor no me digas nada, sé como es él y sé como eres tu. Un cabrón sin escrúpulos y una fulana sin corazón.
—¡Basta! —chilló dándose la vuelta cuando se vio libre para intentar retener las lágrimas que reclamaban salir ante sus crueles palabras—,no tienes ni la más minima idea de quien soy, no me conoces una mierda para hablarme así, no eres más que un mamón llorica que se está engañando a si mismo —lo miró por encima del hombro sacando fuerzas de donde sólo había aflicción—, no eres más que un amigo para Rae y lo que es peor, tú tampoco la amas te aferras a ello como un niño a un caramelo y no sé el motivo.
—Que sabrás tú de sentimientos —sentenció despectivamente mientras caminaba hacia el pasillo—, tú que lo único que sabes es abrir las piernas.

Aquello fue como si la golpearan en el centro mismo del plexo solar dejándola sin aire, se sintió morir mientras lo veía marcharse. Se dejó caer de rodillas y enterrando la cara entre las manos dio rienda suelta al llanto anhelando ahogarse en los ríos salados que inundaban sus mejillas. Dios Santo como iba a soportar amar a un hombre que sentía por ella un asco y un odio tan intenso que no dudaba en hacérselo saber.

óóóóó

Después de varias horas de viaje, algunas de ellas por unas mal asfaltadas carreteras llenas de baches que los hacían saltar en el asiento y en las cuales el silencio o el sonido de alguna antigua canción era lo único que se oía, la cabaña apareció ante ellos. Una pequeña construcción de madera de una sola planta enclavada en un diminuto claro de un inmenso bosque de gigantescos abetos. Lentamente, debido a la gran cantidad de nieve, recorrieron los últimos metros hasta aparcar en un lateral de la casita que de cerca parecía de cuento. Bajaron del coche y mientras Charlie abrió sin dificultad la puerta, prendió la luz y regresó por las maletas ella se dedicó a contemplar el bucólico paisaje. Una postal de navidad, era lo único que se le ocurría para describir lo que tenía ante si, miles de árboles centenarios cuyas ramas estaban cuajados del congelado elemento, unas altas montañas que se quebraban contra el horizonte y cuyas blancas cimas parecían dar dentelladas al sol que ya se ocultaba tras ellas tiñendo de un rojo anaranjado el cielo del atardecer. Lanzó un largo suspiro y reposó la espalda sobre el amplio torso de Charlie cuando este se acercó a ella y posó las manos sobre sus hombros.

—Esto es precioso —murmuró soñadora—, se respira paz.
—Sí lo es —afirmó resbalando las palmas por los brazos hasta rodearla por la cintura—, pero será mejor que entremos ahora, ha sido un viaje largo y debes estar cansada, además hace mucho frío.
—Es verdad —se separó de él y se encaminó hacia la vivienda.

Charlie la contempló alejarse hacia el interior de la cabaña, había disfrutado de aquellos segundos en que la tuvo pegada a él sin tensiones. Ella debía estar tan ensimismada con el entorno que seguro ni se percató como el corazón se le desbocó en el pecho al sentir su contacto. Se miró los dedos, que aun conservaban el tacto de la lana de su abrigo y fue tras ella.

Con los nervios a flor de piel por la situación vivida entró en el inmueble, este se componía de una estancia amplia que servía de salón y cocina, amueblado con un marcado estilo rustico, un aparador con cristalera donde se divisaban algunos platos, un sofá tapizado con un alegre floreado y una mesita eran los únicos muebles de la sala en la que una enorme chimenea de piedra y que casi le provoca un suspiro coronaba el lugar. En el hogar, un hornillo un tanto oxidado, varios armarios de un tono más oscuro que las paredes, varias alacenas y una nevera como las que habían en algunos hoteles, supuso que debía disponer de un generador para que funcionara la red eléctrica, una puerta cerca del frigorífico le llamó la atención, abrió era un baño de escasas dimensiones pero bien equipado con un retrete, un lavabo y un pie de ducha sobre el cual colgaba una simpática cortinilla de plástico salpicada de patitos amarillos. Regresó al salón y sonrió a Charlie que de brazos cruzados la veía ir y venir, se encaminó hacia el fondo donde un marco sin puerta parecía llamarla, con la luz del ocaso observó la única habitación decorada con una cama de matrimonio, un ropero y una mesita de noche, frunció el ceño antes de ir al encuentro de su amigo.

—¿Te gusta? —demandó él al verla aparecer.
—Oh si me encanta —afirmó sinceramente—, ¿de quien es?
—De un compañero, la usa para la temporada de caza —tomándola de la mano la llevó de nuevo a la cocina y fue abriendo armarios y la nevera—, mira tenemos provisiones —luego fue al fregadero y giró la llave del grifo— también agua fría y caliente, leña cortada en la parte trasera para la chimenea, varios barriles de gasóleo…
—Veo que te has ocupado de todo —contestó alegremente contagiada por el entusiasmo masculino—, pero hay un problema, solo hay una cama.
—Y un sofá —aclaró él.

Una vez acomodados y tras una frugal cena compuesta por unos sándwiches con queso que trajeron con ellos, una manzana y un par de tragos de agua, decidieron que estaban agotados y lo mejor era irse a dormir.
Charlie permaneció en la sala mientras Rae se daba una rápida ducha, se lavaba los dientes y se acostaba, luego fue su turno, permaneció bajo el agua más tiempo del aconsejable, pero prefería apartar la imagen de ella con aquel pijama de corazoncitos rojos sobre fondo negro que no dejaba ni un centímetro de piel al aire y que precisamente por ser ridículamente inocente lo había puesto a mil a la velocidad de la luz. Cuando el fluido se tornó helado dio un respingo, cerró, tomó la toalla y se frotó vigorosamente, después agarró el pijama —él siempre dormía desnudo— y a disgusto se lo colocó. <<Si alguien te viera de esta guisa>> se dijo a si mismo mientras iba hacia el cuarto, al llegar a la altura del sofá sonrió al ver las dos mantas dobladas sobre el respaldo, las cogió y fue hacia el dormitorio. Sin prender la luz estiró una de las prendas de abrigo sobre la cama, se obligó a ponerse serio al escuchar un suspiro justo antes de que la estancia se llenara con la amarillenta vida de la bombilla. Sin hacer caso de la mirada asombrada de una Rae que sentada se tapaba hasta el cuello, añadió la otra manta. Se acercó, desplegó el embozo y se dispuso a acostarse.

—¿Qué haces?
—Voy a dormir.
—Pero pensé…, yo creí que lo harías en el salón —masculló tirando más arriba de la sábana.
—Ese sillón es demasiado pequeño para mí —explicó tumbándose y cubriendo su cuerpo—, si duermo ahí mañana me levantaré con dolores y los huesos hechos papilla.
—Si pero…
—Cariño, no seas tontita, no es la primera vez que dormimos juntos —no sin trabajo fue apartando los dedos uno a uno que se cerraban como garfios y la invitó a echarse—, no va a pasar nada, duérmete.

Era una idiotez comportarse como una virginal adolescente y más con un hombre con el que había hecho el amor, no una sino varias veces, pero no podía evitarlo, sentir su cercanía era más de lo que podía soportar. Para no rozarlo siquiera se desplazó todo lo que pudo hacia el borde del lecho, cerró los ojos y esperó poder dormir aunque mucho se temía que iba a ser otra noche en vela. Se tensó cuando una palma se posó sobre su vientre y la empujó hacia el centro del tálamo.

—¿Qué estás haciendo?
—Dios Rae, trato de evitar morir de congelación por que estás a punto de caerte y llevarte toda la ropa contigo —indicó tratando de parecer divertido.
—Lo siento —replicó quedamente mientras sentía el cuerpo de Charlie pegado al suyo.
—Vale, quédate donde estás y los dos sobreviremos esta noche sin lamentar desgracias —la soltó y se puso boca arriba— relájate cielo y descansa.

Era la hostia dar ordenes y que te obedecieran pensó cuando oyó como la respiración de la mujer se regulaba hasta saber que estaba dormida, tan profundamente que se giró y se abrazó a él, sonrió satisfecho, le gustaba sentirla cerca, notar sus delicadas manos sobre su estomago y su pecho. Oh una delicia cuando ella colocó una pierna sobre las suyas. Pero lo que comenzó siendo el paraíso para sus sentidos era ahora un jodido infierno, bajó los parpados para disfrutar del sueño pero le era imposible conciliarlo con aquella hembra voluptuosa, a la que deseaba con todo su ser, frotándose contra él. Por los clavos de Jesucristo, tenía el cuerpo en llamas y la polla tan dura que iba a reventar. Gimió cuando las falanges descendieron por su tripa hasta la cinturilla del pantalón <<Vamos bonita, sigue bajando>> inquirió mentalmente lo que casi lo hace sollozar al imaginar aquellos largos dedos cerrarse sobre él, o mejor aún sus seductores labios. Señor, tenía que dejar de pensar en eso o se abalanzaría sobre ella, le arrancaría la ropa sin importarle si la asustaba o no y la penetraría una y otra vez hasta oírla gritar su nombre. 

Con cuidado de no despertarla bajó de la cama y fue al salón, se paseó un par de veces en un vano intento de aplacarse. Masculló una blasfemia y se dirigió al baño. Prendió la bombilla que colgaba del techo y se miró el bulto que se dibujaba en su entrepierna, genial tendría que esperar un buen rato o darse una ducha fría, casi mejor lo segundo después de todo se lo tenía merecido por gilipollas. Se arrancó la camisa del pijama y de un tirón se bajó los pantalones y los sacó por los pies, desnudo bajó la vista hacia la erguida y palpitante verga que desafiante se extendía ante sus ojos, con una maldición cerró el puño sobre la calida y endurecida piel. Jadeó y apoyó la cabeza sobre la pared, la ducha iba a tener que esperar pensó mientras con una pausada lentitud iba deslizado la palma arriba y abajo oscilando las caderas, mordiéndose el labio para ahogar los gemidos que pugnaban por salir de su garganta.

Un leve chasquido le hizo girar el cuello, entre la neblina del placer que se estaba dando contempló a la dueña de sus desvelos que boquiabierta tenía los ojos prendidos en él.

Continuará…



miércoles, 7 de septiembre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR - CAPÍTULO 25



Hoy era un día para quedarse en casa, el frío le calaba los huesos a pesar del grueso jersey y pantalones de pana que llevaba debajo del  rojo y largo anorak, pero no, iba a seguir el consejo que le dijo el doctor Gordon y el que ella ya sabía de antemano. Continuar con su vida.
Aceleró el paso, luchando para que el viento no se llevase el paraguas y que la lluvia terminase de empaparla, sin dejar de observar a las pocas personas con las que se encontraba por el camino. Todos parecían sospechosos, incluso una madre que llevaba a su bebé en un carricoche. Sabía que era ridículo, pero aún no tenía suficiente capacidad para doblegar a su insano pensamiento ni hacer que su corazón se saltase tres latidos si de pronto aparecía alguien delante de ella. Con la ayuda del psicólogo poco a poco lo conseguiría. Le había demostrado en apenas unas sesiones que era un excelente médico, no sólo era bueno escuchando, sino que era también un magnífico orador que te envolvía con sus palabras haciendo que le contaras hasta el más ínfimo de tus secretos, para después aconsejarte sabiamente. Si tan sólo lograse quitarse de encima el problema del acosador, con su ayuda no volvería a ser la de siempre, sería mucho mejor.

Agradecida de llegar a su negocio, plegó el paraguas al llegar a la puerta y buscó dentro del enorme bolso las llaves para acceder a él.

—Me voy a congelar como no aparezcáis pronto —protestó con los dientes castañeando rebuscando en su interior.
—Yo podría ayudarte a entrar en calor —susurró una pastosa voz tras ella.

Rachelle soltó un pequeño grito e intentó separarse, pero un gran cuerpo se pegó al suyo aprisionándola junto a la entrada.

—Shh —cogió su barbilla y le giró la cara presionándola contra el cristal—, esto debe quedar entre nosotros a no ser que quieras que termine mi trabajito—, amenazó rodeando con un dedo enguantado la cicatriz de su mejilla.
—Por favor...
—Me gusta que me rueguen —masculló restregando la pelvis contra sus nalgas.

Sean sonrió cuando la vio cerrar los párpados y dejó escapar un débil sollozo entre los apretados labios. Sabía que su advertencia lograría que se callase, ahora deseaba su silencio aunque una vez dentro de la tienda la cosa cambiaría, ahí la quería balbuceando y suplicando piedad. Su miembro se engrosó y palpitó ansiando introducirse en ella mientras escuchaba el dulce y lloroso ruego.

—¿Has visto lo que me haces? —preguntó empujando levemente la cadera, tampoco era cuestión de levantar las sospechas de los escasos transeúntes, que aunque iban a su bola siempre podía haber algún imbécil que se atreviese a llamarle la atención—, te voy a hacer disfrutar.
—No...
—No te he dado permiso para hablar —profirió golpeándola en la sonrosada marca.

Las lágrimas que pugnaban por escapar desde el instante en que apareció detrás de ella comenzaron a deslizarse por sus mejillas como si de un manantial se tratase. Deseó poder hacer lo mismo con su voz, tener el valor suficiente para dejarla salir de su garganta en forma de bramido, mas no pudo. El terror se adhería pegándose a su piel y sofocándola. Iba a morir después de ser violada.

—¿Encontraste el sobre?

La breve negación no consiguió cabrearle, imposible hacerlo cuando la humedad brillaba cada vez más en el despavorido rostro y el sonido que hizo al tragar con fuerza le excitó hasta límites insospechados. Joder, debería darle las gracias a Devon por haberle dado este trabajito.

—Abre —exigió impaciente, pero al ver que no se movía le quitó el bolso de un tirón—. Las mujeres sois unas inútiles, sólo valéis para una cosa—, atrapó en su puño las llaves y cuando las sacó le retiró con los nudillos el pelo para lamerle el lóbulo—, espero que no me decepciones también en eso.

óóóóó

El incesante golpear del móvil sobre la madera de la banqueta le estaba taladrando el cerebro, sin poderlo soportar ni un segundo más alargó el brazo y se lo quitó de la mano.

—Necesitas echar un buen polvo, tío y descargar todo ese nerviosismo.

Charlie miró de arriba abajo al hombre que estaba sentado a su lado con sólo una toalla alrededor de su ancha cintura cubriendo la fofa figura, frunció los labios para después negar con la cabeza.

—Lo siento, no eres mi tipo, las prefiero con tetas y con menos pelos en el cuerpo.
—Mira, una cosa más que tenemos en común —declaró Dylan.
—Pero que no se entere nadie o empezarán a pensar que somos amigos.
—Demasiado tarde —advirtió una rotunda voz tras él—, ese rumor hace tiempo que se extendió ¿y sabéis una cosa? Resulta que yo también estoy en la saca.
—Joder, J.J. ¿acaso no sabes lo que dicen de los rumores? —preguntó O´Sullivan.
—Lo sabemos —aseveró de pronto Michael colocándose a su derecha—, pero en este caso no hay nada de mentira ¿a qué si amigos?
—Sí —afirmaron al unísono los otros dos.
—Estáis como unas putas cabras.
—Y eso lo acaba de decir el pastor —dijo el pelirrojo con una carcajada haciendo que todos estallaran en retumbantes risas.

Una negra mano se posó en su hombro y Charlie no pudo dejar de admirar el contraste de ambas pieles, tan diferentes en eso y tan semejantes en el resto.

—Aunque apenas tienes vello sigues sin tener tetas, Michael, así que no pienso follar contigo tampoco —indicó con humor.
—Ni yo contigo, cabrón —la palma se cerró para darle un golpe en el omóplato—, pero el día que te operes y te pongas un chorreante coñito no te me escaparás.
—Quien lo iba a decir —indicó mirando a J.J.—, de entre todos tu pareces ser el único normal.
—¿Yo normal? Ja, pregúntaselo a mi Jenny y verás lo que te dice —al ver como Charlie recuperaba su teléfono con todas las intenciones de comprobarlo se lo quitó—, eh, que las cochinadas quedan entre mi mujer y yo.
—Que pena tío, hubiésemos tenido diversión para rato.
—Por eso mismo —aclaró señalándole con el dedo—. Y ahora pongámonos serios, ¿qué te tiene así?

El moreno policía exhaló ruidosamente y se levantó para enfrentarles.

—Es Rae, sé que me está ocultando algo y eso está haciendo que se me lleven los demonios.
—Pero hombre ¿cómo pretendes que no te guarde secretos si dejaste de ser su amigo?
¿Es necesario que hurgues en la herida, Michael? —demandó furioso.
—Soy un bocazas, perdona.
—Tengo ese mismo defecto —admitió calmado al recordar las veces que la había jodido con ella al no saber callar a tiempo—, así que no te preocupes, además de que tienes razón, ya no soy su amigo o mejor dicho eso es lo que Rae cree. Su seguridad es muy importante para mi y me siento impotente al no poder protegerla.
—Pues haz algo —comentó Dylan.
—¿Cómo qué?
—Si quieres ser su héroe actúa como tal.

Charlie miró los profundos ojos azules de su colega, no había ninguna sombra de humor en ellos. Él no era ningún super macho con poderes, sólo era un hombre enamorado y muy preocupado. Aún no habían dado el visto bueno para pincharle los teléfonos, en cualquier momento podían volver a atacarla y para colmo estaba seguro que sabía algo y no se lo quería contar. ¿Por qué?
Se tomaría las vacaciones que le debían y la vigilaría las 24 horas si fuese necesario, pero ella no sufriría más.

—Por una vez te voy a hacer caso.

Recuperando su móvil se giró para abrir la taquilla, cogió su cazadora, el casco y echó a andar hacia la puerta. Al día siguiente, cuando su jefe hubiese regresado del descanso que se cogió, hablaría con él.

óóóóó

—¿Va todo bien?

Rachelle tembló al reconocer la voz de su querido Tom. <<Dios mío, no permitas que le haga daño>> rogó cerrando los ojos. Escuchó una baja maldición perforándole los tímpanos a la vez que un sonido metálico rebotó en el suelo. Había soltado las llaves para tener la mano libre y así poder..., un terror como ningún otro la envolvió y sacando fuerzas de donde no las tenía se revolvió logrando que se separase un poco, echó la cabeza hacia atrás dejando que esta descansara contra la ternilla de la nariz de él. Soltando un potente exabrupto la soltó retrocediendo un par de pasos, los suficientes para que saliese de su prisión y se abrazase a Anderson. Un chirrido de neumáticos junto con el de varias bocinas consiguió que el agresor echase a correr nada más ver quien lo había provocado.

óóóóó

<<Vaya un día de perros>> pensó subiéndose las solapas. Empezó a bajar los escalones a la vez que alzaba el casco para colocárselo, pero éste quedó parado a mitad de camino cuando algo enfrente captó su atención.
Tom estaba al lado de la floristería y justo en el acceso a ella se encontraba un alto hombre dándole la espalda, de repente este se empezó a mover dejándole ver una rubia melena. Una inmensa furia unida a un miedo desgarrador le infló los pulmones acelerándole los latidos. Sin pensar en lo que hacía echó a correr cruzando la carretera sin importarle si había coches o no. Un par de ellos frenaron a escasos centímetros de sus rodillas, pero todo a su alrededor había desaparecido, no oía y sólo veía a su Rae. Tenía que salvarla.
En lo que le pareció una eternidad llegó junto a ella que llorando se abrazaba al viejo Anderson.

—Cariño ¿estás bien? —preguntó acariciándola el húmedo pelo.
—Tranquilo Charlie, ya está a salvo —le aseguró el anciano—. Ahora agarra a ese mal nacido.

Asintió al darse cuenta que así era, miró hacia atrás para ver como el asaltante desaparecía tras la esquina, maldiciendo en alto puso de nuevo en marcha a sus piernas, ese hijo de puta tenía que ser suyo, sólo que al llegar a la otra calle no vio a nadie. Se la recorrió buscando a través de los escasos portales y oteando debajo de los vehículos por si se hubiese escondido detrás de alguno, pero ni rastro del bastardo.

—Cabrón —masculló quitándose de un manotazo el agua que goteaba por su cara—, ¡el día que te coja te juro que te mataré!—, bramó con la ira quemándole la sangre.

Con una última ojeada al lugar se volteó y regresó al lado de Rae.
La cólera se hizo más sólida al verla llorar compulsivamente mientras su cliente y amigo la consolaba con calmadas palabras. Con delicadeza la separó de él para rodearla con sus brazos. Ese es el lugar al que pertenecía, sólo que la quería riendo y no sufriendo.

—Te tengo cariño y no te voy a soltar nunca más —susurró con la mejilla apoyada en su coronilla.
—Charlie... —arrebujó la tela de su cazadora en unos fuertes puños atrayéndole más hacia ella.
—Shh, nadie te hará daño, ya no —dirigió la mirada al hombre—. ¿Qué pasó, Tom?
—No lo sé hijo, sólo sé que cuando llegué no me pareció normal lo que vi, ese individuo tenía a nuestra chica acorralada.

Un músculo en su mandíbula vibró al vislumbrar la escena y percibir el miedo que debió de pasar. Como le gustaría tener a ese hijo de puta delante, le arrancaría el pellejo a tiras y muy lentamente.

—Vamos a la comisaría a poner la denuncia.
—No —espetó apretando más el abrazo—, sólo quiero ir a casa, por favor.

Asintió con la pena y la rabia inundándole el corazón. Sin separarla de él la llevó al borde de la carretera y alzó la mano para parar al taxi que se acercaba. Una vez en su interior y antes de cerrar el portón, dirigió la vista hacia Anderson.

—Gracias.
—Tu cuídala bien, hijo.
—Lo haré.

La seguridad con la que se lo dijo y el brillo que titiló en los oscuros orbes hizo que la curvatura de su labio se elevase. Observó con complacencia como el amarillo coche desaparecía entre el resto del tráfico.

—¿Esos dos no te recuerdan a alguien, Grace? —preguntó izando por un segundo la vista al cielo y con la sonrisa acentuándose en su arrugado rostro, para luego ponerse a caminar en busca de otra floristería y poder comprarle su flor preferida.

óóóóó

Se dejó caer en el sofá como un peso muerto, porque así era como se sentía, bueno no, los muertos se supone estaban en paz y que nada les molestaba, pero él era un volcán a punto de erupcionar con un montón de emociones revolviéndose en su interior como caldeada lava.
Giró la cabeza hacia la puerta, quizá debería estar con ella, vigilando su sueño provocado por la pastilla, aunque para lo que debía hacer mejor hacerlo desde ahí.

Apretó los dientes al recordar como se había dejado llevar por él desde el momento en que la rodeó entre sus brazos, con una fragilidad como si de una muñeca se tratase. Su Rae era tímida, no débil, eso lo logró el cabrón que le estaba amargando la vida. Cerró los dedos en unos férreos puños. Se dejó desvestir, bañar, secar y poner el pijama. Todas las noches y gran parte de las horas diurnas sus curvas le habían perseguido y enardecido consiguiendo ponerle duro, pero mientras la bañaba el deseo brotó sólo durante un mínima porción de tiempo. Él anhelaba ese cuerpo aunque no así, la quería llena de pasión y no sin energía alguna.

El ruido de la cerradura al abrirse le puso en tensión, seguramente le esperaba una buena disputa, aunque no se dejaría doblegar.

—¿Qué leches estás haciendo aquí?
—Tenemos que hablar.
—¿Por qué? ¿Qué pasó? —inquirió nerviosa mirando hacia el dormitorio.
—Siéntate —palmoteó el lugar libre a su lado.
—¿Rachelle está bien?
—Sí.

Aunque lo que más quería era ir a la habitación y comprobar que decía la verdad, le obedeció. La determinación, que como una potente antorcha fulguraba en los chocolateados iris, la hizo sentirse incómoda. Se giró doblando la pierna izquierda y apoyando el codo en el respaldo le mantuvo la mirada.

—Tu dirás.

óóóóó

No había resultado difícil convencerla, sino todo lo contrario, en cuanto le propuso salir de viaje y marcharse unas semanas, tal y como comentaron el otro día, su cara se iluminó y de su boca salió un esperanzado "¿cuándo?". Si, sin duda le vendría bien. No era aconsejable que siguiese en esa ciudad por más tiempo, no después de lo que le contó Charlie. Ese individuo iba a por Rachelle y no cejaría hasta terminar con ella y de eso nada, tenía buenos amigos que se lo impedirían.

—¿Preparada para tu nueva vida? —le preguntó en cuanto el ascensor se abrió dejándoles en el portal.
—Estoy deseando conocerla —confirmó con una sonrisa que se borró en cuanto vio al hombre que les esperaba con el maletero abierto—. ¿Qué hace él aquí?
—Nos acercará a la estación.
—Dijiste que lo haría Theo.
—Esto... si, pero le surgió una cosa y O´Sullivan se ofreció a llevarnos—, decidió cortar al ver como fruncía el entrecejo—. ¿Qué más da quién lo haga? La cuestión es tener taxi gratis y llegar pronto para no perder nuestro tren.

No le importaba en absoluto el que fuese él quien estuviese ahí, pero no podía evitar estar incómoda, se acordaba perfectamente del cariño con que la había tratado, como la mimó sin hacerla sentir mal por su desnudez ni por su debilidad. Descubrió una parte de él desconocida y que adoró, y eso le hacía daño porque nunca sería de ella.

—Buenos días bellezas —saludó alegremente cogiendo el equipaje—, su chofer está listo para llevarlas a la felicidad—, aseveró cerrando el portón y moviéndose a la derecha abrió la puerta trasera—. Adelante Rae—, la alentó con un guiño que sin saber por qué le recordó a un zorro.
—Gracias, Charlie, por todo —murmuró posando su palma sobre la de él que reposaba en el borde de la portezuela, accediendo inmediatamente, con las mejillas arreboladas, al interior del habitáculo.
—¿Recordarás eso en el futuro?
—¿Qué quieres de...?
—Oh mierda, se me olvidó el dinero —espetó Amy—, regreso ahora mismo.

<<Buena chica>> la felicitó mentalmente cerrando con un golpe seco. Como un depredador se acercó hasta su posición y se sentó, maniobró el espejo interior para tener una buena visión de Rae. Era una pena que la imagen que le devolvió de ella tan relajada fuese a durar tan poco.
Puso en marcha el vehículo y salió como alma que lleva el diablo para coger la autopista con la mayor celeridad posible.

—¿Qué estás haciendo, Charlie?
—Salvarte cariño, salvarte.

Continuará... 










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