viernes, 28 de octubre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR. Capítulo 31.



Con los dedos entrelazados para evitar que le temblasen, observaba como Charlie caminaba de un lado a otro sin disimular en ningún momento lo nervioso que estaba. Frunció el ceño ante esa estampa, le había visto alguna que otra vez alterado y por motivos más que razonables, pero en esta ocasión era distinto, se le veía demasiado excitable e inseguro. Cuando por fin se paró para enfrentarla, su mirada llena de incertidumbre y miedo le ocasionó que se le formase un nudo en el estómago. Tuvo que luchar consigo misma para no levantarse y ponerle el índice en los carnosos labios para impedir que dijese nada, pero sabía que esto era importante para él, así que continuó en el sitio admitiendo a regañadientes que en el fondo también era primordial para ella.

—No sé como empezar —reconoció él.
—Lo podemos dejar para más adelante.
—No Rae, estoy harto de guardarlo aquí dentro —señaló su corazón—, tiene que salir, por el bien de ambos.

Asintió brevemente y se recostó contra el respaldo del sofá dispuesta a escuchar todo lo que le oprimía, pero un pequeño chasquido en el exterior la sobresaltó, torció el rostro hacia la ventana justo a tiempo de otear de refilón una sombra ocultándose.

—Hay alguien ahí —señaló asustada incorporándose para situarse junto a O´Sullivan.
—Será algún pájaro o cualquier otro animal —murmuró acariciándola el brazo.
—Un animal de dos patas.
—Tranquila.
—¿Tranquila? —preguntó mirando en derredor para ver que podía coger como defensa—, y una mierda, tu no sabes por lo que he pasado estas semanas—, masculló histérica yendo hacía la cocina.

Se dirigió hacia el ventanal y después de asegurarse que sólo estaban ellos dos fue a buscar a la mujer que, angustiada, rebuscaba frenéticamente en el cajón de los cubiertos. Se le removieron las entrañas al verla en ese estado. Maldita sea la estampa de ese cabrón por haberla hecho tanto daño.

—Préstame atención, Rae —exigió situándose tras ella—, todo está bien—, susurró sujetándole las muñecas—, estoy contigo y nada malo sucederá—, le levantó los brazos y los entrelazó sobre su pecho a la vez que la abrazaba pegándola a su cuerpo.
—Charlie...
—Shhh, yo te protegeré —aseguró depositando un beso en su coronilla.
—Está ahí fuera, lo sé.
—No hay nadie, cariño, pero si me prometes que te vas a serenar saldré a indagar.
—¡No! —chilló revolviéndose entre el protector abrazo—, te podría hacer daño—, aseveró con el terror reflejado en los claros orbes.
—Me halaga la fe que tienes en mi —dijo con la risa vibrando en su voz.
—Esto no es para tomárselo a cachondeo —le sujetó del cuello del jersey.
—Perdóname, tienes razón —enlazó su cintura y la llevó de nuevo al salón para hacerla sentar en el mullido sofá—, quédate aquí mientras yo investigo.

En cuanto ella le dio su aprobación con un ligero movimiento de cabeza, cogió el oscuro anorak y tras ponérselo salió al exterior dispuesto a ejercer de caballero andante. El fuerte viento le dio de lleno en el rostro cuarteándoselo con su gelidez, pero no importaba, aunque sabía que fuera de la cabaña no había nada, excepto quizá algún asustado y hambriento animalillo, debía comprobar que lo que Rae creyó ver no era tal. Ante todo estaba su paz mental y por encima de eso su seguridad. Se subió el cuello del abrigo, se enfundó las manos dentro de los forrados guantes y echó a andar alrededor de la casa comprobando que el suelo estuviese libre de pisadas. Al pasar por delante de la ventana echó una mirada para asegurarse que le había obedecido, sonrió cuando la vio pegada al cristal. Aliviado no sólo porque había acatado su mandato sino porque la notó preocupada por él, continuó con su rastreo.

Apoyó la mejilla en el frío vidrio y no la despegó hasta que le perdió de vista al torcer la esquina. Se llevó las palmas al estómago en un banal intento de calmar la tensión y el terror que la embargaba.

—Por favor, Dios mío, que no le pase nada —rogó cerrando los ojos.

Siempre supo que si le sucediese algo no podría superarlo, pero el que ocurriese esa fatalidad era una posibilidad escasa, sin embargo en estos momentos no era así, estaba ahí fuera, solo y sin ninguna ayuda.
Abrió los párpados al darse cuenta de eso.

—Oh no, dime que no es verdad.

Salió corriendo hacia el dormitorio y rebuscó como loca en su maleta, al no hallar nada fue hacia la mesilla y las lágrimas que había estado reteniendo a duras penas comenzaron a fluir cuando el miedo se aposentó con saña en todo su ser.

—Charlie ¿por qué no te la has llevado? —demandó cogiendo el arma.

El sonido de la puerta al abrirse le erizó los pelos de la nuca y le aceleró los latidos del corazón presionándole las costillas de forma dolorosa.
Miró la pistola y recordando lo que un día le vio hacer le  quitó el seguro, para evitar que se le cayese la sujetó con fuerza con ambas manos y superando el pánico que apenas le permitía respirar, se volteó apuntando a quien estaba delante de ella.

El que un par de veces se hubiese visto señalado por el negro agujero de un cañón, no implicaba que esta tercera vez la cosa fuese distinta y no se viese turbado. Un arma era peligrosa, daba igual quien fuese el portador, sobre todo si esta estaba nerviosa como se veía claramente. Exhaló pausadamente al comprobar donde exactamente se dirigía su punto de mira, si por un casual aquello llegaba a dispararse lo mismo con mucha suerte podría librarse de morir, pero de lo que no le salvarían sería de formar parte del harén de un sultán como uno de sus eunucos.

—Bájala con cuidado, Rae —frunció el ceño cuando no sólo no le hizo caso sino que recibió además una seca negativa—, ¿no? ¿Por qué?
—Porque quiero irme de aquí.
—¿Irnos?
—Sí, ahora mismo.
—Cálmate, me he recorrido los alrededores y no hay nadie —dio un paso adelante—, sólo estamos tu y yo.
—¿Y que me dices de mañana o dentro de tres días? ¿Qué pasará cuando llegue y te mate? —inquirió subiendo el tono—, porque si llega a estar ahí fuera hubieses muerto sin esto—, movió la pistola haciendo que él diese un respingo.
—No volverá a suceder ¿de acuerdo? Siempre la llevaré conmigo.
—Claro que lo harás, pero en la ciudad, como debió de ser desde un principio —afirmó acercándose hasta que el endurecido metal le rozó el ahora encogido miembro—. Nos vamos, ahora.

Asintió para hacerla coger confianza y en cuanto notó que la presión comenzaba a desaparecer, ladeó el cuerpo y con un rápido giro de muñeca la desarmó tras asegurarse que no suponía ningún peligro dejó la glock sobre el sofá. Enfadado la tomó de la nuca, la acercó chocando ambas frentes y llevó la palma ahora libre a la pernera de su pantalón.

—¿Crees que podrías vivir sin esto, cariño? —masculló apretándola contra él—, porque yo no y menos ahora.
—Lo que no podría es sobrevivir sin ti ¡idiota! —admitió deshaciéndose del agarre y comenzando a pegarle en el tórax—. ¡Quiero irme!

Los golpes no supusieron nada para él, mientras que su confesión le produjo tal alegría que tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no echarse a reír. Esa puerta que acababa de abrirse no pensaba cerrarla a no ser que estuviesen los dos juntos, entonces le daría una patada para que el mundo quedase fuera y ellos pudiesen disfrutar del tiempo perdido y del que vendría. Pero en el estado en que se encontraba difícilmente lo iba a conseguir, así que como los grandes males precisaban de grandes remedios se agachó lo suficiente para poder agarrarla y subírsela al hombro. Ignorando sus gritos y pataleos se acercó hasta la mesilla, abrió el cajón y tras coger lo que necesitaba la dejó caer en la cama sin muchos miramientos, requería de esa momentánea sorpresa para poder asirle las muñecas sin problemas y esposarla al cabecero de la cama.

—¡Charlie suéltame!
—En cuanto te relajes —le aseguró quitándose el anorak y dejándolo a los pies del lecho.
—Ya lo estoy —afirmó entre dientes.

Con una sonrisa dejó deslizar la mirada a lo largo de la curvilínea figura, para terminar de posarla en el fragmento de piel que se veía por encima de la cintura del pantalón gracias al forcejeo de antes. Tragó saliva. Esto iba a resultar difícil, pero lograría calmarla y se haría escuchar.
Obligándose a ir despacio, se quitó las botas y prendiendo sus oscuros ojos en los garzos de ella, se subió a horcajadas encima sentándose sobre sus muslos para inmovilizarle las piernas.

—¿Qué coño estás haciendo?
—La buena de Rae soltando un taco, mmm, me gusta.
—Voy a hacer algo más que eso como no te bajes y me liberes —amenazó fulminándole con la vista a la vez que zarandeaba la atadas articulaciones.
—Te vas a hacer daño, para ya —avisó sujetándola los brazos.
—Quítame esto —pidió quedamente.
—Prometo que lo haré en cuanto hayamos hablado ¿de acuerdo?
—Podemos hablar sin estar esposada.
—Cierto, pero prefiero prevenir —indicó serio.

No le gustaba sentirse como una presa ni mucho menos que la obligasen a algo que no quería, pero esos imperturbables ojos no le dejaban otra opción. Escucharía, pero que luego se preparase para su venganza.

—Adelante.

Exhaló disimuladamente, había llegado la hora de la verdad, la marcha atrás ya no era factible y ni ganas que fuese así.

—Mi hermano no era lo que parecía —comenzó a decir dejando caer los brazos a los lados.
—¿Tony? —inquirió con el entrecejo fruncido.
—El único que tenía.
—Pero él...
—Él te mantuvo a ti y a muchos en la ignorancia, incluso lo hizo conmigo durante muchos años —la interrumpió con la ira reflejada en su rostro.
—Que hizo exactamente para que hables así de él —dijo suavemente con el corazón encogido esperando las palabras que comenzarían a salir por su boca y que muy probablemente la herirían— Cuéntame.
—Fue muy duro averiguar que mi hermanito había dejado de ser un chico responsable para convertirse en un ser rastrero —admitió cerrando los párpados durantes unos segundos.
—¿De qué estás hablando?
—Soy policía, estoy harto de ver la mierda que hay en las calles, el odio, la avaricia, la corrupción, la perversión que hay en cada esquina y en muchas supuestas honorables familias, después de tantos años debería reconocer cualquiera de esos vicios ¡y en él no fui capaz!—, golpeó el colchón con los apretados puños—. Mi deber es ayudar a la gente y con él no lo hice—, terminó apenado.
—No debes acusarte, eres un simple ser humano, es imposible que estés en todo.
—¿Sabes que trapicheaba con drogas y que su vida giraba en torno a los juegos? Y fíjate por donde yo terminé haciendo lo mismo, apostando y jodiéndote la vida, tal y como él hizo con muchos otros —masculló con la aversión reflejado en su cara.
—Charlie...
—No Rae, me doy asco a mi mismo y siento una vergüenza terrible.
—Me niego que sientas eso de ti mismo.
—¿Cómo no voy a hacerlo? Si hubiese prestado un poco de atención a lo tenía en casa en vez en la de los demás, él no hubiese caído en esas porquerías, seguiría vivo y yo no tendría que haber recurrido a la maldita apuesta—, acarició con un nudillo el pómulo de ella—, jamás quise hacerte daño, pero estaba desesperado.
—¿Qué pasó? —preguntó necesitada de saber y aún sorprendida por la descripción que un Charlie arrepentido, acaba de hacer del que consideraba su amigo.
—Sabes que murió atropellado, que cogimos al causante de su muerte y que este se suicidó cuando se vio acorralado.
—Si.
—Lo que no sabes es que todo sucedió por un tema de juegos, el asesino perdió una gran suma de dinero y mi hermano, junto con su compinche, no sólo le hundió a él en la miseria, sino también a su familia, su esposa y dos niños pequeños.
—Oh, Dios.
—Me enteré de esto más tarde, cuando su mujer desesperada acudió a mí. Todo este tiempo he estado ayudándoles, casi toda mi nómina iba para ellos, pero necesitaban más para no perder la casa y de pronto llegaron mis compañeros con la estúpida sugerencia y vi el cielo abierto, no me paré a pensar en las consecuencias. Demasiado tarde me di cuenta del daño que eso te causaría y de lo mucho que ello llegaría a afectarme.
—Debiste contarme, Charlie, te hubiese ayudado.
—¿Cómo? ¿Amargándote por no poder pagar la torpeza de tu amigo? Prefería mil veces que me odiases a que supieses la verdad, aunque cuando eso sucedió... joder, fue demasiado duro —admitió apretando fuertemente los párpados—. Quise morirme Rae, te juro que quise que se abriera la tierra y me tragase al ver la desilusión y el asco en tu cara.
—Mírame, por favor —requirió desesperada—, préstame atención—, continuó cuando consiguió su propósito—, toda mi vida he recibido burlas constantes y jamás imaginé que tu formarías alguna vez parte de ellas.
—Perdóname —imploró con los ojos húmedos.
—Escúchame. Sinceramente nunca creí que pudiese levantar cabeza, soy demasiado débil, pero con el cariño de mi gente estoy logrando superarlo. Si te digo que te perdoné te estaría mintiendo, pero esa pena se suavizó con el transcurrir de las semanas y... y el amor que siempre sentí por ti permaneció, a mi pesar, intacto.
—Rae...
—¿Te quieres callar? —espetó intentando seguir.
—Me callo —respondió queriendo darse de hostias ante la nobleza y comprensión que estaba recibiendo.
—Me duele haber averiguado como era en realidad Anthony, él fue mi mejor amigo y si tú te sientes culpable ¿cómo crees que debo sentirme yo? Me siento ridícula y estafada, pero eso no quita que le siga queriendo y que hubiese hecho cualquier cosa por ayudarle, tal y como él hizo conmigo en numerosas ocasiones. Te honra lo que has estado haciendo y aunque no debería decírtelo, porque me lo ocultaste y porque me desgarraste en dos con tu comportamiento, te comprendo.

Sin darse cuenta de lo que hacía, se agachó y la rodeó con sus brazos, pegándola a su palpitante pecho. Apenas podía creer las palabras que acababan de entrar por sus oídos, aunque nítidas y sinceras parecían irreales. Sin poderlo evitar sollozó desconsoladamente como un niño, dejó que toda la presión que durante este tiempo había estado ahogándole, saliese al exterior sin pesadumbre alguna. No podía creer en su suerte, la mujer que amaba por fin lo sabía todo y lo entendía y además confesó que le quería, que ni un solo instante dejó de hacerlo.

—Charlie ¿qué tal si me sueltas y así puedo abrazarte a mi vez?

Se incorporó despacio y cuando las emociones que titilaban en los clareados ojos le golpearon, se le cortó la respiración.

—No.
—¿No? —como respuesta recibió una abrasadora mirada que se deslizó hasta posarse en sus senos e hizo que los pezones se irguiesen—. Esto es avasallo.
—Te equivocas, esto es deseo —afirmó con la voz ronca.


Continuará…



¡¡¡FELIZ HALLOWEEN!!!

miércoles, 26 de octubre de 2011

AVISO PARA NUESTRAS LECTORAS

miércoles, 19 de octubre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR - CAPÍTULO 30



Con la respiración aún jadeante tomó el rostro de la mujer que yacía bajo él y la contempló con embelesamiento, observó con detenimiento la curva de sus cejas, su piel tersa, los vidriosos ojos oscuros y los labios entreabiertos e hinchados por los besos compartidos. La amaba. Como le gustaría decirle que su corazón estaba repleto de amor por ella desde que la había visto la primera vez. Sonrió cuando los suaves dedos le repasaron su mandíbula y al mismo tiempo una enorme incertidumbre le golpeó.

Con pesar se apartó de ella hasta quedar tumbado, se tapó la tez con el brazo en un intento de ocultar el miedo que tomó posesión de él. Habían hecho el amor de forma salvaje y ¿ahora qué? No quería ser uno más, no podría soportarlo.

Amanda miró con detenimiento a Theo, a pesar de que era mucho más grande y corpulento, tenerlo encima era todo un placer, uno al que se podría hacer adicta sin ningún esfuerzo. Se sentía como si estuviera en un sueño allí entre sus brazos. Sus verdes orbes clavados en ella eran una caricia a sus sentidos, veía tantas cosas en ellos o quizá solo las estaba imaginando, pero fuera como fuese quería disfrutar de aquello un poco más. Alzó la mano y la posó sobre la rasurada mejilla deseando percibir su calor. Ronroneó como una gatita satisfecha cuando él le dijo lo bonita que era regalándole un delicado beso. Casi protestó al ver como se giraba hasta quedar boca arriba y cubrió la cara con su antebrazo. Se cubrió con las mantas mientras una repentina sensación de frío le recorrió por completo.

Era consciente de la atracción que el hombre que estaba a su lado tenía por ella, pero también de lo que pensaba y aunque se disculpó por las crueles palabras que vertió de forma dañina, y creyó en su arrepentimiento, su forma de actuar no había sido el de una mujer decente. Se entregó de forma descarada a sus caricias en el portal de su casa y luego en su cama continuaron dando rienda suelta a una pasión que no creyó poseer. Nunca fue así con ningún otro, había disfrutado del sexo sin inhibiciones, pero jamás había estado a punto de arder en llamas con un simple toque y ni por asomo rozar la pérdida del conocimiento cuando el éxtasis la reventó en ondas rompiéndola a pedazos. Se volteó hacia él y le llamó, permaneció impasible. Se le quebró el alma cuando sin mirarla siquiera se sentó en la cama dándole la espalda. Un sollozo escapó antes que pudiera evitarlo.

Oyó como ella susurraba su nombre cálidamente, le escocieron los ojos, tragó saliva y se incorporó. Tenía que tranquilizarse antes de poner las cartas sobre la mesa, pero el sonido de un lamento lo hizo mirar por encima del hombro. Amanda lo observaba con los iris cuajados de lágrimas aferrando las mantas contra su cuerpo.

—¿Qué ocurre? —preguntó preocupado inclinándose hacia ella que cerró los parpados.
—Nada.
—Amanda.
—Yo… —entreabrió las pestañas húmedas—, supongo que tienes que irte.
—¿Por qué supones eso? —demandó pasando un brazo por los hombros atrayéndola hacia él.
—Ya tienes lo que querías, ves al final tenías razón soy una mujerzuela que…
—Deja de decir tonterías, ya te dije que no pensaba lo que decía, estaba enfadado, celoso, herido —bufó haciendo que lo mirara— y no, no tengo lo que quería Amanda, sólo una parte, una muy pequeña por que yo quiero todo.

Lo contempló a través del acuoso velo que empañaba su visión, parecía enfurecido pero también nervioso y perdido, temeroso.

—Es cierto que fuiste mía, y lo deseaba con todas mis fuerzas, pero… —titubeó un segundo, era el momento—, pero yo quiero a la mujer completa, con su genio y su ternura, quiero esto—, acarició suavemente la testa—, y esto—, deslizó una mano por encima del cobertor que cubría el tentador cuerpo—, pero sobre todo quiero esto—, tiró suavemente de las mantas hasta que dejó sus senos al descubierto y posó la palma entre ellos—. Si no puedes darme lo que pido lo entenderé, aunque no me conformaré con menos.

Un tenso silencio se instaló entre ellos, él la observaba expectante, ella miraba la mano abierta sin parpadear. ¿Estaba entendiendo bien o eran sus ansias la que la hacían pensar que se estaba declarando? La ronca voz de Theo la sacó de sus cavilaciones y dudas.

—Te amo —prosiguió ante el mutismo—, siempre lo he hecho, sé que no puedo pedirte que sientas lo mismo que yo, por eso entenderé y aceptaré tu decisión sea cual sea.

El corazón comenzó a bombearle con tanta fuerza que pensó que se le quebrarían las costillas, un sentimiento de paz y de jolgorio la desbordó, mientras ríos salados manaban de sus retinas bañándole los pómulos. La amaba, Theo la amaba.

—Amanda, lo siento tal vez no debí…
—Te amo Theodore Lewis —añadió interrumpiéndolo poniéndose de rodillas frente a él—, tanto que ya apenas puedo respirar si no estás cerca.

Apenas creía lo que le estaba confesando, esa preciosa mujer correspondía a sus sentimientos, continuaba hablando pero ya no la escuchaba, no quería nada más que besarla, amarla. Acunando el rostro entre sus grandes manos le cerró la boca con un beso mientras la arrastraba de nuevo hacia el colchón.

óóóóó

Sentada en el porche y arrebujada en el enorme anorak que la protegía del frío contemplaba el vasto bosque que se extendía ante ella, quiso levantarse y perderse entre aquellos abetos para siempre, acabar con todo de una vez. Levantó la vista hacia el cielo plomizo, tristes nubes grises se movían incansables ante sus ojos, así oscuro y acongojado sentía su corazón. Ni siquiera se percató cuando Charlie salió y sentándose a su lado les cubrió a ambos con una gruesa manta. Se sentía tan sola y perdida.

Había estado observándola durante mucho rato, llevaba más de una hora allí fuera mirando al frente sin moverse. Se apartó de la ventana y dirigiéndose al sofá agarró una de las prendas de abrigo sobre el respaldo, debía estar helada, salió y maldijo cuando la bofetada de aire le cruzó la cara, deseó volver dentro pero fue hacia el banco, desplegó la cobija, se sentó y los tapó a ambos, no dijo nada solo se quedó allí mirando sin ver. 

Tras un rato que lo mismo pudieron ser 1 ó 10 minutos sacó la mano y le agarró la barbilla obligándola a mirarlo. El dolor, la angustia y el miedo que vio en los celestes orbes le golpearon como un puñetazo en el centro del estómago. Un cepo de culpabilidad le aprisionó el corazón, no era responsable de su terror, pero sí de aquel pesar que opacaba su bella mirada, bien sabía Dios que daría media vida por poder regresar al pasado y hacer las cosas bien, por borrar aquel fatídico día en que jugó como un idiota con sus sentimientos, pero no podía hacer nada por cambiar lo sucedido. Tal vez si ella lo escuchara, si fuera capaz de explicarle el por qué de todo aquello pudiera perdonarlo, ya que él no lo haría jamás.

—Rae —se percató como parpadeaba como si hubiese estado a kilómetros de allí—, ¿estás bien?
—Eh, si —la voz de Charlie la sacó de su ensoñamiento—, tengo frío.
—Llevas mucho tiempo aquí —se puso en pie y la cubrió por completo—, vamos dentro.

Se dejó arrastrar hasta el confortable y cálido interior, el calor de la cabaña fue como un bálsamo para sus helados huesos. No protestó cuando la llevó hasta el sofá, se sentó y la depositó sobre su regazo, a sabiendas que no estaba bien lo que hacia suspiró y se acomodó sobre sus muslos antes de enterrar la cabeza en el amplio tórax cubierto con la camisa de franela. Cuando los protectores brazos la rodearon alzó los suyos para posarlos alrededor de su cuello. No pensó en nada más, su cuerpo se encendió de deseo, sus terminaciones nerviosas se alteraron con su contacto. Pero era consciente que en aquellas suaves caricias no había pasión, no era el hombre quien la tocaba, era el amigo quien la reconfortaba.

No estaba cómodo con ella tan pegada a él, podía sentir las yemas de los dedos sobre el cuero cabelludo, los turgentes senos rozándole el brazo, las nalgas sobre su muslo y sobre su miembro que comenzaba a tomar vida propia, pero era consciente que después de lo sucedido no lo estaba provocando, que lo último que quería era alimentar el fuego de la lujuria que comenzaba a consumirlo. Debía obviar lo que anhelaba y hacerse a la idea que entre sus brazos no estaba la mujer por la que perdía el sentido sino la niña temerosa que corría a buscar su protección cuando algo la asustaba.

Con un suspiro alzó la cabeza del nido de su pecho y buscó su mirada, los chocolateados iris despedían un brillo mitad duda mitad compasión. Se quedó ahí prisionera en aquellos orbes que pedían a gritos lo que ella estaba dispuesta a dar, sí, lo deseaba con todo, cada fibra de su ser clamaba por ser poseída por él. Iba a echar por tierra sus principios, sus estúpidas buenas maneras, quizá apenas le quedara tiempo, quizás quien acechaba en la ciudad acabara con ella a la mínima oportunidad y quería vivir, quería sentir a Charlie suyo al menos una vez más. Sin más dilación bajó la testa y posó los labios sobre los suyos.

Se tragó el gemido que pugnó por salir de su garganta cuando la vio agachar la cabeza hacia él. No era tonto y vislumbró cada uno de sus pensamientos mientras la observaba, no sabía que estaba pasando exactamente por su mente, pero en algunos aspectos era tan transparente que resultaba aterrador para un tipo como él, harto de casi todo. Dejó que la tímida boca rozara la suya, crispó los dedos en la cintura femenina al percibir el sutil toque de la punta de la lengua en su comisura, cerró la mano en un puño impaciente por tomar lo que le ofrecía, por invadir aquella cálida cavidad y comenzar una lucha de sentidos en la que ambos serían vencedores y vencidos, pero algo en su interior se encendió diciéndole que parara. Con disgusto deslizó las palmas por sus brazos y la apartó. Se sintió como un gilipollas cuando se percató de la incredulidad de su cara, pero prefería parecer eso que no volver a ser el cabrón de antaño.

—No, Rae.

La estaba rechazando, un insoportable dolor le traspasó el corazón ya tan destrozado que no pensaba que pudiera romperse más, pero al parecer estaba equivocada. El calor del rubor por la vergüenza la cubrió por completo, trató de apartarse pero el golpe había sido tal que la dejó inmóvil. Así que allí estaba como una idiota, sentada sobre el hombre que amaba desde que tenía uso de razón y al cual parecía repelerle.

—Lo siento —masculló rígida como una roca.

Quiso golpearse por su rudeza, pero joder es que con ella no sabía como actuar sin meter la pata, mierda ¿por qué las cosas eran tan difíciles ahora?

—No es culpa tuya —carraspeó mientras asía su barbilla para que lo mirara—, no te avergüences cariño, en todo caso soy yo el que debería estarlo.
—No debí…
—Calla —apartó la vista un instante antes de volver a fijarla en ella, se removió un poco para que sintiera su erección en las nalgas—, te deseo Rae, es lo único que hago día y noche, pero… —, tomó aire—, pero tenemos que hablar.
—Yo no quiero hablar —susurró más calmada.
—Pero yo sí, escúchame estás vulnerable y si ahora hiciéramos el amor terminaríamos por sentirnos culpables —curvó los labios al ver su incredulidad—, te conozco, no eres lo que hoy pretendes mostrar y yo tengo que aclarar muchas cosas contigo, tienes que saber por qué pasó…
—No deseo saberlo —respondió sacudiéndose de él—, ¿acaso cambiará algo que me cuentes por qué me usaste?
—No y te juro que me gustaría volver atrás y borrar todo el daño que te hice —afirmó con voz tenue.
—Pero no puedes —se izó molesta y se separó de él— no puedes eliminar el dolor, ni la angustia, ni la desesperación.
—Lo sé —se puso en pie y aferró sus hombros—, aunque tal vez puedas lograr entenderme y volver a confiar en mí.
—Está bien —musitó con altanería—, habla.

Sin soltarla tiró de ella y la hizo sentarse, él permaneció levantado, dando cortos pasos y frotándose las manos nervioso, tenía que hacerlo, era la única forma de empezar de nuevo, la única manera justa y honrada de tratar de comenzar algo con ella desde un principio, sin mentiras ni reproches. Tragó saliva, una, dos veces y clavó la vista en la mujer que lo miraba sin parpadear, un escalofrío le recorrió la medula y una patina de sudor le perló la frente, era hora de dejar las cosas claras, de poner la verdad sobre la mesa.

óóóóó

Como una furia entró al despacho, odiaba ir a aquel sitio de ricachones pero era parte de su trabajo, su jefe no se reuniría con él en un bar de mala muerte, no, ese tipo de gente debía hacer ostentación de su dinero y su clase. Aún escuchaba los gritos de la secretaria a la que había apartado como a una mosca y que quedaron ahogados cuando cerró la costosa puerta de un golpe. Contempló el sillón de piel que le daba la espalda moverse despacio hasta girar por completo y que el gran hombre le mostrara su cara de disgusto. Le importaba tres mierdas si estaba enfadado o no, más lo estaba él que no lograba llevar a buen puerto ninguno de sus planes.

Sin mediar palabra el grandísimo hijo de puta abrió un cajón y le tendió un papel doblado, Dios como le gustaría patear esa cara hasta vaciarle las cuencas oculares, como disfrutaría viendo ese traje perfecto salpicado por la roja sangre. Apartó los funestos pensamientos y alargó el brazo para tomar lo que le ofrecían.

—¿Qué es esto? —preguntó mirando lo que estaba escrito.
—Tú ultima oportunidad.

Alzó la vista de la hoja y la clavó en el ricachón, las ganas de reventarle la cabeza se acrecentaban por segundos, apretó los párpados y echó mano de su poder de concentración para no saltar por encima de la mesa y estamparlo contra la ventana que tras él se alzaba como un ojo enorme hacia la ciudad.

—Estoy harto de pedir favores, unos que me cuestan dinero y tiempo —sentenció el hombre haciendo un aspaviento—, ve ahí y acaba lo que debiste terminar hace tiempo.
—No me gusta que me digan lo que tengo que hacer —gruñó guardándose la nota.
—Ni a mi perder unos buenos dólares en un inútil.
—Pues vaya usted mismo y haga el trabajo —frunció el entrecejo desafiante—, no, el señorito no puede mancharse las manos.
—Si vuelves a fallar estás despedido.

Respiró profundo para aplacar la bestia que rugía en su interior, algún día, sí algún día ese arrogante acabaría con los huesos partidos dentro de algún contenedor de basura, pero ahora tendría que aguantar las ganas de abrirlo en canal como la alimaña que era, asintió y se volteó para retirarse, antes de salir miró por encima de su hombro.

—No erraré.
—Por tu bien, espero que tengas razón —fue la respuesta que oyó cuando dejaba el despacho. 

Continuará...



jueves, 13 de octubre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR. Capítulo 29


Se revolvió furiosa ante el agarre dispuesta a soltar una fresca a quien hubiera osado asustarla de aquel modo, iba a replicar cuando sus ojos se fijaron en el rostro del guapísimo Lewis, no pudo articular palabra, sólo tironear para que la soltara, cuando él la liberó omitió el saludo y se sacudió el abrigo como si estuviera contaminado, después de todo estaba muy enfadada con él.

—Perdona tengo prisa.
—Espera —terció él—, sólo un minuto.
—¿Qué quieres?
—Hablar —respondió mesándose el cabello nervioso.
—No tengo nada que hablar contigo.
—No tienes que decir nada, solo escucharme.
—Ya escuché bastante el otro día, gracias —inquirió alzando la barbilla desafiante—, que pases un buen día.

Al ver que se marchaba volvió a sujetarla, ella soltó un grito tonto al resbalar con la brusca maniobra, la atrajo hacia él asegurándola con firmeza contra su pecho.

—¡Suéltame! —bufó separándose—. Dime ¿qué pretendes que me mate con una caída?
—Ya te dije —estuvo a punto de reír al ver el sonrojo en el hermoso rostro femenino—, dame 10 minutos de tu tiempo necesito aclarar algunas cosas.
—Mira he quedado en media hora y ya llego tarde —dijo altanera—, y además ya te respondí que no tengo nada que hablar contigo.
—Me ha costado mucho dar este paso —aclaró más para él que para ella—, por favor.

Durante unos segundos la duda se instaló en ella, había algo en el policía que la intrigaba como si una carga le pesara sobre los hombros y lo hundiera cada vez más. Soltó una blasfemia muy poco elegante cuando vio pasar el bus y cerró el puño para no darle una bofetada a aquel hombre que la miraba con ojos de cordero degollado esperando su respuesta. Joder que guapo era y a que velocidad le latía el corazón al tenerlo cerca.

—De acuerdo, tu ganas —su voz sonó a disgusto—, soy toda oídos.
—Aquí no, hace frío —le tendió una mano que ella obvió—, tomemos un café.
—Ya desayuné.
—Bueno —miró a todos lados buscando un lugar adecuado—, ¿qué me dices de tu casa?

Estuvo tentada a mandarlo al carajo, pero tenía razón el viento gélido golpeaba hiriente y el cielo cada vez más gris amenazaba con soltar una carga de agua o nieve en cualquier momento. Desde luego no iba a ir a ningún lugar público con él, si iba a volver a insultarla al menos no pasaría la vergüenza de que todo el mundo lo escuchara. Oteó hacia su apartamento, no era tampoco buena opción, pero si podrían dialogar en el vestíbulo del edificio, a esas horas los vecinos ya habrían salido a trabajar y no los molestarían y por otra parte se resguardecerían del inclemente tiempo.

—De acuerdo, entremos ahí —dijo señalando la construcción—, pero te advierto que no vas a subir a mi hogar, no eres bien recibido.

Debía intentar disimular la tiritona que tenía y que por desgracia no era producida por el terrible frescor que envolvía tanto el exterior como el marmóreo portal. Tragando fuerte se dio la media vuelta cuando oyó cerrarse la puerta y se apoyó en la pared del fondo. Una vez más se volvió a quedar sin aliento al encontrarse frente a él. ¿Por qué tenía que ser como un adonis? No, esa no era la pregunta, la correcta era ¿por qué este hombre se tuvo que enraizar tan fuertemente en su corazón? Sabía que no había respuesta a eso, nada relacionado con el amor lo tenía, así que lo mejor era pasar el incómodo momento cuanto antes y seguir cada uno con su vida.

—Tu dirás —se cruzó de brazos intentando parecer indiferente.

Si alguna vez existió una mínima esperanza de que sus disculpas fueran aceptadas y comprendidas, desapareció ante su indolente gesto. Relajó los músculos mentalmente y se dispuso a la lucha.

—Perdóname —musitó sin despegar la mirada para hacerle comprender su sinceridad en ese simple vocablo.
—Vale ¿alguna cosa más? —se levantó la manga para otear el reloj—, se me hace tarde y no puedo permitirme perder el trabajo por tonterías.
—¿Tonterías? ¿Pero tú me has oído?
—Perfectamente y aunque te lo agradezco no me sirve.
—Escúchame...
—No, escúchame tú a mí —exigió enderezándose y dando un paso hacia adelante para pegarse a él—, me hiciste sentir como una mierda, como una persona carente de escrúpulos que es capaz de traicionar a su mejor amiga por el mejor postor.
—Lo sé y yo... —enmudeció cuando ella alzó una mano interrumpiéndole.
—El otro día para mi desgracia me tocó aguantar tus gilipolleces, ahora te toca a ti aguantarme a mi, con la salvedad que lo mío sale de aquí—, se señaló el lado izquierdo del pecho—, y no de ahí—, inquirió con un gesto hacia las partes bajas de él.

Para bien o para mal se iba a mostrar tal cual era, así que cuando le vio asentir con pesar, cogió aire y se dispuso a vaciarse.

—Me jode confesarte esto, pero me partiste en dos. Quizá la vida que he llevado hasta ahora, y de la que tú sólo sabes de referencias, te haya hecho creer que soy una puta como tan amablemente recalcaste tras llamarme zorra y fulana.
—Mierda Amanda, ese no era yo.
—Vaya ¿no me digas que ahora resulta que tienes un malvado hermano gemelo? —espetó comenzando a levantar la voz.
—No digas tonterías.
—Ahora soy tonta, genial, otro insulto más para el bote.

Su respuesta quedó en silencio al abrirse el ascensor y salir de él una mujer con un carro de la compra, que sin vergüenza alguna le dirigió a él una curiosa  mirada dejándola deslizar a lo largo de su alta figura para terminar con una inquina hacia ella.

—¿Necesita algo, señora? —preguntó Theo impaciente y  molesto por la descarada inspección.
—Nada amable agente —respondió sonriendo para luego dirigirse hacia el portón—. Ya sabía yo que esa chica no era trigo limpio—, masculló por lo bajini antes de salir, pero cuyo sonido rebotó como un altavoz por el descansillo.
—Será guarra la tía —espetó moviéndose para ir en su busca, aunque su avance fue interceptado por Lewis.
—Ignórala.
—Eso quisiera haber hecho contigo.
—¿Crees que no tengo cargo de conciencia por haberte tratado tan mal?
—Sinceramente dudo mucho que tengas de eso.
—Pues lo tengo y en cantidades desorbitantes que me están machacando desde ese maldito día.
—Oh, pobrecito —su tono se volvió melodramáticamente meloso—, ¿quieres que me abra de piernas para consolarte? Recuerda que es lo único que se me da bien hacer—, aludió su fatídico comentario de la vez anterior haciendo rechinar los dientes.
—Joder Amanda ¡no quise decir eso! —bramó restregándose la cara.
—¡Pues si llegas a querer decirlo no sé que hubiese pasado!

La sujetó de los hombros y la llevó contra el muro para evitar que siguiera moviéndose y hacerse explicar de una maldita vez.

—No sé muy bien que fue lo que me pasó, aunque gran parte de la porquería que solté se debió a que me sentí estafado, era yo quien estaba con Rachelle, yo quien la consoló tras la traición de Charlie y el que se supone era su amigo, lo sabías, sin embargo en vez de acudir a mi decidiste ir a él. Me sentí engañado y quise hacerte daño por ello. Pero jamás he pensado que fueses una mala amiga sino todo lo contrario, sé que os queréis muchísimo y que no habría nada que no hicieseis la una por la otra
—¿Y la segunda gran parte fue para hacerme daño?
—¿Cómo cojones se te ocurre pensar que era por eso cuando en lo único que pienso es en...? —calló al darse cuenta de lo que iba a decir.
—¿En que Theo? Porque después de ver una y otra vez en mi mente la dichosa escena, únicamente soy capaz de discurrir una cosa —plegó los párpados un instante para repeler la humedad que se empezaba a formar tras ellos—, que no sólo te doy asco sino que me odias—, confirmó con un ahogado sonido a la vez que clavaba la vista en él.

Adolorido por el pesar de sus palabras y con la sangre hirviendo por la disputa y el calor que emanaba de su cuerpo, se dejó llevar por un irresistible impulso, le ahuecó el rostro entre sus grandes manos y tras mirarla fijamente durante unos segundos, con lo que sabía eran unas hambrientas retinas, la besó con un salvajismo que sólo ella tenía el don de despertar. El sabor con el que había soñado desde hacia demasiado tiempo le inundó el paladar intoxicándole con su textura. Le enardeció absorber el suave jadeo y el percibir las largas uñas enterrase en sus tensos hombros y no pudo impedir que un fiero gruñido se mezclase con el ardiente aliento que lo quemaba por entero y que le endurecieron dolorosamente.
Era evidente que Amy era una delicia andante y en su fuero interno sabía que su degustación sería igual de exótica, pero joder, nada ni nadie le había preparado para algo así.
Llevado por el deseo de tener más, mordisqueó el brillante labio inferior, lo lamió para aplacar la picazón y chupó hasta que ambos rebordes estuvieron enrojecidos e hinchados. Rodeó la esbelta cintura para atraparle las nalgas y presionó su pelvis contra la de ella restregando su firme y pulsante carne.

¿De verdad Lewis la estaba besando con una fiereza que la dejaba no sólo asombrada sino temblorosa y ávida? Cerró los ojos temiendo ver que lo que parecía tan real fuese sólo una ilusión y gimió dentro de su boca, permitiendo que sus profundos sentimientos le inundasen mientras le devolvía el beso con las mismas ansias con que él se lo daba, disfrutando con el ardiente combatir de las leguas. Se acercó balanceándose al ritmo de la húmeda danza frotando sus caderas contra la erección que descaradamente estiraba los pantalones de Theo. Una de las agarrotadas palmas ascendió desde los hombros para enredarse en el rubio cabello y sostenerlo contra ella buscando intensamente su enloquecedor aroma, mientras que la otra la deslizó por dentro de la cazadora y la movió a lo largo de la ancha espalda embriagándose con la tensión que producía su roce, al llegar al plano estómago la dejó posicionada unos instantes disfrutando con la ondulación de los músculos ante su toque, pero su meta era otra parte de ese maravilloso cuerpo así que reptó lentamente hacia abajo hasta que pudo acariciar lo que su golosa pelvis friccionaba. Sonrió cuando los dedos se cerraron sobre su presa y su boca aspiró el hondo gemido que salió de la boca de él. Enredó la lengua con la suya mientras le masajeaba una y otra vez asombrándose del enorme grosor que iba adquiriendo el palpitante miembro.

Un brutal anhelo le resquemó la piel al encontrarse envuelto por su dulce aroma y las traviesas falanges, perforándole el protector refugio donde había escondido sus latientes sentimientos. Se había jurado que jamás los dejaría volver a salir, que morirían en una oscura soledad, pero la potente luz de su presencia estaba resquebrajando los muros y que Dios o Belcebú se apiadasen de él porque no pensaba impedir el derrumbe.

Nervioso como un niño ante su regalo de Navidad desabrochó el largo abrigo, al llegar abajo agarró la tela del vestido y subiéndola hasta la cintura, para tener un mejor acceso al centro de su locura, deslizó una de las manos por dentro de la tupida media. El hondo gemido que soltó cuando ésta tocó el suave vello y atrapó la cálida humedad compitió con el de ella. No se trataba de una competencia, pero maldita si no pensaba ganar en hacerla gozar clavándose en su alma. Le rozó, con una templanza de la que carecía, el clítoris con la yema aspirando la acelerada respiración y llenándose los pulmones con su caldeado hálito.

Exhortó un sofocante resuello al percibir el delicado contacto que la perseguía noche tras noche desde lo que le parecía una eternidad. Con cada toque su ser jadeaba más y su canal palpitaba añorando el sentirle por entero. Rompió el beso arqueando el tronco cuando dos de las falanges se deslizaron sobre los hinchados labios vaginales y se introdujeron sin dejar de acariciarla con el pulgar el inflamado punto.
Se retorció disfrutando de la sensación de tener por fin ese compacto cuerpo pegado al suyo y que lo asaltase tan implacablemente como nunca antes lo hizo ningún otro, porque sólo él había tocado su corazón.

Empezó a transpirar cuando al deslizarse en el lubricante interior los músculos se contrajeron a su alrededor, aprisionándolo como si no quisiesen dejarle escapar. La frustración se adueñó de él, quería sentir lo mismo en su pulsante verga y quedarse por siempre enterrado allí. Era doloroso las ganas de poseerla, pero la avidez con la que palpitaba su vagina le hizo sonreír y dejarlo de lado. Sí, estaba ganando y el mejor de los premios, además.
Necesitando palpar más de la cimbreante figura que se arqueaba contra él, abandonó las redondas curvas de su trasero y ascendió hasta cubrirle la suave ondulación de uno de sus pechos. Los dedos sufrieron por no poder pellizcar los pezones y su boca protestó con un gruñido por no tenerlos dentro de ella y jugar con los endurecidos picos. Con un gemido bajó la cabeza y la besó, penetrándola con la lengua igual que las falanges lo hacían con su contraído núcleo.
Alborozado por el fluido que impregnaba su dermis se empezó a mover más rápido, más profundo, sin dejar de rotar el pulgar con el mismo salvajismo y ansias. Las paredes internas se apretaron y tembló contra él gritando su nombre. Joder, que bien sonaba escucharlo de sus jadeantes labios.

Rodeado por su esencia y esperando a que sus pulmones volviesen a tomar oxígeno calmadamente, la miró fijamente maravillándose del resplandor y el gozo que brillaba en el hermoso rostro. 

Tembló olvidándose de todo cuando él comenzó a frotarla y la otra palma le abarcó el pecho acariciándolo.  Abandonando el agarre de su miembro se sujetó con saña a sus bíceps y comenzó a ondularse buscando una fricción más intensa. Su hinchada carne femenina se mojó aun más por el enérgico masaje haciéndola gemir ante la dura invasión. Embistió contra los dedos cabalgándolos con la misma velocidad como estos arremetían en su vagina, buscando expandir las pequeñas vibraciones que rasgueaban burlonamente en su ardiente centro. La explosión se presentó de forma abrupta elevándola hacia la estratosfera y dejándola caer suavemente de nuevo entre los brazos de su hombre.

Cuando el último espasmo del increíble clímax desapareció y el galopante golpeteo de su corazón volvió a su habitual ritmo, abrió los ojos.

—¿Qué estamos haciendo? —preguntó tenuemente sabiendo por qué lo había hecho, pero necesitaba asegurarse que él también opinaba lo mismo.
—Lo que debimos hacer hace mucho tiempo —afirmó con una fiera mirada—, y te aseguro una cosa cariño, lo vamos a recuperar—, confirmó aupándola y dirigiéndose hacia el ascensor con la risa de ella acariciándole el alma.

óóóóó

La suerte era una cabrona que se había aliado contra él, decidió observando como la pareja se perdía tras la enorme puerta. Golpeó con el puño el salpicadero y bebió un largo trago de la botella de vodka que tenía en la otra mano. Tosió cuando la transparente bebida resbaló garganta abajo quemándole el gaznate.

—Maldita mierda barata —rezongó lanzándola sobre el asiento del copiloto—, jodida mala fortuna.

Iba a recostarse contra el reposacabezas para seguir esperando su oportunidad de pillar desprevenida a la morena de piernas largas cuando el móvil comenzó a sonar, con disgusto agarró el dispositivo y masculló una palabrota al ver el número que palpitaba en la azulada pantalla. El bossy. Jodido Murphy y sus teorías, estaba visto que siempre todo podía ir a peor. Pulsó el botón de descuelgue y se llevó el aparato a la oreja.

—Diga jefe.

Tras poco más de 5 minutos de conversación el teléfono acompañó a la semivacía botella de licor en el asiento, mientras su dueño giraba la llave de contacto y el motor rugía. No estaba muy contento, no le gustaba nada recibir órdenes y detestaba con todas sus fuerzas aguantar broncas de inútiles que por tener una abultada cuenta corriente se creían con derecho a todo. ¡Puta escurridiza! Ella era la culpable de todo, como la odiaba, pero un día no muy lejano iba a cobrarse una a una las afrentas que estaba sufriendo. Con una sonrisa cruel en los labios salió del lugar donde estaba estacionado y se dirigió al encuentro con el bastardo que le llenaba los bolsillos de dólares, sí, a él también le haría pagar por hacerlo sentir como un gilipollas.


Continuará…



miércoles, 5 de octubre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR. Capítulo 28




Tres días más tarde de la tortuosa escena del baño, las cosas seguían igual. Charlie dormía en el sofá cosa que en parte ella agradecía y por otra la hacia sentir una egoísta consciente que el mueble era demasiado pequeño para que él pudiera descansar, por otro lado, aunque no se habló de lo ocurrido, no cabía duda que se había levantado un invisible muro entre ellos. Cierto que ambos se esforzaban por actuar con naturalidad pero apenas si lo conseguían, si se miraban o si se rozaban se separaban como si se quemaran uno al otro. Aunque en un principio se sintió aliviada con esa nueva actitud la verdad era que conforme pasaban las horas se iba sintiendo más y más incomoda y eso era algo que la ponía de mal humor, no es que quisiera que él la acosara ni nada por el estilo, pero tampoco que fuera frío y distante. Dispuesta a poner los puntos sobre las ies abandonó el dormitorio y fue hacia el salón. Su determinación se marchó a la basura cuando no obtuvo respuesta al llamarle ni encontrarlo en la casa, seguramente estaría fuera peleando con la leña o dando un paseo. Acobardada por el terrible helor del exterior, decidió dejar la aventura de buscarle y cansinamente fue a la cocina para esperar su retorno, y hablar con él, con una buena dosis de café, tras servírsela regresó al salón para tomarlo con tranquilidad. Llevándose la loza a los labios sonrió sin poder evitarlo al ver el montón de mantas mal dobladas sobre el respaldo del sillón y una taza vacía sobre la mesa, sin duda ese poli era un tanto desastre.

Llevaba una hora caminando cuando decidió que era tiempo de volver, a pesar de la seguridad que le otorgaba el enclave y el anonimato no le gustaba que Rae permaneciera mucho tiempo a solas, pero necesitaba dar esa larga caminata para no perder la forma física y sobre todo para aplacar el deseo que vibraba en su cuerpo cuando la tenía cerca. Lo cierto es que no era la lujuria lo que más le arrebolaba, eso lo mantenía más o menos a raya con una buena ducha o sacando la cara fuera del calor de la cabaña, eran los sentimientos lo que apenas podía controlar. Rió a su pesar. Estaba jodida e irremediablemente enamorado de una mujer que lo último que quería era tenerlo cerca. <<Tienes lo que te mereces por gilipollas>>, se recriminó a si mismo <<¿Acaso creías que iba a correr a tus brazos después de tratarla como una mierda?>>. No joder, claro que no esperaba eso, cualquier otra le hubiese dado una patada en los huevos cuando descubrió lo de la apuesta antes de cortárselos y hacérselos comer, pero ella nunca fue cualquiera, siempre fue especial, una joya entre millones de piezas de bisutería barata algo autentico entre fruslerías de brillantes colores. Sí se dejó deslumbrar por las largas piernas y las faldas cortas, por los escotes de vértigo y los pechos siliconados, por mujeres expertas que lo agasajaban y le levantaban el ego y la polla al mismo tiempo, hembras a las que no les interesaba más que uno polvo sin compromiso, una noche o dos de sexo salvaje sin complicaciones, a las que él les importaba nada y ellas a él una mierda, mientras la gris existencia de su amiga se la traía floja. Y ahora ahí estaba, deseando que ella volviera a mirarlo como cuando la hizo suya en el suelo de su casa. Suya, su Rae y de nadie más.

—Mi Rae —repitió amargamente al silencio que lo rodeaba— Dios daría media vida por una sola de sus miradas cuajadas de amor.

Aligeró el paso cuando los copos de nieve comenzaron a caer tímidamente del encapotado cielo. Al llegar, abrió la puerta y se detuvo en el umbral, ella se revolvió y fijó los zarcos orbes en él, se quedó clavado al suelo cuando por un instante creyó vislumbrar algo de lo que a su retorno iba soñando despierto, parpadeó para darse cuenta que no era más que una ilusión de su mente, que la tristeza habitaba de nuevo en las claras lagunas que lo observaron un segundo más antes de que con un leve movimiento de su cabeza como saludo volviera a darle la espalda. Con el amargo sabor de la decepción acabó de entrar, se quitó el abrigo y lo colgó en la percha antes de ir hacia el hogar a por algo que calentara sus manos y su estomago.

El chirrido de los goznes la hizo girarse en su asiento, estaba tan guapo con el pelo revuelto por el viento, la nariz y los pómulos enrojecidos y los ojos brillantes,  tragó saliva y se aferró a la taza para no salir corriendo y lanzarse a sus brazos al verlo bajo el dintel. Apartó la vista azorada, rezando para que no se hubiese dado cuenta de cómo le afectaba. En un intento de parecer natural se recostó contra el sofá y con disimulo lo observó en su camino hacia la cocina. Por el borde de la vasija se entretuvo recorriendo la parte trasera de su espectacular cuerpo, las piernas formadas, la espalda ancha que tensaba la tela de la camisa de felpa y el culo que se dibujaba bien formado y prieto bajo los gastados vaqueros. Apuró el café, se incorporó, tomó el otro recipiente y con ambos en la mano fue hacia la cocina, iba a dejarlos en el fregadero cuando él se volvió y sus ojos quedaron prendidos.

óóóóó

Tras cepillarse una vez más el cabello y recogerlo en un moño suelto se remiró al espejo, el vestido de lana granate de cuello vuelto se ceñía lo justo, las medias eran lo suficientemente tupidas como para no mostrar nada de piel, las botas de ante negro le llegaban casi a las rodillas estilizándole la figura. Asintió ante la imagen discreta y elegante que le devolvía la pulida superficie. Tomó el brillo de labios del tocador y retocó el maquillaje, por último se colocó dos diminutos zarcillos con rubíes de imitación en sus orejas. Miró el reloj, susurró una blasfemia al ver que iba con retraso y perdería el autobús, cogió el bolso, se puso el abrigo negro y dejó el apartamento a la carrera.

Últimamente no era la misma ya no disfrutaba de su trabajo, ni nada la ilusionaba, quizá era hora de cambiar de aires, de irse de allí lejos de todo, de Theo y empezar de cero donde nadie la conociera. Sí, decidió mientras bajaba las escaleras, en cuanto Rach regresara de su destierro y se solucionara el problema del acosador tomaría su equipaje y se marcharía en busca de su destino. El gélido viento del norte le golpeó el rostro al salir del portón, se levantó las solapas, metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar, apenas había recorrido unos pocos metros cuando alguien la sujetó del brazo.

óóóóó

Llevaba horas envuelto en aquella manta que apestaba a humedad, con la calefacción a tope que no evitaba que le castañearan los dientes y que hacía que los cristales se empañaran dificultándole la visibilidad. Maldiciendo llevó la mano helada y la restregó por la ventanilla, iba a arrebujarse de nuevo cuando se percató del movimiento en la portería que estaba vigilando, casi llora de alegría al ver a la zorrita de la esteticista aparecer en lo alto de los escalones. Oh joder, al final iba a ser un buen día. Apartó la apestosa prenda de abrigo de sus hombros, bajó del auto, cerrándolo tras asegurarse que llevaba la pistola en el bolsillo.

—Llegó tu hora puta— farfulló mientras se encaminaba hacia su victima.

 Iba a abalanzarse sobre ella, pero lo pensó mejor al ver que otras personas estaban cerca, así que decidió darle cierta ventaja y luego abordarla con alguna pregunta. Con celeridad se cruzó de acera para encontrársela de y cuando la tuviera al alcance, usaría la pistola para obligarla a subir al coche. Se relamió de gusto, una vez fuera suya esa perra la iba a hacer cantar hasta la Traviata y luego más tarde la haría gritar mientras se la follaba sin piedad una y otra vez. Jadeó al sentir como se endurecía y acentuó la velocidad cegado por el ansia. Apenas unos pocos metros los separaban cuando la vio girar altivamente la cabeza hacia el hombre que la agarraba. Mascullando un exabrupto por su mala fortuna se detuvo y reculó hasta uno de los establecimientos sin dejar de observar a la pareja.

óóóóó

Llevaba días sintiéndose como el autentico bastardo que era. Apenas si comía y dormía fatal debido a la culpa. Mierda puta, él no era así, siempre comedido, con la templanza y la calma por bandera ante cualquier situación y había perdido los nervios, la compostura y hasta las formas con Amanda. Le había gritado e insultado como si fuera la culpable de los males del mundo y ahora, después de varias jornadas en las que el tiempo le dio el margen de analizarlo todo con calma, se percató que no sólo ella tenía motivos suficientes para meterse en la vida de Rachelle sino que tenía razón en todo lo que le dijo. Por los clavos de Jesús, ¿como perdió los papeles de esa forma? ¿Como fue capaz de coger la dignidad de esa mujer tirarla al fango y regodearse hiriéndola sin compasión? Uno a uno los insultos vertidos sobre ella vinieron a su recuerdos y la vergüenza lo arrasó, recordó que a pesar de la fortaleza, las lágrimas afloraron de los hermosos ojos humedeciendo las largas pestañas. ¿Por qué ese empeño en hacerle daño cuando sabía que ella era inocente de todo cargo, ¿por qué esa necesidad de ensañarse hasta humillarla profundamente? No lograba entenderlo, por más que le daba vueltas y más vueltas no conseguía comprender la desmedida actitud beligerante contra la preciosa morena que se filtraba en sus sueños y lo volvía loco con sólo mirarlo.

Se apretó las sienes para aliviar el galopante dolor de cabeza que iba tomando forma. Tenía que arreglar aquel desaguisado, comprarle unas flores o chocolates o cualquier cosa y pedirle perdón, era lo menos que se merecía Amanda. Una risa a su lado lo hizo perder el hilo y alzar la testa, frente a él un socarrón Michael jugueteaba con uno de sus bolígrafos.

—¿Quieres algo? —demandó con desgana, no le caía bien aquel cabrón arrogante.
—Hace días que pareces cansado ¿estás bien? —respondió con un fingido aire de preocupación.
—Muy bien, falta de sueño es todo.
—Mmmm ¿ahora se llama así? —un malicioso brillo destelló en los orbes—, no tienes que disimular conmigo, todos sabemos que ese cabrón de O’ Sullivan te levantó la novia —una carcajada retumbó por la estancia—, joder llama a las cosas por su nombre, esa putita te puso los cuernos.

Como si tuviera un resorte se puso en pie y saliendo detrás del escritorio agarró a su compañero por las solapas empujándolo hasta el muro, cerró el puño y estuvo a punto de estrellarlo contra el pálido rostro pero la voz de J.J lo detuvo antes de aplastar la nariz de aquel asqueroso.

—No lo hagas Lewis —terció el recién llegado poniendo una palma sobre el brazo y dirigiéndole una mirada cómplice a su amigo, el muy capullo sabía como buscarle las cosquillas al personal—, no merece la pena perder un buen expediente por una pelea en la comisaría.

Su compañero estaba en lo cierto, si comenzaba la disputa allí dentro asuntos internos abriría investigación y perdería más que ganaría y desde luego no iba a arriesgar años de trabajo y dedicación, que luego influirían en su jubilación, por las soeces diatribas de alguien como Michael que parecía haber perdido el color. Miró a J.J y asintió, cuando soltó su agarre volvió a prestar toda su atención a su presa.

—Escúchame hijo de puta, solo te lo voy a decir una vez —dijo zarandeándolo contra la pared—, no voy a permitir que manches el nombre de Rachelle en mi presencia, me importa tres mierdas lo que creas o dejes de creer, ella es mi amiga y la vas a respetar ¿entendido?
—Si
—No te oigo ¿entendido?
—Si —balbuceó entre dientes.
—Bien —masculló soltándolo de malos modos— y ahora será mejor que me largue antes de que no pueda controlar las ganas de patear tu apestoso trasero.

Agarró su gabán y salió a la calle.

Una vez solos el pelirrojo puso un brazo sobre los hombros de su colega.
—Por un momento tu voz me pareció la de una soprano —comentó jovialmente.
—Si hay que cantar ópera se canta, ya sabes lo que me gusta joderle.
—Si, pero hostias, con los huevos en su sitio no de corbata como te los puso —terminó riéndose—, ¿se puede saber por qué te metiste con ella?
—No, si a mi la chica me cae bien, incluso me gusta —aclaró alisándose la camisa—, pero era la diana perfecta para una broma fácil.
—Bien pero admite un consejo, la próxima vez ponte un protector para los testículos o ya puedes ir pagándote las clases de canto.

Comenzó a caminar sin rumbo fijo queriendo apartarse lo más posible de ese cabrón malicioso de Michael, nunca le cayó bien ese bocazas pero desde lo de la apuesta apenas si lo soportaba, dio gracias de que no era su compañero de patrulla o sin duda hubiese tenido que pedir un cambio, era vomitivo el idiota con sus bromas de mal gusto, pero algún día se volverían las tornas.

Arrebujándose en la prenda para aplacar el implacable frío, apartó de un plumazo el último acontecimiento para centrarse en lo que de veras le preocupaba, Amanda. Debía de hablar con ella y pedirle disculpas por su soez comportamiento eso lo tenía decidido, lo que no tenía tan claro era como y cuando. Quizá debiera telefonearla y concertar una cita, tal vez una cena o una comida, no seguro se negaría y con razón, quizá comprarle unas flores…, divagando se encontró justo en la calle donde la joven residía, alzó la testa hacia el frente y como si la hubiese invocado la vio descender y encaminarse de espaldas a él hacia la parada del autobús, aquel era un buen momento, tanto como cualquier otro. Sin pensarlo aligeró el paso para alcanzarla, una vez a su altura la tomó del brazo, ella se giró sorprendida.

—Hola Amanda.

Continuará...


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