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viernes, 21 de enero de 2011

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 39 (1ª PARTE)



Una suave caricia en su nuca la hizo estremecerse, cuando esta regresó acompañada de un tierno beso ronroneó y se estiró como una gatita satisfecha antes de voltear la cabeza para buscar los plenos labios que ahora torturaban su desnudo hombro.

Aunque su primera intención había sido la de despertarla llamándola por su nombre, al ver los pequeños rizos pelirrojos pegándose a la base de su cabeza no pudo resistir la tentación de posar la boca en ellos, el sabor de la satinada piel de su esposa seguía fascinándolo día a día, así que continuó su recorrido por el cuello hasta el níveo y tentador arco que formaba su clavícula, cuando ella se giró y le buscó hambrienta la devoró con un beso abrasador que le caldeó el centro mismo de su alma. Adoraba como Brianna respondía a sus caricias y a pesar de que aún guardaba en su interior esa timidez que la caracterizaba —que tanto le enternecía y de la que él tanto gozaba provocando su sonrojo— la forma en que se le entregaba lo enardecía hasta límites insospechados.
Renegando de manera audible y con desgana se apartó del apasionado cuerpo que le demandaba que lo colmara de placer. Sin duda era lo que más le apetecía en ese momento, mas si quería llevar a cabo sus planes ambos deberían esperar para desfogar su deseo.

—Veo que estáis despierta —dijo con cierta sorna deslizando el pulgar por el hinchado labio inferior.
—Vos también parecéis bastante desvelado —respondió lamiendo la callosa yema mientras se incorporaba buscando unos labios que él le negó con un áspero gruñido, poniéndose en pie.
—No hay tiempo para eso ahora, debéis levantaros y vestíos —informó dándole la espalda para ocultar la erección que le alzaba el kilt, así como la satisfacción que se dibujó en su rostro al escuchar la protesta que ella emitió.
—Aún es pronto, si apenas clarea el alba —exclamó llevando la vista a la pequeña porción de cielo que se colaba por el ventanuco vislumbrando los tonos violetas y anaranjados, que como jirones iban anunciado un nuevo amanecer.
—No seáis perezosa y obedecedme —requirió mirándola por encima del hombro—, hay algo que debo hacer y necesito vuestra ayuda.
—Niall —apartó rápidamente las prendas que la cubrían al ver el tono violáceo en los hermosos ojos, aunque la pasión no había desaparecido una desconocida emoción titilaba firme acompañándola—. ¿Sucede algo?
—Tranquilizaos nada que os deba perturbar, pero daos prisa.
—Está bien, avisad a Nerys mientras me visto para que se haga cargo de Aidan.
—Hace rato que lo llevé a los aposentos de la joven —interrumpió al verla acercarse hasta la silla donde descansaba uno de sus trajes—. No, ese no, esperad yo os traeré el que quiero que luzcáis.

Brianna bajó el brazo sin llegar a coger la prenda color verde que se estiraba en el respaldo y se revolvió incrédula hacia su esposo, Niall jamás se preocupaba de su vestuario, desde luego era atento y le hacia halagos sobre su belleza, pero nunca antes se había inmiscuido en la elección de sus ropajes. Observó confusa como se acercaba hacia su baúl y extraía un vestido blanco rematado en el escote y las mangas con una cinta de color esmeralda, abrió la boca para protestar, aquella vestimenta no era apropiada para las tareas que en un día como aquel le tenía reservado, sin duda alguna tras los preparativos para el enlace de Aldair y Liana la delicada tela quedaría inservible.

—Este —le alargó la prenda—, siempre me ha gustado veros con él puesto.
—Pero se...
—Y dejaos el cabello suelto, quiero ver el fuego que desprende bañar vuestra espalda cuando lo acaricie el sol —vio el desconcierto cruzar por las hermosas facciones—, por favor.
—Ni...
—Os aguardaré en el corredor, no me hagáis esperar os lo ruego.

Incapaz de articular palabra —y no sólo porque él se lo impidiese— lo vio abandonar el aposento, no entendía nada, pero algo en la manera de mirarla y en la forma de hacer su petición con ese deje de súplica, le indicó que debía darse prisa en acatar su mandato. Bajó la vista hacia el precioso vestido que sostenía en los brazos y tras parpadear para eliminar el desconcierto que la embargaba se dispuso a engalanarse.


Quería matar a Aldair y lo haría en cuanto él dejara de tirar de ella como si fuese una mula, el muy bastardo no había tenido bastante con sacarla de la cama a horas tan intempestivas, obligarla a ponerse esa horrible indumentaria que le picaba y se le enredaba entre las piernas sino que además se había negado a darle ningún tipo de explicaciones cuando le preguntó a donde iban. <<Ya os enterareis>>, le contestó con aire misterioso. Él si se iba a enterar en cuanto pudiera dejar de trotar detrás suyo por aquel prado.

—¡Basta! —estalló clavando los pies en la húmeda tierra—, no puedo seguir caminando tan deprisa con estas malditas faldas.
—Sois una debilucha —rezongó parando.
—Serás cab... —su diatriba quedó en el aire cuando se vio izada y aprisionada contra el musculoso tórax.
—Y vos una protestona adorable —afirmó palmoteándole el trasero—. Mirad, ahí están.

Liana torció el gesto hacia donde le indicaba, unos metros más allá justo donde se cruzaban los caminos a la orilla del lago un grupo de personas parecía esperar algo, escudriñó tratando de ver quienes eran, conforme avanzaban pudo poner rostro a las figuras, el orondo padre Kevin, los dos druidas, Baldulf, Mervin, Kai, Nerys sosteniendo algo entre sus brazos —el pequeño bulto resultó ser Aidan— también se encontraban allí un par de hombres de Niall que los saludaron amablemente en cuanto Aldair la dejó poner los pies en el suelo.
Una vez dejaron de observarles, Liana golpeó levemente con el codo a su compañero haciendo que este la mirase.

—¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué estamos aquí? —interrogó en voz baja para que nadie excepto él pudiese escucharla.
—Sois muy impaciente mo grádh —replicó con sorna.
—Si tú lo dices —contestó con el mismo tono a la vez que examinaba el lugar—. ¿Qué es eso?—, preguntó asombrada al percatarse de un pequeño montículo de piedras en los que se alineaban algunos utensilios que Cuddle se afanaba en recolocar una y otra vez.

La posible respuesta quedó silenciada con el resonar de los cascos de un caballo que se acercaba al galope, se volteó hacia el lugar donde provenía el sonido, aun en lontananza pudo distinguir a los señores de Dà Teintean acercarse a lomos de un equino.

—Joder ¿a mi por qué no me trajiste así? —demandó enfurruñada.
—M´eudail, si deseáis una cabalgada os juro que la tendréis en cuanto regresemos a nuestros aposentos.

La contestación se mereció un codazo y por su parte una herida en la boca por morderse los carrillos para no echarse a reír. <<Este hombre no tiene solución... y que se le ocurra cambiar>> pensó un segundo antes de quedarse boquiabierta ante la llegada de la pareja.
Entre los brazos protectores de su esposo Brianna parecía una princesa, suspiró cuando el Laird de los McInroy detuvo su montura, se apeó y con mucha ternura ayudó a su señora a bajar del animal. Liana les contempló fascinada, un dios de la guerra, fornido y letal, apuesto hasta la saciedad y una mujer que más bien parecía la reina de las hadas con ese traje blanco que se ceñía a su busto y cintura, con el cabello rojo como una llamarada cayendo por sus hombros otorgándole un halo mágico al conjunto, tragó saliva, jamás había visto a dos seres que desprendieran tal aura de amor a su alrededor.


Tras ataviarse, cepillarse el pelo y dejarlo tal como Niall le había pedido Brianna corrió a su encuentro. Como le indicara lo encontró en el pasillo, cuando se revolvió y la miró de arriba abajo lentamente, el corazón le palpitó desbocado y todo su ser se encendió presa del deseo. Sin mediar palabra, tomó su mano y tras llevar las yemas a los labios y depositar un suave ósculo en ellas la instó a seguirlo. No opuso resistencia alguna, había tantas promesas veladas en aquellos cárdenos ónices, amaba tanto a aquel hombre que lo seguiría al mismo averno si él se lo pidiera.

Apenas hubieron salido al patio, Niall enredó las delicadas falanges entre las suyas y se encaminaron hacia los establos, al llegar el mozo sacó el azabache garañón ya preparado para ser montado, tras unas palabras de agradecimiento hacia el joven por su rauda labor, la tomó por el talle y la aupó hasta dejarla sentada en la grupa, de un salto subió tras ella y con un movimiento de talones sobre el flanco del animal este se puso al galope.

Sintiendo el fornido brazo rodearla y dejando que el céfiro matutino posara tiernos besos sobre su cara como si de un afectuoso amante se tratara, apoyó la cabeza sobre el pecho de su esposo, cerró los ojos exhalando dichosa y disfrutó del calor que este desprendía.
No hizo preguntas ya que tampoco necesitaba respuestas, confiaba tanto en su Lobo que iría donde él quisiera llevarla.

Continuará...




miércoles, 19 de enero de 2011

CONQUISTADO POR UN SUEÑO (CAPÍTULO 38)



A pesar de lo avanzado de la noche Aldair no podía conciliar el sueño, con los ojos clavados en el techo y sintiendo el suave cuerpo de Liana enroscado al suyo esperaba impaciente la llegada del amanecer, el despertar del nuevo día en el que aquella mujer que se abrazaba a él se convertiría por fin en su esposa. Bajó la vista hacia la maraña de cabello oscuro que descansaba sobre su pecho y sintió una gran pesadumbre al pensar lo cerca que había estado de perderla a manos del que ahora yacía para siempre bajo un abeto en el corazón del bosque, en una tumba que no se había señalizado con la finalidad que la naturaleza y el tiempo cubrieran la tierra con la maleza y quedara para siempre en el olvido.

Apretó los párpados, sí, olvidarían a Liam McInroy pero sus sangrientas y crueles acciones quedarían eternamente grabadas a fuego en sus corazones aunque no volvieran a hablar jamás de ellas. Nunca podría apartar de su mente el rostro asustado de Liana con las ropas desgarradas y a punto de ser mancillada, ni la vergüenza en la pálida tez de Niall cuando el bastardo recordó el trato hacia su mujer, ni el dolor atravesar a su padre cuando lo acusó falsamente de traición..., pero era la imagen de Bruce y Bethia McDonald —los padres de Katia— cuando les llevaron a su hija los que más huella le dejaron. Los desgarrados lamentos de esa madre al ver el cuerpo destrozado de su niña aún resonaban en su cerebro y la mirada del buen McDonald, un sencillo campesino que trabajaba de sol a sol para sacar adelante a su prole se le aparecía en sueños, acusadora.
Con las pertinentes explicaciones detalladas de los hechos, que el clan vecino escuchó solemne y una generosa compesación por parte del señor de los McInroy, que aunque no le devolverian a su retoño si les haría la vida más cómoda a la desolada familia, pareció ser suficiente evitando así una cruenta guerra sin sentido, una lucha que habría significado un inútil derramamiento de sangre buscando una venganza que los mantendría años y más años en encarnizadas batallas donde no habría vencedores ni vencidos, sólo perdedores y todo por la leyenda que se escondía atrapada en una gema, que despertó la locura y ambición de poder de un hombre.

Llevó la mano hacia el pecho y la dejó descansar abierta sobre el bombeante órgano, cubriendo el medallón que de forma inusual descansaba sobre su esternón. Esa noche, al subir a sus aposentos, algo lo había impulsado a sacarlo de su escondite y colgarlo alrededor de su cuello. Cerró el puño con fuerza hasta que las puntas doradas se le clavaron en la palma, de repente el devastador gesto desapareció y una extraña sonrisa curvó las comisuras de sus labios. Con sumo cuidado de no despertar a Liana, la separó de su lado y cuando se removió esperó hasta confirmar que continuaba durmiendo placidamente, salió del lecho, tomó el kilt que descansaba sobre la alta silla, lo enrolló a su cintura y tras sujetarlo con el cinturón echó una ultima ojeada a la espalda desnuda de su mujer, la arropó con cautela tomó su espada y dejó el cuarto.

Caminó sigiloso por los solitarios corredores tenuemente alumbrados por las distantes antorchas, se detuvo un minuto en el patio cuando la gélida brisa nocturna le golpeó el rostro. En el momento en que alzaba la vista al oscuro cielo admirando como la luna rielaba altiva sobre él, el sonido de pasos acercándose le obligó a pegarse a los muros, eran los centinelas que hacían la ronda, se mantuvo quieto hasta que se alejaron, lo último que quería era levantar suspicacias entre su gente. Sin apartarse de la pared para no ser visto, rodeó el recinto y abandonó la seguridad de la fortaleza. Apenas miró atrás una vez, levantó los ojos allá donde sabía que Liana dormía tranquila y continuó el avance hacia su destino.
Dejó atrás el pequeño grupo de árboles, el sendero y ascendió por la colina hasta la cima, se detuvo al llegar a la base de la cruz celta que la presidía. Durante unos minutos se dejó embelesar por la visión que a esas horas presentaban sus propiedades bajo el plateado hechizo de la radiante Cerridwen, la silueta oscura del castillo recortando el paisaje, las pequeñas casitas de su gente salpicadas por acá y por allá, el serpenteante cauce del río que apenas se distinguía, el inmenso bosque que se tragaba el horizonte..., amaba su tierra, a su pueblo y tenía la obligación de protegerlo de ratas como Liam y de maldiciones como las que encerraba la opulenta piedra que reposaba en su torso. Bajando la vista hacia el suelo se dejó caer de rodillas y con un anhelo desconocido comenzó a excavar.

Los minutos transcurrieron hasta que le fue imposible discernir el tiempo que llevaba hundiendo falanges y estoque en la helada tierra, tenía los dedos entumecidos y el frío viento otoñal le erizaba la piel y le hacia castañear los dientes, mas no desistiría en su afán por proteger lo que más amaba en este mundo. Con nuevos bríos continuó despejando el terreno hasta que un fétido olor le llenó las fosas nasales provocando que una arcada subiera por su garganta, se alejó un tanto del hueco y tomó una bocanada de aire para limpiar sus pulmones, tras cubrir con el plaid el rostro para protegerse del mal olor volvió a acercarse para terminar el trabajo.

Aunque el tartán cubría nariz y boca, el hedor se filtraba por el tejido llenándole las vías respiratorias, haciendo que luchase contra la tentación de abandonar la asquerosa tarea autoimpuesta y regresar al calor de su lecho, pero se obligó a si mismo a continuar. Debía llevar a cabo el desagradable cometido. Soltó un exabrupto cuando sus dedos toparon con una textura diferente, sintió el sabor de la bilis ascender por su laringe al bajar la vista y ver el cuerpo. A pesar de la oscuridad, el perlado brillo que le llegaba del cielo era más que suficiente para contemplar con toda claridad el cadáver o lo que quedaba de él. Fijó la vista en las cuencas oculares ahora vacías, en la piel acartonada y amoratada pegada al hueso, dio un pequeño respingo cuando percibió el sutil movimiento debajo del ropaje que cubría el exiguo pecho, como si los pulmones se insuflasen al percibir el ansiado oxígeno, pero con repulsión se dio cuenta del error,  saboreó el sabor de su propio vómito cuando por entre los pliegues de la raída túnica y por los labios blanquecinos pequeños gusanos se retorcían inquietos, por Dios aquello era repugnante pero sin duda era el mejor lugar para ocultar la causa de tantas desgracias.

Tras limpiarse las palmas en el kilt, las llevó hacia su cuello y sacó la cadena por encima de su cabeza, durante unos segundos dejó oscilar la reliquia frente a él, el rubí refulgió de forma extraña, como si el mal que habitaba en él hubiese adivinado sus intenciones. Con decisión abrió su sporran, hurgó en él y sacó un trozo de tela con sus colores, depositó la pesada joya en él y la envolvió con cuidado, después se agachó y con delicadeza dejó que las cadavéricas manos ocultaran para siempre el pequeño atillo, una vez concluida la tarea, salió de la sepultura y con ayuda de manos y piernas volvió a cubrir al ahora protector druida.

Sentado junto al túmulo se despojó del plaid y respiró profundamente dejando que sus pulmones se expandieran, estudió una vez más la tierra removida y una punzada de culpa lo invadió por haber profanado el descanso eterno de Cromwell. <<Hicisteis bien, Aldair>> se alentó a sí mismo. Sin duda había hecho lo correcto, lo sentía en el centro mismo de su ser. La reliquia permanecería oculta y tal como mandaba la tradición, custodiada por un McRea. Nadie la buscaría allí. ¿Quién mejor que Cromwell para mantenerla a buen recaudo? Casi sonrió, pues durante toda su vida había litigado por cobijarla entre sus posesiones y ahora le pertenecería por toda la eternidad.

Se puso en pie y se cubrió para mitigar un poco el frío, se percató de la pestilencia que parecía envolverlo todo, con paso firme y sin mirar atrás se ciñó la espada y se dirigió al helado cauce, era hora de limpiar el olor a muerte de su piel.


Adormilada buscó a tientas la tibieza de su hombre entre las sábanas, le gustaba pegarse a él siempre, pero en noches como estas en las que el helor se colaba hasta los huesos era un placer sentir el calor de Aldair caldear su dermis, entreabrió los ojos lo justo para percatarse que estaba sola en el enorme lecho, masculló algo entre dientes y se arrebujó entre las pieles, al tiempo que paseaba la vista por la estancia. ¿Dónde se habría metido?, encogiéndose de hombros y cubriéndose la cabeza se dejó vencer nuevamente por el sueño.

Con el cuerpo limpio pero aterido regresó a su alcoba, tomó un paño y lo pasó por su goteante cabello, se detuvo en contemplar la figura que acurrucada entre la ropa dormía placidamente, era un seductor ángel, su ángel. Suspirando lanzó el trapo al suelo, se despojó del kilt y con cautela de no rozarla se coló en el lecho. Era una tentación alargar los brazos acunarla en ellos y sentir su calidez, pero llegó tan arrecido que sin duda la asustaría. Con un suspiro se dio la vuelta y cerró los ojos intentado dormir aunque sin duda no lo lograría. Se removió intranquilo cuando tras sus párpados aparecieron las imágenes de lo que acababa de hacer, mas la voz de su conciencia pareció acallar los demonios que lo acusaban de violar el descanso de un finado.

—Aldair —el tono meloso de su dama lo acabó de convencer que había hecho lo mejor que podía hacer—, ¿dónde estabas?
—Dormíos —masculló tapándose más con la piel.
—Te eché de menos —susurró acercándose a él hasta rozarlo—, Dios mío, estás congelado.

Una mano trémula y templada se deslizó por su columna, hasta su cadera y luego resbaló hacia su ombligo, ascendiendo en lentos círculos por su estómago hasta detenerse abierta sobre el oscilante torso. Unos labios ardientes depositaron un beso sobre su hombro y un cuerpo amoroso se pegó a él, suspiró extasiado antes de girarse para encontrarse con los ojos brillantes de pasión de su mujer.



Liana se había despertado varias veces durante la madrugada para encontrarse sola en el tálamo, así que cuando esta vez abrió cansinamente las pestañas y se encontró ante la ancha espalda de su guerrero no pudo menos que acercar las yemas hacia aquella maravillosa y musculosa parte de su anatomía, frunció el ceño al notarla helada mas las comisuras se fueron curvando al percatarse como se iba calentado bajo sus caricias, gimió cuando él se revolvió y se encontró con las verdes lagunas titilantes de amor, quiso zambullirse y ahogarse para siempre en ellas.

Acercándose más a él, buscando el refugió de sus brazos, comenzó a besar el mentón mientras las enormes manos iban tomando posesión de su cuerpo. Quería preguntarle donde había estado, por qué su cabello estaba mojado, pero todas las interrogantes se fueron perdiendo en la nebulosa del deseo que el placentero contacto iba despertando en ella. Soltó un ridículo gritito cuando él se volteó dejándola debajo y descansando el peso de su corpachón en los antebrazos la contempló embelesado.

—Sois tan hermosa que a veces creo que no sois real —musitó abriéndole las piernas con la rodilla—, que amanecerá y no os encontraré a mi lado.
—Aldair —gimió enroscando los dedos en el pelo.
—Mañana seréis mía ante la ley de Dios —terció agachando la cabeza—, mía para siempre.
—Ya soy tuya para siempre —afirmó doblando las extremidades para que encajara mejor entre ellas—, mañana sólo será…

Las palabras quedaron interrumpidas cuando él tomó avariciosamente los labios entreabiertos saciándose de ellos, al tiempo que con avidez deslizaba una de sus manos hacia abajo absorbiendo las adorables curvas e impregnándose de la entibiada y satinada piel. Jugueteó con el sedoso vello púbico y cuando Liana abrió aún más los muslos incitándole a continuar introdujo el corazón en el ansiado paraíso aspirando el gemido que ella dejó escapar. Rompió el beso fijando la mirada en las candentes pupilas.

—Os he echado de menos –musitó deslizando la falange dentro y fuera de ella.
—Oh... y yo a ti joder –respondió arqueándose ante la delirante fricción.
—Hermosa palabra, me gusta las connotaciones que implica.
—A mi me... me gusta cuando llevas a la práctica su significado.
—Mi señora –mordisqueó el lóbulo de la pequeña oreja—, existo para obedeceros—, confirmó alojando el índice en la sedosidad.

Había echado terriblemente de menos el delicioso tormento al que Aldair la estaba sometiendo, a veces la caballerosidad era una mierda y estos días en los que sólo se atrevía a abrazarla, por temor a hacerle daño, en las largas noches lo confirmaron, pero la tortura había llegado a su fin y ahora era otra la que burbujeaba por su ser acelerándole la respiración.

Cimbreó las caderas cuando los dedos bombearon con desquiciante lentitud haciendo que la humedad fluyese a través de su vagina empapándolos, estalló con un poderoso jadeo apenas uno de ellos acarició el clítoris en ondulantes círculos.

— Maldita sea…, si que te he echado de menos —balbuceó aferrándose a las sábanas.

Cuanto había ansiado volver a contemplar el rostro de su Liana transformado por el placer, como los oscuros orbes centelleaban a través de las largas pestañas hasta casi cegarle y los labios se entreabrían intentando capturar algo de aire a la vez que dejaban escapar unos enloquecedores sollozos. Sentir el pegajoso fluido bañándolo casi le descontrola y cuando el arrollador clímax surgió deleitándole los oídos tuvo que cerrar los ojos y apretar las mandíbulas hasta hacerlas crujir para no enterrarse en ella, se negaba a dejarse llevar por la ganas, iba a transportarla al cielo, controlaría el deseo que lo consumía hasta hacerla disfrutar de todas las maneras posibles, aunque para ello tuviera que descender al mismo infierno.
Continuó invadiéndola mientras con su lengua barría la humedad de la esbelta garganta y mordisqueaba la pulsante vena, descendió regando de  besos la candente dermis, raspó con los dientes los sensibles pezones y sonrió cuando las pequeñas manos le acercaron más a ella. Chupó y lamió los dorados senos hasta endurecerlos y gimió cuando las lacerantes uñas le arañaron los hombros y se clavaron en sus omoplatos.

—Vuestro salvajismo me enloquece –su voz sonó áspera.
—¿Sólo eso? –inquirió curvándose hacia arriba rozándole el henchido pene—, mmm, veo que no—, susurró cuando notó el brinco que éste dio.
—Vuestra osadía es igual de atrayente—, sacó con renuencia las falanges de la ardiente cueva y se los introdujo en la boca paladeándolos con placer—, y vuestro sabor es exquisito, quiero más.

Se movió más abajo sin dejar un solo trozo la ondulante figura sin degustar, introdujo la punta de la lengua en el ombligo y cuando se retorció se descolgó hasta detenerse en su pubis. Aspiró pausadamente.

—No hay mejor perfume que el de vuestra pasión.

Incitada por sus palabras y por los estimulantes toques, Liana elevó la pelvis empotrando los talones en el colchón ofreciéndose, el sonido gutural de Aldair que aceptó raudo la invitación estuvo a punto de hacerla sucumbir nuevamente.

El lento vaivén de su lengua la embriagó y el anhelo se apoderó de ella, una callosa mano se aposentó sobre su cadera y la sujetó a la cama. Impotente y con la excitación punzándole como sutiles descargas, alzó la mano hacia su cabeza enredándose en el enmarañado cabello, sin dejar de saborearla Aldair elevó la vista buscando sus ojos, a través del tenue velo que cubría los suyos contempló como la satisfacción iluminaba las verdosas lagunas. Cuando el húmedo músculo se introdujo explorando el acuoso sexo acompañado de uno de los exigentes dedos, echó la cabeza hacia atrás dejando escapar un febril jadeo. Por un instante creyó que su espíritu la abandonaría. Ese hombre iba a acabar con ella, pero por sus muelas que resucitaría una y otra vez para volver a pasar por tan placentero martirio y que alguien o algo se atreviese a impedírselo.

—Oh, Dios... –bisbiseó tirándole del pelo al sentir como un lacerante lametazo bañó el sensible punto recreándose en él—, si...

Esa mujer era el más exquisito de los frutos y su jugo le estaba enajenando, mordió con suavidad la delicada piel y succionó con fuerza el palpitante clítoris aumentando el ritmo de la caricia percibiendo el ligero temblor que iba apoderándose de su hembra.
Cuando explotó en su boca, relamió la zona con codicia como si de un hambriento se tratara y esperó a que tenuemente las convulsiones desaparecieran, envuelto por el deleitoso aroma. Deseaba que Liana elevase los párpados y le mirase, al verse recompensado por los brunos iris acompañados de una saciada sonrisa, serpenteó sobre ella y devoró los sonrosados labios poseyéndolos como hacía un instante había hecho con su suculento centro.

Necesitaba más de ese guerrero que amaba con toda su alma, le quería dentro de ella, marcándola firmemente y prendiéndola fuego. Una de sus palmas abandonó el recio cuello y vagó en busca del órgano que podría colmarla. Gimió cuando el puño se cerró sobre él percibiendo el grosor, la dureza y la quemazón en el nervudo contorno. Con presteza colocó la llorosa cabeza en su entrada y se arqueó sinuosa al tiempo que agarraba con ambas manos las firmes nalgas empujándola hacia ella.

—Necesito sentirte dentro de mí, ahora.

Con un bajo gemido de placer la penetró profundamente de una poderosa embestida sintiendo como la suave seda interior lo envolvía. Le urgía sentirse completo en ese instante, con Liana aferrada a él, clavándole las uñas en la piel, retorciéndose jadeante bajo sus palmas, moviéndose contra su pelvis, dándole amor, limpiándole las heridas y colmándolo de paz. Sí, Liana era su fuerza, su vida y no permitiría que nada la pusiera en peligro nuevamente, aceleró el ritmo de sus acometidas cuando las paredes vaginales se contrajeron sobre su eje, convencido de que su acto había sido el correcto se dejó ir en aras del placer.

Continuará...




viernes, 14 de enero de 2011

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 37 (2ª PARTE)



Había dejado a Liana al cuidado de una solicita Brianna para que fuese aseada y cuidada de sus heridas y regresó al patio a esperar la vuelta de los hombres, estos no tardaron en aparecer silenciosos y cabizbajos portando con ellos el cadáver de la niña. Tras ver el lamentable estado del cuerpo varias mujeres se hicieron cargo con premura de la finada para limpiarlo, dio órdenes de que una vez fuera adecentada siempre hubiese alguien velándola y orando por su alma antes de que fuera devuelta a los suyos para que recibiera sepultura junto a sus antepasados. Por los colores que portaba sobre el raído corpiño supieron que pertenecía a un clan amigo. Niall había decidido que él personalmente se presentaría ante Robert McDonald y daría las explicaciones pertinentes, después de todo había sido uno de los suyos el causante de tan desgraciada pérdida, Aldair le acompañaría para presentar sus respetos y relataría el motivo por el cual dicha fatalidad sobrevino en sus tierras, esperaba que con dichas aclaraciones la amistad entre ellos siguiese indeleble, pero eso sería mañana. 
Tras bañarse en el río para limpiar el cuerpo y el alma, sólo logró que la sangre de su piel desapareciese corriente abajo, ya que el pesar que lo roía se mantenía intacto en su interior. Exhalando abruptamente decidió que había llegado el momento de llevar a cabo el doloroso cometido.

Entró en el salón y subió las escaleras de dos en dos, al llegar al corredor dirigió la vista hacia la derecha donde estaba su estancia. Tuvo que luchar contra el impulso de encauzar sus pasos hacia donde se hallaba su amada para estrecharla fuertemente contra él, pues ese anhelado quehacer debía esperar, así que giró hacia la izquierda donde estaba el dormitorio de su progenitor. Apretó los puños tratando de encontrar una explicación plausible a lo sucedido, pero en lo único que logró pensar fue en una terrible palabra, traición.

Al llegar ante la puerta, tomó el pomo y entró sin llamar. La encorvada figura se revolvió y al ver el intenso pesar en los zarcos ojos se quedó sin respiración.

—Debo hablar con vos, padre.
—Sí, debemos hacerlo —confirmó sin apenas voz—, yo... supongo que ya sabréis lo del medallón.
—Entonces ¿no lo negáis? —demandó sintiendo como se le retorcían las entrañas.
—No hijo mío, no lo niego.
—¿Por qué? Una inocente ha muerto y si no llega a ser por su valentía y lo cercano de nuestra presencia mi señora hubiese corrido su misma suerte —masculló quedamente.
—Lo siento tanto —sollozó.
—¿Sentirlo? —bramó dando un golpe en el muro con el canto de su puño—, eso no me sirve, exijo saber el motivo que os impulsó a cometer tal villanía—, requirió acercándose hasta él.
—¿Cómo decís? —preguntó levantándose.
—No os hagáis el sorprendido.
—Quiero pensar que el trauma por el que pasó Liana os afectó.
—¿La habéis visto? —interrogó en un tono bajo.
—Lo hice.
—Entonces sabréis que lo suyo no fue una simple conmoción. He estado a punto de perderla y vos sabéis que sin ella yo no soy nada.
—Perdonadme —rogó cubriéndose el rostro—, y entendedme.
—¿Por qué debería hacerlo? —demandó sujetándole por los hombros.
—Creí que hacía bien —contestó descubriéndose para sujetar los poderosos brazos—, mas me di cuenta de mi error demasiado tarde.
—Ante la perfidia no hay equivocación posible —espetó.
—Volvéis de nuevo a repetir esa vil palabra —curvó el entrecejo.

Aldair estuvo a punto de estallar de furia ante la osadía que aún mostraba su progenitor, ¿cómo podía mostrarse contrito tras confesar tal falta? ¿Cómo se atrevía a implorar su perdón después de haber traicionado tan cruelmente a su pueblo? Observó el ajado rostro y una punzada de duda lo atravesó al ver el sufrimiento reflejado en aquellos cansados ojos. Apretó con fuerza los párpados para evitar mirarlo, no se iba a dejar influenciar por la lástima ni el cariño que sentía por aquel hombre que siempre había sido el espejo en que mirarse, el ejemplo a seguir..., no, la realidad se había hecho evidente ante sus palabras y por mucho que le doliera no iba a claudicar ante un desalmado capaz de anteponer los principios de los que tanto alardeaba y el honor del que hacia gala a cambio de cualquier fruslería, ese hombre no era más que un villano sin compasión.

—Hubiese jurado que me amabais y la amabais a ella.
—Vuestra duda me daña el alma —aseguró apenado.
—La mía está quebrada tras vuestra revelación —biseó cabizbajo.
—Empiezo a sospechar que habéis sido poseído por Nemain —con los rugosos nudillos en su barbilla le levantó la cabeza, era consciente de las graves consecuencias que había ocasionado su silencio mas no por ello iba aguantar tal falta de respeto por parte de su hijo—. Miradme cuando os hablo.
—¿Molesto? –preguntó una voz femenina.



La cama se le hacía inmensa y fría sin Aldair a su lado, necesitaba de su abrazo para que su alma entrase en calor y de sus palabras para que su mente se tranquilizara y dejara de atosigarla con las temibles imágenes de lo ocurrido. Cansada de esperarle y de seguir sufriendo, decidió ir a buscarle ignorando las quejas de los adoloridos músculos cuando se movió. Esperaba no tener que caminar mucho para encontrarle, pues cada paso que daba era un tormento para su maltratado cuerpo, así que cuando el sonido de unas conocidas voces le llegó tenuemente vio el cielo abierto, pero cuando una de ellas se transformó en un tono áspero y la siguió un golpe sordo, el firmamento se llenó de oscuros nubarrones. ¿Qué estaba pasando? Preocupada por lo que llegaba a sus oídos se obligó a acelerar los pasos. Una vez se encontró frente al cuarto fue incapaz de guardar silencio. Los dos hombres más importantes en su vida se estaban peleando y eso no lo iba a permitir.

Padre e hijo se voltearon al escucharla, con el rostro mudado por el susto al verla bajo el dintel.

—Liana —exclamó Aldair acercándose rápidamente—, ¿os encontráis mal?
—No, es que te echaba de menos —admitió mientras se dejaba arropar entre los consoladores brazos.
—Siento haberos dejado sola —murmuró con la mejilla apoyada en su coronilla.
—¿Va todo bien? —inquirió separándose lo suficiente para poder mirarle.
—S... Sí.
—Si fueras actor te llevarías como mínimo un par de Razzie Awards, así que cuéntame.
—No hay nada que contar, vayamos a la alco... —calló cuando los dedos femeninos se posaron sobre sus labios.
—¿Por qué estabais discutiendo?

Aldair negó y guardó silencio, por bastante sufrimiento había pasado ya para además hacerle ver en estos instantes la cruel realidad de por qué aconteció todo.

—No perdona mi despiste ni mi desliz al no contarle lo sucedido —informó Baldulf—, y lo comprendo—, admitió apesadumbrado.
—No es momento para esto —dijo tajando Aldair.
—Si que lo es —aseveró Liana.
—Debéis esperar a recuperaros, vos sois lo único importante —señaló pasando los nudillos por su pómulo.
—Y vosotros lo sois para mí, me duele veros tristes y enfadados el uno con el otro.
—Liana.
—No me iré de aquí hasta que no hayáis solucionado vuestros problemas —aseguró alejándose un paso y cruzándose de brazos miró a Baldulf—. Doy por sentado que se trata de lo que me contaste cuando fuiste a interesarte por mi salud—, observó como éste asentía y al examinar a Aldair su expresión casi le hizo reír—. ¿Qué es eso de que no perdonas a tu padre? El pobre hombre no lo hizo a mala fe.

Aldair la miró como si la demencia se hubiese apoderado de ella, no podía ser posible que sus oídos acabasen de escuchar semejante desvarío.

—¿Sois capaz de dispensarle?
—Claro ¿por qué no iba hacerlo?
—Porque él es el causante por el que casi fallecéis.
—Mira que eres exagerado, sólo es culpable de querer ayudar, lo demás achácaselo a la edad que nos vuelve olvidadizos.
—¡El cumplir años no implica ayudar a Liam! —voceó exasperado.
—¿Cómo osáis insultarme uniendo mi nombre al de ese bastardo? —interrogó Baldulf.
—Te has vuelto tarumba, Aldair —espetó ella a la misma vez.
—¿Acaso estoy errado? —inquirió contemplando como los dos seres que más quería lo miraban como si se hubiese vuelto loco.
—Me duele profundamente que hayáis pensado algo así de mí, moriría feliz bajo miles de torturas antes que haceros daños a ti o a mi reciente hija.
—Los indicios me remiten a vos.
—La única prueba que hallaréis es que quise proteger al clan quedándome con el medallón, creí que estando en mi poder estaría a salvo, que nadie pensaría que un viejo decrépito sería su guardián, mas me equivoqué y fallé una vez más al callar cuando descubrí su desaparición. Quise daros unos días de felicidad y conseguí lo contrario.
—Yo creí...
—Lo que creísteis no estuvo bien, dudar de vuestro progenitor fue un desatino —musitó abatido, sentándose en el lecho.
—¿Por qué pensaste esa tontería? —quiso saber Liana.
—Porque mi mente estaba nublada por lo que os habían hecho, era incapaz de pensar con raciocinio y la única posibilidad que vi para que ese bastardo estuviese en posesión de la joya fue que alguien se la había entregado.
—Eso lo comprendo, pero es tu padre —subrayó Liana—. ¿Cómo pudiste siquiera imaginar tal atrocidad de un hombre de tal nobleza? Si desde que llegué aquí se ha desvivido por complacerme, por hacerme sentir una hija más que una nuera, es tan bueno que le confiaría mi existencia ciegamente.

Parpadeó ante la retahíla de su dama, sin duda alguna ella había sabido ver más allá de todo lo que parecía tan evidente ante sus ojos, Liana había sabido escuchar mientras él se había cerrado en su acusación y no permitió recibir una explicación.

—¿Y tú me llamas terca a mi? —continuó poniendo las manos en las caderas—, eres un redomado tonto, un necio que no se para a pensar las cosas ni las consecuencias de sus actos—, renegó un tanto alterada—, Baldi está enfermo y tu infundada acusación podría haber agravado su estado. No siempre las cosas son como parecen—, dio unos pasos hacia él señalándolo con el dedo—, y da gracias que estoy débil porque te juro que si no fuese así te daría un puñetazo en esa narizota por imbécil.
—Os lo recordaré cuando hayáis recuperado las fuerzas —musitó pasándole un nudillo por su mejilla—, pues merezco ese golpe.

Aldair apartó la vista del enfurruñado rostro para fijarla en el hombre que le había dado la vida y parte de ella se le fue al contemplarle hundido y con los apagados iris llenos de humedad. Se maldijo por su necedad y por su falta de juicio, ¿cómo fue capaz de recelar de una persona tan llena de bondad? Un Laird querido por su pueblo y admirado por el resto de los clanes debido a su honradez no iba, casi en el ocaso de su vida, faltar a su integridad y mucho menos hacia su vástago. Deseó que Liana estuviese llena de energía para que llevase a cabo su amenaza. Arrastrando los pies, pues le pesaban tanto como la conciencia, se acercó hasta él y se arrodilló a su lado.

—Sé que no tengo perdón, que me he portado como un mal hijo, mas os imploro clemencia —suplicó atrapando una de sus artríticas manos entre las suyas.
—Siempre os voy a dispensar —declaró acariciándole el pelo.
—Fue tan absurdo lo que se me pasó por la cabeza, un crimen dudar del hombre al que amo.
—Aldair, sé que aquí —dijo posando la palma en su corazón—, sabíais lo que estaba correcto, mas esto—, continuó dejándola en la testa—, estaba turbado y plagado de imágenes dolorosas y no os juzgo ni os culpo por ello, al contrario os entiendo muy bien.
—Padre... —murmuró abrazándose a él—, vuestras palabras sosiegan mi alma mas incrementan la vergüenza por las ofensas que vertí sobre vos.
—Mi muchacho grande —susurró sollozando—, dejad de mortificaros por unas frases que no sentisteis, sabed que me he henchido de orgullo al veros defender tan fervientemente la seguridad de vuestra dama y vuestro pueblo. Sois un buen hombre, hijo mío y os habéis convertido en un gran Laird que sabe guiar a su gente con mano firme mas también con serenidad y sabiduría.


Liana se limpió la lágrima que se deslizaba por su rostro, la escena que tenía ante sí le había dejado el corazón encogido, pero rebosante de dicha.
Sin apartar la vista de ellos y queriéndoles dar un poco de intimidad comenzó a recular hacia la salida, ya casi estaba en la puerta cuando tropezó con una de las sillas que se tambaleó peligrosamente, por suerte pudo sujetarla antes de que se estrellara contra el suelo. Al alzar la cabeza dos pares de ojos estaban fijos en ella, cuatro ónices que decían todo con su brillo. Aldair izó una palma y la tendió hacia ella, Baldulf siguiendo su ejemplo hizo lo mismo. Sin dudarlo un instante se abalanzó hacia aquellos dos hombres a los que había aprendido a amar sin medida. Cuando se vio rodeada por unos fornidos brazos y otros ya no tanto, supo que todo estaba bien, que ya nada entorpecería su felicidad.

 Continuará...


martes, 11 de enero de 2011

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 37 (1ª PARTE)



La noticia de la desaparición de Liana había corrido como la pólvora por todo el lugar, llenando de inquietud a los aldeanos.

Poco a poco una multitud se congregó en el patio de armas formando corrillos en espera de alguna información u ofreciendo su ayuda, el que más y el que menos quería y admiraba a su futura señora.

Los preparativos para la ceremonia quedaron olvidados, algunos bajo la guía del padre Kevin oraban en silencio, otros pedían por su regreso a los dioses celtas mientras los druidas lanzaban las runas tratando de encontrar una señal que les indicara donde se encontraba y todos los ojos estaban pendientes de los centinelas apostados en las almenas en espera de recibir noticias. Así entre rezos, plegarias y magia fueron pasando las horas.

Mientras mecía a un inquieto Aidan, Brianna dejaba vagar sus pensamientos hacia la suerte que habría podido correr su amiga, desde que uno de los hombres alertado por Niall le llevó la noticia una extraña desazón le recorría la espina dorsal, una sensación de que algo malo podría ocurrir se había instalado en ella y que la amable Nerys, que iba y venía incesantemente para mantenerla al tanto, llegara siempre cabizbaja y negando no le estaba resultando de ayuda para atajar los nervios. El golpeteo sobre la puerta la sobresaltó, deteniendo su vaivén se puso en pie y se dirigió hacia la cuna.

—Pasad —contestó dejando al bebé, que comenzaba a llorar de nuevo, entre las pieles—, ya cariñito mío.

Al oír el crujido de la madera se revolvió hacia la visita, un terrible escalofrío la sacudió al ver el rostro libido y desencajado de Baldulf que se apoyaba en el dintel llevando una de sus palmas al pecho, sin dudarlo corrió hacia él

—¿Os encontráis mal? —preguntó agarrándolo al verlo tan pálido—, venid sentaos.

Dejándose llevar por la dulce Brianna, que lo acomodó en una de las sillas, creyó morir de pesar. Con esfuerzo había podido sobrellevar la fatigosa carga que lo acompañaba desde hacía un tiempo para no marchitar la boda, pero tras el último evento ésta le abrumaba sobrecogedoramente, punzándole el alma y haciendo que las rodillas se le doblasen por el arrepentimiento de su silencio. Apretó los párpados y exhaló lentamente. 

—¿Qué os sucede? —la preocupación en el tono de la mujer era evidente—, ¿es vuestro corazón?—, al verlo negar demandó con voz quebrada—. ¿Acaso Liana...?
—Aún no hay nuevas sobre ella —musitó fijando la vista en el límpido cielo—, espero que Belenos alumbre con su luz a mi hijo para que la halle sana y salva.
—¿Entonces que os aflige de este modo? —interrogó Brianna tomando asiento a su lado—, os juro que vuestra palidez me está asustando.

Baldulf giró el cuello y prendió los cansados orbes en los de la dama que lo contemplaba contrita, tomó una de las finas manos entre las suyas antes de apartar la mirada.

—La culpa —respondió débilmente—, cometí un deleznable error, si algo le acaece a Liana será por mi irresponsabilidad, soy un viejo necio y soñador que merece el castigo de los dioses.
—Perdonadme —insistió desconcertada—, no os comprendo.
—Se trata del medallón maldito de los McRea —contestó apretando las callosas palmas sobre los suaves dedos de la dama—, ha desaparecido.
—¿Cómo decís? —atónita por las palabras del anciano Brianna se puso en pie—, pensé que los druidas...
—No —la interrumpió él—, tras el fracaso de la vez anterior, Aldair, presionado por mi insistencia, decidió que era mejor que yo lo custodiara... y lo extravié—, al ver la estupefacción en el rostro femenino suspiró—, os juro que lo he buscado por todas partes, día y noche pensando que mi mente me jugaba una mala pasada y lo había colocado en otro lugar..., pero después de lo de hoy ya no tengo duda alguna, la joya ha sido robada y temo por la vida de Liana.
—¿Qué tiene que ver ella con esa vieja reliquia?
—¿Conocéis la historia que esconde esa gema?
—Sí, Niall me contó —afirmó sentándose de nuevo—, una bruja...
—¿Y sabéis como se libera a Carman? —la joven negó—, se necesita la sangre de una doncella y la de la amada del Laird del clan ¿comprendéis ahora mi afligimiento?
—¡Dios mío! —exclamó Brianna llevándose una mano a la boca—. ¿Y siendo consciente de eso habéis permanecido callado?
—Sé que no es excusa, pero sólo deseaba evitar una preocupación a mi hijo hasta que se celebraran sus esponsales.
—¿Desde cuándo está en vuestro conocimiento la sustracción o desaparición de la joya?
—Me di cuenta el día que fui a buscar las alianzas que Arienh y yo usamos en nuestra ceremonia —respondió con tristeza—, a ella le hubiese gustado que su hijo la portara, al levantar el tapiz con su retrato, tras el cual guardo mis bienes más preciados, me percaté que faltaba el medallón—, al ver la duda en las esmeraldas retinas continuó—, sólo esa pieza el resto de las alhajas estaban en su sitio.
—Baldulf —Brianna tomó las artríticas falanges entre las suyas tratando de calmar un poco el pesar de aquel anciano.
—Sé que me comporté como un tonto al callar, pero... —una lágrima rodó por la ajada mejilla—, Aldair me detestará por mi omisión y no le faltarán razones para hacerlo.
—Aldair os entenderá cuando le expliquéis —susurró con voz dulce—, él os ama.
—También ama a Liana y con una fuerza devastadora. Si ella sufriera algún daño...
—Basta —exigió tomándole de los hombros—, ella está bien y esa maldita gema aparecerá—, aseveró abrazándole—. No os juzguéis tan cruelmente, si de algo sois culpable es de querer y para eso siempre hay un perdón.

Baldulf se dejó rodear por los protectores brazos de su amiga y dejó que las suaves palabras penetraran en él, pero aunque su mente quiso creer en ellas su corazón sólo supo encogerse temiendo por el futuro y sus ojos correspondieron a su desasosiego derramando el pesar que le poseía.


Aldair sujetó con más fuerza a Liana sobre su regazo mientras instaba a Dúshlán a dirigirse hacia el castillo, el flujo que circulaba por sus venas le hervía quemándole como fuego, no sólo por el dolor infligido a la mujer que apoyaba la cabeza sobre su tórax y con manos temblorosas se aferraba a su espalda clavándole las uñas, había algo más que escapaba de su entendimiento, algo que le lastimaba como un puñal clavado en el corazón y eso era la felonía de su padre. Sin soltar las riendas llevó los dedos hacia su sporran, allí envuelto en un trozo de tartán y manchado con la sangre de una inocente se ocultaba el medallón, una joya que él a su retorno entregó a su progenitor para que lo custodiara con su propia vida, una reliquia que él creía a salvo en manos de un hombre justo.


Aunque había luchado consigo mismo para no creer ninguna de las abominables palabras de Liam —ese bastardo era capaz de cualquier cosa cuando se veía acorralado y él era consciente que la gema estaba a buen recaudo— la confirmación por parte de Liana derribó gran parte del muro y su esperanza se vino abajo cuando Niall lo requirió tras salir de entre los arbustos y le entregó el amuleto mientras lo ponía al tanto. En ese instante algo en él se había quebrado. Su propio padre. Le costaba creer que el varón que le dio la vida y por el cual daría la suya sin dudarlo, hubiese conspirado en su contra, que hubiese traicionado sin ningún escrúpulo a esas personas que tan ciegamente confiaban en él, pero la prueba estaba ahí quemándole a través de la tela.
Impelido por una devastadora urgencia de averiguar la verdad aunque eso le matase, espoleó al semental tan pronto divisó el portón de la fortaleza.

Su gente esperaba expectante cuando hizo entrada en el patio, contempló a la muchedumbre notando como el pecho se le alborozaba aligerando el yugo que le oprimía cruelmente, percibiendo como el orgullo afloraba en su interior al verles deseosos por saber de su Liana.
Una satisfecha sonrisa brotó espontánea al examinar a las mujeres. Se habían sentido ofendidas cuando algunos de sus guerreros se rieron al ver aparecer a un pequeño grupo, armadas con aperos y utensilios de cocina, para unirse a la expedición y habían avanzado amenazadoramente hacia ellos espetando que no tenían inconveniente en hacer gala de los trucos enseñados por su señora, en ese momento tuvo que hacer uso del poder que le confería ser el Laird, les indicó que a pesar de su buena intención debían quedarse, pues no se trataba de una escaramuza sino de una urgencia que requería celeridad y experiencia, mas aclaró que se sentía envanecido ante semejante muestra de cariño. Y ahí estaban todas ahora —junto con el resto de las hembras— en primera fila.

Cuando el mozo se acercó presuroso para hacerse cargo de su montura, sin soltar su preciada carga pasó la pierna por el lomo del animal y desmontó. A pesar de los cientos de ojos clavados en él y de los rostros curiosos por saber, su mayor preocupación en ese momento era acomodar a Liana y procurarle los cuidados necesarios, así que obviando a su gente y dando grandes zancadas avanzó entre los presentes que guardaban un sepulcral silencio.

Liana percibía la furia que tensaba a Aldair, era consciente que acababan de pasar por una situación horrible, pero tenía el pálpito que dentro de ese vigoroso cuerpo había algo más, algo que estaba destrozando a su hombre y conociendo lo protector que era no le extrañaría que fuese la culpa por no haberla protegido lo que le estuviese carcomiendo, pero ya se encargaría de hacerle ver su error cuando el agotamiento se lo permitiera.

Apenas se había atrevido a separar el rostro del reconfortante torso para ver a todos allí reunidos, deseaba alzar la cara y sonreírles, pero no tenía energías ni ganas para apartarse de su escocés, aún así cuando él se alejó de los suyos sin mediar palabra buscó inquieta sus verdes lagunas.

—Aldair, están esperando por ti —susurró quedamente para que sólo él pudiera oírlo.
—No, mo gràdh —sentenció parándose en seco en lo alto de la escalinata—, es vuestra gente y aguardaban vuestro retorno—, rozó su nariz con la suya al verla conmovida—. Sólo debéis fijaos en la desazón que reflejan sus miradas. Os veneran, m´eudail.
—Ay Dios, me estoy emocionando y no quiero que me vean llorar —musitó sorbiendo por la nariz—. Diles que no se preocupen, por favor.

Aldair depositó un tierno beso en su frente en señal de asentimiento y se giró hacia su pueblo.

—Vuestra señora es una guerrera de la que debéis sentiros envanecidos —clamó para que todos pudieran escucharlo—, luchó con fiereza demostrando ser una auténtica McRea—, aseveró con innegable orgullo, asentando durante unos instantes la arrobada mirada en ella—. Mi gallarda amazona quiere que os agradezca vuestra preocupación, estoy seguro que en cuanto se recupere lo hará ella misma—, levantó la vista al escuchar un suave rumor—, os aseguro que está bien, apenas sufre unas pocas magulladuras, pero necesita reposo y tranquilidad, así que dejad que la acomode en sus aposentos para que pueda descansar, ahora volved a vuestros quehaceres y más tarde al regreso de los hombres yo mismo os pondré al tanto de todo lo acontecido.

Los presentes asintieron y algunos abrieron la boca como queriendo preguntar, mas ninguno se decidía a hablar, Aldair se apenó al ver los rostros tristes y ojos interrogantes cuando posaban la vista en la mujer que portaba entre sus brazos. De repente y sin previo aviso, pues sus gestos no lo hacían prever, un clamor de vítores reverberó en el aire, el nombre de Liana era pronunciado con verdadero fervor. Bajó los párpados hacia la homenajeada y su aliento quedó apresado en la garganta, a pesar del estado en que se encontraba, en algún momento de su diatriba aquella hembra había revuelto la cara hacia los suyos y curvaba los labios en una maravillosa sonrisa.

—¿Y vos dudabais sobre el amor que os profesaban los McRea? —murmuró pegándola a él—, ya veis como los tenéis postrados a vuestras plantas.

 Continuará...


viernes, 24 de diciembre de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 36 ( Parte 4ª)



Sabía que su vida pendía de un hilo, allí rodeado por aquellos bravos que se morían de ganas por ensartarlo como a un cochinillo, pero también era consciente —y eso lo llenaba de jubilo— que el Laird McRea querría ajusticiarlo él mismo, así era el honor en las Higlands las ofensas de sangre se limpiaban con sangre. Rechinó los dientes cuando lo vio dejar a la que debía haber sido su dama y a la vez la llave a la inmortalidad, bajo la protección de aquel al que llamaba “su hermano”,  pero su gesto se transformó raudo en felicidad cuando se dirigió hacia él empuñando la espada.

—De nuevo frente a frente —con una socarrona curvatura en la boca señaló a Liana— y de nuevo una mujer entre ambos.
—No os atreváis ni…
—Demasiado tarde para advertencias ¿no creéis? —sugirió dando un paso atrás.
—Sois un cobarde y merecéis morir como tal, –escupió asqueado-, mas aunque pienso rajaros y dejar vuestras tripas para el disfrute de las alimañas, os daré la oportunidad de pelear por vuestra vida.
— ¿Luchar? —la carcajada restalló por todo el claro—, no necesito luchar contra vos, tengo todo lo que os pertenece, quizá deberíais escucharme.

Aldair hizo un gesto con la mano deteniendo a sus hombres que estaban tan impacientes como él por acabar con aquello, cualquiera de ellos lo hubiese matado con gusto, pero ese placer sería solo suyo, le arrancaría el virulento corazón con sus propias manos antes de echárselo a los canes para que se alimentaran con él.

—Nada de cuento digáis requiere la más mínima atención por mi parte —respondió exacerbado—, ahora aceptad la oportunidad que os doy y morid con honor.
—Cuanta violencia en un hombre conocido por su temple, quizá os aplacarais si habláramos de cierta reliquia que obra en mi poder —sonrió triunfante al ver la cara de asombro del Laird—, ¿os acordáis de ella? Una que un bastardo impidió hace tiempo que fuese mía.
—¡Mentís!
—¿Estáis seguro? Preguntadle a ella.

Aldair se revolvió hacia donde Liana permanecía inmóvil, parecía una niña asustada, aferrada a su plaid como si esa prenda fuese su única salvación, esa imagen lo encolerizó haciendo redoblar los potentes latidos.

—Donald dice la verdad —asintió ella—, me mostró el medallón junto al río antes de…
—¿Donald? —interrumpió entrecerrando los párpados—, su nombre es Liam McInroy, él es el miserable que nos llevó a vagar durante siglos como almas errantes y vos… —se detuvo, girándose hacia el causante de todos sus males— ¿Dónde está?
—Bien ahora que tengo vuestra atención, será mejor que ordenéis a vuestros lacayos que bajen las armas y que se marchen —paseó con indulgencia la vista por los McRea—, después de todo esto es entre vos y yo.

Aldair echaba chispas cuando clavó la vista en el traidor que aún se atrevía a imponer sus condiciones, prensó los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos deseoso de espetarlo con la ancha hoja a la que se aferraba, mas obviando esa necesidad imperiosa, suavizó la mirada al posarla en su dama que como un ratoncillo tembloroso se dejaba cuidar por su amigo, ella era lo más importante, el anhelo de saberla segura y a salvo entre los muros del castillo era su prioridad, apretando los dientes volvió a posar los ojos en el bellaco que parecía disfrutar de la situación y asintió lentamente.

—Volved a la fortaleza —mandó con firmeza—, llevaos a la señora…
—¡No! —bramó Liam—, ella se queda, le hice una promesa y deseo cumplirla, quiero que os vea morir.

Liana soltó un jadeo al escuchar las palabras de Donald/Liam o como se llamara, había tanto odio en ellas que se le congeló el corazón, mientras que el de Aldair, por lo contrario, parecía estar henchido de ira, tanta, que incluso desde la distancia que los separaban podía ver el pulsante palpitar de la vena de su cuello a punto de estallar.

—Está bien, me quedo —proclamó con una seguridad que no sentía—, quiere que te vea morir —los garfios en que se convirtieron los dedos de Niall sobre su brazo la lastimaron, pero con una enérgica sacudida se liberó de ellos y se acercó a los dos hombres apartó los ojos de Aldair incapaz de soportar la inquisitiva mirada y los fijó en el cabrón  que estaba a su lado—, pero será tu muerte lo que contemple.

Se detuvo cuando alguien la sujetó suavemente por el codo, se revolvió lo suficiente para ver para ver el desconcierto y  la callada advertencia en el fuego amatista que la estudiaba, los labios se fruncían mostrando su enfado, presionó un poco más el agarre avisándole con el gesto que esa vez no la soltaría.

—Valiente y con agallas, más que alguno de los machos que se llaman guerreros a si mismos —aseveró Liam con un deje de admiración—, toda una amazona, sí tenéis más coraje que cualquiera de estos —barrió a los presentes.
—Si estas intentado impresionarme con esos banales halagos pierdes el tiempo —afirmó levantando la barbilla—, ya has conseguido que permanezca aquí, ahora devuelve el medallón.
—No tan rápido maise, primero quiero que desaparezcan todos —escudriñó uno a uno a los presentes y se detuvo en el fiero guardián— también vos mi señor.
—Sois la deshonra de los McInroy —masculló Niall soltando un escupitajo a sus pies.
—¿Y eso lo dice el varón que no contento con  robar a la fuerza la virginidad de su esposa ordenó fustigarla? —una mortal palidez cubrió el rostro del Laird, su tez se volvió tan blanquecina que incluso la nívea cicatriz que cubría su mejilla parecía haber desaparecido, Liana lo miró perpleja— ¿no lo sabíais? Yo mismo crucé la lechosa piel de Brianna con un latigazo que la dejó marcada para el resto de sus días.
—Hijo de…
—Sabéis que no miento —continuó con soberbia— mientras vos os encamabais con Muriel, esa a la que tanto decís amar, era vilipendiada como una cualquiera, claro que encontró consuelo en el lecho de vuestro "hermano".

Envuelto por la abrasadora y carmesí vesania, desenvainó dispuesto a matar a Liam y cerrar para siempre la falaz e hiriente boca.

—¡No, es mío! —clamó Aldair—, dando un pesado paso hacia él.
—Me halaga vuestro afán posesivo—, aplaudió Liam reculando ante la verdadera amenaza que suponía su señor—, mas se os olvida una cosa, que como supondréis siendo tan valioso no llevo encima.

El silencio volvió a reinar en el sotobosque, Liana contempló a los tres hombres, un velo de emociones cubría los ojos de Niall, destacando entre ellas la tristeza ante las palabras del traidor, pues aunque el amor de Brianna y el Lobo era auténtico éstas eran verídicas y le habían afectado sobremanera, por su parte Aldair sudaba copiosamente y su mandíbula se tensaba presa del desconcierto y la cautela, estaba segura que anhelaba acabar con la vida de Liam pero antes necesitaba recuperar la legendaria gema y el bastardo los estudiaba lleno de arrogancia. No lograba entender como ese hombre, rodeado y amenazado por los fieros highlanders en vez de sentir pavor ante la suerte que le esperaba continuaba jactándose de aquella manera. Apretó los párpados para no ver el petulante rostro, de pronto la leyenda que guardaba la legendaria joya y que en su día Aldair le contara se abrió paso en su cerebro y las piezas fueron encajando, la presencia de la pobre niña en aquel lugar estaba premeditada.

—Miente, lo lleva consigo por que pretende liberar a la bruja —se plantó la palma en el estomago sintiendo una fuerte angustia—, por eso mataste a Katia —ahogó un sollozó al recordar los agónicos orbes pidiéndole auxilio—, por eso estoy yo aquí. ¿Qué necesitabas exactamente de mí?
—Lo que obtendré, vuestra vida.

El grito de Aldair retumbó haciendo eco, el aletear de algunas aves se mezclaron con el imponente alarido y Liana se encogió por dentro al verlo abalanzarse hacia Liam, que cayó sobre sus posaderas desconcertado por el ataque.

—No lo encontrareis, jamás —afirmó desde el suelo esperando el mandoble.
—Levantaos y luchad, sed un hombre al menos una vez en la vida —ciego de rabia lo agarró por el tartan y lo alzó.
—Estoy desarmado —dijo trastabillando por la fuerza con la que el Laird lo soltó.
—Dadle vuestra espada —ordenó a uno de los suyos que se mostró receloso ante tan peculiar demanda, un guerrero jamás se despojaba de su arma—, ¡Dádsela!

El joven, con el asco reflejado en el rostro, lanzó el estoque que con un ruido sordo quedó tendido a sus pies lo miró con estupor al ver que su treta no estaba dando el resultado esperado. El tenso silencio le traspasaba los oídos, los ojos de todos le quemaban como antorchas recorriéndole la piel y el odio hacia Niall, Aldair y Liana le consumían cegándole el raciocinio. Con agilidad tomó la empuñadura y con un grito de guerra se abalanzó a sesgar al menos una de las vidas antes de que La Morrigu tomara posesión de la suya.

El movimiento fue tan imprevisto que sorprendió a los presentes, Liana abrió la boca para chillar pero sólo un jadeó lastimero escapó de su ser cuando todos sus huesos chocaron contra el suelo.
 Aldair embistió con todas sus fuerzas a Liam, no esperaba la traicionera acción, estaba preparado para contener el choque del acero contra el suyo, pero jamás hubiese imaginado, a pesar de la mente que lo caracterizaba, que él dirigiría la afilada hoja hacia su compañera. Agradeció los excelentes reflejos de Niall que la empujó en el momento justo de la envenenada trayectoria, evitando que ahora yaciera partida en dos.
Los gritos de los hombres jaleando a su Laird mezclado con los silbidos de las hojas cortando el aire le hacían vibrar los tímpanos y le erizaba el vello de la nuca. Tras ayudarla a incorporarse, Niall la mantenía sujeta contra él evitando que presenciara la lid que discurría a su espalda, ella se aferraba a los pliegues del tartan con firmeza. Con cautela apartó el rostro y miró hacia la contienda justo en el momento en que Liam atacaba y Aldair trastabillaba. Ahogó un gemido y volvió a enterrar la cara en el amplio y musculoso pecho clavándole las uñas en la dermis y provocando con el instintivo gesto que diera un pequeño respingo. ¿Por qué no hacían nada?, ¿Por qué en vez tanto vitorear no hacían algo para terminar con esa absurdez?

Aldair repelió un nuevo avance y bailoteó alrededor de su atacante antes de lanzar una estocada que el maldito gracilmente esquivó. No cabía duda que era una alimaña de la peor clase, pero una que tenía gran experiencia en el arte de la guerra.

—Si peleáis por el medallón perdéis el tiempo —dijo sin resuello—, si muero no lo encontrareis y si morís vos no os hará falta.

Aldair no hizo caso se limitó a lanzar un nuevo golpe que rozó el antebrazo de Liam haciéndolo sangrar.

—Un arañazo —terció el herido restándole importancia—, y si lucháis por la dama —un nuevo mandoble repelido— debo alabaros el buen gusto, una verdadera fiera Liana de Edimburgo.

Obvió la provocación y se concentró aún más en su cometido, el nuevo derechazo tocó esta vez uno de los hombros, aunque no lo suficiente.

—Sí, esa mujer tiene una verdadera hoguera entre las piernas —confirmó con voz dolorida—, y aunque tuve que someterla y hacerle daño os aseguro que me quedé seco con su calor, una buena puta la que os lleváis al lecho.

La cólera lo guió al escuchar las repulsivas palabras, cegado y sin mostrar el menor temple cargó contra Liam, que aprovechando el descontrol de sus emociones le atacó a su vez.

Liana se volteó en el instante en que se producía la violenta acometida, el terror la abatió al ver a Liam aterrizar sobre Aldair y como alzaba su estoque dispuesto acabar con su highlander, levantó la vista hacia Niall que la había soltado de su abrazo y parecía anonadado, ¿no iba a ayudar a su amigo? sin esperar respuesta a su propia pregunta agarró la daga que reposaba en la cintura del Lobo que no hizo nada por detenerla.

Con los ojos opacados por el llanto y el miedo atenazándole las entrañas, corrió a socorrer al amor de su vida, cuando estuvo a su lado, sujetó el estilete con ambas manos y lo hundió entre los omoplatos de Liam sintiendo como la hoja se abría paso entre la carne y el hueso, un calor viscoso fue impregnándole los dedos tiñéndolos con el rojo intenso de la fuerza vital que manaba de la herida inflingida. Horrorizada ante lo que acababa de hacer se llevó las manos ensangrentadas al pecho antes de caer de rodillas al suelo.

Meciéndose sobre si misma observó como varios hombres se acercaban prestos a los dos cuerpos para liberar a su Laird y como si de un saco se tratase dejaron caer a Liam. Sollozó de alivio al ver como Aldair, apoyándose sobre sus palmas se incorporaba despacio, iba cubierto de sangre y se temió lo peor, rompió en un llanto descontrolado cuando su singular sonrisa le iluminó la hermosa tez

Casi le estalla el corazón al ver a su compañera derrotada y compungida mientras se balanceaba postrada sobre la fría tierra. Tumbado y por encima del hombro de su adversario la había visto correr y clavar el puñal en la espalda del agresor, su tigresa no vaciló en socorrerlo al creerlo en peligro. El orgullo que sentía por su Liana no tenía parangón. Sin apartar la vista de la desconsolada imagen de la mujer por la que rebosaba amor, gateó hasta ella y asiéndola con delicadeza la acunó entre sus fornidos brazos.

—Ya acabó mo gràdh —siseó besando tiernamente el cabello femenino—, miradme.
—Oh Dios mío —exclamó palpando inquieta el sanguinolento tórax en busca de alguna laceración—, oh Aldair.
—Calmaos, no es mía —sonrió para tranquilizarla—, estoy bien.

Llorando y riendo histérica se aferró a él con desesperación, había temido enormemente por aquel hombre, lo amaba tanto que había asesinado por él. Se tensó llena de pavor ante este hecho.

Aldair se percató del envaramiento de Liana, las falanges, antes trémulas, descansaban rígidas sobre su columna y las uñas se le hundían implacables en la piel. Preocupado por el cambio de actitud la apartó levemente para vislumbrar la lividez que bañaba la bonita cara ahora salpicada por el fluido carmesí del que era portador.

—Liana ¿Qué os sucede? — demandó preocupado por el extraño rictus de angustia.
—Lo he matado. —susurró bajando la mirada a las palmas.
—No —la zarandeó suavemente— ya estaba muerto.
—Lo he matado —repitió con la vista perdida.
—Escuchadme —esta vez la sacudida fue más violenta, hasta que ella afianzó sus orbes en él—, yo acabé con su vida no vos, mirad.

Le giró la cabeza para que examinara a la moribunda figura, que unos metros más allá emitía extraños ruidos parecidos a gorgoteos al respirar. La espada de Aldair se erguía clavada en su vientre.

—Reaccioné con el tiempo justo de protegerme —explicó deslizando los  nudillos por la pálida mejilla—, el mismo se ensartó en la hoja.
—Pero yo… —parpadeó cuando todo empezó a girar a su alrededor.

Aldair la observó vacilar y la atrajo hacia él justo en el momento en que perdió el conocimiento.

Con los últimos estertores, Liam confesó la muerte de la pequeña y sin arrepentirse de ninguno de sus pecados expiró maldiciendo y sin confesar donde había ocultado la joya. Varios de los muchachos peinaron la zona y dieron con el cadáver de la desafortunada, más de uno tuvo que correr hacia los helechos para aligerar el estomago, ellos, guerreros fraguados en el fragor de la batalla, acostumbrados a ver cuerpos descuartizados y desentrañados no pudieron soportar la carnicería que aquella pobre inocente había sufrido.

La pequeña —amordazada y con las extremidades amarradas—, había sido golpeada violentamente y sus tiernas carnes abiertas en canal desde la garganta hasta el pubis. Niall alargó la mano para cerrar los opacos ojos, que repletos de terror resaltaban en el sucio rostro, cuando estos se deslizaron bajo sus yemas un gran pesar lo recorrió ante tamaña barbarie y la imagen de su bebé se dibujó en su cerebro, el dolor que lo atravesaba se intensificó al pensar como se sentirían los padres de la muchacha cuando le entregaran el cuerpo profanado de su hija. Movió la cabeza para despejarla de tan ingratos pensamientos y se despojó de su plaid para terminar con la dantesca visión. Iba a dejarlo caer cuando algo llamó su atención, un trozo de cadena resaltaba en la enrojecida dermis con el alma en la garganta tomó los eslabones y tiró de ellos, del hueco donde horas antes palpitaba un joven corazón surgió chorreante el medallón de los McRea aguantando una arcada lo depositó en el suelo y musitando una oración desplegó sobre la niña el tartan de los McInroy,  clavó la vista en aquel trozo de tela que con tanto orgullo portaba y defendía  y se avergonzó al darse cuenta que eran los mismos colores que lucia el bastardo que le arrebató la vida.

Continuará...


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