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domingo, 31 de octubre de 2010
ESTANTIGUA
Apuro el último trago de mi vino, dejo unas monedas sobre la sucia mesa de la taberna, me despido de mis compañeros de juego y me dispongo a irme a casa. No ha sido una buena tarde, aparte de perder unos cuantos euros al mus con los parroquianos, Juana o “Juanita la bruja” como le gusta que la llamen, se ha pasado gran parte de ella “deleitándonos” con sus viejas historias de fantasmas y espíritus, cosa que me enerva. No es que le haga mucho caso a esas leyendas, el que más y el que menos sabe que son producto de la imaginación de esa loca, pero lo cierto es que he comprobado que cada vez que ella está cerca no soy capaz de ganar una sola partida.
Antes me molestaba mucho su desagradable presencia, es una anciana encorvada y ataviada con antiguas faldas y camisolas negras, de figura escueta, manos huesudas y dedos retorcidos por la artrosis, labios finos y blanquinosos que cuando los abría dejada ver unas desdentadas encías, pómulos hundidos y ojos de pupilas blancas debido a la ceguera que padecía desde hacía décadas, el cabello cano lo llevaba recogido en una gruesa trenza que remataba con un trozo de cordel, del que escapaban sucios y enredados mechones que descansaban sobre los hundidos hombros y el arrugado rostro. Los que la conocieron de joven decían que había sido muy hermosa e inteligente, que estuvo prometida a un marinero -bien parecido- de espaldas anchas. Un buen mozo. Un día él se hizo a la mar, como cada atardecer Juana fue al puerto a esperar verlo llegar, pero no regresó, ni ese ni ningún otro día. Esa misma madrugada la vieron internarse en el bosque y dos días más tarde regresó al pueblo gritando su encuentro con la Procesión de las Almas, explicando a quien quería escucharla y a quien no como se había salvado. La pobre Juana había perdido el juicio. Desde ese día -años ha- eran muchos la que la alentaban, entre burlas, a contar su historia a cambio de unas monedas, unos buenos tragos o un poco de pan. No sé si es verdad o mentira, es lo que me contaron los más longevos del lugar al llegar, de eso hace hoy casi 5 meses.
Las carcajadas de unos pescadores que le ofrecen una botella a la desdichada, que se lleva a la boca con avidez, me sacan de los recuerdos, observo una vez más a la anciana que tras limpiarse los restos del caldo que resbala por su barbilla con el antebrazo, comienza su diatriba entre gestos misteriosos para regocijo de los ya embriagados marinos. Ella se gira y clava sus veladas retinas en mí, sonríe con sorna mostrándome sus vacías encías y me dice adiós con la mano antes de girarse hacia sus espectadores que la incitan a continuar. Con una escalofriante sensación ante su gesto, tomo mi capote y salgo a la calle.
El húmedo y gélido viento proveniente del cercano Atlántico me golpea el rostro, se cuela por mi camisa y me cala hasta los huesos. Con premura me cubro con la capa y subo la esclavina hasta cubrir mi cara casi por completo, a pesar de estar a finales de octubre y de que aún faltan casi dos meses para el invierno, aquí la fría estación parece haberse instalado desde hace una semana. Observo el cielo donde, la luna con su panza llena me mira altiva sabiéndose bella y como algunas estrellas ya titilan cual joyas sobre un manto de terciopelo negro. Una nueva ráfaga hace que me deje de bucólicas contemplaciones y emprenda de una vez el camino hacia mi casa donde me aguarda mi hermosa Rosa.
Con ademán soñador, recordando el cálido y blando cuerpo de mi esposa, voy avanzando por el sendero embarrado por las recientes lluvias, el barro se pega a las suelas de mis gastadas botas haciendo mis pasos pesados y cansinos, una brisa extrañamente helada me roza el cabello, haciendo que mi interior se sacuda y que el pelo de mi nuca se erice, vuelvo a ajustar mi capa y de pronto me detengo. Hay algo raro en el ambiente, miro por encima de mi hombro, entre los grandes helechos que crecen en el borde del camino y no veo nada inusual, mas sé que algo no cuadra. El silencio, ese silencio sepulcral que me rodea, no se oye nada a mí alrededor, ni el crujir de las ramas, ni el ulular característico de los búhos al despedirse el día. Con el estómago encogido por el miedo trato de correr cuando un intenso olor a cera impregna mis fosas nasales, escudriño nuevamente buscando el foco de dicho aroma cuando descubro a mi derecha una intensa y blanquecina luz acercándose. Fijo los desorbitados ojos ante la estampa que se me muestra, dos largas hileras de seres ataviados con túnicas blancas y marrones van arrastrando los pies directamente hacia mí. Sé que debo correr mas no consigo moverme.
Siento como mi interior se sacude por el terror mientras la extraña comitiva continua acercándose lentamente, por primera vez veo al hombre que abre la procesión. Yo le conozco, ahora su tez rosada está pálida, su cuerpo orondo no es más que un saco de huesos bajo la amplia camisa y los holgados pantalones antaño apretados, sus castaños ónices de una viveza apasionada otrora parecen muertos sobre las enormes y violáceas ojeras que llegan hasta sus escuálidos pómulos, es José el antiguo profesor que se marchó con una de sus pupilas dejando mujer y dos hijos abandonados a la vergüenza de las habladurías y a la ira de un padre ofendido. Él me mira y algo destila en sus secos orbes antes de tender los brazos hacia mi y ofrecerme su carga y entonces entiendo. La verdad se abre ante mí como una flor en primavera tiende sus pétalos al tibio sol.
Negando doy un paso atrás y comienzo a rezar. Padre Nuestro…, las palabras se atascan en mi cerebro, no consigo recordar la oración, pruebo con otra Dios te salve María…, tampoco. Me dejo caer de rodillas y entierro la cara en los pies del maestro que permanece impasible a mi miedo y mi dolor, elevo los anegados ojos hacia él suplicando clemencia, como única respuesta vuelve a mover las manos indicándome que tome la cruz y el caldero que porta. No quiero, pero mis palmas se aferran a ambos objetos mientras me incorporo y ocupo el sitio que ahora me corresponde, oyendo en mi cabeza la risa de Juanita la Bruja , después de todo tenía razón para mofarse, contó la verdad y nunca la creí. Si una sola vez hubiese hecho caso de sus palabras habría sabido como salvarme o tal vez estaba condenado de antemano. Un atisbo de lucidez me trajo su último gesto de despedida antes de que abandonara la taberna, quizá y aun sin verme, sabía que jamás nos encontraríamos. Un aliento gélido me susurra al oído incitándome a moverme.
Con el crucifijo y la marmita abro la procesión de los muertos, precediendo a una corte de almas en pena cuyas tétricas voces van entonando un cántico que llena de afligimiento cada recodo de mi ser. Deseo mirar hacia atrás para conocer a mis nuevos compañeros de viaje, pero mis vértebras parecen soldadas, separo los labios para gritar mas mis cuerdas vocales parecen aprisionadas por un puño, tan sólo puedo ir hacia delante y esperar. Vagar noche tras noche consumiéndome un poco más con cada ocaso y sin disfrutar del alivio que me supondría la muerte, hasta que otro ser humano ocupe mi lugar como estandarte de la Santa Compaña.
Mariola
Nota: Aunque este relato lo escribí hace algún tiempo y reposaba en el fondo de mi baúl de los recuerdos, quiero agradecer a mi genial e increíble amiga y socia de aventura bloggera, su inestimable ayuda a la hora de darle un repasito y de buscar un titulo apropiado. Gracias Adela.
Publicado por Adela/Mariola (SokAly) 8 comentarios
Etiquetas: Relato
domingo, 24 de octubre de 2010
EL SECRETO DEL DESEO
Completamente vestida me revuelvo a mirar al hombre que permanece tumbado entre las sábanas revueltas y que con los ojos llenos de amor me contempla ensimismado. Le sonrío cuando alarga una mano hacia mi, sin dudarlo ni un instante me acerco a él y dejo que me envuelva en la calidez de su abrazo, en el ardor del intenso beso que hace que mi piel se erice y todo mi cuerpo palpite una vez más por el deseo, que apenas unos minutos antes ya ha sido saciado.
Toda yo se muere por volver a hacer el amor con ese hombre que tanto amo, por sentirme colmada una y otra vez, por permanecer arropada por sus caricias y sus besos eternamente, por estallar en llamas con toda su pasión. Con frustración me aparto de esa boca que ahora desciende por mi garganta encendiendo cada centímetro de mí, me pongo en pie con un gruñido y aliso la falda, enrollada a la cintura, de mi recatado vestido. Él me muestra su desencanto frunciendo el ceño mas no dice una palabra, sabe que aunque con desgana debo marcharme.
Bajo su atenta mirada me remiro al espejo, arreglo con los dedos mi sencillo peinado y pinto mis labios con el tono rosado que tanto le gusta, pongo unas gotas de perfume tras las orejas, tomo las llaves, el abrigo y mi bolso, antes de salir me vuelvo hacia él que ya incorporado y mientras sube la cremallera de sus pantalones, me regala una sonrisa que hace temblar mi alma al tiempo que se lleva las manos al corazón, sobre el que hace un par de meses se hizo grabar mi nombre, y cierra el puño como señal que me pertenece. Yo también sonrío con una muda despedida hasta el jueves siguiente y sin más dilación salgo a toda velocidad del apartamento.
El aire frío del mes de Diciembre me golpea de lleno al salir a la calle, me subo las solapas y me ajusto bien la bufanda, antes de enfundarme los guantes ojeo el reloj de oro que descansa en mi muñeca —un regalo por mi décimo aniversario de casada— son las 19:30, a sabiendas que ya no llego a tiempo echo a correr acera arriba, esquivando a la gente que atiborra las calles y se acumula frente a los escaparates enloquecidos con las últimas compras navideñas. Sin hacer caso a la señora que me increpa por mis prisas, cruzo entre los coches sin respetar el semáforo, lo que me acarrea algunos bocinazos e insultos.
Casi sin resuello y con el sonido de mis tacones repiqueteando sobre el pavimento doblo la esquina y enfilo la hilera de casas de la tranquila zona donde habito. Me detengo y tomo aire una y otra vez hasta que me sosiego. Con andares calmados rebusco entre mis cosas el manojo de llaves, elijo la correcta y la meto en la cerradura de la coqueta puerta acristalada que preside mi vivienda, entro y me despojo de las prendas que ya no son necesarias dentro del calor del hogar. No se escucha nada, con suerte aún no habrá vuelto del trabajo, quizá una reunión de última hora, o él tráfico lo tenga retenido en algún atasco, en estas fechas todo el mundo coge el coche.
Con un suspiro de alivio enfilo las escaleras que me llevan al dormitorio para cambiar mi bonito traje de amante, por uno más cómodo y más acorde al del ama de casa que vuelvo a ser, cuando una fotografía llama mi atención. Allí desde detrás del cristal mi familia me sonríe. Mi hija con su impertérrito gesto de disgusto, mi hijo mostrando el dedo corazón y mi marido me mira con esos enormes ojos azules que me enamoraron, paso un dedo por el vidrio y exhalando levemente dejo a un lado la atávica imagen y continúo mi ascensión, aún no he acabado de subir cuando la puerta se abre, me giro y allí está él, el hombre con el que hace más de veinticinco años decidí compartir mi vida.
Como cada día y con movimientos metódicos deja su maletín junto al perchero, se saca el gabán y lo cuelga pulcramente, luego alisa la imaginaria arruga hasta que queda perfecto, sólo entonces eleva la vista hacia mí. Lo estudio con la cabeza ladeada y me doy cuenta lo predecible que es, lo rutinaria en que se ha convertido nuestra vida. Desde hace décadas siempre es lo mismo, la casa, los niños y esperar que regrese del trabajo para ponerle la cena, ver la televisión en silencio y acostarnos dándonos la espalda hasta la mañana siguiente y así día tras día, año a año.
Él continúa clavado en el mismo lugar, impecable con su traje de marca, la corbata con el nudo perfecto y el cabello —ahora salpicado con algunas hebras blancas— como recién peinado. Sí, a pesar de que ya no es el jovencito impaciente y ambicioso que me cautivó sigue siendo muy guapo, quizá mucho más que antes ahora que ha alcanzado una tranquila madurez.
Paseando sus añiles retinas por mi cuerpo castigado por la edad y los partos, curva sus carnosos labios y tiende una mano hacia mí. Con las rodillas temblando deshago lentamente el camino y voy a su lado. Con suavidad me acaricia la mejilla con los nudillos antes de depositar un tierno beso en mi frente.
—Hola amor —murmura con voz grave.
Yo no digo nada, aparto la vista de su cara y la clavo en la punta de sus zapatos italianos último modelo. Enreda los dedos entre los míos y tira de mí hacia el salón, sin más palabras entre ambos se sienta en el sillón de piel oscura que tanto le gusta y me acomoda en su regazo. Con toda la sensibilidad que siempre le ha caracterizado desliza la palma por mi espalda, mientras con la otra mano aparta un mechón de pelo y lo coloca tras mi oreja, antes de acariciarme con el pulgar el labio inferior.
—Que hermosa estás —susurra acercando su rostro al mío—, siempre lo has sido, pero cada jueves pareces resplandecer.
Tragando saliva llevo mis trémulas falanges hacia las solapas de la elegante chaqueta, y la deslizo por sus anchos hombros, él sin soltarme me ayuda a deshacerme de ella, sigo con el nudo y tiro la corbata lejos. Ansioso suelta los botones de mi vestido mientras yo ataco sin dilación la hebilla de su cinturón y tiro de los faldones de la impoluta camisa, cuando siento su aliento recorrer la columna de mi cuello y el calor de su piel en mis brazos ahora libres de la tela que los aprisionaban.
—Cuanto te amo —musita regando de besos mi pecho—, eres mi luz, mi vida, la única mujer que gobierna mi corazón.
—Lo sé —respondo con tono ronco por el deseo que va naciendo en mi.
Con los ojos brillantes de lujuria, se incorpora y sin contemplaciones me desnuda totalmente antes de tumbarse en el sillón y arrástrame con él que, con mi colaboración, se ha liberado de todos sus ropajes. Tocándome como si fuese de cristal y con toda la lentitud del mundo, como otras tantas veces me hace suya.
—¿Eres feliz a mi lado? —demanda aún en mi interior.
—Sí —contesto mordiéndome los labios.
Se detiene un instante y en las profundidades de los celestes lagos veo un intenso dolor, sé lo que está pensando y avergonzada aparto la vista, pero me obliga a fijar la vista en él, a aguantarle la mirada.
—Lo siento tanto mi vida —sisea tomando mi cara entre las manos elevando las caderas.
Cierro los párpados para no continuar viendo en sus orbes ahora oscurecidos por la pasión el pesar que lo atormenta, el miedo a que un día diga que no puedo más y lo abandone para siempre, ha estado tan cerca. Pero no puedo hacerlo, sinceramente nunca he podido, cada día que me he sentido sola, triste y lastimada he buscado una excusa para quedarme a su lado porque sé que me quiere y yo…, yo lo amo.
Con los ojos empañados en lágrimas y mi cuerpo convulsionándose por el clímax dejo mi cabeza reposar sobre su pecho sintiendo en el centro de mismo de mí ser todo el amor que me profesa y me aferro a él con garras y dientes dando gracias por haber sabido poner la chispa que faltaba en nuestra vida. No sé si fue él o fui yo, me da igual lo único importante es que supimos encontrarla, lanzar lejos el aburrimiento y volver a ser felices.
Acurrucada entre sus brazos deslizo mi mano por su tórax al tiempo que mi boca besa mi propio nombre, un par de meses antes tatuado sobre su acelerado corazón.
Aviso: este relato lo encontró Mariola en su baúl de los recuerdos y con él hemos querido volver a los orígenes del blog.
Publicado por Adela/Mariola (SokAly) 8 comentarios
Etiquetas: Relato
domingo, 10 de octubre de 2010
RELATO: EL BESO DE LA MUERTE
Desde el tenebroso borde del abismo y oculto entre la sombras que deambulaban a su alrededor, contempló a la criatura que día tras día se acercaba a las fronteras del Reino.
Nunca le había prestado especial atención, para él sólo era una mujer insignificante que ocultaba su figura y su rostro tras una larga túnica negra, que llegaba con las almas de los desafortunados mortales a los que les había llegado su hora y que se retiraba sin pronunciar palabra, pero desde hacía unos minutos toda había cambiado, la atezada melena ondeaba con el viento proveniente de la Puerta Maldita por la que entras pero jamás sales, el finísimo peplo se aferraba a su cuerpo delineando unas formas exuberantemente femeninas, deslizó la vista por la espalda disfrutando de la estrechez de su cintura, se detuvo unos segundos sobre el trasero respingón que coronaba unas larguísimas piernas y a través de los agitados pliegues pudo divisar unas torneadas pantorrillas y unos finísimos tobillos.
Ver esa extensión de pálida piel provocó que por primera vez —desde que surgió de la nada— supiese lo que era el deseo.
Se vio atraído hacía ella como un hambriento ante un suculento plato rebosante de deliciosa ambrosía. Por un instante, al ver el ligero movimiento de su cabeza pensó que ella se volvería, pero como en cada una de sus visitas comenzó a alejarse.
—¡Espera! —bramó temeroso de perderla.
Su llamada surtió el efecto deseado, pues se paró y giró levemente el rostro hacia él.
—¿Qué deseas, Érebos? —preguntó con una voz melodiosa.
—Hablar.
—¿Hablar? —rió brevemente—. No tenemos nada que decirnos.
—Te equivocas, llevamos en este mundo desde la que tierra fue creada, podríamos conversar indefinidamente y nunca agotarnos —aseveró acercándose cada vez más al objeto de sus deseos.
—Yo ya estoy fatigada –aseguró con un suspiro cubriéndose con la capucha.
—¿Tan pronto te cansé? –inquirió divertido.
—Será mejor que me vaya.
—¡No! —la retuvo posando una mano sobre su hombro.
—Ya te traje lo que necesitas ¿qué más quieres de mí? —demandó observando los largos dedos que la aprisionaban transmitiendo su calor a través de los ropajes.
—¿Por qué me ocultas tu rostro? —quiso saber poniéndose delante de ella.
Morana le examinó dentro del resguardo del capuz y lo que vio le hizo vibrar su entumecido cuerpo. Ante ella con toda su magnitud estaba el mismísimo dios primordial del Inframundo, su cuerpo musculoso y marcado parecía esculpido en roca del monte Olimpo, su piel aceitunada brillaba bajo los reflejos añiles de los vapores del Aqueronte, bajó la vista hacia los pies y con lentitud fue ascendiendo por las piernas de poderosos muslos, tenía la cadera cubierta —ocultando el signo de su hombría— por un extremo de la clámide púrpura que descansaba sobre sus anchos hombros, en el vientre plano se dibujaban cada uno de los abdominales, tragó saliva antes de fijarse en el torso amplio y lampiño, el cuello se asemejaba a una de las columnas que abundaban en el templo de Afrodita, ascendiendo por la angulosa barbilla descubrió una sensual boca de labios carnosos y rosados, la nariz afilada antecedió a unos preciosos ojos ambarinos rodeados de largas pestañas que parecían abanicar con cada parpadeo, las arqueadas cejas del mismo tono azabache del largo y ondulado cabello que caía sobre las mejillas completaron el dibujo de la perfección hecha carne. Un calor olvidado hacía centurias comenzó a instalarse en su bajo vientre, soflamada de que a pesar de la caperuza pudiera advertir el fogoso estado de ánimo que la embargaba apartó los iris de los suyos y los fijó en el intrincado broche en forma de serpiente que prendía sobre su hombro.
—Déjame ver tu faz —pidió él llevando las manos hacia la prenda que le impedía contemplarla.
Morana dio un paso atrás asustada, ese hermoso dios no podía ver la cara que por primera vez le hacía sentir vergüenza, pues nunca antes le había dado importancia a sus rasgos.
—¿Por qué huyes, Morana? No te haré daño.
—Tú no podrías hacérmelo, no tienes poder sobre mí.
—Pues demuéstramelo y exponte tal cual eres –exigió cruzándose de brazos.
—No tengo que enseñarte nada, soy La Muerte y con eso debería de bastarte –recalcó ofendida.
—No me impresionas con eso –dijo desplazando su mirada a lo largo de su figura—. Pero está bien, por ahora no insistiré.
—Si crees que te daré las gracias por tu “generosidad” estás equivocado –espetó pasando por su lado—. Adiós, Érebos.
—No tan rápido, Parca mía –la sujetó del brazo para impedir su retirada—. Antes cuéntame el motivo de esa fatiga que dijiste tener.
—No vuelvas a llamarme así —exhortó furiosa—, Átropos es el nombre que vosotros los griegos dais a la que corta el hilo de la vida y que nada se parece a mi.
—Perdóname, no quise disgustarte —musitó tomando una de sus frías manos—, sentémonos y cuéntame que te aflige.
Se dejó guiar hacia una de las piedras que sobresalía sin poder retirar la vista de la gran palma que cubría la suya por completo transmitiéndole un agradable calor. Un lejano chapoteo la hizo tensarse, pero nuevamente él la tranquilizó.
—No temas es Caronte que viene a por su carga —afirmó obligándola a tomar asiento—, no te verá.
—¿No estás cansado de todo esto? —interrogó barriendo con el brazo parte del lugar que se extendía ante ellos—, ¿de tanto silencio, de tanta soledad?
—Comienza a ser aburrido, pero es nuestro cometido.
—Un trabajo que cada vez me cuesta más llevar a cabo, tu no sabes lo que es arrancar la vida a una persona que es querida para otros.
—¿Es muy duro?
—Es muy triste —bisbiseó retorciendo la saya entre sus manos—, y lo peor es ver su semblante cuando me ven aparecer.
—¿Por qué?
—Porque saben que ya no hay vuelta atrás —confesó con un sollozo.
—Por favor, no llores.
—Para ti es fácil, esperas en tu reino de tinieblas —respondió buscando sus ojos—, algunos ni saben que existes, sin embargo a mi me odian, escupen al suelo al oír mi nombre...
—Si te pedí que no lloraras es porque se me encogen las entrañas al verte padecer y créeme que si tuviera el poder de que las cosas cambiasen no dudes que lo haría.
—¿Haces eso con todas? –preguntó elevando la oculta ceja.
—Sólo con una atractiva dama llamada Morana.
—No es necesario que te burles de mí —contestó poniéndose en pie, las últimas palabras habían hecho mella en el hueco donde alguna vez debió estar su corazón.
Érebos la imitó, con presteza la volteó y la sujetó por los hombros obligándola a que le mirase.
—Eres tú quien te burlas de mí al no tomar en serio lo que te digo —manifestó enfadado—. Hasta la fecha ninguna mujer me impresionó tanto como tú.
—Pero yo no hice nada para llegar a afectarte de esa manera.
—Sólo existir –murmuró intentando ver algo a través de la oscuridad que la envolvía—, al admirar antes tu apolínea figura lograste hacerme sentir deseo, un estado que nunca había percibido y con tus amargas palabras me hiciste darme cuenta de lo que se oculta en tu interior y lo mucho que tienes todavía por mostrar—, le acarició los brazos lentamente—, quiero ser yo el afortunado que llegue a conocerte tal y como eres.
—Érebos... yo...
—Confía en mí, no te fallaré.
Morana apretó los párpados con fuerza, respiró profundamente intentando calmar los nervios que la atenazaban. Jamás nadie le había hablado así pues el único sentimiento que despertaba era el de terror, al amor nunca había entrado en sus planes y ahora... Quizá debía darle una oportunidad, no perdería nada y en cambio si podría ganar mucho.
Exhaló lentamente mientras se llevaba las manos a la capucha y retiraba pausadamente la barrera que la separaba de poseer a un dios o continuar con su eterna soledad. Cuando sus ojos quedaron prendados con los de él, aprisionó con firmeza los puños a sus costados intentando ignorar la ola de pánico que la atravesó.
Érebos quedó paralizado ante lo que tenía frente a él, extrañas y moradas marcas surcaban el rostro que debería haber sido bello confiriéndole un inquietante aspecto, los pálidos labios estaban firmemente apretados formando una severa línea y una fina cicatriz hendida en su pómulo izquierdo le atravesaba la delgada ceja, pero fueron sus ónices los que le hicieron retener el aire, sus globos oculares eran intensamente negros, como si una noche sin luna hubiese arraigado en ellos impidiendo que cualquier otro color morase en sus profundidades.
Sintiendo tanto dolor como un ser sin alma pudiera sentir al percibir el espanto en la hermosa cara del hombre, elevó las manos para ocultar su fealdad vejada de si misma por haber tenido un ápice de esperanza, al bajar la vista al suelo esta quedó atrapada en el magnífico miembro ahora despojado de la tela que minutos antes lo hacia invisible a su mirada.
Conmovido por la aflicción que reflejaba la desfigurada tez, alargó un brazo y con un dedo le alzó la barbilla.
—No me importa tu aspecto, Morana.
—No mientas —susurró.
—¿Te parece que lo hago? —interrogó señalando hacia abajo.
Morana bajó los párpados sorprendida por su respuesta y por el hecho que sus labios comenzaran a rozar levemente sus descarnadas mejillas, cuando estos llegaron a la comisura de su boca lo apartó.
—No, no me beses —advirtió apesadumbrada—, si lo haces estarás ligado a mi para la eternidad.
—Te deseo —aseguró Érebos atrayéndola hacia él.
—Tómame pues —asintió ávida por sentirse mujer nuevamente.
Érebos la apretó contra sí, asió la larga falda y acariciando la satinada piel con las temblorosas yemas la fue subiendo hasta que sus dedos rozaron el ardiente canal, asiendo las firmes nalgas la elevó haciendo que las piernas enlazasen su cintura. Desesperado por contemplar los exuberantes pechos que se dibujaban bajo la oscura tela, dio un rápido tirón de esta haciendo que la fíbula que la sujetaba a su hombro saliera despedida. Cuando los pálidos montículos aparecieron desafiantes ante él su pene vibró expectativo, asió con su boca uno de los endurecidos pezones y lo succionó hasta que de la garganta de su amada escaparon los ansiados gemidos. Deslizó la mano por su muslo hasta la palpitante vagina e introdujo un dedo en ella impregnándose de su rocío, al percatarse que estaba lista para recibirlo e incapaz de seguir soportando la presión de sus testículos guió su divina verga hacia la candente entrada y con un potente movimiento de caderas se hundió en su interior. Jadeó cuando las paredes se adhirieron a su alrededor oprimiéndolo a la vez que retrocedía y se sumergía en su sedosidad.
Extasiada por la sensación de verse llena de él echó la cabeza hacia atrás y clavó las largas uñas en sus omoplatos. Poseída por una fiebre hasta ahora desconocida, clavó los talones en el prieto trasero que se contraía con el vaivén de sus embestidas, sintiendo el terciopelo de la clámide rozar sus pantorrillas lo que aumentaba el intenso placer.
Quiso gritar cuando él se quedó inmóvil y exigirle que continuase, pero los fulgurantes ojos que la contemplaban llenos de pasión le hicieron desistir.
—Quiero estar junto a ti por toda la eternidad —murmuró con la voz ronca—, eres la compañera que jamás pensé en llegar a tener.
—No sabes lo que pides —aseguró clavando las negras retinas en él—, aquí eres un dios, que como tantos otros perderás poder con el paso del tiempo, mas siempre tendrás a alguien que te venere y te ame.
—No soy como Zeus y su corte interesados en el amor de los humanos, Morana —dijo oscilando la pelvis—, es el tuyo el que ambiciono poseer, a quien anhelo pertenecer.
—Perderás tu posición y tu identidad —advirtió tomando el rostro entre las frías manos—, serás temido y odiado.
—Si estoy junto a ti, todo lo demás carece de importancia.
—¿Estás seguro? —le vio asentir con vehemencia—, sea pues, bésame.
Érebos trazó la curva de los blancos labios con la punta de su lengua y cuando ella con un suspiro le permitió el acceso, se zambulló dentro de su boca saboreándola con intensidad e impregnándose de la frialdad de la muerte. Cuando los brazos de Morana se enlazaron alrededor de su cuello, la apresó contra sí entrando y saliendo con poderosas embestidas, arrastrándolos y a un devastador orgasmo que los convulsionó de arriba abajo.
Con las jadeantes respiraciones y una plácida sonrisa en sus rostros, se contemplaron extasiados y asombrados con la experiencia vivida.
—Eres mío y yo soy tuya, hemos fundido nuestros cuerpos de tal modo que por los siglos tu nombre y el mío serán utilizados como uno solo —le acarició la sudorosa mejilla—. Deja atrás el Hades, ya no es tu sitio y también el nombre por el que ahora has sido conocido y acompáñame en mi eterno viaje a través del bien y el mal.
—Soy todo tuyo mi amor, iré donde tu vayas y mi nombre será aquel por el cual quieras llamarme.
—Te amo Azrael, mi ángel de la Muerte.
FIN
Este relato y 27 más los encontrareis en el concurso, que ya os anunciamos en la entrada del book trailer, que hizo Karol de http://deseoyoscuridad.blogspot.com/
¡¡A disfrutar de ellos!!
Publicado por Adela/Mariola (SokAly) 16 comentarios
Etiquetas: Relato
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