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jueves, 24 de noviembre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR - CAPÍTULO 32



Bufó al llegar al cruce, la carretera hacía rato era intransitable y viendo el sendero que tenía ante sus ojos las cosas iban a peor. Alargó la mano al asiento del copiloto, agarró la botella y le dio un largo trago, entre la tos que le provocó el ardiente líquido bajando por su garganta que hizo que se le empañara la vista, volvió a observar el camino lleno de nieve, barro y baches que se desplegaba ante él. Maldiciendo con furia su jodida suerte, se obligó a encender el contacto para continuar la marcha. 

A paso de tortuga se fue adentrando en la estrecha carretera bordeada de grandes árboles, a pesar de lo lenta velocidad iba dando ligeros botes debido a los socavones que iban encontrándose los neumáticos. Blasfemó contra el cielo cuando grandes gotas de lluvia comenzaron a salpicar la luna del automóvil. Encendió el limpiaparabrisas, que debido a su suciedad era de poca ayuda, mientras no perdía detalle del paisaje, sonrió con desdén, una mierda de postal de Navidad, todo blanco y verde, joder faltaba que apareciera Santa Claus con su trineo y sería la estampa perfecta. Golpeó el volante con el puño cuando el coche patinó y casi lo lleva a la cuneta. Paró y tomó el trozo de papel que descansaba sobre el mugriento salpicadero, con el índice repasó detenidamente el dibujo que se grababa en él, levantó la vista y volvió al plano, según aquello apenas estaba a media hora de su destino, tendría que conducir un poco más y luego aparcar y continuar a pie o sería descubierto. Volteó la cabeza hacia el sillón de atrás donde descansaba una bolsa de deporte, en ella iba una manta, unas botas de repuesto y algunas latas de comida que había llevado por precaución, junto a ella un enorme anorak especial para grandes alturas y que estaba deseando ponerse para aliviar el jodido frío que iba ya calándole los huesos, pero si lo hacía cuando bajara del auto sería mucho peor.

Condujo perdido en sus pensamientos hasta que encontró un lugar donde estacionar y que creyó que podría servirle al mismo tiempo de escondite y centro de operaciones. El sitio era un pequeño claro lo suficientemente amplio para que cupiera el sedan que conducía pero la vegetación que poblaba los alrededores le daba la intimidad necesaria, no es que tuviera miedo de ser descubierto, por aquellos parajes apenas iba nadie y menos con las bajas temperaturas y el mal tiempo reinante, pero no podía estar seguro de que algún imbécil sin seso se adentrara, aunque no fuera temporada, en busca de alguna pieza de caza, así que más valía prevenir que curar.

Se colocó la prenda de abrigo y descendió, jadeó cuando la gélida brisa abofeteó su rostro y tras alzarse las solapas hasta cubrir el mentón se caló un gorro de lana junto con unos gruesos guantes y comenzó a caminar siguiendo la dirección que había marcado con un círculo rojo en el tosco mapa que recibió, en busca de la estúpida cabaña donde su presa estaría bien caliente y creyéndose a salvo. Curvó los labios con malicia, no iba a llegar hasta la casa tan solo quería echar un vistazo, estudiar lo más posible el terreno. Se detuvo y se agachó tras unos pequeños matorrales al ver que la puerta se abría y por ella hacía su aparición el policía que la acompañaba, se percató como oteaba a un lado y otro antes de rodear por completo la construcción, volver a mirar hacia el horizonte y perderse de nuevo en la acogedora vivienda, un ramalazo de envidia lo recorrió al pensar en aquellos dos junto a una chimenea llevándose algo caliente al estómago, mientras él estaba allí fuera aterido de frío por culpa de la maldita rubia. El odio por la mujer se acrecentó a marchas forzadas, sacudiéndose la nieve que se pegaba a su chaquetón y haciendo el gesto de un arma con los dedos simuló un disparo hacia la nada, se dio la vuelta hacia el coche con un solo pensamiento en la cabeza. La detestaba, sí por culpa de aquella ramera no conseguía acabar su trabajo, si la muy puta hubiese colaborado no hubiese tenido que aguantar los aires de grandeza de su jefe ni las humillaciones a las que lo sometía cada vez que llegaba con las manos vacías. Lograría su objetivo, se prometió y tomó una decisión que le hizo sonreír de forma cabrona mientras asentía. Si, era la mejor de las ideas y la llevaría a cabo, ahora estaba convencido. <<Ella debía morir>>.

óóóóó

Sobre el hombro de Theo, Amy aguardaba impaciente poder hablar con su amiga. Era el tercer intento en vano por parte de Lewis para comunicarse con los desaparecidos y hasta ahora la suerte no parecía acompañarles pues siempre le saltaba el mensaje de apagado o fuera de cobertura.

—Inténtalo otra vez —inquirió cuando el policía le mostró el móvil negando—, hazlo por mi.
—Cariño, deben estar en un lugar sin señal —respondió dulcemente ante la demanda—, más tarde volvemos a insistir.
—Pero…
—Están bien —aseveró sonriendo y revolviéndose hasta quedar frente a ella—, si algo hubiese pasado ya tendríamos noticias, son las malas las que vuelan.
—Sí lo sé, pero tengo una extraña sensación aquí —dijo llevándose la mano al pecho—, como si…
—Rachelle no está sola y Charles es un buen profesional —cubrió con la palma la femenina—, no te preocupes, la cuidará bien.
—Lo sé, aunque eso no quita que me sienta inquieta.
—Mmmm —exhaló apoyando frente contra frente—, tendremos que hacer algo para que dejes de pensar cosas raras.
—¿Alguna idea? —preguntó curvando los labios sin que la alegría llegara a sus iris.
—Unas cuantas —le alzó la cara y bajó la cabeza hasta capturar su boca.

Algo en su interior la avisaba que debía estar en alerta, pero cuando la lengua de Theo acarició la suya se olvidó de su amiga, de su vida e incluso de respirar, con un suspiro se aferró al hombre que amaba y se dejó arrastrar por la pasión.

óóóóó

Atada a la cama contempló la abrasadora mirada de Charlie recorriendo su cuerpo, un electrizante escalofrío de deseo la sacudió, sin poderlo evitar tironeó en un vano intento de alargar la mano y tocarlo. Gruñó al sentir la mordida del metal en su piel y ver la sonrisa depredadora que se dibujaba en los labios del hombre que seguía sentado sobre sus muslos.

—No hagas eso —renegó irritada.
—¿Qué no haga qué? —se inclinó hacia delante hasta que apenas lo separaba unos centímetros de su cara.
—No me mires así como si...
—¿Cómo si quisiera comerte? —rozó levemente sus labios deslizándolos por la mandíbula hacia el lóbulo de la oreja que lamió sutilmente—, ¿devorarte?—, sin abandonar la piel del cuello alzó los brazos hasta sujetar los de ella, dejando que los dedos resbalaran por encima de la camisa—, ¿y si te digo que es eso exactamente lo que quiero hacer?

Suspiró al sentir la suavidad de los ósculos que Charlie iba regalándole, su cuerpo vibró involuntariamente cuando él comenzó a acariciarla sobre la ropa, primero las extremidades, más tarde los hombros para bajar hasta las caderas y detenerse ahí en lo que le pareció una eternidad. Un hondo gemido escapó de ella, cuando tras con un brusco tirón le sacó la camisa de los pantalones y percibió el calor de las palmas masculinas sobre su vientre, para un segundo después comenzar a ascender pausadamente hasta llegar al valle de sus senos. Por entre las pestañas contempló como el hombre que amaba alzaba la testa y la observaba con tal fuego en la mirada que podrían derretirse ambos Polos a la vez. Abrió la boca para protestar, pero cualquier cosa que fuera a decir se vio ahogada por los labios masculinos que la tomaron arrasando hasta el más mínimo indicio de cordura que pudiera restarle.

Tras el intenso baile de lenguas, volvió a sentarse a horcajadas sobre ella. Dios estaba tan hermosa allí tumbada, con el cabello revuelto, los pómulos sonrojados, los labios hinchados y entre abiertos..., y el hecho de que estuviera atada la convertía en la imagen misma del erotismo, y a pesar de estar vestida era una promesa, una tentación para sus sentidos a los cuales pensaba saciar hasta que ambos quedaran exhaustos. Con un gruñido de impaciencia agarró las solapas de la camisa y tiró haciendo que los frágiles botones salieran despedidos, con los puños llenos de tela miró los hermosos senos atrapados en el negro encaje del sujetador, su pene palpitó aún más dentro de la cárcel de sus pantalones, pero a pesar de la necesidad que lo apremiaba quedó prisionero de los montículos que subían y bajaban rápidamente a causa de la respiración agitada de Rae.

—Dios mío que bonita eres —exclamó al tiempo que soltaba la prenda y acunaba ambos pechos apretándolos suavemente—, preciosa.

Sintió como el sonrojo cubría cada una de sus células al percibir el escrutinio de Charlie. Por un instante el ardor del deseo la abandonó presa del temor, odiaba no ser como esas modelos que aparecían en las portadas de las revistas, pero al ver como él se deleitaba mirándola, el escuchar las palabras llenas de entusiasmo volvió a sentir la pasión abordarla. Jadeó cuando los pulgares masculinos rozaron sus pezones que reaccionaron irguiéndose aún más bajo el experto toque de las yemas.

Envalentonado por los gemidos y por las ansias apartó las manos y dejó que sus labios tomaran el lugar de estas. Sin apartar siquiera el sujetador mordisqueó primero una de las crestas y luego la otra logrando que ella levantase el tronco en busca de más y sí, mucho más iba a darle, de hecho iba a entregarle todo. Con desgana dejó de juguetear con las aureolas y trazó un reguero de saliva con su lengua por su abdomen paladeando las suaves sacudidas que iba provocando en Rae, al llegar a su ombligo introdujo la sonrosada punta, sonrió al percatarse como las femeninas caderas se levantaban del colchón. Masculló una maldición por lo bajini al toparse con la cinturilla del pantalón, quería más piel. Soltó el botón, bajó la cremallera y jugueteó con la suave tira superior de sus braguitas antes de zambullir los dedos para encontrar el sexo húmedo y caliente. Con decisión acarició el mojado clítoris presionando levemente, oyó el jadeó y como las piernas femeninas se abría un poco más. Joder no le bastaba eso, quería darle más. Sacó las falanges, se incorporó y con gran rapidez le quitó las botas antes de sacarle los pantalones a tirones.

Desde los pies de la cama escudriñó el cuerpo yaciente, piel clara sobre la gastada colcha oscura, curvas de infarto sobre algodón, un pecho de cine atrapado en un sujetador tan erótico como su portadora y un diminuto triángulo a juego con el sostén entre unas piernas que se abrían llamándolo a gritos.
Llevó una palma a su entrepierna para acomodar la erección que pedía ser liberada, pero tendría que esperar, antes iba a hacer lo que tanto había querido desde la última vez que fue suya. Comérsela viva.

Aprisionada por las pulseras de acero, con solo su ropa intima, una camisa que ya era inservible y el cuerpo ardiendo en llamas aguantó el detallado examen al que estaba siendo sometida, sollozó de placer cuando los chocolateados orbes acariciaron su dermis, vislumbró el deseo que brillaba en ellos y por un instante se sintió la mujer más hermosa del mundo. Su centro ya palpitante se convirtió en una bola de lava incandescente anhelante por explotar. Cerró las piernas y frotó los muslos intentando calmar el incesante latido, sus pechos se hincharon aún más y los pezones se endurecieron tanto, que el solo roce de la satinada tela era una verdadera tortura. Santo cielo, estaba a punto de tener un orgasmo y él ni siquiera la estaba tocando.

—Suéltame —suplicó con voz trémula removiéndose sobre el edredón—, déjame sentirte, por favor.
—No —respondió sacándose el grueso jersey por la cabeza, tras lanzarlo sin cuidado se acercó al tálamo le separó las rodillas y se acomodó entre ellas—, eres mí prisionera—, sonrió agachando la cabeza hasta que los alientos se entremezclaron—, eres mía Rae.

Su nombre fue lo último que creyó escuchar antes de verse sumida en un torbellino de pasión cuando con una inusitada violencia su boca se vio arrasada por la del policía en un beso tan posesivo como lo habían sido sus palabras. Una lucha de lenguas y dientes, leves mordiscos que marcaban, un toma y daca a partes iguales, venciendo y al mismo tiempo derrotando.

Toda ella protestó cuando él, con un gruñido, dio por finalizado el ósculo. Un leve gemido escapó de ella y se le erizó la piel al percibir que las húmedas caricias se deslizaban ahora por la columna de su cuello, la clavícula…, alzó el torso ofreciendo los plenos senos que necesitaban ser tocados, pero haciendo caso omiso de su ofrenda continuó su descenso sin pausa regalando besos a la dermis que iba encontrando en su camino, haciéndola estremecer.

Con toda la calma que fue capaz fue resbalándose hacia abajo, sonrió al ver los pechos expuestos ante sus ojos, negó y continuó, ya volvería para darse un festín con ellos más tarde, ahora era otra cosa lo que tenía en mente, jugueteó con el redondez de su ombligo y saboreó la salinidad que iba impregnando sus poros. Al llegar a la cinturilla de las braguitas levantó la vista, aferrada a los barrotes de la cama ella le miraba por entre las largas pestañas con el velo del deseo brillando en sus orbes. Llevó las palmas a la caderas y enlazando los pulgares en la suave tela comenzó a tironear despacio al tiempo que sus labios mimaban un muslo y luego el otro, cuando estas llegaron a la altura de las articulaciones pasó la cabeza por debajo de manera que quedó rodeado por ella. Podía sentir el roce del algodón de la prenda íntima, la humedad que las impregnaba en la espalda. Lanzó una nueva mirada al rostro amado antes de abrir con los pulgares la carne rosada de su centro, bajó la cara embelesándose, aspirando y embebiéndose del olor almizclado de su deseo antes de que su lengua tomara posesión, lamiendo e invadiendo cada rincón.

La expectación la estaba matando, ya era una hoguera bajo las suaves caricias y ahora allí expuesta para él creía que estallaría en llamas sin darse cuenta. Sus caderas se izaron de la cama cuando el húmedo músculo entró en contacto con el hinchado clítoris, eran toques lentos, circulares que hacían que sus terminaciones nerviosas mandaran descargas eléctricas a cada una de su células, jadeó cuando aprisionó el sensible montículo entre sus dientes al tiempo que daba ligeros envites. Se agarró con todas sus fuerzas a los barrotes del cabecero y creyó que los arrancaría de cuajo cuando la lengua dejó lugar al pulgar que trazó círculos mientras esta invadía su interior, entrando y saliendo en ella llevándola más allá de la cordura. Una oleada de placer estalló dentro de su vientre y la sacudió como un terremoto de pies a cabeza mientras el nombre de él reverberaba en la habitación. Desmadejada por el clímax cayó en el colchón exhausta, tomando grandes bocanadas de aire en un vano intento de recuperarse ya que Charlie parecía no tener bastante, seguía jugando con sus pliegues, bebiendo de ella, introduciéndose despacio para después dar largas lamidas antes de volver a entrar una y otra vez hasta que un nuevo orgasmo oteó en su horizonte para partirla por la mitad entre gemidos y espasmos. Aún temblaba cuando la boca del policía tomó la suya por sorpresa en un beso atolondrado que aceptó como una sedienta tomando lo que él le daba. Se saboreó en los labios carnosos de su hombre y quiso abrazarlo para no dejarle ir jamás.

Los temblores de Rae al culminar hicieron que todo su cuerpo se tensara, oírla gritar su nombre casi logra que llegase el también, tuvo que echar mano de toda su fuerza de voluntad para no correrse en los pantalones. Gruñó ante el doloroso empuje de su verga contra la tela, aunque continuó su cometido hasta lograr llevarla a lo más alto una segunda vez, quería una tercera pero su paciencia llevaba mucho tocando su fin. Como un adolescente se incorporó y buscó sus labios. Se sintió torpe besándola de aquel modo tan impetuoso, pero era así como se sentía como un chico recién salido del cascarón descubriendo el mundo, y su mundo era ella.

Sin poder abandonar su boca se removió dejando que percibiera el abultamiento de su pasión sobre el vientre, se tragó los casi imperceptibles sollozos que producían sus palmas al ascender y descender interminablemente por los costados deleitándose al mismo tiempo con la suavidad de su dermis.

—Rae —susurró con voz ronca—, mi preciosa Rae.

A pesar de haberse vaciado dos veces, de pensar que no podría más su ser volvió a calentarse al percibir el deseo no satisfecho de él, la sangre le hirvió en las venas y el corazón ahora pausado se le aceleró galopando en su pecho. Quería a O´sullivan dentro de su cuerpo, lo quería ya. Buscó sus ojos con desesperación, pidiéndole con la mirada lo que deseaba. Apretó los parpados cuando él pasó los nudillos por la sonrojada mejilla.

—Tómame Charlie —masculló débilmente—, hazme tuya de verdad, quiero sentirte dentro de mi, ahora.

Sonrió al escuchar las tímidas palabras, ella jamás le diría un “fóllame” como las mujeres con las que solía salir, pero joder si aquella forma de pedirlo no era mucho más placentero a sus oídos. Mierda, claro que iba a tomarla si se estaba muriendo por hacerlo. De un salto se levantó de la cama y se sacó casi a patadas los pantalones y los slips. Desnudo, con su erección señalando al cielo se plantó a los pies del tálamo y con prisas la despojó de las braguitas que aún continuaban enredadas en sus tobillos, abrió las piernas y se arrodilló entre ellas, llevó la mano a la base de su miembro erecto y lo guió hasta la resbaladiza hendidura, paseó la punta roma empapándose de su esencia antes de que con un solo golpe de caderas se hundiese hasta el fondo. Echó la cabeza hacia atrás sintiendo como la estrecha cavidad lo aprisionaba, como los músculos internos se ceñían sobre él y lo constreñían succionándolo, onduló la pelvis embistiendo lentamente primero, acelerando cuando le rodeó con las piernas y clavó los talones en sus lumbares al tiempo que se amoldaban al ritmo del otro. Los gemidos de ella se entremezclaban con los suyos, las apremiantes respiraciones hacían eco en el cuarto, el aroma del sexo y la pasión iba extendiéndose por el ambiente mientras dos cuerpos se perlaban de sudor. Dio más brío a sus envites al percatarse como Rae comenzaba a sacudirse mientras su seda interior lo apretaba como un puño exprimiéndolo. Un escalofrío nació en sus vértebras y lo recorrió hasta el coxis provocando que lanzara una última y poderosa acometida antes de estallar con un grito. Chorros de pasión escaparon de él, mezclándose con los espasmos de placer de la mujer que se aferraba a sus caderas.

Cuando aminoraron las convulsiones se dejó caer, sintiendo el suave roce del sujetador en la mejilla y el acelerado golpeteo de su corazón junto a la oreja. Un sentimiento de emoción le embargó, era ella, sólo ella.

—Déjame amarte Rae —susurró para si mismo. 

Continuará...




                                                                                             

miércoles, 19 de octubre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR - CAPÍTULO 30



Con la respiración aún jadeante tomó el rostro de la mujer que yacía bajo él y la contempló con embelesamiento, observó con detenimiento la curva de sus cejas, su piel tersa, los vidriosos ojos oscuros y los labios entreabiertos e hinchados por los besos compartidos. La amaba. Como le gustaría decirle que su corazón estaba repleto de amor por ella desde que la había visto la primera vez. Sonrió cuando los suaves dedos le repasaron su mandíbula y al mismo tiempo una enorme incertidumbre le golpeó.

Con pesar se apartó de ella hasta quedar tumbado, se tapó la tez con el brazo en un intento de ocultar el miedo que tomó posesión de él. Habían hecho el amor de forma salvaje y ¿ahora qué? No quería ser uno más, no podría soportarlo.

Amanda miró con detenimiento a Theo, a pesar de que era mucho más grande y corpulento, tenerlo encima era todo un placer, uno al que se podría hacer adicta sin ningún esfuerzo. Se sentía como si estuviera en un sueño allí entre sus brazos. Sus verdes orbes clavados en ella eran una caricia a sus sentidos, veía tantas cosas en ellos o quizá solo las estaba imaginando, pero fuera como fuese quería disfrutar de aquello un poco más. Alzó la mano y la posó sobre la rasurada mejilla deseando percibir su calor. Ronroneó como una gatita satisfecha cuando él le dijo lo bonita que era regalándole un delicado beso. Casi protestó al ver como se giraba hasta quedar boca arriba y cubrió la cara con su antebrazo. Se cubrió con las mantas mientras una repentina sensación de frío le recorrió por completo.

Era consciente de la atracción que el hombre que estaba a su lado tenía por ella, pero también de lo que pensaba y aunque se disculpó por las crueles palabras que vertió de forma dañina, y creyó en su arrepentimiento, su forma de actuar no había sido el de una mujer decente. Se entregó de forma descarada a sus caricias en el portal de su casa y luego en su cama continuaron dando rienda suelta a una pasión que no creyó poseer. Nunca fue así con ningún otro, había disfrutado del sexo sin inhibiciones, pero jamás había estado a punto de arder en llamas con un simple toque y ni por asomo rozar la pérdida del conocimiento cuando el éxtasis la reventó en ondas rompiéndola a pedazos. Se volteó hacia él y le llamó, permaneció impasible. Se le quebró el alma cuando sin mirarla siquiera se sentó en la cama dándole la espalda. Un sollozo escapó antes que pudiera evitarlo.

Oyó como ella susurraba su nombre cálidamente, le escocieron los ojos, tragó saliva y se incorporó. Tenía que tranquilizarse antes de poner las cartas sobre la mesa, pero el sonido de un lamento lo hizo mirar por encima del hombro. Amanda lo observaba con los iris cuajados de lágrimas aferrando las mantas contra su cuerpo.

—¿Qué ocurre? —preguntó preocupado inclinándose hacia ella que cerró los parpados.
—Nada.
—Amanda.
—Yo… —entreabrió las pestañas húmedas—, supongo que tienes que irte.
—¿Por qué supones eso? —demandó pasando un brazo por los hombros atrayéndola hacia él.
—Ya tienes lo que querías, ves al final tenías razón soy una mujerzuela que…
—Deja de decir tonterías, ya te dije que no pensaba lo que decía, estaba enfadado, celoso, herido —bufó haciendo que lo mirara— y no, no tengo lo que quería Amanda, sólo una parte, una muy pequeña por que yo quiero todo.

Lo contempló a través del acuoso velo que empañaba su visión, parecía enfurecido pero también nervioso y perdido, temeroso.

—Es cierto que fuiste mía, y lo deseaba con todas mis fuerzas, pero… —titubeó un segundo, era el momento—, pero yo quiero a la mujer completa, con su genio y su ternura, quiero esto—, acarició suavemente la testa—, y esto—, deslizó una mano por encima del cobertor que cubría el tentador cuerpo—, pero sobre todo quiero esto—, tiró suavemente de las mantas hasta que dejó sus senos al descubierto y posó la palma entre ellos—. Si no puedes darme lo que pido lo entenderé, aunque no me conformaré con menos.

Un tenso silencio se instaló entre ellos, él la observaba expectante, ella miraba la mano abierta sin parpadear. ¿Estaba entendiendo bien o eran sus ansias la que la hacían pensar que se estaba declarando? La ronca voz de Theo la sacó de sus cavilaciones y dudas.

—Te amo —prosiguió ante el mutismo—, siempre lo he hecho, sé que no puedo pedirte que sientas lo mismo que yo, por eso entenderé y aceptaré tu decisión sea cual sea.

El corazón comenzó a bombearle con tanta fuerza que pensó que se le quebrarían las costillas, un sentimiento de paz y de jolgorio la desbordó, mientras ríos salados manaban de sus retinas bañándole los pómulos. La amaba, Theo la amaba.

—Amanda, lo siento tal vez no debí…
—Te amo Theodore Lewis —añadió interrumpiéndolo poniéndose de rodillas frente a él—, tanto que ya apenas puedo respirar si no estás cerca.

Apenas creía lo que le estaba confesando, esa preciosa mujer correspondía a sus sentimientos, continuaba hablando pero ya no la escuchaba, no quería nada más que besarla, amarla. Acunando el rostro entre sus grandes manos le cerró la boca con un beso mientras la arrastraba de nuevo hacia el colchón.

óóóóó

Sentada en el porche y arrebujada en el enorme anorak que la protegía del frío contemplaba el vasto bosque que se extendía ante ella, quiso levantarse y perderse entre aquellos abetos para siempre, acabar con todo de una vez. Levantó la vista hacia el cielo plomizo, tristes nubes grises se movían incansables ante sus ojos, así oscuro y acongojado sentía su corazón. Ni siquiera se percató cuando Charlie salió y sentándose a su lado les cubrió a ambos con una gruesa manta. Se sentía tan sola y perdida.

Había estado observándola durante mucho rato, llevaba más de una hora allí fuera mirando al frente sin moverse. Se apartó de la ventana y dirigiéndose al sofá agarró una de las prendas de abrigo sobre el respaldo, debía estar helada, salió y maldijo cuando la bofetada de aire le cruzó la cara, deseó volver dentro pero fue hacia el banco, desplegó la cobija, se sentó y los tapó a ambos, no dijo nada solo se quedó allí mirando sin ver. 

Tras un rato que lo mismo pudieron ser 1 ó 10 minutos sacó la mano y le agarró la barbilla obligándola a mirarlo. El dolor, la angustia y el miedo que vio en los celestes orbes le golpearon como un puñetazo en el centro del estómago. Un cepo de culpabilidad le aprisionó el corazón, no era responsable de su terror, pero sí de aquel pesar que opacaba su bella mirada, bien sabía Dios que daría media vida por poder regresar al pasado y hacer las cosas bien, por borrar aquel fatídico día en que jugó como un idiota con sus sentimientos, pero no podía hacer nada por cambiar lo sucedido. Tal vez si ella lo escuchara, si fuera capaz de explicarle el por qué de todo aquello pudiera perdonarlo, ya que él no lo haría jamás.

—Rae —se percató como parpadeaba como si hubiese estado a kilómetros de allí—, ¿estás bien?
—Eh, si —la voz de Charlie la sacó de su ensoñamiento—, tengo frío.
—Llevas mucho tiempo aquí —se puso en pie y la cubrió por completo—, vamos dentro.

Se dejó arrastrar hasta el confortable y cálido interior, el calor de la cabaña fue como un bálsamo para sus helados huesos. No protestó cuando la llevó hasta el sofá, se sentó y la depositó sobre su regazo, a sabiendas que no estaba bien lo que hacia suspiró y se acomodó sobre sus muslos antes de enterrar la cabeza en el amplio tórax cubierto con la camisa de franela. Cuando los protectores brazos la rodearon alzó los suyos para posarlos alrededor de su cuello. No pensó en nada más, su cuerpo se encendió de deseo, sus terminaciones nerviosas se alteraron con su contacto. Pero era consciente que en aquellas suaves caricias no había pasión, no era el hombre quien la tocaba, era el amigo quien la reconfortaba.

No estaba cómodo con ella tan pegada a él, podía sentir las yemas de los dedos sobre el cuero cabelludo, los turgentes senos rozándole el brazo, las nalgas sobre su muslo y sobre su miembro que comenzaba a tomar vida propia, pero era consciente que después de lo sucedido no lo estaba provocando, que lo último que quería era alimentar el fuego de la lujuria que comenzaba a consumirlo. Debía obviar lo que anhelaba y hacerse a la idea que entre sus brazos no estaba la mujer por la que perdía el sentido sino la niña temerosa que corría a buscar su protección cuando algo la asustaba.

Con un suspiro alzó la cabeza del nido de su pecho y buscó su mirada, los chocolateados iris despedían un brillo mitad duda mitad compasión. Se quedó ahí prisionera en aquellos orbes que pedían a gritos lo que ella estaba dispuesta a dar, sí, lo deseaba con todo, cada fibra de su ser clamaba por ser poseída por él. Iba a echar por tierra sus principios, sus estúpidas buenas maneras, quizá apenas le quedara tiempo, quizás quien acechaba en la ciudad acabara con ella a la mínima oportunidad y quería vivir, quería sentir a Charlie suyo al menos una vez más. Sin más dilación bajó la testa y posó los labios sobre los suyos.

Se tragó el gemido que pugnó por salir de su garganta cuando la vio agachar la cabeza hacia él. No era tonto y vislumbró cada uno de sus pensamientos mientras la observaba, no sabía que estaba pasando exactamente por su mente, pero en algunos aspectos era tan transparente que resultaba aterrador para un tipo como él, harto de casi todo. Dejó que la tímida boca rozara la suya, crispó los dedos en la cintura femenina al percibir el sutil toque de la punta de la lengua en su comisura, cerró la mano en un puño impaciente por tomar lo que le ofrecía, por invadir aquella cálida cavidad y comenzar una lucha de sentidos en la que ambos serían vencedores y vencidos, pero algo en su interior se encendió diciéndole que parara. Con disgusto deslizó las palmas por sus brazos y la apartó. Se sintió como un gilipollas cuando se percató de la incredulidad de su cara, pero prefería parecer eso que no volver a ser el cabrón de antaño.

—No, Rae.

La estaba rechazando, un insoportable dolor le traspasó el corazón ya tan destrozado que no pensaba que pudiera romperse más, pero al parecer estaba equivocada. El calor del rubor por la vergüenza la cubrió por completo, trató de apartarse pero el golpe había sido tal que la dejó inmóvil. Así que allí estaba como una idiota, sentada sobre el hombre que amaba desde que tenía uso de razón y al cual parecía repelerle.

—Lo siento —masculló rígida como una roca.

Quiso golpearse por su rudeza, pero joder es que con ella no sabía como actuar sin meter la pata, mierda ¿por qué las cosas eran tan difíciles ahora?

—No es culpa tuya —carraspeó mientras asía su barbilla para que lo mirara—, no te avergüences cariño, en todo caso soy yo el que debería estarlo.
—No debí…
—Calla —apartó la vista un instante antes de volver a fijarla en ella, se removió un poco para que sintiera su erección en las nalgas—, te deseo Rae, es lo único que hago día y noche, pero… —, tomó aire—, pero tenemos que hablar.
—Yo no quiero hablar —susurró más calmada.
—Pero yo sí, escúchame estás vulnerable y si ahora hiciéramos el amor terminaríamos por sentirnos culpables —curvó los labios al ver su incredulidad—, te conozco, no eres lo que hoy pretendes mostrar y yo tengo que aclarar muchas cosas contigo, tienes que saber por qué pasó…
—No deseo saberlo —respondió sacudiéndose de él—, ¿acaso cambiará algo que me cuentes por qué me usaste?
—No y te juro que me gustaría volver atrás y borrar todo el daño que te hice —afirmó con voz tenue.
—Pero no puedes —se izó molesta y se separó de él— no puedes eliminar el dolor, ni la angustia, ni la desesperación.
—Lo sé —se puso en pie y aferró sus hombros—, aunque tal vez puedas lograr entenderme y volver a confiar en mí.
—Está bien —musitó con altanería—, habla.

Sin soltarla tiró de ella y la hizo sentarse, él permaneció levantado, dando cortos pasos y frotándose las manos nervioso, tenía que hacerlo, era la única forma de empezar de nuevo, la única manera justa y honrada de tratar de comenzar algo con ella desde un principio, sin mentiras ni reproches. Tragó saliva, una, dos veces y clavó la vista en la mujer que lo miraba sin parpadear, un escalofrío le recorrió la medula y una patina de sudor le perló la frente, era hora de dejar las cosas claras, de poner la verdad sobre la mesa.

óóóóó

Como una furia entró al despacho, odiaba ir a aquel sitio de ricachones pero era parte de su trabajo, su jefe no se reuniría con él en un bar de mala muerte, no, ese tipo de gente debía hacer ostentación de su dinero y su clase. Aún escuchaba los gritos de la secretaria a la que había apartado como a una mosca y que quedaron ahogados cuando cerró la costosa puerta de un golpe. Contempló el sillón de piel que le daba la espalda moverse despacio hasta girar por completo y que el gran hombre le mostrara su cara de disgusto. Le importaba tres mierdas si estaba enfadado o no, más lo estaba él que no lograba llevar a buen puerto ninguno de sus planes.

Sin mediar palabra el grandísimo hijo de puta abrió un cajón y le tendió un papel doblado, Dios como le gustaría patear esa cara hasta vaciarle las cuencas oculares, como disfrutaría viendo ese traje perfecto salpicado por la roja sangre. Apartó los funestos pensamientos y alargó el brazo para tomar lo que le ofrecían.

—¿Qué es esto? —preguntó mirando lo que estaba escrito.
—Tú ultima oportunidad.

Alzó la vista de la hoja y la clavó en el ricachón, las ganas de reventarle la cabeza se acrecentaban por segundos, apretó los párpados y echó mano de su poder de concentración para no saltar por encima de la mesa y estamparlo contra la ventana que tras él se alzaba como un ojo enorme hacia la ciudad.

—Estoy harto de pedir favores, unos que me cuestan dinero y tiempo —sentenció el hombre haciendo un aspaviento—, ve ahí y acaba lo que debiste terminar hace tiempo.
—No me gusta que me digan lo que tengo que hacer —gruñó guardándose la nota.
—Ni a mi perder unos buenos dólares en un inútil.
—Pues vaya usted mismo y haga el trabajo —frunció el entrecejo desafiante—, no, el señorito no puede mancharse las manos.
—Si vuelves a fallar estás despedido.

Respiró profundo para aplacar la bestia que rugía en su interior, algún día, sí algún día ese arrogante acabaría con los huesos partidos dentro de algún contenedor de basura, pero ahora tendría que aguantar las ganas de abrirlo en canal como la alimaña que era, asintió y se volteó para retirarse, antes de salir miró por encima de su hombro.

—No erraré.
—Por tu bien, espero que tengas razón —fue la respuesta que oyó cuando dejaba el despacho. 

Continuará...



miércoles, 5 de octubre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR. Capítulo 28




Tres días más tarde de la tortuosa escena del baño, las cosas seguían igual. Charlie dormía en el sofá cosa que en parte ella agradecía y por otra la hacia sentir una egoísta consciente que el mueble era demasiado pequeño para que él pudiera descansar, por otro lado, aunque no se habló de lo ocurrido, no cabía duda que se había levantado un invisible muro entre ellos. Cierto que ambos se esforzaban por actuar con naturalidad pero apenas si lo conseguían, si se miraban o si se rozaban se separaban como si se quemaran uno al otro. Aunque en un principio se sintió aliviada con esa nueva actitud la verdad era que conforme pasaban las horas se iba sintiendo más y más incomoda y eso era algo que la ponía de mal humor, no es que quisiera que él la acosara ni nada por el estilo, pero tampoco que fuera frío y distante. Dispuesta a poner los puntos sobre las ies abandonó el dormitorio y fue hacia el salón. Su determinación se marchó a la basura cuando no obtuvo respuesta al llamarle ni encontrarlo en la casa, seguramente estaría fuera peleando con la leña o dando un paseo. Acobardada por el terrible helor del exterior, decidió dejar la aventura de buscarle y cansinamente fue a la cocina para esperar su retorno, y hablar con él, con una buena dosis de café, tras servírsela regresó al salón para tomarlo con tranquilidad. Llevándose la loza a los labios sonrió sin poder evitarlo al ver el montón de mantas mal dobladas sobre el respaldo del sillón y una taza vacía sobre la mesa, sin duda ese poli era un tanto desastre.

Llevaba una hora caminando cuando decidió que era tiempo de volver, a pesar de la seguridad que le otorgaba el enclave y el anonimato no le gustaba que Rae permaneciera mucho tiempo a solas, pero necesitaba dar esa larga caminata para no perder la forma física y sobre todo para aplacar el deseo que vibraba en su cuerpo cuando la tenía cerca. Lo cierto es que no era la lujuria lo que más le arrebolaba, eso lo mantenía más o menos a raya con una buena ducha o sacando la cara fuera del calor de la cabaña, eran los sentimientos lo que apenas podía controlar. Rió a su pesar. Estaba jodida e irremediablemente enamorado de una mujer que lo último que quería era tenerlo cerca. <<Tienes lo que te mereces por gilipollas>>, se recriminó a si mismo <<¿Acaso creías que iba a correr a tus brazos después de tratarla como una mierda?>>. No joder, claro que no esperaba eso, cualquier otra le hubiese dado una patada en los huevos cuando descubrió lo de la apuesta antes de cortárselos y hacérselos comer, pero ella nunca fue cualquiera, siempre fue especial, una joya entre millones de piezas de bisutería barata algo autentico entre fruslerías de brillantes colores. Sí se dejó deslumbrar por las largas piernas y las faldas cortas, por los escotes de vértigo y los pechos siliconados, por mujeres expertas que lo agasajaban y le levantaban el ego y la polla al mismo tiempo, hembras a las que no les interesaba más que uno polvo sin compromiso, una noche o dos de sexo salvaje sin complicaciones, a las que él les importaba nada y ellas a él una mierda, mientras la gris existencia de su amiga se la traía floja. Y ahora ahí estaba, deseando que ella volviera a mirarlo como cuando la hizo suya en el suelo de su casa. Suya, su Rae y de nadie más.

—Mi Rae —repitió amargamente al silencio que lo rodeaba— Dios daría media vida por una sola de sus miradas cuajadas de amor.

Aligeró el paso cuando los copos de nieve comenzaron a caer tímidamente del encapotado cielo. Al llegar, abrió la puerta y se detuvo en el umbral, ella se revolvió y fijó los zarcos orbes en él, se quedó clavado al suelo cuando por un instante creyó vislumbrar algo de lo que a su retorno iba soñando despierto, parpadeó para darse cuenta que no era más que una ilusión de su mente, que la tristeza habitaba de nuevo en las claras lagunas que lo observaron un segundo más antes de que con un leve movimiento de su cabeza como saludo volviera a darle la espalda. Con el amargo sabor de la decepción acabó de entrar, se quitó el abrigo y lo colgó en la percha antes de ir hacia el hogar a por algo que calentara sus manos y su estomago.

El chirrido de los goznes la hizo girarse en su asiento, estaba tan guapo con el pelo revuelto por el viento, la nariz y los pómulos enrojecidos y los ojos brillantes,  tragó saliva y se aferró a la taza para no salir corriendo y lanzarse a sus brazos al verlo bajo el dintel. Apartó la vista azorada, rezando para que no se hubiese dado cuenta de cómo le afectaba. En un intento de parecer natural se recostó contra el sofá y con disimulo lo observó en su camino hacia la cocina. Por el borde de la vasija se entretuvo recorriendo la parte trasera de su espectacular cuerpo, las piernas formadas, la espalda ancha que tensaba la tela de la camisa de felpa y el culo que se dibujaba bien formado y prieto bajo los gastados vaqueros. Apuró el café, se incorporó, tomó el otro recipiente y con ambos en la mano fue hacia la cocina, iba a dejarlos en el fregadero cuando él se volvió y sus ojos quedaron prendidos.

óóóóó

Tras cepillarse una vez más el cabello y recogerlo en un moño suelto se remiró al espejo, el vestido de lana granate de cuello vuelto se ceñía lo justo, las medias eran lo suficientemente tupidas como para no mostrar nada de piel, las botas de ante negro le llegaban casi a las rodillas estilizándole la figura. Asintió ante la imagen discreta y elegante que le devolvía la pulida superficie. Tomó el brillo de labios del tocador y retocó el maquillaje, por último se colocó dos diminutos zarcillos con rubíes de imitación en sus orejas. Miró el reloj, susurró una blasfemia al ver que iba con retraso y perdería el autobús, cogió el bolso, se puso el abrigo negro y dejó el apartamento a la carrera.

Últimamente no era la misma ya no disfrutaba de su trabajo, ni nada la ilusionaba, quizá era hora de cambiar de aires, de irse de allí lejos de todo, de Theo y empezar de cero donde nadie la conociera. Sí, decidió mientras bajaba las escaleras, en cuanto Rach regresara de su destierro y se solucionara el problema del acosador tomaría su equipaje y se marcharía en busca de su destino. El gélido viento del norte le golpeó el rostro al salir del portón, se levantó las solapas, metió las manos en los bolsillos y comenzó a caminar, apenas había recorrido unos pocos metros cuando alguien la sujetó del brazo.

óóóóó

Llevaba horas envuelto en aquella manta que apestaba a humedad, con la calefacción a tope que no evitaba que le castañearan los dientes y que hacía que los cristales se empañaran dificultándole la visibilidad. Maldiciendo llevó la mano helada y la restregó por la ventanilla, iba a arrebujarse de nuevo cuando se percató del movimiento en la portería que estaba vigilando, casi llora de alegría al ver a la zorrita de la esteticista aparecer en lo alto de los escalones. Oh joder, al final iba a ser un buen día. Apartó la apestosa prenda de abrigo de sus hombros, bajó del auto, cerrándolo tras asegurarse que llevaba la pistola en el bolsillo.

—Llegó tu hora puta— farfulló mientras se encaminaba hacia su victima.

 Iba a abalanzarse sobre ella, pero lo pensó mejor al ver que otras personas estaban cerca, así que decidió darle cierta ventaja y luego abordarla con alguna pregunta. Con celeridad se cruzó de acera para encontrársela de y cuando la tuviera al alcance, usaría la pistola para obligarla a subir al coche. Se relamió de gusto, una vez fuera suya esa perra la iba a hacer cantar hasta la Traviata y luego más tarde la haría gritar mientras se la follaba sin piedad una y otra vez. Jadeó al sentir como se endurecía y acentuó la velocidad cegado por el ansia. Apenas unos pocos metros los separaban cuando la vio girar altivamente la cabeza hacia el hombre que la agarraba. Mascullando un exabrupto por su mala fortuna se detuvo y reculó hasta uno de los establecimientos sin dejar de observar a la pareja.

óóóóó

Llevaba días sintiéndose como el autentico bastardo que era. Apenas si comía y dormía fatal debido a la culpa. Mierda puta, él no era así, siempre comedido, con la templanza y la calma por bandera ante cualquier situación y había perdido los nervios, la compostura y hasta las formas con Amanda. Le había gritado e insultado como si fuera la culpable de los males del mundo y ahora, después de varias jornadas en las que el tiempo le dio el margen de analizarlo todo con calma, se percató que no sólo ella tenía motivos suficientes para meterse en la vida de Rachelle sino que tenía razón en todo lo que le dijo. Por los clavos de Jesús, ¿como perdió los papeles de esa forma? ¿Como fue capaz de coger la dignidad de esa mujer tirarla al fango y regodearse hiriéndola sin compasión? Uno a uno los insultos vertidos sobre ella vinieron a su recuerdos y la vergüenza lo arrasó, recordó que a pesar de la fortaleza, las lágrimas afloraron de los hermosos ojos humedeciendo las largas pestañas. ¿Por qué ese empeño en hacerle daño cuando sabía que ella era inocente de todo cargo, ¿por qué esa necesidad de ensañarse hasta humillarla profundamente? No lograba entenderlo, por más que le daba vueltas y más vueltas no conseguía comprender la desmedida actitud beligerante contra la preciosa morena que se filtraba en sus sueños y lo volvía loco con sólo mirarlo.

Se apretó las sienes para aliviar el galopante dolor de cabeza que iba tomando forma. Tenía que arreglar aquel desaguisado, comprarle unas flores o chocolates o cualquier cosa y pedirle perdón, era lo menos que se merecía Amanda. Una risa a su lado lo hizo perder el hilo y alzar la testa, frente a él un socarrón Michael jugueteaba con uno de sus bolígrafos.

—¿Quieres algo? —demandó con desgana, no le caía bien aquel cabrón arrogante.
—Hace días que pareces cansado ¿estás bien? —respondió con un fingido aire de preocupación.
—Muy bien, falta de sueño es todo.
—Mmmm ¿ahora se llama así? —un malicioso brillo destelló en los orbes—, no tienes que disimular conmigo, todos sabemos que ese cabrón de O’ Sullivan te levantó la novia —una carcajada retumbó por la estancia—, joder llama a las cosas por su nombre, esa putita te puso los cuernos.

Como si tuviera un resorte se puso en pie y saliendo detrás del escritorio agarró a su compañero por las solapas empujándolo hasta el muro, cerró el puño y estuvo a punto de estrellarlo contra el pálido rostro pero la voz de J.J lo detuvo antes de aplastar la nariz de aquel asqueroso.

—No lo hagas Lewis —terció el recién llegado poniendo una palma sobre el brazo y dirigiéndole una mirada cómplice a su amigo, el muy capullo sabía como buscarle las cosquillas al personal—, no merece la pena perder un buen expediente por una pelea en la comisaría.

Su compañero estaba en lo cierto, si comenzaba la disputa allí dentro asuntos internos abriría investigación y perdería más que ganaría y desde luego no iba a arriesgar años de trabajo y dedicación, que luego influirían en su jubilación, por las soeces diatribas de alguien como Michael que parecía haber perdido el color. Miró a J.J y asintió, cuando soltó su agarre volvió a prestar toda su atención a su presa.

—Escúchame hijo de puta, solo te lo voy a decir una vez —dijo zarandeándolo contra la pared—, no voy a permitir que manches el nombre de Rachelle en mi presencia, me importa tres mierdas lo que creas o dejes de creer, ella es mi amiga y la vas a respetar ¿entendido?
—Si
—No te oigo ¿entendido?
—Si —balbuceó entre dientes.
—Bien —masculló soltándolo de malos modos— y ahora será mejor que me largue antes de que no pueda controlar las ganas de patear tu apestoso trasero.

Agarró su gabán y salió a la calle.

Una vez solos el pelirrojo puso un brazo sobre los hombros de su colega.
—Por un momento tu voz me pareció la de una soprano —comentó jovialmente.
—Si hay que cantar ópera se canta, ya sabes lo que me gusta joderle.
—Si, pero hostias, con los huevos en su sitio no de corbata como te los puso —terminó riéndose—, ¿se puede saber por qué te metiste con ella?
—No, si a mi la chica me cae bien, incluso me gusta —aclaró alisándose la camisa—, pero era la diana perfecta para una broma fácil.
—Bien pero admite un consejo, la próxima vez ponte un protector para los testículos o ya puedes ir pagándote las clases de canto.

Comenzó a caminar sin rumbo fijo queriendo apartarse lo más posible de ese cabrón malicioso de Michael, nunca le cayó bien ese bocazas pero desde lo de la apuesta apenas si lo soportaba, dio gracias de que no era su compañero de patrulla o sin duda hubiese tenido que pedir un cambio, era vomitivo el idiota con sus bromas de mal gusto, pero algún día se volverían las tornas.

Arrebujándose en la prenda para aplacar el implacable frío, apartó de un plumazo el último acontecimiento para centrarse en lo que de veras le preocupaba, Amanda. Debía de hablar con ella y pedirle disculpas por su soez comportamiento eso lo tenía decidido, lo que no tenía tan claro era como y cuando. Quizá debiera telefonearla y concertar una cita, tal vez una cena o una comida, no seguro se negaría y con razón, quizá comprarle unas flores…, divagando se encontró justo en la calle donde la joven residía, alzó la testa hacia el frente y como si la hubiese invocado la vio descender y encaminarse de espaldas a él hacia la parada del autobús, aquel era un buen momento, tanto como cualquier otro. Sin pensarlo aligeró el paso para alcanzarla, una vez a su altura la tomó del brazo, ella se giró sorprendida.

—Hola Amanda.

Continuará...


miércoles, 28 de septiembre de 2011

EL PRECIO DEL AMOR. Capítulo 27


SENTIMOS MUCHO NO HABER SUBIDO CAPÍTULO LA SEMANA PASADA, PROBLEMILLAS VARIOS NOS LO IMPIDIERON. HOY NOS HEMOS RETRASADO PORQUE EL BLOG SE NOS SUBLEVÓ Y COMO PODÉIS APRECIAR SIGUE SIN ESTAR DE NUESTRA PARTE, PERO COMO NO PODÍAMOS VOLVER A DEJAROS SIN ÉL, ESPERAMOS QUE SEPÁIS DISCULPAR COMO QUEDÓ, NO ASÍ AL BLOG, POR LO TANTO LE PODÉIS INSULTAR TODO LO QUE QUERÁIS Y MÁS, JAJAJA.
GRACIAS POR SEGUIR AL PIE DEL CAÑÓN.

Sabía que debía respirar, pero lo que su cerebro le dictaba su cuerpo se negaba a obedecer, pendiente tan sólo de la imagen tan impactante que se encontró al acceder al baño.


Se había despertado al percibir la falta de calor que desprendía la poderosa figura del policía e inmediatamente se sintió ridícula, ¿cómo era posible que en tan escaso tiempo se hubiese acostumbrado a tenerle tumbado a su lado? Enfadada consigo misma volvió a su posición inicial al borde de la cama, debía poner distancia o a saber como terminaría la cosa, sonrió tristemente, por supuesto que sabía qué podría suceder, los dos acabarían en ese colchón aunque uno encima del otro. Dispuesta a volver a dormir cerró los párpados con fuerza justo en el instante en que un apagado sonido se ancló en sus oídos. Sentándose de golpe en el lecho prestó atención al murmullo que venía de fuera intentando distinguir que podía ser, frunció el ceño confundida ¿qué era eso? ¿Acaso...? <<Oh, Dios mío, Charlie>>. Con el corazón encogido por el temor a que le hubiese sucedido algo, echó a un lado las mantas y sin ponerse las zapatillas salió rápidamente de la habitación.
Y ahí estaba ahora, con la conmoción y el fuego explotando a través de los poros de su piel, usurpando el lugar de la preocupación que gorgoteaba hasta hacía un instante por todo su ser.

Con el aliento atascado en la garganta, se quedó paralizado ante la inesperada visita. Lo único que podía hacer era vocear dentro de su testa una palabrota detrás de otra, levantando el volumen con cada blasfemia hasta que sus orejas vibraron mostrando su disgusto. ¿Alguna vez dejaría de comportarse como un gilipollas con esa mujer? Mierda, como si no fuese suficiente con esa bocaza que tenía ahora le había pillado masturbándose como un calentorro adolescente con las hormonas disparadas. Maldijo una vez más antes de darse cuenta de que aunque Rae se encontraba pasmada, había algo más que se revelaba tanto en su sonrojado rostro con los labios ligeramente abiertos, como en los claros orbes titilando con un ardor que hizo que su sangre se acelerase quemándole entero.

Con una inexorable lentitud y envalentonado por lo que su vista absorbía como un hambriento, deslizó el apretado puño hacia adelante. Dejó escapar un siseante jadeo entre los apretados dientes al restregar la palma en la llorosa cabeza impregnándola con el abundante líquido y, controlando el placer que le recorrió por la untuosa palpación, comenzó a acariciarse premiosamente de arriba a abajo.
Oh si, esto era estar en la gloria, con ella enfrente viéndole tocarse y endureciéndose cada vez más debido a la ardiente mirada que, fija en él, no se perdía ningún detalle.

Se le escapó un gemido cuando la sonrosada lengua bordeó la apetitosa boca, joder, daría parte de su vida si esta engullese su inflamado glande y lo lamiese hasta dejarle seco. Los ojos se estrecharon ante la imagen que tan nítidamente apareció en su pirexia mente. ¿En la gloria? No, esto era estar en el sofocante infierno, pero que ni Dante se atreviese a sacarle de allí, a no ser que fuese para hacer realidad el desesperante deseo de sentir ese húmedo músculo de ella alrededor suyo para luego hacerle sollozar cuando le torturase rozándole con los bordes de sus dientes.

Sus pulmones se abrasaron con la pequeña inhalación que entró apresurada cuando, asombrada y dominada por un anhelo como hacía mucho no sentía, oteó como la apretada mano de deslizaba por el erecto miembro. Esto no podía estar sucediendo de verdad, seguramente aún se encontraba en la cama prisionera de un tórrido sueño. Por su bien físico debía pellizcarse para despertar, pero los dedos los tenía atrapando con firmeza la tela del pantalón del colorido pijama y se negaban a desplegarse a no ser que fuese para dejarlos resbalar por el nervudo pene.

Se lamió los resecos labios con nerviosismo. Tenía al hombre que amaba delante suya, desnudo y tocándose lascivamente para ella, sólo y exclusivamente. Juntó los muslos al percibir como un caliente fluido se condensaba entre sus piernas mojándole las braguitas. Con desmedida codicia siguió el movimiento de esos largos y enroscados dedos, quiso desprenderlos uno a uno, chuparlos para llenarse las papilas gustativas con su mareante sabor y llevarlos a su punzante centro, mientras le rodeaba con sus propias falanges y comenzaba a masturbarlo apretándole también los endurecidos testículos, deleitándose con los mismos sonidos que ahora llenaban el pequeño habitáculo, únicamente que estos serían producidos gracias a ella.

Gimió al masajear y hacer rodar entre sus falanges el apretado escroto al tiempo que con la otra palma seguía una y otra vez la longitud de la hinchada verga, haciéndolo estremecerse por el inaguantable deseo de introducirse entre los acogedores pliegues y volver a estar en su añorado hogar. Las caderas comenzaron una serie de acometidas imitando el anhelo que le quemaba como lava. Una ola de calor le recorrió al imaginarse envuelto por su calidez.

—Rae —musitó sin apenas aliento.

Aunque no estaba preparada para chocarse de frente con la realidad y que esta congelase la intensa sensación vivida, se obligó a levantar la vista al escuchar su nombre, para estrellarse contra unas fogosas pupilas que la dejaron débil. Turbada por las emociones que dejaban fluctuar los oscurecidos orbes, se sujetó a la jamba para evitar caer. Lo que estaba observando en ese momento era producto de lo acontecido, nada más. Decepcionada y enfadada, pero con el cuerpo aún en brasas comenzó a voltearse.

—No te atrevas a marcharte.
—Yo...
—Tu —empezó a decir acercándose—, has sentido lo mismo que yo.
—Te equivocas —corrigió sin atreverse a mirarle.
—Mírame —ordenó suavemente a escasos centímetros de ella—. Nunca se te dio bien mentir—, aseguró cuando su negra mirada atrapó la clareada.
—Eres un...

Los labios masculinos apresaron el insulto al cubrirlos con los suyos. Tomó con avidez la jugosa boca deslizando la sedienta lengua con un enloquecedor movimiento, para aplacar la aridez que desde hacia semanas padecía. Le rodeó la cintura con una de sus grandes manos mientras con la otra le aprisionó la nuca estrechándola contra si.

Rachelle emitió un pequeño chillido cuando percibió sus palmas rodeándola para ceñirla contra su desnudo cuerpo, que se transformó en un ahogado sollozo cuando con una rodilla le separó las piernas e inclinándola ligeramente friccionó su muslo contra su centro enviándole oleadas de placer. La tela del pijama y la enorme erección presionando su cadera, no ayudaban a mitigar el sofocante calor ante la sensual caricia. Dejándose envolver por las sensaciones casi olvidadas que él le estaba despertando, deslizó las yemas por los antebrazos, los hombros hasta enredarlos en el revuelto cabello para sentirlo más cerca.

Ella le deseaba, daba igual lo que su golosa boca dijese, se lo había demostrado con su descarado y apasionado comportamiento de hacía unos instantes y ahora, al rodearle el cuello reteniéndole con avaricia contra su curvilínea figura. La necesitaba. Le urgía enterrarse en el rociado núcleo y notar la hinchada cabeza encerrada entre las paredes vaginales.

—Déjame hacerte el amor, Rae  —jadeó con voz ronca aprehendiendo su labio inferior entre los dientes.

Su ruego la debilitó y la fiera necesidad que corrió por sus venas la mareó. Se inclinó mas hacia él, hacia el devorador beso que avivaba sus oscuros deseos. Rotó la pelvis frotando con delirante lentitud la dureza  que palpitaba entre sus muslos. Oh si, él iba a ser suyo de nuevo. Frunció el ceño ante ese pensamiento. No, aunque eso supondría padecer como una loca por no aplacar el placer que vibraba por todo su ser, ella no sería jamás su juguete de nuevo. Tenía que tragarse las ganas de él y parar esta locura o se vería arrastrada por sus instintos, porque si la desechaba otra vez no podría superarlo.

—No —gimió separándose con ímpetu de él—, no más Charlie.

Un molesto frío comenzó a filtrarse entre la bruma del frenesí que le envolvía al escuchar la negativa, hubiese jurado por su vida que ella ardía con la misma pasión que lo cubría a él, pero fue al alzar la vista hasta sus ojos cuando percibió el brillo de la lujuria mezclado con una turbulenta tristeza que le destrozó el corazón. Quiso abrazarla y apartar el pesar de los vidriosos orbes, pero era mejor dejarla ir en ese momento y tragarse la frustración por el deseo no consumado.

Haciendo acopio de voluntad para no llorar, se giró caminando con flemáticos pasos hacia la salida. Probablemente lo que estaba haciendo ahora era una soberana estupidez, pero de lo que estaba segura era de que su dignidad no pensaba lo mismo.

óóóóó

Llevado por una intensa frustración, dejó que su puño rebotase una y otra vez contra el volante. Le importaba un cojón si la mierda del airbag le saltaba en su puta cara y se la reventaba, por lo menos así dejaría de sentirse un inepto por haber dejado escapar a su presa y sólo pensaría en su nariz golpeada y con un poco de suerte rota. Se lo merecía por confiado. A él nunca, nunca le había sucedido algo así. Tenía que haber sido más espabilado, estar constantemente ojo avizor, meando dentro de una botella si fuese necesario, cualquier cosa siempre que no la perdiese de vista

—¡Joder! —bramó soltando un último golpe.

Llevó a cabo varias respiraciones profundas hasta que poco a poco consiguió que sus pulmones trabajasen con normalidad, sin embargo la cabeza era distinta, la sacudió intentando desprenderse de la ansiedad que tiranizaba sus pensamientos, pero le fue imposible conseguirlo. Aún recordaba como si hubiese sucedido escasos minutos el momento en que, según aparcaba frente al edificio de la mosquita muerta, el rubio policía se paraba al lado de su vehículo, sacaba el móvil y con un tono furioso increpaba a alguien el que hubiese permitido que Rachelle se largase con el otro agente. Se quedó de piedra al escuchar eso y casi estalla en un montón de trozos cuando resultó que se la había llevado lejos y nadie sabia donde. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no salir y liarse a hostias con el memo del novio por permitir que se la quitasen delante de su jeta. No contento con eso y aun sabiendo que hacia mal tuvo que ir a contárselo a Devon. Todavía no entendía como le permitió que le tratase tan despóticamente, si con un soplido ese patético gilipollas saldría volando, pero maldita sea también lo haría su abundante dinero.

Repitió de nuevo el proceso de las largas exhalaciones para tranquilizar tanto la mala hostia como los nervios y volver a ser el de siempre. Un hombre seguro de si mismo.

—Te voy a encontrar, zorra —masculló—, con la ayuda de tu amiguita o sin ella te voy a encontrar—, afirmó mirando a través del manchado parabrisas a una de las ventanas del bloque que tenía en frente.

Ella sin duda debía saber algo, estaban demasiado unidas para que no fuese así. De repente se animó dejando aflorar una voraz sonrisa, esa morena se veía realmente apetitosa, un auténtico bollito caramelizado, no como la insulsa de su amiga, aunque si debía ser sincero consigo mismo para un buen polvo si que serviría. Se volvió a cabrear al recordar su huida.

—Cuando te pille te voy a follar durante horas y luego, hablaremos para ganarme mi sueldo.

Satisfecho con su decisión echó el respaldo hacia atrás, cogió la gruesa manta que había dejado en el asiento del copiloto y se tapó con ella. Con esta no metería la pata, así se quedase helado Rachelle sería suya.

óóóóó

Con las lágrimas bañando sus mejillas y sintiéndose la más imbécil de las mujeres llegó al cuarto, se tumbó en la cama esperando en vano que el calor que la fundía de dentro a fuera se aplacara mientras soñaba con ser diferente, como le gustaría ser más decidida, más valiente, pero no decididamente ella no era aguerrida, sólo una desgraciada que apostó mal y le rompieron el corazón.

Apartando el llanto, jadeó cuando con el movimiento la tela rozó los pezones erguidos y sensibles ansiosos de atención, agudizó el oído tratando de percibir entre el sonido de la ducha algo de lo que imaginaba Charlie estaría haciendo, dándose el placer que ella negó a ambos. La imagen de él tocándose ante ella se dibujó en su cerebro provocándole una nueva oleada de lujuria, se retorció entre las sábanas y apretó los muslos, deslizó la mano por su vientre hasta la cinturilla de su pantalón dispuesta a aliviar la hoguera que la consumía. Cuando la yema del dedo encontró su candente y húmedo centro tuvo que apretar los dientes para retener el potente gemido que vibraba en la garganta.
Tapándose la boca con la palma libre, para ahogar los resuellos que pugnaban por escapar, continuó palpando su canal presionando levemente con el pulgar el abultado montículo al tiempo que sus caderas se cimbreaban al ritmo de sus toques. Los hinchados labios se contrajeron con pequeñas descargas de energía que recorrieron todo su ser preparándola para lo que nunca antes había experimentado a solas.
Mordiéndose el dorso de la mano aceleró la frotación sobre su clítoris, los ojos se le opacaron, los dedos de los pies se encogieron y su pelvis se levantó del colchón por inercia propia cuando la avalancha del orgasmo la sacudió arrasándola por completo.

Entre la jadeante respiración y el golpear incesante de su corazón, se coló el cese del repiqueteo del agua. Apartó las falanges, mientras un exagerado rubor la cubría avergonzada porque él pudiera regresar y encontrarla de esa guisa. Cerró los ojos fingiendo dormir, lo último que deseaba era encontrarse con él y que vertiera sobre ella cualquier humillante comentario. 

Continuará...



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