viernes, 8 de octubre de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 27 (2ª parte)





La mañana estaba resultando un infierno pues sus pensamientos no le dejaban vivir y habían influido de manera desastrosa en sus quehaceres y en su relación con su gente, hicieron que el entrenamiento resultase un desastre, sus gritos y sus estallidos de cólera no solo no insuflaron ánimo en sus hombres sino que los hizo perder el ritmo, mas tarde discutió con su padre sobre una nimiedad, estuvo a punto de golpear al joven herrero por el simple hecho de que lo miró sonriendo y para más desconcierto y  para desestabilizarle aún más la preocupación había arraigado en él, aquella terca llevaba horas fuera de la seguridad del castillo.

En un vano intento de aquietarse decidió sentarse en el patio para sacar filo a su espada. Levantaba de vez en cuando la cabeza hacia el horizonte, mas el tiempo avanzaba y ella no aparecía. Exasperado pasó con más fuerza la piedra por la hoja, las risas de unas muchachas que regresaban con sus cestos de ropa del río le hizo ralentizar el movimiento, con un suspiro las examinó ¿por qué Liana no podía ser como aquellas mujeres que sabían cual era su sitio? ¿Tan difícil era obedecer al esposo y darle hijos sanos y fuertes? cualquiera de esas jóvenes serían felices al enterarse que esperaban un niño, pero Liana no sólo no lo obedecía, como muestra el hecho de que había vuelto a montar sola a pesar de su mandato, sino que además estaba dispuesta a poner en riesgo su salud tomando aquella pestilente pócima con tal de no quedarse preñada. Maldita la broma de los hados que le hicieron enamorarse de esa enojosa dama.
Respiró aliviado al verla aparecer por el portón, pero rápidamente continuó con su tarea, si pensaba que iba a correr como un corderito a su lado estaba muy equivocada, hasta ese día se había comportado como un necio acatando todos sus caprichos, pero ya era hora que aprendiera quien era el Laird, su Señor al que debía total y absoluta obediencia.

Liana dejó la yegua al cuidado del mozo y abandonó los establos, había visto a Aldair afilando concienzudamente su arma. Viendo que ese sería el momento perfecto para conversar, se sacudió los pantalones y fue a su encuentro.

Levantó la vista cuando Liana le tapó la luz del sol, gruñó y le hizo una señal para que se apartara. Ella chasqueó la lengua y se sentó con las piernas cruzadas a su lado.

—Aldair —miró al frente un poco dolida ante su indiferencia—, ¿podemos hablar ahora?
—Os escucho mi señora —otorgó haciendo saltar chispas con el pase del pedrusco contra el metal.
—¿Vas a seguir llamándome señora todo el tiempo? —preguntó mirándolo de soslayo.
—¿Acaso no lo sois? —contestó aplicando más fuerza a su tarea.
—Veo que sigues enfadado y así es inútil mantener una conversación
—¿Vos no lo estaríais si la mujer que amarais os mintiera descaradamente? —demandó con sarcasmo.
—No te mentí ¿acaso no te conté para que era lo que había en la bolsita?
—Oh si, para vuestros dolores de cabeza.
—Justo el que se me está levantando ahora mismo —susurró llevándose los dedos a las sienes—. Necesito tiempo, Aldair.
—¿Para planear más embustes? —interrogó elevando una ceja.
—¿Cómo los tuyos? —demandó a su vez.
—Jamás os he mentido —bufó soltando el arma—, ni una sola vez.
—Por eso cuando te pregunté si podríamos regresar a mi época cambiaste de tema.

Le vio recoger su espada y levantarla en alto deslizando el índice por el canto.

—¿De donde habéis sacado esa absurda idea?
—No todo el mundo me quiere aquí —respondió clavando la vista en sus rodillas—, algunos se han esforzado mucho en hacerme ver que no pertenezco a este lugar.
—¿Quien os ha molestado? —inquirió soltando el arma bruscamente y tomándola por los hombros la giró hacia él.
—Eso no importa —añadió sacudiéndose de su contacto—, y no cambies de tema.

Aldair la contempló largamente buscando las palabras adecuadas, un tic se instaló en su mandíbula y el corazón comenzó a bombearle frenéticamente.

—Solo os oculté esa información —musitó quedamente.
—¿Y por qué? —demandó abriendo los ojos como platos.
—Temí... —carraspeó ruidosamente—, temí que hicierais uso de ella si os cansabais de mi.
—¿Entonces es verdad?
—Lo es —confesó abrumado-, aunque no es tan sencillo como creéis —tras un momento de vacilación continuó—, sólo puede hacerse dos veces al año, durante los solsticios y...
—¿Por qué no confiaste en mi?
—Ya os dije tuve temor a...
—No eres un objeto Aldair, eres el hombre con el que decidí pasar el resto de mi vida —musitó depositando la palma sobre su muslo.
—Y vos la mujer que elegí para que alumbrara mis oscuras noches —susurró atrapando su mano entre la suya.
—¿Y por qué no hacemos las paces? No me gusta estar peleada contigo.
—No sabéis lo feliz que me hacéis con vuestras palabras —le pasó los nudillos por la mejilla—, recé para que rechazarais la absurda idea de no tener bebés.
—Yo no he dicho eso —se apartó de su caricia y lo miró fijamente.
—¡Demonios! Me habéis hecho concebir falsas esperanzas.
—Tú solito has imaginado lo que no era.
—Eso quiere decir que estáis decidida a continuar ingiriendo esa repelente porquería —rugió cerrando los puños al verla asentir.
—No estoy preparada para ser madre Aldair —espetó con igual furia— aún no.
—Todas las hembras nacéis preparadas para engendrar —afirmó casi sin aliento—, esa es vuestra tarea al fin y al cabo.

La cabeza le empezó a dar vueltas al escuchar semejante comentario, aunque comprendía que estando donde estaba era un pensamiento de lo más normal, para ella resultaba extremadamente ofensivo. Tomó aire dispuesta a plantarle cara y decirle unas cuantas verdades pero cerró la boca al ver a la joven que se acercaba con una jarra de peltre en una mano, mientras la otra descansaba apoyada en la cadera, que contorneaba de tal forma que Liana pensó que se le dislocaría de un momento a otro y se caería de bruces o al menos eso fue lo que deseó que sucediera al ver el repaso que le estaba dando a su hombre.
La chica, que apenas debía tener 19 años y no debía medir más de 1'55 llevaba el dorado cabello sujeto en una gruesa trenza que caía por su hombro casi hasta la estrecha cintura, sin poder evitarlo tocó el suyo haciendo una mueca ante su escasa longitud a la vez que se percataba como los enormes ojos azules brillaban con lascivia devorando al guerrero sentado a su lado y sus carnosos labios se curvaban hacia arriba coquetamente resaltando las sonrosadas mejillas. Con disimulo echó una ojeada a sus gastados vaqueros y se arrepintió de llevarlos, pues seguro no lucían tan bien como esa falda de lana marrón pegándose a esas torneadas piernas
A pesar de ser menuda tenía que reconocer que la mujer poseía cierta gracia,  bueno la realidad era que la mozuela era hermosa y exuberante cosa que quedó patente cuando se detuvo frente a ellos dejando una amplia porción de sus generosos senos a la vista, al tiempo que estiraba el brazo y le ofrecía la vasija a Aldair. Desde luego esa niñata la estaba arruinando físicamente, pues nunca antes se había quejado del tamaño de los suyos, pero al ver aquellos deseó que fuesen un poco más grandes.

—Os he traído un poco de cerveza mi señor —dijo la chica pestañeando sin cesar al llegar junto a ellos.
—Os lo agradezco Fiona —declaró él tomando la jarra que le tendían y dando un largo trago.
—He visto que habéis pasado varias horas bajo el sol y pensé que debíais estar sofocado— añadió la chica inclinándose ligeramente dejando a la altura de los ojos su busto casi desnudo.
—Sois una hembra como Dios manda —sonrió Aldair paseando las retinas por aquellos dos lechosos montículos que se agitaban frente a él por la respiración exagerada de la descarada.
—Estoy para serviros mi señor —contestó enderezándose mirando irreverentemente Liana que la escudriñaba irritada—, a cualquier hora del día o de la noche —recalcó sin ningún pudor.
—Tendré en cuenta vuestro ofrecimiento -respondió divertido al percatarse del semblante enfurecido de su dama -ahora regresad a vuestros quehaceres.

Faltó el canto de una moneda para que no se levantara y agarrara de los pelos a aquella furcia que coqueteaba con toda la naturalidad del mundo con Aldair sin importarle que ella estuviera presente, iba a decirle a esa zorra cuatro cosas bien dichas cuando se dio cuenta como babeaba el muy idiota cuando le puso las tetas en la cara y esta se transformaba por la lujuria y  sus dedos se crisparon sobre la jarra mientras se relamía los labios observando aquellos dos exagerados globos balancearse en sus narices. Herida giró el cuello para no seguir viendo la desagradable escena, aunque al oír el procaz ofrecimiento se volteó rápido y casi se muere del golpe de calor al escuchar la respuesta de él.

—Voy a cambiarme —dijo observando como Aldair contemplaba embelesado la marcha de la en-breve-serás-una-difunta-muchacha.
—¿Ya no queréis conversar?
—No, más tarde quizá, ahora tengo la garganta seca.
—Oh, ¿queréis darle un sorbo? —le ofreció poniéndole delante la cerveza reprimiendo las ganas de reír.
—No, gracias, me sentaría mal —dijo entre dientes, <<así te atragantes con ella, gilipollas>> pensó aguantándose las ganas de darle un coscorrón—. Tengo cosas que hacer, adi...
—Que amable ha sido Fiona ¿no creéis? —la interrumpió disfrutando de esa nueva faceta suya.
—Sí mucho —se puso en pie—, encantadora.
—Y hermosa.
—En efecto muy guapa —se mordió la lengua para no decir lo que realmente pensaba de esa buscona, con cuerpazo, pero de tres al cuarto.
—Sin duda una chica espléndida que sabe cual es el lugar que ocupa y lo que se espera de ella —tomó un trago para ocultar la sonrisa que curvó sus labios cuando la vio cerrar los puños—, una autentica McRea que no le haría ascos a una camada de hijos revoloteando a su alrededor.

Si lo que pretendía era humillarla y hacerla sentir como una autentica basura al dejarle bien claro que no era una del clan, ya que sus valores morales distaban mucho de los que regían por aquel entonces lo estaba consiguiendo  pensó tragándose las lágrimas. Apretó los puños con más ahínco hasta sentir como las uñas se clavaban en sus palmas. No le daría el placer al hijo de puta, que no cejaba de lanzarle puyas, verla llorar.
Los celos que le corroyeron el corazón con el coqueteo de Aldair y la sirvienta habían pasado dejando en su lugar un dolor que le estrujaba el alma ver como el hombre que amaba no perdía ocasión en agraviarla.
Con denuedo se tragó el nudo que le comprimía la garganta, lo sentía mucho por él, pero ella no era una mujer dócil, ni se sometía a la voluntad de un machista engreído y sin seso por mucho que lo quisiera.

—Pues aun estás a tiempo —espetó sorprendiéndose por la serenidad de su voz cuando se sentía temblar por dentro—, tal vez sea ella la mujer que te conviene y no yo.

Aldair estuvo a punto de atragantarse con la bebida al  oír la inesperada sentencia. Buscó sus ojos y vio un destello de pesar relucir entre la humedad contenida.

—Quizá esa Fiona o cualquier otra sea lo que necesites Aldair McRea —escupió las palabras tragándose un sollozo— estoy segura que estará encantada de parir a todos los hijos que quieras darle.
—Escuchadme —se incorporó para agarrarla arrepentido de su tonto juego, pero ella se apartó antes que pudiera tocarla volcándole con el rápido gesto la bebida encima.
—Sí estoy convencida de ello —continuó haciendo caso omiso de la maldición que brotó de la boca del hombre al sentir el dorado líquido chorrear por su torso—. Quizá lo mejor es que regrese a Edimburgo, a mi casa, a mi tiempo, con la gente que sí me quiere, con Carlos.
—¡Liana!

Pero ella ignoró su reclamo echando a correr hacia el interior del castillo. ¿Cómo podía ser tan petulante creyendo que esa mujer terca como una mula reaccionaría como una temerosa damisela y acataría sus órdenes rindiéndose a sus necesidades? Liana era Liana, orgullosa, quisquillosa y mordaz defectos que le desesperaban y que a la vez le hacían amarla como jamás amó a ninguna otra. Si esa insolente hembra pensaba que iba a escapar de él para regresar a los brazos de aquel gañan de su amigo es que había perdido el juicio.
Era tanta la rabia que lo poseía al ver la necedad que acababa de hacer que sin pensarlo lanzó un puñetazo contra el cercano muro, soltando un exabrupto al ver la sangre manar de sus nudillos, recogió la espada del suelo y con grandes zancadas se encaminó en su busca.

Continuará...







 Feliz fin de semana

jueves, 7 de octubre de 2010

PREMIOS ESPECIALES PARA UNAS AMIGAS QUE TAMBIÉN LO SON

Un jueves más queremos premiar a esas amigas que nos acompañan en nuestra andadura por el mundo bloguero, con unos regalos que hacemos con el corazón y que esperamos que les gusten.

El primer regalo van para Bea y Dácil de                                                   http://pasajes-romanticos.blogspot.com/, estas dos canarias un día decidieron unirse para crear un fantástico blog de reseñas, en el que muestran su saber hacer al mismo tiempo que nos mantienen informadas de las últimas novedades por salir al mercado, y nos hacen reir con esos batidos que ellas saben hacer tan bien.



El siguiente regalo es para Anna de http://www.tecnocar.com.es/princesa/ tal y como su nombre indica es una auténtica  princesa que nos dispensa con la gracia de sus historias. Es dulce en sus palabras y en sus gestos, por ello le deseamos lo mejor y que la alegría no le abandone.




miércoles, 6 de octubre de 2010

BOOK TRAILER DE EL BESO DE LA MUERTE

Como bien sabéis todos, pues subimos una entrada informando de ello, nos apuntamos al concurso de relatos que organiza nuestra amiga karol de http://deseoyoscuridad.blogspot.com y que finaliza el día 9, así que aún estáis a tiempo de apuntaros.

Todo esto viene porque como hemos cogido afición a lo del book trailer,  no podíamos dejar de subir el del relato con el que participamos.

Esperamos que os guste y que llegado el momento disfrutéis de su lectura y el de todos sus concursantes.





martes, 5 de octubre de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO - CAPÍTULO 27 (1ª PARTE)




Cabalgó furiosa hasta la ribera del río, bajó de su montura y ató las riendas a uno de los enormes árboles que la bordeaban. Cuando se aseguró que la brida estaba bien anudada, fue hasta la rocosa orilla y vagó la mirada por sus cristalinas aguas que destellaban bajo los rayos del tímido sol que esa mañana luchaba por abrirse paso entre las nubes. Debía tranquilizarse, olvidar el desdeñoso gesto de Aldair y el desagradable encuentro con aquel clon del mago Merlín. Dios, como detestaba a ese Cromwell siempre al acecho para molestarla con su manido discurso. Pero no eran las lacerantes palabras de ese decrépito anciano lo que la tenían irritada, después de todo le importaban bien poco, fue la actitud del Laird de los McRea lo que la sacó de sus casillas.

“Señora” le había dicho, con la consideración y cortesía con la que se trata a una desconocida, apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Como si hubiese olvidado las veces que habían hecho el amor como dos locos en su apartamento, o en aquel lecho de bastas sábanas. Le dolió el corazón al recordarlo marchar con aquella indiferente inclinación de cabeza, sin un delicado apretón de manos, sin una de sus apasionadas miradas, sin un beso...

Sabía que estaba enfadado e incluso después de hablar con Brianna podría comprenderlo, pero ¿y él por qué no podía entender lo importante que era para ella no engendrar un hijo en aquellas circunstancias? ¿Es que no se daba cuenta de cual era su posición? Con su infantil actitud de negarle la posibilidad de explicarse o dialogar no iban a solucionar sus problemas y como un crío se estaba buscando un severo castigo.
Ladeó la cabeza cuando oyó acercarse un jinete, curvó los labios esperanzada que fuera Aldair, pero cuando pudo vislumbrar al hombre y al caballo su ilusión se vino abajo, aunque el recién llegado no le era totalmente desconocido.


Cromwell arrastró sus cansados huesos hacia el bosque, necesitaba encontrar algunas hierbas que faltaban en su reserva y sobre todo atemperar el furor que corría por sus venas, odiaba a esa mujer con todas sus fuerzas. Esa hembra deslenguada y orgullosa que se había apoderado del corazón de su Laird y de las simpatías de aquellos ignorantes campesinos, incluso Aballach y Cuddle comenzaban a ablandarse con su forma de ser abierta y alegre. No, no podía permitir que esa tal Liana de Edimburgo continuara fortaleciendo su poder relegándolo él, el gran a Cromwell, que llevaba décadas gobernando desde la sombra a una posición de mero espectador. Se sobresaltó cuando oyó el crujir de las ramas partiéndose a su espalda, a pesar de los años que pesaban sobre ella se volvió con agilidad.

La figura apareció entre los arbustos con una sonrisa suficiente y un brillo depredador llameando en sus azules ojos. Dio un paso atrás temeroso al verlo empuñar una espada de grandes dimensiones. El desconocido sonrió con complacencia ante la muestra de terror y se acercó un poco más. El druida estudió con interés al guerrero, su cabello rubio caía lacio hasta los anchos hombros, el vigoroso y amplio pecho estaba cruzado por el plaid, mas a pesar de que vestía con los colores del clan era la primera vez que lo veía.

Había observado al viejo dirigirse hacia el bosque, el mismo donde llevaba tanto tiempo escondido y supo que era su oportunidad. Esperó pacientemente entre los matorrales, hasta que este pasó por su lado para surgir por detrás, la sorpresa era una buena aliada casi tanto como la suerte y al parecer contaba con las dos ese día.

—No temáis —dijo con naturalidad empuñando su arma al mismo tiempo—, estoy aquí para ayudaros.
—¿Quién sois? —demandó el druida asustado—. ¿Qué queréis?
—Mi nombre es lo de menos —dio unos pasos hacia él—, y ya os dije quiero favoreceros.
—¿En qué? —preguntó receloso.
—Digamos que vos tenéis algo que yo deseo —enfundó su espada para ganarse la confianza de aquel maldito viejo.
—¿Y qué es? —el hombre continuaba acercándose.
—Información sobre cierta joya –dudó un momento acariciándose el mentón—, un antiguo medallón que guardáis con celo.
—¿Y pensáis que sería tan necio como para hablar de eso con vos? —rió con arrogancia.
—No es mucho lo que necesito saber —el intruso le restó importancia al asunto encogiéndose de hombros—, y pagaría por ello.
—No tenéis oro suficiente para...
—¿Oro? —interrumpió—, no hablo de ese codiciado metal mi sabio amigo, sino de algo mucho más gratificante, sangre.

El desconocido soltó una carcajada al ver la palidez que se instaló en la arrugada cara, la estupefacción y el miedo reflejados en las cansadas retinas que parpadearon incesantemente mientras daba un torpe paso atrás.

—Tranquilizaos —murmuró divertido y satisfecho por el terror que despertaba en aquel hombrecillo—, no será la mía, ni la vuestra por supuesto sino la de esa mujer, la de esa arribista que vuestro Laird trajo con él a su regreso.

Aliviado, Cromwell dejó escapar el aire que abrasaba sus pulmones, durante unos minutos estudió a aquel formidable escocés y sopesó sus palabras. Aquel individuo quería matar a la zorra de Liana sólo por un poco de información, él era listo y le diría únicamente lo que creyera oportuno sin poner en riesgo a los suyos, a cambio esa mujer yacería para siempre bajo las frías tierras de sus antepasados. Sonrió y asintió.

—Hablad —ordenó con presunción.
—No aquí ni ahora donde cualquiera podría percatarse de nuestra presencia —indicó el otro mirando a ambos lados—, me encontraré con vos junto a los establos al caer la media noche, cuando todos duerman.
—Allí estaré —afirmó el druida.

Con una leve inclinación de la cabeza el intruso desapareció entre la maleza, tal y como había aparecido hacia unos instantes.

Tras la breve y prometedora reunión con el hombre sabio fue al encuentro de su caballo que permanecía oculto en el corazón del bosque, soltó las riendas y saltó sobre su grupa, clavó los talones en el blando estómago del animal y lo dirigió hacia donde sabía encontraría a la joven.
Desde lo alto de la colina pudo verla sentada al borde del río, con el agua jugando con sus pies y abrazada a si misma. Una punzada de deseo lo recorrió cuando ella alzó la cabeza y fijó los negros orbes en él.

Liana se puso en pie y se colocó las zapatillas al ver llegar al desconocido, este descendió del semental y con paso resuelto caminó hacia ella. El hombre era muy atractivo, pensó viéndolo acercarse, el dorado de su cabello se acentuaba con la caricia del sol, los ojos de un azul profundo se asemejaban al cielo, la nariz recta y los labios plenos hacían de él uno de esos personajes de las novelas que tanto le gustaban leer. Los hombros eran anchos y los brazos fuertes, el pecho y el vientre estaban marcados por los músculos que las horas de luchas y ejercicios habían desarrollado, dejó descender la vista por la porción de pierna que el kilt —con los colores de los McRea— dejaba al descubierto y al apreciar las formidables pantorrillas no le cupo duda de que se había escapado de un libro.

—Mi señora —hincó la rodilla en tierra.
—Vaya, levántate por favor —dijo un poco azorada por aquel gesto—, no tienes que...
—Disculpadme si os molesté, os lo ruego —musitó contrito.
—No, es sólo que..., no importa.

Cuando el hombre se incorporó, Liana le sonrió un poco sonrojada, que se acentuó cuando él curvó sus labios al tiempo que la recorría con la mirada.

—Quisiera darte las gracias —susurró dándose la vuelta para evitar aquellos febriles iris sobre su rostro—, el otro día no tuve ocasión.
—Fue un honor para mi poder ayudaros —quiso deslizar los dedos por la estilizada espalda a la vez que su mirada, pero se abstuvo para no asustarla, se detuvo en el trasero que se apretaba contra aquellos pantalones, antes de continuar por las largas piernas—, doy gracias a Dios de haber estado cerca cuando esa bestia os atacó.
—No sé que hubiese hecho sin tu ayuda... —dudó un instante—, no sé tu nombre.
—Soy... Donald, mi señora –respondió con orgullo—, siempre a vuestro servicio.
—Te debo la vida Donald —extendió la palma hacia él y esta quedó apresada entre la suya para ser acariciada con un suave beso.

Sorprendida por el íntimo gesto, Liana dio un leve tirón y recuperó su mano, en las semanas que llevaba allí ninguno de los hombres del lugar le había dedicado ese tipo de atención, bueno Niall y Aldair pero ellos no contaban, ni tampoco Kai y su primo. Dio un paso atrás poniendo un poco de espacio entre el tal Donald y ella.

—No te he visto por el castillo —dijo tratando de entablar una conversación.
—Eso es porque... —respondió arqueando una ceja—, soy un explorador, paso muchas jornadas en el bosque vigilando las fronteras lo que me impide estar mucho en la fortaleza.
—Pensé que estos eran tiempos de paz —comentó inquieta.
—Y lo son, no temáis —curvó los labios en una tranquilizadora sonrisa—, pero es bueno estar prevenido y nuestro señor lo sabe. El que el Laird McRea sea un hombre justo y honrado no garantiza que los jefes de otros clanes también lo sean y no pretendan poseer más de lo que les corresponde, adueñándose de lo que no es suyo—, afirmó derramando sobre ella una férvida mirada—, mi tarea y la de otros como yo es evitar que eso suceda.
—Un noble trabajo el tuyo.
—Me siento orgulloso de servir a los míos y ahora también a vos —aseveró con vehemencia yendo tras ella al verla encaminarse hacia su montura—, dormid tranquila, os aseguro que daré mi vida antes que permitir que nada os dañe.
—Oh bueno, gracias supongo —masculló sin saber que decir— tengo que dejarte, es muy tarde.
—Debéis estar muy ocupada —agarrándola de la cintura la aupó acomodándola sobre la grupa dejando las manos en la exquisita ondulación unos segundos más de lo necesario—, lamento haberos robado vuestro tiempo.
—No de ningún modo —manifestó nerviosa al sentir la calidez de las vastas palmas traspasar la fina tela de su camisa—, ha sido un placer volver a verte.
—Os aseguro que la dicha fue toda mía –le entregó las riendas—. Id mi señora, tal vez otro día nuestra conversación no sea tan efímera y lleguemos a conocernos algo más.

Asintió y dedicándole una forzada sonrisa tiró de las cintas de cuero para que Gràdh se pusiera en movimiento, cuando estuvo lo bastante apartada obligó al animal a ponerse al galope. Aun en la lejanía pudo sentir la añil mirada traspasar la prenda que la envolvía quemándole la piel.

La observó alejarse sintiendo como su sangre bullía de deseo recorriendo sus venas, esa hembra, con aquellos ojos oscuros que parecían arder y aquella boca que gritaba por ser besada, había logrado perturbarle como ninguna otra. Tal vez no fuera pudorosa como las muchachas escocesas y se vestía de forma bastante extraña, pero era una delicia poder contemplar la esbelta y sinuosa figura sin las trabas de capas y capas de ropa. Llevó la mano a su entrepierna y presionó su erección. Sí, Liana de Edimburgo era una preciosidad y muy pronto la tendría temblando bajo su inflamado cuerpo, con aquellas largas piernas enredadas en sus caderas mientras se hundía en ella hasta aplacar su crepitante necesidad. Gimió ante la imagen que se dibujó tras los párpados ahora apretados, deslizó la mano entre los pliegues del kilt y jadeó cuando los dedos cerrados sobre su excitado miembro comenzaron a moverse para aliviar su lujuria

Continuará...


domingo, 3 de octubre de 2010

No nos hemos olvidado de nuestros "Made in SokAly", no señor. 
¿Qué os parece esa espalda y ese pedazo culo? Una auténtica joya ¿o no?



Reglas:


1-Agradecer a quien os lo dio.


2-Dar a 5 blogs que sean un diamante, pero ya pulido.



Estas son nuestras seleccionadas:


http://irenecomendador.blogspot.com


http://erzengel-palabrasalviento.blogspot.com


http://notiynovelibros.blogspot.com


http://mardetintayletras.com


http://enamoradadelasletras.com

viernes, 1 de octubre de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO (CAPÍTULO 26)




Abrió levemente los párpados en medio de una gran neblina llena de sonidos extraños, poco a poco la densidad fue desapareciendo y la cruda realidad se hizo evidente. Descubrió que su visión borrosa se debía a la indecente cantidad de cerveza que bebió tras dejar la compañía de Liana y regresar al salón, los insólitos ruidos no eran otra cosa que los ronquidos de sus compañeros de borrachera, que como él, cayeron abotargados presas de las garras del licor. Las vetas de la madera sobre la que había dormido se le habían clavado en la mejilla, emitió un lastimero gemido cuando al tratar de alzar la cabeza sus vértebras crujieron de forma espeluznante debido a la incómoda postura. Colocó las manos a ambos lados sujetándose las sienes tratando de aplacar el terrorífico dolor que palpitaba a un ritmo acelerado. A pesar que se incorporó despacio, la estancia giró un par de veces a su alrededor y se tuvo que sujetar firmemente a la mesa hasta lograr estabilizarse. Algo le decía que ese iba a ser un día muy largo. Sin fuerzas y arrastrando los pies salió de la sala, encontrándose con Niall que en esos momentos bajaba por las escaleras

-Amigo mío –saludó eufórico al verle ya levantado.
-Santo Dios –jadeó Aldair tapándose los oídos-, ¿os importaría no alzar tanto la voz?
-¿Así os parece mejor? –preguntó susurrando acercándose más a él.
-Perfecto –le contestó con el mismo tono.
-¿Qué os sucede hermano?  —se paró a pocos pasos de él tapándose la nariz—, uff oléis como si os hubieseis caído dentro de un gran tonel de cerveza.
-No me caí, mas por como me siento juraría que me lo bebí entero.
—No sólo vuestra fetidez lo confirma, el espantoso aspecto que lucís lo atestigua –aseguró sonriendo.
-¿Tan mal se me ve? -interrogó con una mueca.
-Diría que si en estos momentos vuestra amada os viese –soltó una estruendosa carcajada-, saldría corriendo en dirección contraria.
—Ni la nombréis siquiera —masculló encogiéndose al vibrarle el cerebro —pues por su culpa estoy así—, confirmó pasando por su lado.
-¿A dónde vais? –demandó Niall elevando una ceja.
-A mis aposentos a intentar dormir algo.
-Descansaréis más tarde –le sujetó del brazo arrastrándole hacia el exterior-. No estoy dispuesto a que me dejéis viudo.
—¿De qué habláis? No pienso matar a Brianna –curvó el entrecejo—, mis ganas de acabar con su vida están aplacadas— comentó por lo bajo.
—¿Cómo decís? —preguntó Niall y al obtener sólo un severo encogimiento de hombros continuó hablando—. En menos de una hora partimos hacia Dà Teintean  y no quiero que asfixiéis a mi mujercita con vuestro tufo cuando os acerquéis a ella para despediros —ondeó en el aire con la mano libre—. Así que asearos lo mejor posible.
-Tenéis razón, es que la batahola en el interior de mi cabeza no me deja pensar.
-Para eso estoy yo aquí, soy como... ¿cómo me dijo que se llamaba el bicho ese? –se golpeó la barbilla repetidamente con el dedo índice.
-¿Quién? ¿Qué bicho?
-Liana me contó una historia de un grillo que era la conciencia de un muñeco con una enorme nariz y no recuerdo su nombre.
-¿Bimbo?
-No.
-¿Pumbo?
-No.
-¿Tambor?
-No.

Aldair abrió la boca para decir otro nombre cuando se dio cuenta de lo ridículo de la situación. ¿Qué le importaba a él como se llamaba la alimaña esa? Tenía que bañarse para quitarse ese hedor de encima y ver si se le refrescaban de paso las ideas.

-Con vuestro permiso, os dejo a vos y a vuestra conciencia.
-Yo voy a los establos a prepararlo todo –se encaminó hacia allí con largas zancadas-. Maldita sea ¡no logro acordarme!-, farfulló enrabietado.

Sin querer sus labios se curvaron hacia arriba, sabía que en todo momento estaría intentando recordarlo y lo primero que haría en cuanto viese a su mujer sería preguntárselo. Su mujer..., no aquella hembra que se veía a si misma como una meretriz, -agitó la cabeza para borrar las crudas palabras que habían salido de su boca-, ¿como pudo pensar que él la veía de ese modo? Aun le pesaba en el alma la tristeza no sólo por negarle un hijo sino por el castigo innecesario que le había infligido al mostrar tan escasa consideración hacia ambos. ¿Es que no se percataba del intenso amor que lo consumía por ella? Se detuvo un instante y apretó los parpados con fuerza, ¿se habría cansado Liana de él? ¿Se estarían apagando esos sentimientos que le proclamó al viento jurándole su amor? Un ligero temblor lo sacudió, sí quizá ahí estaba la respuesta a su conducta, ya no lo amaba, por eso estaba dispuesta a envenenarse con ese maldito brebaje antes que darle un vástago, un bebé sangre de su sangre, que lo ataría a él para siempre.

Con ese mortífero pensamiento abriéndose paso entre la barahúnda que golpeaba su cerebro arribó a la orilla del río, de un tirón se quitó la ropa y sin pensarlo se zambulló en las gélidas aguas con la esperanza no solo de alejar el hediondo aroma que lo impregnaba sino el pesar que lo subyugaba. Nadó hasta el agotamiento en el límpido líquido intentando purificar su piel y su alma, más su desesperado intento no logró atildar esto ultimo. Con el raciocinio más despejado supo que la agonía que sufría en estos momentos no sería nada en comparación con al abatimiento que le sobrecogería si tuviera que dejarla marchar, Liana era suya, haría lo posible y lo imposible por retenerla a su lado.

Salió del río dándose cuenta de la descabellada promesa que había salido de sus labios antes de abandonar la habitación, cuan difícil se haría no volver a atraer hacia sí su atrayente figura y acariciar su satinada piel, pero era un McRea y ni aunque el mismo deamham (*) le torturase con sus ardientes llamas dejaría de llevar a buen término su juramento no le pondría un solo dedo encima hasta que dejara de tomar esas malditas hierbas o hasta convertirla en su legitima esposa. Se detuvo un instante al percatarse de su ultima elucubración, matrimonio, lástima que no fuera una tarea fácil.
Fuera como fuese encontraría la manera de controlar su deseo. Tomó el kilt de entre las hierbas y lo enrolló a su cintura sujetándolo con el cinturón, se giró un momento hacia la cristalina corriente y suspiró estaba seguro que no tardaría en volver allí para aplacar sus ardores, se sacudió el cabello desperdigando miles de gotitas a su alrededor y se encaminó hacia el castillo, en breve sus amigos abandonarían su hogar rumbo a sus tierras, era hora de despedirse y afrontar su nueva realidad.

Liana mecía en sus brazos al pequeño Aidan, que dormía placidamente y cuanto más miraba la sonrosada carita, la idea de que podría estar acunando a su propio hijo se hacía más tenaz, una desconocida alegría la embargó dejándole una rara sensación en la boca del estomago “Te has vuelto loca Liana, ¿acaso no eras tú la que defendía a capa y espada el disfrutar de la relación antes de ser mamá?”


*Deamham: Demonio en gaélico

—¿Y qué relación? —se preguntó a si misma en voz alta sin darse cuenta.
—¿Cómo decíais? —Brianna se sentó a su lado.
—La vida es un asco —la miró con los ojos vidriosos—. ¿Sabes que anoche Aldair descubrió las hierbas y se enfadó por ello? Nunca antes le había visto tan furioso ni tan apenado—, apoyó la cabeza en su hombro—. Metí la pata, Brianna y bien a fondo.
—¿Le dijisteis toda la verdad? —interrogó acariciándole la espalda en un intento por consolarla.
—Apenas me dejó hablar —admitió—, sé que lo herí al soltar por esta bocaza que tengo tantas cosas horribles pero ni se molestó en comprenderme.
—Quizá debisteis explicaros mejor, Aldair os ama y seguro que entenderá vuestras razones —murmuró Brianna quedamente.
—Lo dudo mucho, me dejó claro que quiere un bebé a toda costa.
—Liana, no sabéis cuan importante es un hijo para nosotros y más si es el del jefe del clan. En ese bebé se depositaran esperanzas y sueños de un futuro mejor, colmará vuestra dicha y el corazón de su padre y si lo educáis en el valor y la lealtad se convertirá en el orgullo de su pueblo cuando con el paso de los años ocupe el lugar que le corresponde. —comentó con voz soñadora, sonrió al ver el semblante de Liana—, sé lo que estáis pensando al creer que di por hecho que sería un varón, pero sabed mi buena amiga, que el pueblo de las Highlands no sólo se siente orgulloso de sus guerreros, sus hembras son su tesoro.
-Lo sé, pero...
-No hay peros Liana, es la realidad y por cruda que os parezca es la que conocemos y con la que vivimos –apartó la mirada—, no estáis en vuestro mundo y si tanto decís amar a Aldair debéis adaptaros a nuestras costumbres o sufriréis los dos.
-Sé muy bien donde estoy, así como también sé que le quiero, pero las costumbres pueden cambiar –afirmó incorporándose—. Que todavía no se me pasó el arroz, joder.
-¿Qué arroz?
-Lo siento –dijo riéndose al ver su cara de confusión-. Quise decir que aún soy joven, que estoy sana y que por ahora me niego a quedarme embarazada.
-Es vuestra manera de pensar y la respeto, ahora sólo debéis lograr que Aldair lo entienda.
-Tu comprensión, significa mucho para mi, gracias.
-No debéis agradecer nada –le tomó las manos- pero permitidme que sea sincera con vos, es cierto que no sois una anciana aunque tampoco sois ya una muchacha, no dejéis escapar la oportunidad mientras seáis fértil o él os detestará el resto de vuestra vida.
-Tu alucinarías en el siglo XXI al ver la cantidad de madres que hay con 40 años, pero capto lo que me dices y tomo buena nota.

En ese momento llamaron a la puerta.

—Aunque este hombre mío antes debe hacer el esfuerzo de avenirse –aseguró dirigiéndose hacia ella—, aunque tenga que atarle para obligarle a escucharme-, dijo antes de abrirla haciendo que Brianna soltase una carcajada al imaginarse la escena.
-Buenos días señora -saludaron un par de altos guerreros que estaban  en el pasillo antes de dirigirse a Brianna- milady vuestro esposo nos ha enviado para trasladar los baúles a la carreta.
-Pasad por favor.

Aldair había regresado a su cuarto temiendo coincidir con Liana y al encontrarlo desocupado la desazón que lo dominaba desapareció. Sabía que se estaba comportando como un cobarde, mas no se veía por ahora con el suficiente valor para afrontarla, aunque tendría que encontrar el coraje pues en breve se uniría con ella en el patio para despedir a sus amigos. Con un kilt limpio alrededor de su cadera se acercó a la puerta para enfrentarse a ella, mas según la entreabrió la volvió a cerrar sigilosamente. Allí estaba Liana junto con Brianna. Apoyó la frente en la madera y contó mentalmente hasta cien. Exhaló el aire retenido en los pulmones y salió dispuesto a llevar a cabo su cometido.


Abajo todo estaba listo. Los hombres esperaban encima de sus monturas preparados para partir en cuanto su señor diese la señal.

Con la congoja estrujándole el pecho Liana se despidió de Brianna antes de fundirse en un largo abrazo con el Laird McInroy, apenas habían permanecido unos días con ellos mas en ese poco tiempo aprendió a admirar y a querer a aquellos dos seres que se disponían a regresar a su hogar.

Aldair depositó un suave ósculo en la punta de los dedos de Brianna antes de tomarla por la cintura y ayudarla a ascender al carromato, una vez estuvo dispuesta se  volteó hacia Niall que se disponía a subir a su semental.

-Os deseo un buen viaje, amigo mío -dijo acercándose con la mano tendida- que los dioses os acompañen y os guíen.
-Que así sea -argumentó Niall aceptando el saludo.
-No olvidéis vuestra promesa -le recordó Aldair dando un paso atrás.
-No lo haré hermano -contestó asiendo las riendas y mirando al cielo- y ahora será mejor que nos pongamos en marcha o nos pillará la noche al raso.

Nerys acomodada en uno de los carros con Aidan en brazos no podía dejar de mirar a Kai, ni este podía desprender la vista de ella.
Tenía una de sus pequeñas manos entrelazada entre las suyas, haciendo un gran esfuerzo para no tirar de ella y llevársela lejos de allí. Eso tenía que ser amor, ¿qué otra cosa haría posible que un desmesurado pesar le presionara en el pecho al saber que en breve no la volvería a ver más?
-No os olvidéis de mí, Kai.
-Jamás.
-Yo no lo haré de vos –murmuró con los ojos llenos de humedad.
-Nerys...

La grave voz de Niall ordenando la puesta en marcha y el movimiento de la carreta le interrumpió lo que iba a decir. Dejó que su mano se desprendiera de las suyas y cuando estas quedaron vacías y sin su calor, lo supo. Si ella no regresaba, entonces sería él quien la buscase.

La comitiva desapareció lentamente de la vista y la gente allí reunida fue regresando a sus quehaceres quedando en el amplio solario -uno al lado del otro- Aldair y Liana. Ninguno se atrevía a hablar ni a moverse y de soslayo se miraban disimuladamente. De repente él se giró hacia ella y los ojos de Liana brillaron por la expectación.

-Señora –murmuró Aldair con un leve gesto de la cabeza antes de darse media vuelta y marcharse.

Un nudo le aprisionó la garganta, pero se forzó a tragarlo.

-¿Señora? ¿Y ya está? –le gritó obligándole a parar.
-Anoche dejé bien claro que lo sois.
-No me refiero a eso, cabezota –avanzó hacia él-, quiero decir que si sólo me vas a decir eso.
-No tengo nada que departir con vos.
-Yo si tengo que hablar contigo.
-¿Quemareis esas hierbas? –preguntó esperanzado.
-No.
-En ese caso disculpadme, mis obligaciones me reclaman.

Emprendió su camino y no se detuvo a pesar que ella continuaba pronunciando su nombre con una mezcla entre desesperación y rencor. Ojala le hubiese dicho que se desharía de esa pócima y que se arrepentía de lo que le dijo ayer. Se moría por abrazarla y hacerla suya una vez más. Elevó los ojos al cielo rezando para que la resistencia que tan fácil veía junto al río, no le abandonase ahora.

Una sonrisa de triunfo iluminó su rugosa cara. La pareja que hasta hace unos días desprendían una repugnante felicidad por todos sus poros, ahora exhalaban todo lo contrario. Con un poco de fortuna, su señor se percataría de la clase de hembra que lo acompañó a su regreso y la devolvería a su tiempo, los dioses por fin parecían escuchar sus suplicas en breve esa mujer desaparecería de sus vidas y esta volvería a ser tal cual fue antes de la aparición de la intrusa. Vio como se dirigía -con la cara roja por la furia- a grandes pasos hacia las cuadras, con esos ridículos pantalones que siempre se ponía por las mañanas para montar a horcajadas en su yegua como si de un abyecto inglés se tratase. Ella no pertenecía ahí, debía marcharse y de una manera o de otra la eliminaría, sin duda prefería que atendiera a razones y abandonara sus tierras mas si persistía con su terquedad tendría que ir tomando en cuenta los consejos de la buena de Moira.


Liana llegó al establo enfadada y con ganas de matar o como mínimo pegar a alguien y debía llevarlo escrito en el rostro pues el mozo, nada más entregarle a Gràdh se retiró velozmente desapareciendo de su vista. En cualquier otro momento eso le hubiese hecho gracia, pero ahora mismo le apetecía cualquier cosa menos reír. Se subió a su bonita yegua tras abandonar la caballeriza y la puso al trote para salir de allí cuanto antes y descargar un poco de la ira que la poseía.

-El que faltaba, –farfulló al ver a Cromwell esperándola con los brazos extendidos obstaculizándole el paso— Éramos pocos y parió la abuela.

Le costó Dios y ayuda frenar, tuvo que echar mano de su parte más noble para no llevárselo por delante.

-¿Qué es lo que quieres ahora? –le espetó impaciente.
-Debéis iros muchacha y cuanto antes, mejor.
 -Y dale Perico al torno -bufó ante el manido discurso-, quizá eres tú el que debería irse si tanto te molesta mi presencia.
-Yo pertenezco a este lugar, así como perteneció mi padre y el padre de mi padre –bramó encolerizado.

Liana suspiró cansada.

-Hazte a la idea que por mucho que protestes no me pienso marchar. Mi lugar está junto a Aldair.
-¿Y creéis que él soportará mucho más tiempo vuestras banalidades? –un brillo malvado fluctuó en sus pequeños ojos-. Por lo que vi, me pareció que su paciencia está a punto de desaparecer.
-La de él no sé –obligó a Gràdh a avanzar para ponerse a su altura-, pero la mía está a punto de rebosar el vaso.

Espoleó a su montura para dejar atrás a ese viejo amargado y sus pesadas palabras.

Ocultos unos resplandecientes iris azules no perdieron detalle de la conversación entre el hombre y la mujer. Por fin algo a lo que llevarse a la boca. Tanto tiempo de espera y vigilancia parecía que darían sus frutos y por lo que escuchó serían grandes y jugosos. Ese anciano sería perfecto para sus planes, pues por su vestimenta y su forma seguro se trataba de alguien importante en el clan y que encima odiaba a su señora. Una idea cruzó su mente, curvando los labios se retorció las manos de placer ante su gran suerte.


Continuará...





 Feliz fin de semana


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