sábado, 13 de noviembre de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 32





Nunca debió frenar a su cabalgadura, dejarla pastando atada a una rama y regresar sigilosamente al lugar. Ansiaba verificar que los rumores que escuchaba cuando se acercaba lo suficiente a la fortaleza eran ciertos, el amor que Liana de Edimburgo profesaba a Aldair McRea era sólo una leyenda, curvó una maliciosa sonrisa al imaginar a su amaba despreciar al bastardo de su esposo y ver como retornaba derrotado al cobijo del castillo.
La sangre abandonó su tez cuando la turbadora realidad le fue mostrada.  ¡Por todos los demonios! Lo último que esperaba era ver como la mujer que se había adueñado de su alma y que le obsesionaba hasta el delirio robándole el sueño, no sólo accedía a que su odioso enemigo la manosease a placer, sino que parecía disfrutar cuando él tomaba posesión de su cuerpo. Quiso desenvainar su espada, salir de su escondite y hacerle pagar con su vida por haber osado poner sus mugrientas zarpas sobre ella, pero quedó paralizado en el sitio mordiéndose el labio inferior hasta sentir el sabor ferroso de su propia fuerza vital, a la vez que apretaba los puños con fuerza clavándose las uñas hasta que un caliente líquido se deslizó entre ellos.

Luchando contra la rabia y la desilusión de ver a Liana abandonada en los brazos del Laird, apartó la vista de la pareja. El suave chapoteo lo obligó a mirar otra vez, Aldair la tomaba en el agua sin ningún reparo. No podía soportar observar ni un instante más como el sagrado templo de la mujer que idolatraba era mancillado por ese sucio miserable, Liana era su Caer y él su Aengus y ningún Ethal le impediría que el bello cisne fuese suyo.

Respiró hondo para desentumecer los agarrotados músculos y tapándose los oídos para evitar escuchar los gemidos de placer que salían de sus bocas, se obligó a darse la vuelta y regresar al lugar que desde hacía unos meses era su hogar.
Debía poner en funcionamiento el plan que le había llevado hasta allí, su cometido era obtener el poder total y absoluto, lo demás vendría acto seguido y sin ningún esfuerzo, hasta Balor resultaría un tierno infante a su lado con lo que tenía destinado para el infame señor de los McRea.



Llegaron al castillo a lomos de Dúshlán, cuando los primeros rayos del astro rey despuntaban perezosos coloreando el horizonte. Aldair no podía dejar de acariciar a la mujer que placidamente se acomodaba en su regazo, a pesar de la intensa noche de pasión compartida, era tanto el tiempo sin sentir su contacto que ahora era incapaz de desprenderse de él. Sonrió cuando la yema del índice de Liana descendió nuevamente por su torso hacia su ombligo erizándole el vello de la nuca, al parecer ella también estaba aquejada por las mismas fiebres del deseo, frunciendo el ceño la acomodó mejor entre sus piernas, no sólo su tacto lo hacía enardecerse, el roce de su trasero contra su pelvis con el suave trote del semental lo estaban volviendo loco, sin detenerse tomó su rostro y con ardor buscó la boca femenina que se abrió para él.

Cuando accedieron al patio con los labios fundidos y ajenos a la actividad que se desarrollaba en él, rápidamente asió las riendas para mantener al animal quieto y falicitar que su Laird descabalgara, pero al parecer este no se había percatado de su presencia, con las mejillas coloreadas por la vergüenza clavó sus grisáceos ojos en el suelo y esperó pacientemente a que sus amos cesasen de besarse.

Para alivio del joven, Una conocida y socarrona voz rompió el encanto en que se habían sumergidos los amantes.

—Primo ¿acaso no oléis algo raro? –preguntó Kai aspirando fuertemente en dirección a la pareja.
—Recordad que estoy resfriado y ese sentido me abandonó hace unos días.
—Es un tufillo dulce y empalagoso.
—Ahora que lo decís..., creo percibir algo –aseguró Mervin aspirando con energía, consiguiendo con ello estornudar repetidas veces.


Aldair puso los ojos en blanco, con pereza se separó de su amada y desmontó intentando aguantar la risa. Ese par no tenía remedio, a veces eran como un dolor de muelas, sin embargo otras eran como un remedio para dicho suplicio. Ayudó a Liana a bajar posando las manos en su cintura y atrayéndola hacia él la deslizó muy despacio por su cuerpo, haciéndola partícipe de su agitado estado, hasta que los pies tocaron el suelo.

—Intento recordar como se llama ese aroma –Kai fingió pensar en ello llevándose los dedos a las sienes y estrechando los ojos.
—Creo saberlo.
—No, dejadme, lo tengo justo aquí –se señaló la punta de la lengua—. Era... ah si, amor.
—Bravo –aplaudió el gran descubrimiento.
—Agradezco la ovación, mas es un placer hacer uso del don natural que poseo.
—Para que veáis que la dádiva viene de familia –dijo Mervin dejando caer un brazo encima de sus hombros—, voy a predecir quienes son los poseedores de dicho perfume.
—Primero dejadme que yo os demuestre que también gozo ese poder –intervino Aldair.
—Oh, creo que la emanación más intensa nos está hablando –exclamó Kai sorprendido.
—Yo también puedo adivinar que os pasará –indicó Liana riendo—, pero sólo porque conozco a mi chico, no por otra cosa.
—¿Habéis escuchado? –inquirió su primo mirándole—, esa cantarina voz pertenece sin duda a la esencia más afrutada.
—He aquí lo que vaticino –espetó el Laird cruzándose de brazos—. Durante un mes antes de vuestro entrenamiento limpiaréis las cuadras, quizá eso os despeje las fosas nasales.
—Pero...
—Ahora si nos disculpáis –enlazó a Liana por la estrecho talle echando a andar—, mi señora y yo debemos recuperar el tiempo perdido.
—¿Hablando? –demandó Kai con una sonrisa.
—No vas muy descaminado –ella volteó la cabeza y le miró parpadeando provocadoramente—, ya que la boca la utilizaremos.

Los dos hombres empezaron a carcajearse del pícaro comentario, tan estruendosamente que los aldeanos que estaban por los alrededores dejaron sus quehaceres para intentar averiguar el motivo de su alegría, al cabo de un rato como no vieron nada que les diese una pista, regresaron a sus faenas.

—¿Os dais cuenta de cuál será nuestro trabajo a partir de mañana? –preguntó Mervin sujetándose el estómago intentando calmar los calambres.
—Sí, pero mereció la pena ¿no os parece?
—Volvería a repetirlo sin dudarlo.
—Eso me lo reiterareis el próximo amanecer, cuando estemos hasta arriba de excrementos.

Ambos pusieron cara de asco y se animaron dándose pequeños golpes en la espalda mientras proseguían su camino.


Aldair cerró la puerta del cuarto con el talón, sin perder de vista a la mujer que retrocedía despacio mordiéndose sensualmente el labio inferior y que tampoco dejaba de observarle.
Aunque parecía agotada por el abrumador frenesí compartido durante las horas nocturnas, deseaba tomarla nuevamente, pues las veces que la había hecho suya en el río no bastaba para saciar el fuego que lo consumía tras largos días de abstinencia. No había mentido cuando aseguró a ese par de mentecatos que iban a recuperar el tiempo perdido.
Deslizó la vista por la suculenta figura que tan bien conocía y se relamió al pensar en el banquete que se daría con él.

Liana estaba disfrutando con la fogosa mirada que le estaba atravesando la ropa quemándole la piel. Dios, cuanto había añorado a ese cabezota y lo que le hacía sentir. Aún le costaba creer que por fin los sueños que le habían acosado noche tras noche se hicieran realidad escasas horas atrás y como estos superaron con creces sus fantasías nocturnas. Reculó con el corazón repiqueteando salvajemente al verle aproximarse como un feroz felino al acecho de su presa, mientras dejaba caer la espada sin ningún cuidado y se quitaba el plaid con diabólica lentitud. Frenó cuando sus piernas chocaron contra la cama.

—Estáis acorralada, señora –susurró con voz profunda soltando el sporran que cayó con un sonido sordo.
—¿Estás seguro? –inquirió a la vez que se subía con diligencia sobre el blando colchón.
—Completamente –afirmó haciendo desaparecer el corto espacio que les separaba.

Liana esquivó el agarre y con presteza se puso de pie en una esquina del lecho.

—El minino perdió reflejos –murmuró con un deje de diversión.
—Vuestro tigre está más espabilado que nunca –trepó al tálamo lentamente.
—Lograrás de grite de puro terror –rió pegándose a la pared.
—Chillaréis mi amor –sujetó su mano tirando de ella, obligándola a arrodillarse—, pero por algo distinto al miedo.

Rompió los pocos centímetros que los mantenían alejados rodeándole el talle con los brazos y acercando su boca a la de ella, apresó entre los dientes el sonrosado labio y cuando Liana dejó escapar un leve gemido lo soltó, calmando el mordisco con la punta de la lengua.

Enardecida por la húmeda caricia lo empujó hasta dejarlo tumbado y sentándose sobre él tomó la iniciativa devorándole la boca, aspirando el jadeo de sorpresa y de los feroces gemidos que le siguieron. Soltó un gruñido de disgusto cuando alguien llamó a sus aposentos, pero haciendo caso omiso continuó bebiendo de su abrasadora vitalidad.

Los insistentes golpes en la puerta y la llamada de uno de sus hombres, le hizo maldecir. Con un ágil movimiento se giró sobre si mismo dejando a su dulce atacante bajo su hercúleo cuerpo, cuando Liana protestó posó un dedo sobre los hinchados labios para que guardara silencio.

—Rezad para que sea importante –bramó mirando hacia el inoportuno sonido.
—El vigía me ha notificado que se acercan visitantes, señor.

Aldair cerró los ojos descansando su frente contra la de Liana.

—Debo atender mis obligaciones, m´eudial.
—Claro y yo contigo, que para eso soy la señora del castillo ¿o no?
—Si –sonrió satisfecho con su respuesta, al tiempo que levantaba los párpados perdiéndose en las oscuras pupilas—. Lo sois.
—Adelantaos mi señor –pestañeó presumida imitando su forma de hablar—. Debo ponerme presentable para causar buena impresión.
—Estáis exquisita –mordisqueó su barbilla—, un delicioso bocado.
—Detente o te juro que los pesados que decidieron venir tendrán que ser recibidos por alguno de los sirvientes –le empujó obligándolo a apartarse.

Aldair se separó a desgana, con parsimonia agarró el plaid que yacía en el suelo y lo atravesó sobre el pecho introduciéndolo por el cinturón para que quedara sujeto, sin apartar la vista de la mujer que lo miraba sonriendo tomó la espada y con paso cansino se dirigió a la salida, pero antes de cerrar le regaló una mirada llena de salaces promesas advirtiéndole con su bravío brillo que las cumpliría todas y cada una de ellas.

Con renuncia bajó las escaleras despacio, lo último que le apetecía era tener que ocuparse de esos forasteros, quienes sean que fuesen. Con la de días que tiene el año y habían tenido que elegir justo ese. Con un poco de suerte sólo estarían en Ceann—uidhe porque les pillaba en el camino y necesitaban descanso o abrevar a sus cabalgaduras, aunque se sentía disgustado la hospitalidad de las Highlands debía prevalecer, sólo esperaba que no se demoraran y continuaran en breve hacia su destino.
La imagen de su mujer rodeándole placenteramente con sus largas piernas le hizo soltar un soez improperio.

—Calmaos mi indómito amigo –musitó oteando hacia la elevación que se dibujaba en su kilt—, u os quedarais sin ser domado.

El comienzo de un llanto le instó detenerse frunciendo las cejas, estas volvieron a su posición natural cuando una melodiosa nana brotó de improviso llenando la estancia y aplacando el sollozo del bebé.
Con presteza y los labios curvados hacia arriba dejó atrás los últimos escalones hasta llegar al gran salón.

—Sólo podíais ser vos, mi querida Brianna, la dueña de esa maravillosa voz.
—Y sólo vos podéis estar tan sordo como para agasajarme por algo tan terrible –replicó la aludida dejándose abrazar.
—¿Cómo está mi sobrino? –preguntó acariciando la sedosa mejilla del niño.
—Creciendo por momentos, ya apenas puedo con él.

Un carraspeo les hizo levantar la vista hacia su enorme hermano, que con ambos puños en las caderas y el rostro encorajinado no perdía detalle de lo que acaecía.

—Sabéis lo mucho que me exaspera la confianza que tenéis con mí Brianna.
—Sabéis lo mucho que la quiero –replicó Aldair acercándose a Niall—, pero a vos os adoro más, así pues no os pongáis celoso amigo mío, que para vos también hay un apretujón.

Ambos se abrazaron riéndose y dándose enérgicas palmadas en las espaldas.

—No os hacía tan pronto de regreso.
—Hubiese querido esperar un poco más, pero ya sabéis como son las mujeres, sobre todo mi amada esposa –sonrió al ver la asesina mirada que ésta le dedicaba, en un gesto conciliador asió los dedos femeninos y llevándoselos a los labios depositó un tierno  en ellos—, y como se empecinen en algo hay que claudicar.
—Para mi desgracia sé de lo que me habláis, así como también conozco el significado del término rendición.
—¿Ya habéis perdido alguna batalla? –interrogó divertido.
—Así es, el asedio por parte del enemigo era tan devastador que debía hacerlo pues estaba a punto de desfallecer.
—Tenéis muchas cosas que contarme –añadió con curiosidad.
—Que chismosos que sois –les recriminó Brianna—, y luego os atrevéis a señalar a las mujeres por serlo.
—¿Nosotros fisgones? —preguntaron ambos a la vez.
—Sí y además bobos, mas encantadores —aclaró con un guiño.

Los tres se echaron a reír, pero pararon en cuanto Aidan protestó gimiendo levemente. Ella comenzó a pasear acunándole y cantándole para que se volviese a dormir.

—Así pues las armas de Liana derribaron vuestras defensas —musitó bajito para que Brianna no le escuchara.
—Os pondré al tanto en cuanto haya ordenado que acomoden a vuestra esposa e hijo en una estancia —respondió Aldair con el mismo tono—, aunque os advierto que no todo es agradable.

El Laird hizo un ligero gesto y una de las muchachas que pululaban por los alrededores se acercó presurosa, tras darle las indicaciones pertinentes y con una reverencia esta se acercó a la señora de los McInroy y le pidió que la acompañara.

—Dejad de comeros a Brianna con los ojos -acaparó la atención de Niall que contemplaba ensimismado a su familia—, si estáis de regreso es porque habéis conseguido lo que os pedí.
—¿Acaso dudáis de mi eficacia?
—Jamás –negó con la cabeza—, pero ¿lo lograsteis?
—Me alegra ver la fe que tenéis en mí —golpeó su brazo—. Está allí, junto a la chimenea.

Aldair se giró y la alegría le inundó. Sí, este sin duda estaba siendo un magnífico día.

 Continuará...


miércoles, 10 de noviembre de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 31 (2ª PARTE)



Aldair terminó el beso cuando la sintió patalear, aún aferrado a ella salieron a la superficie, Liana tosía a causa del agua que había tragado, un poco preocupado le palmeó la espalda hasta que se recuperó. Roja por el esfuerzo alzó la cabeza hacia él con los ojos brillando de furia.

—¿Acaso quieres matarme? —inquirió con la voz ronca y lo empujó para apartarlo de ella, sin conseguirlo.
—Os aseguro mi señora que ese es el último de mis pensamientos en estos momentos —aseveró atrapando la pequeña mano bajo la suya fijándola con ahínco en su torso—, pero os pido disculpas por mi falta de delicadeza.
—Vale —asintió sin moverse—, pero la próxima vez que quieras darte un baño no hace falta que me ataques como un animal salvaje, el río es enorme hay sitio de sobra, pero si te gusta este lugar en particular con decirme que me largue es más que suficiente—, alegó ocurrentemente.
—Reconozco que os asalté como un animal —sonrió con picardía—, aunque el término apropiado sería en celo—, soltó una carcajada al ver como abría los ojos antes de colocar ambas palmas en sus nalgas y atraerla hacia su erección—, ya veis que no os miento.
—¡Joder! —exclamó al sentir contra su vientre el miembro de Aldair, que a pesar de la gélidas aguas en las que se encontraban sumergidos hasta la cintura, estaba duro como una roca—, estás...
—Día y noche —murmuró junto a su oído en un tono bajo y áspero antes de atrapar entre los dientes el tierno lóbulo—, con sólo teneros cerca, con invocaros en mi mente.
—Aldair... —cerró los párpados cuando su lengua alivió el escozor que le habían producido los leves mordiscos.
—Me estáis matando de deseo Liana —apretó su trasero amoldándola más a él y soltó un jadeo cuando las yemas femeninas se posaron en su espalda—, os juro que no soy capaz de concentrarme en nada que no sea en vos, en enterrarme en vuestro ardiente templo.

Liana comenzó a derretirse ante la melosa y enronquecida entonación de sus palabras y sobre todo bajo los besos que él iba regalando a su cuello. Cuando comenzó a recorrerle el mentón con los labios se pegó un poco más a él y clavó las uñas en sus omoplatos. Su rendición era total cuando Aldair de forma avariciosa asaltó su boca, simplemente la abrió para darle un total acceso a su lengua y salió a su busca compartiendo y saciando la hambruna que la poseía desde hacía días. Durante un exiguo instante pensó en aclarar la situación, pero la mente le dejó de responder, era incapaz de razonar cuando él la besaba de ese modo, así que hizo lo único que podía, sentir. Tragándose un gemido deslizó las manos por los costados y las metió bajo el agua, descendió por las caderas masculinas al tiempo que recogía a puñados la tela del kilt hasta notar el vello de sus muslos rozarle los nudillos, la subió lo justo para colarlas debajo, buscó con codicia la erecta verga y la estrechó entre los anhelantes dedos. Se percató del temblor que lo recorrió cuando sus palmas acariciaron la aterciopelada piel y el orgullo ante su poder la hizo sonreír, mas esta desapareció cuando un estremecimiento la sacudió al abandonar él las carnosas carnes que estrujaba con fervor, para acunar sus pechos y acariciar los endurecidos montículos.

Aldair esperaba rechazo o al menos unos cuantos insultos cuando confesó su necesidad, suspiró aliviado al ver que no sólo él estaba padeciendo con aquel alejamiento, por su apasionada respuesta ella también lo había añorado. Una ola de pasión lo envolvió cuando la inquieta lengua de Liana danzó junto a la suya, respondiendo con la misma fogosidad al enardecido baile, el corazón se le desbocó al advertir el roce de sus uñas marcándole la piel y todo su ser palpitó en el mismo instante que se vio abarcado por su cálido puño. Sonrió sobre sus labios al percibir la sacudida del hermoso cuerpo al sostener los turgentes senos. Acabó el beso ansioso por deleitarse con todos y cada uno de sus encantos. Bajó la mirada hacia sus propias manos, resolló cuando se percató que tras el fino y blanco tejido que le cubría el talle y bordeados por el irisado haz del astro nocturno, se dibujaban desafiantes sus oscuros pezones, ni siquiera la diminuta prenda que los sujetaba ocultaba el sabroso manjar que ambicionaba catar. Agachó la cabeza y atrapó entre sus dientes uno de ellos, Liana estiró el cuello y abandonó su quehacer.

—No era necesario que dejarais de tocarme —protestó él buscando sus ojos.
—Creo que suscribo la indicación —señaló ella haciendo un mohín e inclinándose hacia delante.
—Sois una descarada —curvó los labios en una seductora sonrisa al ver su gesto de invitación—, os adoraré eternamente por eso.
—¿Piensas seguir hablando todo el día o vas a terminar lo que has comenzado? —demandó levantando una ceja.

La carcajada de Aldair resonó por todo el valle, sin más le sacó la camisa por la cabeza y la arrojó hacia la orilla sin preocuparse demasiado en donde caía. Inflamado por la visión, agarró el artilugio que lo separaba de los deliciosos pechos y tiró hasta arrancarlo, liberándolos. Liana soltó un leve gemido de protesta, que se convirtió en un jadeó de placer apenas él emprendió con ardor la tarea interrumpida, sus labios cubrieron la erguida punta succionándolo con ansias, sintió un leve dolor cuando Liana enredó las falanges en su cabello para acercarlo más, pero recibió ese gesto con profusa satisfacción.


Molesta por el paño que se interponía entre ella y la virilidad de su hombre, tironeó impaciente en un vano intento de despojarle de él y disfrutar de su total desnudez, mas para sus adentros agradeció el gusto de los escoceses por esas vestimentas que no presentaban dificultad alguna para su lasciva exploración, era genial poder introducir las manos por debajo, disfrutar del arrebatador tacto de su dermis, de los tensos músculos y de la cautivadora sensación de mezcla de seda y acero entre sus palmas, que codiciaba en su interior.

Aldair execró cuando se topó con el botón de sus pantalones, <<maldita fuera la manía de ella de usar ese atavío>>, se juró a sí mismo rasgarlos en cuanto volviera al castillo. Frustrado alzó los párpados y se encontró con la mirada divertida de Liana.

—Deberíais utilizar faldas o vestidos —inquirió—, es mucho más placentero y  atractivo a la vista de un hombre que este atuendo que cubre vuestras bellas piernas.
—Ummm, hubiese apostado a que cuando me miras el trasero llevando los vaqueros puestos te resulto muy atrayente —añadió con sorna—, y te aseguro que no me recuerdas precisamente a una mujer con tu faldita.
—Lo mío no es una... —sacudió con más fuerza la botonadura intentando sacarlo del ojal—, maldita sea Liana, me estoy consumiendo por entrar en vos, por sentiros...
—No te pongas nervioso campeón, déjame a mí —sin esfuerzo logró liberarse a la vez que bajaba la cremallera dejando al descubierto el encaje de sus azuladas braguitas—, ¿y ahora que hago me los quito o los dejo puestos?—, preguntó traviesa jugando con la goma de la delicada telilla.
—Pagareis por esto –afirmó amarrándola por las caderas.
—Estoy dispuesta a recibir el castigo —respondió y sujetándose a sus hombros alzó un pie y después el otro ayudándolo a deshacerse de los tejanos y la ropa interior.

Tan pronto estuvo desnuda, llevó las manos a su cinturón y sacó la correa de la hebilla, los metros de tela que formaban los pliegues de su kilt se deshicieron formando una cortina a su alrededor, no quería que nada se interpusiera entre ellos, pretendía disfrutar del roce de la tersa piel en cada centímetro de la suya. Sin soltar el tartán la rodeó y la besó apasionadamente, absorbiendo su deleitoso gemido. Con los orbes brillantes por el deseo se separó de ella, asió los pantalones y recorrió con lascivia su talle.

—No os mováis de aquí —ordenó girándose y caminando hacia la orilla.

Liana clavó los ojos en el hombre que se alejaba de ella al percatarse como sus trapecios se tensaban con cada paso que daba, ladeó la cabeza cuando el plateado líquido dejó de cubrir su prieta retaguardia, se le secó la garganta al verlo inclinarse para despojarse de sus botas —en otro momento le hubiese parecido gracioso— y ver como sus nalgas se contraían con el movimiento. Lo sentía mucho por Gerard Butler, pero sin duda Aldair tenía el mejor culo de la historia de la humanidad y era todo suyo para palparlo cuanto quisiera. Lo vio dejar la ropa en la orilla y deshacer el camino con una expresión de salvaje lujuria. Parecía un dios antiguo con esos músculos definidos, aunque mucho mejor terminado que los que pudo ver cuando en su viaje de estudios visitó Grecia. Deslizó la mirada por toda esa maravilla hecha carne, cuya constitución sería la envidia de cualquier gladiador y del agrado de los leones, pero no, ella sería quien le paladease. Se detuvo en la erguida excitación y se mordió el labio inferior, fijo que Zeus y su panda de olímpicos coleguillas se sentirían totalmente avergonzados de sus alabados atributos si vieran ese espécimen de macho. Apretó los muslos al sentir como todo su ser palpitaba por las ganas de tenerlo profundamente hundido en su interior, estaba tan caliente que no le sorprendería ver hervir el agua de un momento a otro. La suave brisa en contraste con su crepitante piel hizo que ésta se erizara, instintivamente se cubrió con los brazos.

En un momento de cordura optó por llevar los ropajes hasta la ribera, lo último que deseaba era apartarse de ella, pero si la corriente se las llevaba iba a ser muy dificultoso encontrarlas después y no sería buena idea que ninguno regresara al castillo mostrando sus vergüenzas. A pesar de la prisa por disfrutar de Liana, se entretuvo retorciendo las prendas, lo último que quería era que su mujer enfermase al cubrirse con ellas goteando.
Al arrojar los atuendos sobre la hierba, gruñó al imaginarla arribando a su hogar sobre la grupa de su yegua, sin más vestido que la caricia de Cerridwen sobre su provocadora figura. Cuando su miembro vibró ante tan exótica imagen se olvidó de todo y se giró para ir al encuentro de su hermosa amazona.

Mientras avanzaba Aldair no podía apartar la vista de la hembra que como una incitante sirena esperaba por él, pequeñas gotas, que refulgían como piedras preciosas bajo los argentos rayos, resbalaban por su dermis, el cabello mojado se arremolinaba alrededor del rostro sonrosado, los negros orbes lo contemplaban rebosantes de pasión y los labios rojos e hinchados por los besos compartidos se entreabrían invitándolo a saciar toda su necesidad. Frunció el ceño cuando se tapó para él.

—¿Por qué os cubrís? —interrogó tomándola por las muñecas.
—Tengo frío.
—No os preocupéis por eso, mo gràdh —susurró apartando las manos para deleitarse la vista con sus pechos—, os prometo que pronto entrareis en calor.
—Deja de hablar Tigre —sonrió enlazando los brazos alrededor de su cuello y envolviendo con una pierna su cadera—, y ataca de una vez.

Aldair enredó los dedos en su pelo, le echó la cabeza hacia atrás y arrastró la lengua a lo largo de la trémula garganta paladeando su fresco sabor, al tiempo que llevaba una de las manos al venerado pubis deslizando dos dedos, su respiración se convirtió en un jadeo irregular cuando estos resbalaron dentro de su candente centro empapándose del denso fluido. Había pretendido ir despacio, tomarse su tiempo para disfrutar de Liana y que a su vez ella lo hiciera de él, pero entre su lenguaraz osadía, sus suaves y envolventes gemidos y el saber que estaba lista para su invasión lo volvieron loco. Guió su pene hacia la tersa entrada y con un enérgico movimiento se clavó dentro de ella. Cerró los ojos por el placer que le supuso sentir la seda interna aprisionarlo, tomó la otra pierna y la alzó hasta que la dejó enlazada a él.

Liana se fue quedando sin aliento al percibir como centímetro a centímetro la colosal verga se iba introduciendo en su interior, apretó los párpados y emitió un sonido gutural cuando la colmó por completo. Durante un instante fue incapaz de moverse y lo único que pudo hacer fue ahogar un sollozo al volver a sentirse plena de nuevo, señor, cuanto había echado de menos a su guerrero. Presionó con los talones para sentirlo más adentro e instintivamente comenzó a mover las caderas ascendiendo y oscilando mientras él se movía justo al contrario. Los envites de Aldair eran rudos y salvajes, la iban llenando más y más hondamente percibiendo la explosiva cabeza rozar su útero, mientras los engrosados testículos chocaban contra su vagina una y otra vez, al tiempo que las callosas amasaban avariciosamente los glúteos y las yemas de sus falanges se deslizaban por la canaladura de su trasero. Tembló cuando los labios masculinos se posaron en sus hombros y caldearon la piel de su cuello. Se amarró más firmemente a él cuando la añorada energía empezaba a remontarla clavando impúdicamente las uñas en su paletilla, atrapó los candentes labios mordisqueándolos, repasándolos y lamiéndolos hasta que él respondió a su ávida demanda con una sutil risa. Enredó los dedos en su cabello cuando un leve estremecimiento empezó a sacudirla, deseosa de fundirse con aquel hombre para siempre.
Las embestidas se hicieron más cortas y rápidas, acelerando los latidos de su corazón.

—Dejaos ir gràdh —la voz de Aldair junto a su boca le llegó tan ronca que parecía de otro mundo—, venid conmigo.

Quería gritar a los cuatro vientos lo que la abrumaba, sin embargo sólo era capaz de emitir pequeños gemidos ahogados. Creyó desmayarse cuando él, abriendo su enorme palma sobre la espalda la inclinó hacia atrás hasta que esta tocó el agua, mientras guiaba la otra por el valle de sus senos, la dejaba resbalar por su vientre hasta el punto donde se mantenían unidos, con pasmosa suavidad presionó el clítoris antes de acariciarlo con lentos movimientos circulares al tiempo que la llenaba una última vez con un potente empujón. El grito de placer de Aldair resonó en sus oídos justo cuando el mundo se rompía en mil pedazos y ella estallaba entre los brazos del hombre que amaba, percibiendo como la cálida miel de su semilla la inundaba.
                                            
No supo el tiempo que permanecieron abrazados controlando la agitada respiración, pues su mente se negaba a salir de la nebulosa de felicidad en la que se hallaba. Emitió un tonto chillido cuando Aldair la izó en volandas y se encaminó con ella hacia la orilla. Se acurrucó contra el fornido tórax cuando la nocturna brisa la rozó haciéndole castañear los dientes. Una vez sus pies tocaron la hierba y como si fuese delicada como una mariposa, Aldair la depositó con mucho cuidado sobre el esponjoso pasto tendiéndose a su lado.

A pesar del frío que le ponía la carne de gallina, permaneció acostada con la vista fija en las titilantes estrellas que se escapaban juguetonas entre las ahuecadas y grisáceas nubes, sintiendo los apasionados orbes estudiar su desnudez.

Apoyado sobre un codo no podía dejar de embeber cada curva de aquella silueta que silenciosa observaba el cielo, dejó vagar los largos dedos por su tersura.

—Sois tan hermosa —musitó Aldair embelesado con la hembra que le tenía cautivo—, y tan cruel.
—¿Cruel? —demandó atónita girando el cuello.
—Me habéis castigado duramente manteniéndome alejado de vos —respondió complacido con los sutiles estremecimientos que sus lábiles roces le producían—, os he echado mucho de menos.
—También yo a ti —dijo perezosamente—, no me gusta que estemos disgustados.
—No volveremos a estarlo, os lo juro.
—¿Ya no estás enfadado conmigo? —interrogó asustada por la sombra que opacó las verdosas retinas.
—Desearía deciros que no —bajó el rostro hasta su plano estómago y depositó un tierno beso en el ombligo antes de descansar la mejilla en él—, quiero hijos Liana, anhelo que mi simiente germine en vos, ver este vientre redondo por una nueva vida que sea mitad mía y mitad vuestra.
—Aldair –suspiró quebrándose por sus palabras.
—No digáis nada, mi señora —se posicionó sobre ella descansando su peso en los antebrazos—, sé que no estáis preparada y estoy dispuesto a esperar un poco más, pero prometedme que no atentareis contra vuestra salud con esas hierbas del Diablo.
—No puedo jurarte eso —apartó la mirada un poco avergonzada ante su despliegue de comprensión y la carencia de la suya.
—Os lo suplico —ahora su tono de voz era casi lastimero—, no sé que sería de mi si por culpa de ese maldito mejunje os pierdo.
—Seré prudente —aseguró al ver el rastro de dolor que deformó la majestuosa cara.
—Me conformaré con eso por el momento —exhaló junto a sus labios, abriéndole las piernas con las rodillas—, y ahora dejadme demostraros cuanto os deseo.

Liana acató gustosa dicha orden, alzó las caderas invitándolo a tomar posesión de lo que le pertenecía desde el mismo instante en que sus almas se fusionaron por primera vez.

—Tha gràdh agam ort —le oyó decir entre la niebla de placer que envolvía su cerebro mientras la penetraba.
—Yo también te amo —resolló entre jadeos esperando que él pudiera escucharlo.


Continuará...


lunes, 8 de noviembre de 2010

OTRO CONCURSO DE NUESTRA AMIGA KAROL




Esta mujer no para y de nuevo a esa cabecita se le ocurrió un concurso donde, por supuesto, estarán las SokAly. Se llama Ilustra mi corazón y las bases son:

*Podéis participar hasta el 30 de noviembre.
*Hay que ser seguidor del blog.
*Es internacional.
*Los ganadores se decidirán mediante un sorteo por Random.
*Tenéis que enviar un email a blogdeseoyoscuridad@hotmail.es con:

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*Tiene +1 punto por tan solo participar y +1 porque me da la gana, jajaja;D
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*+20 el que me envíe en el mail un microrelato que incluya las palabras "Crepúsculo + Dibujo + Sueños", haciendo destacar de algún modo esas palabras (en negrita por ejemplo)
El microrelato puede ser tan solo una frase, unas cuantas líneas, unos cuantos párrafos... lo que queráis. No es obligatorio, pero os dará más puntos, y el que me parezca más creativo, emocionante, hermoso, terrorífico, o lo que sea, se llevara premio sorpresa.

EL PREMIO:

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sábado, 6 de noviembre de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 31 (1ª PARTE)




Haciendo un gran esfuerzo por no llorar, se mantuvo inmóvil esperando que acabaran de sepultar los restos, estaba deseando que todo aquello acabara de una vez. Unas yemas bajando por su columna la sobresaltaron, de soslayo se percató de la enorme figura de Aldair junto a ella, cuando sus retinas se encontraron él abandonó su espalda y enredó los dedos con los suyos, Liana apartó la mirada, pero no se soltó. Al comenzar a abandonar lentamente los lugareños la cima, él la recostó contra su pecho reconfortándola. Durante algunos segundos permaneció allí escuchando los acompasados y tranquilizadores latidos de su corazón.

—Aldair susurró sobre el musculoso tórax-, suéltame.
—Liana con premura la separó de él, estudiando sus acuosos orbes que amenazaban con desbordarse.
—Por favor las recias palmas fueron aflojando su presión, necesito estar sola.
—¿Qué os sucede mi señora? un deje de preocupación tiñó la voz masculina.
—Nada dando un paso atrás, ya te dije necesito estar sola.

Sin darle tiempo a replicar echó a correr colina abajo en dirección al castillo ante un perplejo Aldair que desconcertado contemplaba su marcha.

Un grito desgarrador lo hizo apartar la vista de la deliciosa figura que ya apenas era visible y revolverse, alcanzó a ver a varios de sus hombres correr espada en mano en dirección al grupo de árboles. No tardaron mucho en regresar y no venían solos, entre los brazos de uno de ellos un cuerpo de mujer yacía inerte. No tuvo que esperar a que estuvieran lo suficientemente cerca para reconocer a Moira en él. Las vestiduras negras, el cabello gris y enmarañando cayendo por el antebrazo del guerrero, las manos artríticas vacilantes con los largos pasos del porteador, entrecerró los ojos y se percató de la cuerda que aún alrededor de su cuello ondeaba casi hasta el suelo, le sobrecogió la idea de imaginar a esa enjuta anciana encaramada a una rama y saltando para quitarse la vida

—Es Moira, mi señor alegó el muchacho que la portaba al acercarse, no pudimos hacer nada más que cortar la maroma.

Aldair contempló el rostro de la sirvienta, parte de la lengua  asomaba entre los amoratados labios, los ojos desorbitados mirando al estrellado cielo y las ajadas mejillas brillaban por el llanto derramado, una arcada le subió a la garganta.

—Abrid una nueva sepultura y enterradla ordenó girándose para evitar la dantesca imagen.
—Pero mi señor...
—Ha muerto sin honor, con la vileza de una cobarde interrumpió alzando una palma, que sea enterrada como tal, que nadie presente sus respetos, que ni una sola lágrima sea vertida por ella.
—Sí señor dijo otro de los jóvenes disponiéndose de inmediato a la tarea.

Con el pensamiento puesto en Liana, que debía estar en la alcoba un tanto abrumada por todo lo acontecido, Aldair fue aceptando los respetos de los visitantes de los clanes vecinos. Con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, comenzó a saludar uno a uno a los representantes, alzó la vista hacia la hilera y casi resopló al percatarse que todavía eran bastantes los que esperaban para dar su pésame por tan trágica pérdida.
Sabía que algunos de los que estrecharían su mano y pronunciarían palabras de aliento no lo sentían, era todo una bufonada que debían representar y él, a pesar de que deseaba ir al encuentro de su mujer y reconfortarla, formaba parte de aquel elenco. Asintió ante el discurso de un anciano, un McGregor, que con voz lastimera soltaba una diatriba con solemnidad.
El sonido de unos cascos le hizo perder el hilo del monólogo que el viejo mantenía, levantó la cabeza para ver al objeto de su deseo que, envuelta en el nacarado resplandor de la luna, se perdía a galope tendido a través de la negrura de la noche, quiso disolver a aquella pequeña muchedumbre y correr a su lado, mas su deber como Laird le forzaba a continuar con su obligación. La mano de su padre sobre su hombro le hizo girarse hacia él.

—Id tras ella murmuró al tiempo que le animaba con un gesto, yo me encargaré de todo.


Nada más salir de la fortaleza del castillo obligó a su montura a cabalgar enfebrecidamente. Tenía la adrenalina por las nubes y el pasear de un lado a otro de la habitación no hacía sino agobiarla todavía más, necesitaba hacer algo para volver a estabilizarse, sentir como el aire le llenaba los pulmones y revolvía su pelo, así que se despojó de aquel tosco vestido y se atavió con su indumentaria preferida –los vaqueros y la camisa– y se encaminó hacia los establos sin dilación, Gràdh sería perfecta para ese cometido.

Cuando llegó al río tanto su yegua como ella respiraban aceleradamente, pero sin duda ahora se encontraba mucho más tranquila.
Desmontó y se acercó hasta la orilla, se sentó, se quitó las zapatillas, los calcetines y si arremangó las perneras por debajo de las rodillas, se incorporó de un salto y avanzó hacia el frío líquido. Justo cuando la refrescante agua cubrió sus pies, una voz a su espalda la sobresaltó, se giró tan rápido que trastabilló precipitándose hacia abajo, pero unas fuertes manos la sujetaron por la cintura evitando el chapuzón y acercándola a un amplio pecho.

—Me has asustado.
—Lo lamento, no era mi intención se disculpó cerrando el abrazo, os vi sola y no pude evitar la tentación de acercarme, murmuró con la vista clavada en sus labios, por si os sucedía algo.
—Estoy bien respondió apoyando la mejilla en el esculpido pecho, un tanto abrumada por la ceremonia de despedida de Cromwell nada más.
—¿Estáis segura? interrogó aspirando el suave aroma de su cabello.
—Sí y agradezco tu preocupación levantó el rostro para ver sus cincelados rasgos, sin duda te estás convirtiendo en mi ángel de la guardia.
—No hay nada que me cause más placer que cuidar de vos lentamente bajó la cabeza hasta que sus alientos se mezclaron, sus retinas se oscurecieron cuando tras un instante de dudas ella volvió la testa y su beso acabó sobre uno de sus tersos pómulos.

Debía admitir que se sentía halagada por esa mirada y esas palabras susurradas, ¿qué mujer no lo haría viniendo de un hombre tan atractivo? Pero debía ponerle freno antes de que pensase lo que no era.

—Necesito respirar, Donald.
—¿Os estáis asfixiando? –preguntó extrañado ante la falta de evidencias de ese síntoma.
—En cierta manera sí, agradezco tu preocupación, pero este abrazo está durando demasiado y además no creo que sea correcto.
—Disculpad, pensé que... –musitó separándose de ella dando un paso atrás.
—Si en algún momento te hice creer que podría haber algo entre tú y yo aparte de amistad, lo siento, no fue mi intención.
—Siempre habéis sido una dama. La culpa fue mía, no pude evitar sentirme atraído hacia vos. Os suplico que me perdonéis si os agravié con mi comportamiento.
—Te aseguro que me siento adulada y estoy segura que habrá muchas mujeres que se sentirán complacidas de recibir tus atenciones tragó saliva al ver la tez compungida de Donald, yo misma lo haría en otras circunstancias, pero amo a tu señor.

Tras asentir brevemente se volteó y empezó a salir del río para que no le viese la expresión de repugnancia que experimentó al escuchar “tú señor”.
¿Cómo una criatura tan deliciosa podía estar enamorada de alguien como Aldair? Lo cierto es que no importaba porque ella sería suya, con o sin su cariño.
Algo en la distancia le llamó la atención. A pesar de que aún se encontraba bastante alejado, por la postura regia del jinete sobre el animal pudo reconocerlo. Montando en su obsidiana cabalgadura, el que perturbaba su aguerrido espíritu se acercaba rápidamente.
Maldijo por lo bajo el que los hados esta vez no estuvieran de su parte y apretando los puños aplacó las ansias de venganza que crecían en él siempre que le veía. <<Calma, aún no es el momento>> pensó al tiempo que se daba la vuelta relajando las palmas.

—Debo irme, mi señora, espero coincidir de nuevo con vos y hablar como dos buenos amigos.
—Me encantaría –aseguró.

Alargó la mano para estrechar la de él, pero éste la cogió delicadamente rozando con los húmedos labios sus nudillos, tras una breve reverencia fue hacia su montura, subió a ella de un salto y se marchó tan sigilosamente como había aparecido. Se quedó contemplándolo mientras se alejaba. A veces era una verdadera pena no ser una mujer voluble, porque hubiese tenido a ese hombre a su disposición con un simple chasquido de dedos, pero su corazón y su cuerpo pertenecían ya a alguien y ella era fiel por naturaleza.

Una ilusa sonrisa curvaba el rostro de Aldair mientras se acercaba al río, soñando con el aína encuentro con su Liana, cuando la sombra de un caballo y un lacero alejándose entre la bruma le paró el corazón, un mal presentimiento le golpeó en el pecho. Espoleó los blandos flancos de Dúshlán instándolo a ir más rápido, cuando estuvo lo suficientemente cerca saltó del animal y desenvainó su espada, sintiendo el estómago encogido corrió hacia la ribera escudriñando entre las sombras. Apretó los párpados y suspiró de alivio cuando se percató de la figura que de pie y abrazándose a si misma estaba en el agua.
Si alguien la hubiese atacado y la hubiese encontrado herida o lo que es peor muerta, entonces él... apartó los oscuros pensamientos y trató de aquietar el temblor que le recorría. Ella estaba viva y preciosa bañada por la luz de la luna, arrastró la vista a lo largo de su esbelta figura, ansió posar la mano en el hueco de su espalda y absorber su calor a través de ella, enterrar los dedos en el azabache cabello que desprendía destellos azulados bajo los argentos rayos que lo acariciaban.
Mientras daba un paso tras otro hacia ella y su respiración se tranquilizaba del susto y volvía a acelerarse presa de la lujuria, envidió al agua que lamía las pantorrillas extasiándose con su tersura.
Sonrió para sus adentros cuando la oyó hablar consigo misma sin siquiera haberse percatado de su presencia.

Embelesada por el cantarín murmullo de la corriente al chocar contra los guijarros, Liana dibujó en su mente el adorado cuerpo, desde el bello rostro a las fuertes piernas y casi se ahogó en su propio deseo, quizá aquellos minutos a solas no habían sido una buena idea, lo último que quería era recordar a Aldair con todo su esplendor, pero no podía evitarlo, a pesar del daño causado durante los últimos días lo amaba tanto.

—Aunque no se lo merece el muy capullo.
—Temo que os he tenido muy abandonada si ya comenzáis a conversar sola –aseguró una conocida voz muy cerca de ella.
—Joder –exclamó Liana llevándose una mano al pecho, poniéndose frente a Aldair—, hoy los hombres parecéis fantasmas apareciendo sin previo aviso.
—¿Los hombres? –entrecerró los ojos mirándola fijamente.
—Sí, hace unos minutos uno de tus guerreros estuvo haciéndome compañía confirmó.
—Uno de mis... se detuvo y se giró un instante hacia la espesura que formaba el cercano bosque antes de volver a clavar la vista en ella, ¿quién era?
—No vuelvas a empezar con tu tontuna, era un amigo y punto espetó enfurruñada.
—El único amigo que necesitáis soy yo –comenzó a decir acercándose a ella.
—¡Ja! Menudo amigo estás tú hecho –señaló retrocediendo a las profundidades del río, empezaba a ponerse nerviosa por el quemazón del fuego verde que comenzaba a atravesarla—. Los amigos se apoyan e intentan comprenderse uno al otro y no necesitan una espada para hacerlo.
—Estoy cansado de esta situación, Liana, esto debe terminar –aseguró soltando su arma que cayó con un sonido sordo en la mullida hierba.
—No des un paso más, a esta distancia puedo escucharte perfectamente.
—¿Y quién os dijo que yo quiero parlotear? –demandó acortando los pocos centímetros que los separaban, la aprisionó los brazos a los lados de sus costados rodeándola con los suyos pegándola fuertemente a él.
—¡Suéltame! –ordenó intentando en vano zafarse de su agarre.
—De eso nada fierecilla, no pienso terminar en el suelo como Colin, a no ser que vos me acompañéis –terminó diciendo con una lenta sonrisa.
—No pienso ir contigo a ningún lado, imbécil.
—Entonces seré yo quien os siga a vos.

Y sin darle tiempo a pensar en sus palabras, atrapó los tiernos labios con los suyos a la vez que se zambullían en la cristalina acuosidad.

Continuará...


Feliz fin de semana

miércoles, 3 de noviembre de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 30 (3ª parte)




Desde lo alto de la colina flanqueada por Baldulf y Aldair que la tenía asida de la mano, Liana observó el profundo agujero donde yacerían los restos del malogrado Cromwell.
Una punzada de congoja le agarró el estomago mientras su mente vagaba por las entrañas de la tierra, era cierto que ese hombre la había tratado mal, pero aún así le entristeció la vil manera de morir, nadie se merecía acabar degollado como un cerdo..., un leve apretón la trajo a la realidad giró la cabeza y vio acercarse a la comitiva que portaba el cuerpo del finado.
Abría la larga procesión Abdallach y Cuddle, tras ellos 4 fornidos highlanders, portaban sobre una yacija de ramas al fallecido, vestido con una impoluta tunica blanca que ondeaba ligeramente con el movimiento y la suave brisa, tras este una hilera formada por el pueblo McRea y miembros de otros clanes cercanos que se habían acercado a presentar sus últimos respetos.
Al llegar a la base de la loma los ancianos y los porteadores se detuvieron, la gente se fue abriendo en filas avanzando en dos silenciosas columnas hasta llegar a la cumbre. Una vez el cortejo funerario estuvo en la cima, se revolvieron para esperar al difunto, a su llegada los encargados de trasladarlo descansaron con gran solemnidad la plataforma sobre el suelo, sólo entonces Aldair dio un paso al frente tirando de ella que  no se movió ni un ápice y cuando él buscó su mirada hizo un breve gesto negativo con la cabeza, soltó su palma y prosiguió su camino. Era el Laird y debía ocupar una posición especial debido a la categoría del exánime.

A pesar de no desear acercarse al difunto, el ligero empujón de  Baldulf la hizo avanzar. Sus ojos se clavaron en la tez blanquecina de Cromwell, aun con la muerte habitando en su cuerpo sus amoratados labios mostraban un rictus de determinación y las huesudas manos, a pesar de la rigidez con que descansaban sobre su pecho, parecían querer moverse y volver a señalarla como lo habían hecho escasas horas antes marcándola como la intrusa que siempre se empeñaba en recordarle que era.

 El graznido de un cuervo al posarse sobre una de las ramas que poseían los inmensos  árboles de la zona la hizo sobresaltarse, algunos alzaron la vista buscando al animal y asintieron complacidos, Morrigan venía a por el alma de uno de los suyos, el sabio anciano era bendecido por los dioses. Liana entrecerró los parpados tratando como otros de localizar al pajarraco, que para ella siempre había sido de mal agüero, sin éxito. Nerviosa paseó la vista por los presentes que continuaban en su afán de encontrar a la diosa, detuvo un instante la mirada en la figura enjuta vestida de negro, que se escondía tras uno de los troncos y que reconoció como a Moira. La mujer asomaba la despeinada cabeza con recelo mientras las lágrimas bañaban sus mejillas, la parte más sensible de ella quiso acercarse a consolarla, debía ser terrible perder al ser amado. Buscó a Aldair que le daba la espalda, si lo perdiera el dolor la abatiría al instante, si él moría sería como sesgarle la vida aunque su corazón continuara palpitando eternamente. Pestañeó para apartar esos absurdos pensamientos y para evitar que la húmeda que comenzaba a abnegar sus retinas acabara por derramarse.
El silencio sepulcral que la rodeaba junto con sus últimos razonamientos la estaban inquietando. << ¿Por que no lo entierran ya y acaban de una vez?>>.

—Hay que esperar a que el sol esté casi oculto —susurró el hombre al que empezaba a querer como a un padre, cerca de su oído, lo que le hizo saber que había murmurado sus ideas en alto.

Avergonzada, alzó la testa al cielo teñido de naranjas, azules y violetas por las ultimas luces del día que se resistían a rendirse a las sombras que iban lentamente iban posicionándose en la bóveda celeste, del astro solar apenas quedaba un arco de fuego de su antes llena e incandescente esfera.

Oculto en la distancia y con una plena sonrisa dibujada en su rostro, Donald apartó un rubio mechón tras su oreja y se retiró dispuesto a lograr su cometido.
Había esperado unos minutos desde que la corte funeraria pasara cerca de él. Ahora el castillo apenas contaba con unas pocas personas en su interior, así pues no le fue difícil burlar la guardia, el joven encargado estaba más complacido en coquetear con una joven sirvienta que en sus deberes de vigilancia, además el vestir los colores del clan McRea le facilitó aún más el acceso. Dios, estaba deseando terminar con aquello para desprenderse de esa asquerosa prenda y volver a ser él mismo.

Una vez dentro del edificio principal se apostó tras el muro que daba paso a las escaleras y aguardó a estar seguro que no había nadie por los alrededores. Nunca antes había apreciado tanto el silencio como el que regía ahora en el lugar, una auténtica delicia para sus oídos. Subió los escalones con inusitada rapidez y con tiento fue abriendo una a una las puertas que iba encontrando en su recorrido, según lo dicho por el bastardo de Cromwell, el preciado objeto que atesoraba obraba en poder del Laird. Se detuvo en el umbral de uno de los dormitorios al ver ciertas prendas femeninas que llamaron su atención, negó con la cabeza no tenía tiempo para eso ahora, ya iba a cerrar cuando el brillo de una insignia le llamó la atención, una sonrisa curvó sus labios y satisfecho cruzó el dintel, acababa de encontrar el aposento de Aldair McRea.

Dirigió sus pasos hacia el baúl con el estómago oprimido, con un firme pulso levantó la tapa y rebuscó en su interior. Maldijo al no encontrar más que ropa y algún utensilio inservible, frustrado cerró los ojos y apresó en un puño una suave tela, el tacto aterciopelado le hizo levantar los párpados y fijar la vista en su posesión. Una diminuta prenda, como ninguna parecida que hubiese visto antes, se enredaba entre sus dedos, sin dudarlo se la acercó a la nariz y aspiró profundamente al percibir el suave aroma de Liana. Su miembro palpitó cuando sus fosas nasales se llenaron de ella y se la imaginó sobre el lecho retorciéndose de placer bajo él. Desplegó las falanges y dejó caer el motivo de su perturbación, no tenía tiempo para soñar. Con la vista nublada por el deseo y la furia paseó la mirada por las desnudas paredes, por la mesa del fondo y como último recurso alzó el pesado colchón, allí no había nada ¿Dónde diablos estaría oculto el maldito medallón? ¿Dónde lo pondría él si quisiera mantenerlo a buen recaudo? se mesó el cabello nervioso tratando de dilucidar y contempló una vez más la estancia, desesperado se cubrió el rostro con las manos intentando sosegarse cuando un nombre vino a su mente: Baldulf.
¿Cómo no se había dado cuenta antes? Ese anciano por ley de los hombres continuaría siendo un Laird hasta el día que exhalara su ultimo aliento y quien mejor que un viejo achacoso que apenas salía de sus habitaciones para custodiar el preciado talismán.

Embargado por la euforia ante su descubrimiento salió de la cámara donde se hallaba. Empezó una nueva búsqueda que se vio pronto recompensada cuando unos pocos cuartos más allá la visión de una enorme espada —reposando orgullosa contra el muro— lo detuvo, por el tamaño del arma y el intrincado dibujo de su empuñadura sólo podía pertenecer a un hombre poderoso, un guerrero que por debilidad ya no tendría la fuerza suficiente para elevarla contra sus enemigos.
Sin peder tiempo procedió a buscar su anhelada joya siguiendo la misma rutina de antes, hundiéndose cada vez más al comprobar que seguía sin obtener resultado alguno.

Unos pasos acercándose lo alertaron, era demasiado pronto para que regresaran del óbito, quizá fuese alguno de los sirvientes.
Con rapidez se situó tras la puerta, alguien parecía haberse detenido al otro lado, su corazón palpitó frenéticamente y su palma descendió hacia su arma dispuesta para sesgar la vida de quien quiera que osara importunarlo, cuando las pisadas volvieron a resonar perdiéndose por el corredor, se apoyó en la pared soltando una exhalación. Un anómalo movimiento contra su espalda le hizo girarse. Ante él se encontraba un tapiz mostrando una hermosa mujer de cabellos dorados y unos preciosos ojos verdes, que le resultaban extrañamente familiares, mientras recolectaba flores.
Con calma pasó un dedo por el perfecto bordado justo donde su columna había sentido el extraño roce, antes de apartar la tela y encontrar lo que había supuesto, una de las piedras estaba suelta. Haciendo uso de la punta de la daga que escondía en su bota la sacó, ante él apareció un hueco que para su asombro escondía varias piezas de gran valor, apartó todas y tomó el saquito estratégicamente colocado al fondo. Con manos trémulas aflojó el cierre y dejó caer el contenido sobre su palma, el medallón de los McRea brilló para él con toda su magnificencia. Lo cerró dentro de su puño y se lo llevó al pecho, ya nada se interpondría en su camino, el poder y la hembra que ocupaba sus pensamientos noche y día serían suyos  en breve.

Tras colocar el adobe en su sitio, alisar el tapiz y borrar cualquier rastro de su presencia, se encaminó hacia el exterior con su valiosa carga guardada en el sporran, empleando la misma cautela que a la hora de entrar.
Con la espalda pegada a los muros, para evitar que nadie se percatará en él, se fue deslizando hacia la salida como una serpiente oculto por las sombras que le proporcionaban las paredes, fijó la vista en el joven que hacia guardia y que continuaba entretenido con las atenciones de la misma moza, si él fuera el jefe del clan no dudaría en pasarlo por su estoque y acabar con su vida por tan grave falta. Tomó nota mental y grabó los rasgos del chico en su cerebro, quizá algún día tuviera la oportunidad de llevarlo a cabo. Sin más perdida de tiempo, abandonó la fortaleza y corrió hacia el bosque. Casi sin resuello llegó al claro donde había establecido su escondite, abrió la bolsa de piel que colgaba de su cintura y acarició la alhaja que reposaba en su interior, la frialdad del metal le calentó el alma y sin poderlo evitar soltó una carcajada que reverberó entre los árboles.

Un silencio atronador reinaba en lo alto de la cima mientras se llevaba a cabo el sepelio mas un murmullo in crescendo fue tomando forma cuando Cuddle se agachó, tomó el báculo de poder de Cromwell y lo alzó sujeto por ambas manos sobre su cabeza, donde lo mantuvo unos segundos antes de confiarlo firmemente entre los dedos del finado tras esto, fue Aballach quien se inclinó y depositó una pequeña y abultada bolsa sobre su vientre, enredando el fino cordón en el meñique para que quedara sujeto. Una vez los dos druidas acabaron con la tarea de proveer al muerto con sus bienes más preciadas para su viaje al más allá, la tarima donde reposaba fue alzada. Los ancianos unieron sus palmas y  con voces firmes ensalzaron una plegaria ante el mutismo y el recogimiento de los miembros del clan.

Ta se dul as,
Ta se dul as,
Cuaigh se an cnoc
Cuaigh se an cnoc
Leis fanacht,
Leis fanatch,
Ta an la imeacht
Ta an imeatch

Una vez que los sabios acabaron de elevar su oración al cielo, uno a uno y con una lentitud pasmosa fueron tomando un puñado de tierra y con gran ceremonia la arrojaron sobre el frío cuerpo que dos de los hombres se habían encargado de meter al agujero.

Sin saber como Liana se vio arrastrada por la marea hasta el borde de la fosa, incómoda ante la situación en que de repente se vio inmersa, miró a ambos lados, todos esperaban expectantes su reacción, inquieta reparó en  Aldair que le hizo un leve gesto de asentimiento, apretó los parpados y con un leve suspiro se acuclilló para tomar entre su puño un porción del terreno que había bajo sus plantas.
Sintiéndose como una hipócrita volvió la vista hacia la gente que no dejaba de observarla, no se alegraba de la muerte de Cromwell, pero tampoco le apenaba en demasía su perdida, contempló el sudario que le cubría el rostro ya casi oculto con el pardo polvo de sus antepasados, abrió la palma y dejó que su carga cayera sobre él. Se revolvió hacia la muchedumbre que la estudiaba y se percató de que ese simple ademán había sido de su agrado.
Entonces comprendió que lo que para ella no era más que una burda actuación, para los que algún día podrían convertirse en sus súbditos era una aceptación plena de sus costumbres.
Aldair se percató del choque de emociones que recorrían a Liana, era consciente que su mujer a pesar de estar allí con el resto de su clan, no sentía simpatía alguna por el viejo druida. Al verla a la orilla de la oquedad, con el recatado vestido de lana marrón mirando al exánime y deseando echar a correr se le encogió el corazón, quiso acercarse y llevársela lejos,  mas como la futura señora debía aprender y respetar las costumbres reinantes. Con un imperceptible asenso la incitó para que  procediera a realizar el rito por el cual cada miembro del pueblo ayudaba a dar sepultura al pobre difunto,  si se negaba nunca sería admitida del todo, jamás dejaría de ser una extranjera irrespetuosa que no valoraba la tradición. Cuando vio la trémula mano abrirse y la tierra golpear el rígido cuerpo del anciano lo invadió un gran alivio. Liana ya era querida por los suyos, mas desde ese momento supo que además se había ganado la confianza y la admiración de los McRea.

Continuará...




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