Tenía ganas de darse de guantazos por su mala cabeza, hoy no sólo era lunes sino también un día importante y hasta que el imbécil de José lo nombró no lo había recordado. San Valentín.
lunes, 14 de febrero de 2011
PORQUE TE AMO
Tenía ganas de darse de guantazos por su mala cabeza, hoy no sólo era lunes sino también un día importante y hasta que el imbécil de José lo nombró no lo había recordado. San Valentín.
Tomó el teléfono que yacía sobre su escritorio y se apresuró a llamar a la floristería. Con voz emocionada encargó 13 rosas rojas, una por cada mes que llevaban casados y aunque en un principio pensó en mandarlas por mensajería, en el último instante decidió que era más romántico aparecer en casa con el enorme ramo. Sí, a su Elena le gustaría ese detalle. El ángel de su vida se merecía sólo lo mejor.
Mordiendo la capucha del bolígrafo recordó el momento en que la conoció y un hormigueo le recorrió el cuerpo dejándole un agradable calor. Fue verla en aquel parque y supo que era la mujer de su vida. El sol jugueteaba con las finas hebras de su castaño cabello y desprendía luminosidad en el sonrosado cutis, deseó ser él quien la rozase con las yemas embriagándose con su suavidad. Preso del hipnotismo sus pies le arrastraron hacia ella y los labios se le abrieron para pronunciar un tímido "hola" mientras se perdía en la pureza de la miel de sus ojos. Ella respondió con un tono que le recordó al trino de los pájaros en primavera, que lo terminó de cautivar y supo que debía tenerla, que sería ella o nadie más, para su fortuna, Cupido lanzó las flechas con tanto tino que los traspasó a ambos uniéndolos para el resto de sus vidas. Un golpe en el hombro le hizo regresar al presente.
—Tierra llamando a Fernando.
—¿Qué? —preguntó parpadeando.
—¿Dónde estabas? Llevo un buen rato diciendo tu nombre y tú ni mu.
—No seas cotilla, es personal —indicó sonriendo.
—Oh, l´amour, seguro que fue eso.
—Ya me contarás cuando te pase a ti, por cierto ¿qué hora es?
—Va a ser la una y media.
—Me van a cerrar la tienda —exclamó levantándose de la silla y poniéndose el abrigo—, hazme un favor, cúbreme esta media hora que nos queda.
—Vale, pero porque eres tú.
—Gracias te debo una.
Como una exhalación abandonó el edificio ministerial y sorteando a los viandantes llegó justo a tiempo para recoger el regalo. El perfume que desprendían se le subió a la cabeza recordándole el que Elena utilizaba. Le gustaba como olía y en consideración hacia él siempre bañaba la piel de su cuello con unas gotas del pequeño frasco que descansaba en el tocador. Tras pagar y despedirse de la encantadora dependienta salió del establecimiento y se apresuró por llegar a casa. Ansiaba ver el rostro de su amada cuando lo viera llegar, sin embargo el trayecto se hizo largo, todos le paraban para hablar unas palabras con él y con risitas señalaban el ramo diciendo la suerte que tenía su mujer, a lo que respondía que el afortunado era él por tenerla a su lado. Respiró de alivio cuando se encontró frente al portal, se llevaba muy bien con los vecinos del barrio, pero ahora su objetivo no era el charlar, así que se deshizo con un ligero ademán de la amable señora García que se acercaba con su perrito. Con las llaves en la mano y sin dejar de sonreír subió los pocos escalones que lo separaban de su destino.
En la cocina, Elena repasó con la mirada la mesa recién puesta, los cubiertos descansaban sobre el mantel de hilo blanco, los vasos relucían y la ensaladera se hallaba justo en el centro. Girando sobre si misma comprobó que todo estuviera limpio y en su sitio. Una vez verificado que estaba impoluto, salió y recorrió todas las habitaciones. La perfección era fundamental, nada debía estar fuera de lugar. Se paró bajo el dintel de su dormitorio y sin desprender la mirada de la enorme cama, se acercó a ella deslizando una mano por el edredón. La fría prenda quedó presa dentro de su puño al tiempo que una lágrima bailaba a través de la coloreada mejilla hasta caer sobre la nívea tela. El sonido de la cerradura puso en marcha los hasta ahora pausados latidos de su corazón, estiró el cubrecama, sacó el pañuelo que llevaba en el bolsillo del delantal y se limpió los ojos hasta secar su humedad. Con un lento suspiro salió a recibir al hombre de su vida. Se detuvo en el umbral del cuarto cuando lo vio aparecer portando un enorme ramo de flores, se llevó las manos al pecho correspondiendo a la ancha sonrisa que resplandecía por encima de las rosas. Con cortos pasos se acercó y con el pulso acelerado acarició los aterciopelados capullos.
—Te has acordado —musitó emocionada.
—Como podría olvidarme mi amor —susurró depositando un tierno beso sobre su boca—, siempre estás en mis pensamientos.
—Lo sé, soy una tonta —aclaró bajando la vista.
—Mi tontita preferida —declaró pellizcándole la nariz—. Y ¿no piensas agradecerme el precioso presente?
—Claro.
Sinuosa, rompió los escasos centímetros que los separaban y cogiendo el oloroso detalle, se pegó a su marido enroscándole los brazos tras el férreo cuello y cuando él bajó la cabeza entreabrió los labios sin dejar de mirar sus negros orbes, para recibir la húmeda caricia. Cerró los párpados tan pronto la lengua de su esposo entró en contacto con la suya. Se apretó contra él abrazándolo con todas sus fuerzas, cuanto amaba a Fernando, Dios Santo, cuanto lo amaba.
Las grandes palmas le aferraron las nalgas haciéndola notar el ahora endurecido miembro, juguetona cimbreó la pelvis y exhaló dentro de la arrolladora boca al percibir la apasionada respuesta. Protestó cuando él acabó el beso, con la respiración entrecortada alzó la vista para encontrarse con unos ojos velados por el mismo deseo que la estaba consumiendo. Cuando él entrelazó los dedos con los suyos quiso arrastrarlo a la cama, pero se mordió el labio y las ganas cuando la condujo a la cocina.
—Comamos primero cariño —añadió con tono pícaro—, te prometo que después disfrutaremos del postre.
—Hice tu tarta preferida.
—Estupendo, esparciré el esponjoso y chocolateado bizcocho por tu cuerpo. Serás un dulce de lo más exquisito —dijo besando sus nudillos—. Ahora pon las flores en agua y sírveme, mi amor.
Con celeridad acató su mandato y tras depositar el jarrón en un lateral de la mesa, llenó los platos con el suculento asado de cordero, esmerándose en escoger las porciones que a él más le gustaban y los depositó en sus respectivas ubicaciones, se sentó esperando a que terminase de abrir la botella de vino que había cogido de la nevera y llenase las copas con el burdeos líquido.
—Podrías deshacerte del delantal ¿no? —inquirió Fernando echándole un vistazo por encima del borde de su vaso.
—Perdóname —murmuró levantándose y desprendiéndose del mandil lo dejó en el enganche de la pared—. No me di cuenta, la emoción al ver tu regalo me hizo olvidarme de él—, explicó sentándose de nuevo con la testa baja.
—¿Pretendes hacerme creer que la culpa es mía? —preguntó apretando los dientes.
—No.
—No me gusta verte como una pordiosera —exclamó dejando con brío la bebida—, por los clavos de Cristo Elena, me mato a trabajar para darte todo lo que necesitas.
—Lo siento —clavó la vista en las patatas que comenzaban a difuminarse tras el velo de las lágrimas que iban cuajando sus retinas—, discúlpame.
—Ya no sé como decirte las cosas —recalcó mientras partía la carne y se metía un trozo en la boca—. ¡Joder!—, bramó escupiéndolo en el plato—, ¿qué basura es esta?
Elena empezó a encogerse en la silla a la vez que él se incorporaba, ahogó un sollozo cuando por encima del mueble tendió los brazos y asiéndola con fuerza la levantó de un tirón.
—No sabes hacer nada bien —gruñó zarandeándola—, ¿pretendes envenenarme con esta mierda de comida? ¿Así me pagas lo mucho que te amo?
—Por favor —suplicó sintiendo como las falanges presionaban en su carne.
—Maldita sea —tomando un puñado de los alimentos que reposaban en el plato los estampó en la cara de su mujer que ahora lo miraba aterrorizada—, esto es una porquería.
Con la palma abierta golpeó el jarrón estampándolo en el suelo, los numerosos trozos en los que se rompió se clavaron en el alma de Elena, sabía que la siguiente en recibir el golpe sería ella y quizá, como tantas otras veces, alguno de sus huesos se quebrarían como la fina porcelana.
—¡Mira lo que me haces hacer! —gritó rodeando la madera—, Jesús, te juro que lo intento que pongo todo el interés en que vivas como una reina—, cerró una y otra vez el puño mientras se acercaba.
Elena observó aterrada cada uno de sus movimientos reculando hasta que su cadera chocó contra la encimera de mármol, la bestia que había visto a diario y que apareció poseyendo a Fernando a las pocas semanas después de casados estaba de vuelta, en la tez desencajada del hombre que amenazante se acercaba a ella no quedaba ni rastro del joven del que se enamoró, pero sabía que tras la furia él regresaría, la acunaría entre sus brazos y entre llantos calmaría su dolor y ella una vez más creería en sus promesas y lo perdonaría porque a pesar de las magulladuras cubiertas de maquillaje, de las humillaciones enterradas en lo más hondo de su ser, los golpes e insultos, lo amaba.
El primer puñetazo la desestabilizó y cayó a la fría baldosa, encogiéndose en un vano intento de calmar el ardiente estómago, gimió de dolor cuando la agarró del pelo mientras sus oídos se llenaban de las soeces palabras que Fernando iba pronunciando, asió la ancha muñeca en un desesperado conato por mitigar el daño que le producía el estiramiento de su cuero cabelludo. Ya casi estaba en pie, cuando el latigazo del dorso le cruzó el rostro partiéndole el labio. Con el sabor ferroso de su propia sangre en el paladar y los ónices velados por el llanto trató de suplicar, de pedirle que parara mas un nuevo derechazo la dobló por la mitad haciéndola caer de rodillas. Apoyó las palmas para coger aire mientras gotas del fluido vital que manaba de su nariz manchaban el suelo, aún no había inhalado cuando la patada la lanzó nuevamente hacia atrás estrellando su cabeza contra el pavimento, haciendo que el mundo desapareciese durante un instante para regresar y hacerla padecer con los múltiples impactos.
Su mente se fue apagando poco a poco mientras su cuerpo, obligado por los compactos golpes, no cejaba de contonearse, sencillamente se dejó llevar, allí rodeada por las rosas que minutos antes él le había obsequiado percibió como se le iba la vida. Sonrió al ver entre la bruma, que la muerte iba instalando en sus pupilas, a su contrito marido postrarse a su lado, su Fernando había regresado a por ella. Con dificultad alzó la mano y la posó en la rasurada mejilla mientras modulaba con la boca, exhalando su último aliento, un: Te amo.
El amor no es sólo cosa de un día marcado por los centros comerciales, el amor hay que demostrarlo ayer, hoy y mañana. No digas que amas con una flor, un chocolate o una joya el 14 de febrero, después de todo esa fecha es banal, si no lo demuestras el resto de los 364 días del año. Por supuesto JAMÁS lleves a cabo, ni soportes, el dicho de "quien bien te quiere te hará llorar", si amas sólo querrás ver sonreír a tu pareja y no con la tristeza y el miedo reflejados en su faz.
Publicado por Adela/Mariola (SokAly) 19 comentarios
jueves, 10 de febrero de 2011
CONQUISTADO POR UN SUEÑO (EPÍLOGO).
Tal y como anunciamos ayer, hoy llega el final de CONQUISTADO POR UN SUEÑO. Pero no podíamos acabar sin antes agradecer a todos los que han dedicado su tiempo a leernos durante todos estos meses.
Nuestra enorme y sincera gratitud a esas personas, que bien desde el principio o cuando llegaron al blog y al Facebook, nos han acompañado, hecho reír, emocionado y alentado semana tras semana con sus comentarios.
Por vuestra fidelidad y apoyo incondicional, vuestra paciencia, por estar siempre a nuestro lado, este último capítulo va especialmente dedicado a cada una de vosotras. GRACIAS CHICAS.
Adela y Mariola
Meses después
Si la felicidad tenía un tiempo Aldair pensó que la suya había tocado a su fin tras los cambios sufridos en su esposa con el transcurrir de las semanas. Su Liana alegre y vital se había convertido en unos pocos días en una mujer triste y esquiva, su hermoso rostro mostraba profundas ojeras y apenas si comía o bebía, cosa que estaba haciendo mella en el armonioso cuerpo algo más delgado ahora. Aunque no tenía queja de las noches, pues ella seguía respondiendo a sus besos y caricias con la misma pasión que el primer día, el verla levantarse antes del amanecer y abandonar la estancia sigilosamente le hacían preguntarse si realmente deseaba compartir su cama o lo hacia por obligación. Por eso y porque ella era lo que más le importaba en esta vida había decidido convertir lo que en un principio pensó sería un agradable regalo en una oportunidad, pondría su alma a disposición de la hembra que, cabizbaja y arrebujada en el arisaid que la protegía del frío viento del norte, caminaba a su lado para que decidiera que hacer con ella.
Si la locura tenía un nombre ese era Aldair, decidió Liana cuando una ráfaga helada le caló hasta los huesos cuarteándole la piel de la cara. Sólo a él se le ocurría despertarla en medio de la noche, obligarla a vestirse y seguirlo campo a través en pleno invierno, claro que últimamente no era el mismo. Lo había sorprendido en más de una ocasión contemplándola ceñudo, otras como si se arrepintiera de haberse casado con ella y aunque sus temores desaparecían en las noches cuando bajo las pieles daban rienda suelta a su deseo, era durante las horas de luz cuando su corazón se preguntaba si realmente la amaba o si quizá pasada la novedad del matrimonio se había convertido en una tediosa carga para él, quería averiguarlo pero el miedo a la respuesta la había detenido en más de una ocasión. Exhaló profundamente haciendo que volutas de vaho salieran de su boca y aligerando el paso continuó caminando a su lado.
Tras rodear el prado y atravesar el bosque, que parecía encantado a esas horas, el claro apareció ante ellos. La tenue luz de la luna —ajena a los oscuros pensamientos que los atenazaban a ambos— teñía de plata el sitio. Liana contempló el lugar que reconoció al instante, allí había aparecido sola y asustada cuando dejó su época, ahí llamó con desesperación a Aldair cuando una manada de lobos la rodeó, justo en ese emplazamiento empezó su nueva etapa. Alzó la vista hacia su esposo que la miraba entrecerrando los ojos.
—¿Qué hacemos aquí?
No obtuvo réplica. Dio un paso atrás cuando lo vio tomar la daga de su cintura y al enfilarla hacia ella la hoja resplandeció bajo la argenta luz. Se le encogió el estómago al ver como le asía la muñeca, la terrorífica idea de que la iba a matar se le cruzó, como si un potente rayo se tratara, por la mente dejándola adolorida. Tembló cuando haciendo presión la obligó a abrir el puño, sin dejar de estudiarla deslizó el cuchillo por la palma haciendo brotar la sangre, un grito mitad dolor mitad espanto manó de su garganta. La fuerte mano de Aldair se unió a la suya evitando que cayera cuando las rodillas le flaquearon, percibió el contacto del duro pecho sobre el suyo a la vez que un velo rojo cubría su visión, tras ello la nada se la tragó envolviéndola en una tenebrosa oscuridad.
Unos suaves golpes en las mejillas la hicieron reaccionar, lentamente fue alzando los párpados que le pesaban como el plomo, por un momento la claridad la cegó, el cielo era ahora de un gris plomizo que amenazaba lluvia, giró el cuello para encontrarse con la cara desencajada y pálida de su marido. Una leve punzada en la mano al posarla en el suelo le trajo el recuerdo de lo que había hecho, quiso levantarse y encararlo, demandarle el por qué la había herido cuando el lejano sonido de un motor la paró en seco, apartando la vista de Aldair escudriñó el paisaje, viejas y musgosas lápidas los rodeaban, como un resorte se incorporó quedando sentada, no podía ser, era imposible aquel lugar..., ¡oh Dios Santo estaban en el cementerio de Calton Hill!
—Esto es...
—Sí —interrumpió él ayudándola a ponerse en pie—, Edimburgo, vuestro Edimburgo.
—Pero ¿por qué?
—No hagáis preguntas, aún no —respondió tratando de sonreír al ver como se le iluminaba el rostro—, vamos este día es para vos, disfrutémoslo.
Con el corazón saltándole de júbilo en el pecho se abrazó a Aldair, que le devolvió la caricia antes de enlazar sus dedos y emprender el descenso hacia el centro de la ciudad. Una vez en Princess Street el matutino bullicio los envolvió al mezclarse entre la gente, trabajadores que se apresuraban para no llegar tarde, turistas madrugadores cámara en mano, jóvenes estudiantes, gaiteros que buscaban un lugar apropiado para hacer sonar su instrumento a cambio de una monedas, los jardines presididos por el ennegrecido St. Andrews, y en cuyos bancos a pesar del frío paisanos y extraños iban tomando posiciones bajo la sombra del impresionante castillo. Sí, todo seguía maravillosamente igual.
Sin dejar de hablar y sin percatarse de la extraña congoja que se iba apoderando de Aldair, cruzaron el puente de Waverly hacia las entrañas del casco antiguo, en Market St. la nariz se le llenó de los aromas que salían de los numerosos cafés, la boca se le secó deseando paladear la deliciosa bebida y las tripas le resonaron clamando por alimento, fue entonces cuando se dio cuenta que no tenían dinero con el que calmar su apetito, pero eso no la desanimó.
—¿Tienes hambre? —un contrito guerrero asintió—. Ven, sígueme.
Casi a la carrera, lo guió por Cockburn Street hacia la Royal Mile , una vez en la transitada calle le indicó un viejo edificio que entonaba perfectamente con el resto de las antiquísimas construcciones. Cuando llegaron a sus aledaños Aldair se percató que seguía utilizándose para lo que fue erigida, como la casa del Señor.
Ya en su interior un anciano de aspecto amable y sonrisa fácil se acercó a ellos invitándolos no sólo a visitar la capilla anglicana, sino que los condujo hacia una mesita donde una tetera y una humeante jarra de café los esperaban acompañados de una bandeja de apetitosas galletas recién hechas. Tras servirse una buena taza del oscuro y oloroso líquido y hacerse con unas cuantas pastas que sin disimulo devoraron con avidez, pasearon por la formidable y bien conservada capilla de altos techos y lámparas con velas. Al salir, gracias al encanto de Liana y sus alabanzas hacia la cocinera, llevaban el estómago caliente y una bolsita repleta de las exquisitas galletas que le servirían de avituallamiento para el resto del día.
Desde allí recorrieron los pocos metros que los separaban de la fortaleza, una vez en su explanada contemplaron el majestuoso edificio que escondía en su interior gran parte de la historia de su país y las joyas que eran el orgullo e insignias de Escocia.
Bajaron por la Milla de Oro deteniéndose frente a los escaparates de las centenares de tiendas que vomitaban turistas de su interior, rieron ante los disparatados y chabacanos artículos que algunas exponían en sus vitrinas. Aldair gruñó y tiró de ella cuando se embelesó observando unos vasos que mostraban a un hombre ataviado con kilt mostrando su trasero y que parecían gustarle mucho a su mujer. Casi volvió a olvidarse de la tristeza que guardaba dentro, cuando ella se pegó a él y dándole una nalgada le musitó <<ninguno como este>>.
Al llegar a North Bridge una arcada la hizo correr hacia un callejón, donde vomitó todo lo que había ingerido. Con el regusto amargo en su paladar, se limpió con el dorso de la mano y se giró encontrándose de bruces con Aldair que silenciosamente se había acercado y que la observaba frunciendo el ceño.
—¿Qué os sucede? ¿Estáis enferma? —preguntó con la preocupación reflejada en la voz.
—No, estoy perfectamente —respondió con calma—, deben ser los nervios y la emoción por estar de nuevo en mi tierra, es tan maravilloso volver a estar cerca de todo lo que conozco.
—Me alegro por vos —un toque de aflicción tiñó sus palabras, ¿cuánto hacía que no la había visto ilusionarse de aquel modo?—. Continuemos, el tiempo pasa distinto para nosotros y apenas quedan unas horas, ¿dónde os gustaría ir ahora?
—A tantos sitios —contestó con determinación—, me gustaría estar con mis amigos, con mi gente, dormir en mi cama, tocar mis cosas...
Aldair estudió cada rasgo que surgía en la cara de Liana al enumerarle sus deseos, gozó al verla feliz aunque cada vocablo se le iba clavando uno a uno en el alma.
—Vayamos a mi casa —exclamó de repente sacándolo de sus cavilaciones—, está muy cerca.
Unas calles más allá apareció el objeto de su anhelo, una mole de fachada labrada y cuyas ventanas asemejaban vigilantes ojos que parecían otearlos en un amenazante silencio. Liana alzó la cabeza hacia la que fue su vivienda, todo parecía igual y sin embargo todo era distinto. Se estremeció cuando la masculina palma se posó en su espalda.
—¿Queréis subir?
Iba a decirle que sí cuando la figura de un hombre la paró en seco, por el portón de entrada acababa de aparecer Carlos, iba acompañado de una joven rubia de aspecto tímido a la que sonreía embobado, parecía que por fin se había enamorado. Estaba tal y como lo recordaba, atlético, atractivo y elegante como siempre con el cabello oscuro recién peinado y su traje a medida. Al verle tomar su dirección, instintivamente dio un paso atrás para evitar ser descubierta, suspiró más por alivio que por otra cosa ignorando como ese simple gesto sin importancia hacía que el corazón del hombre que tenía detrás crujiera de pena.
—¿Por qué no habéis hablado con él? —interrogó Aldair tan pronto la pareja desapareció por la esquina.
—No, es mejor así —susurró ahogando un sollozo—, tendría que explicarle tantas cosas que no lograría entender.
—Subamos —indicó obviando el gemido que acababa de escuchar.
—No —contestó echando a andar para que no viera las lágrimas que inundaban sus ojos—, es mejor que no, hay tantos recuerdos ahí arriba—, apenas dio unos pasos para detenerse de nuevo—. Oh Dios mío, no puede ser.
Aldair, que permanecía clavado en el sitio con la vista fija en la espalda de Liana, miró más allá de ella , no sabía que podía ser lo que la exaltaba de aquel modo, pero fuera lo que fuera no podría causarle más pesar de lo que ya sentía, ahora lo tenía todo claro, Liana echaba de menos todo aquello y la nostalgia la estaba consumiendo, quizá por nobleza o por lástima no era capaz de decírselo, tal vez se olvidó que tiempo atrás, llevado por unos celos que los habían roído a ambos, le confesó —sobrecogido por si accedía a ello— que podía traerla de regreso. Nunca más le insistió ni le habló de Edimburgo y él…, apretó los párpados con fuerza, para volver a elevarlos ante los grititos de la mujer que como una niña pequeña ante un juguete daba saltitos alrededor de un automóvil. Arrastrando los pies se acercó.
—Ohhh, eres tú —pasó la mano por la pulida chapa—, mi guerrero plateado, pensé que jamás volvería a verte, estás igual que cuando te dejé. Te he echado tanto de menos. Carlos te ha cuidado bien ¿verdad que sí chiquitín?—, se giró hacia su marido—. ¿Te acuerdas de él? Es mi coche.
Asintió decaído al comprobar como otra cosa más se añadía a la lista que la separaba de él.
Las horas pasaron como si fueran minutos y sin darse cuenta se vieron sumergidos en el atardecer que cubría el plomizo cielo escocés. Liana era consciente que su tiempo en su adorada cuidad estaba a punto de agotarse. Miró a Aldair, que sumido en sus pensamientos caminaba a su lado. Quería abrazarlo, decirle cuando le agradecía el regalo tan magnífico que le había hecho y que atesoraría para siempre en su interior como uno de sus bienes más preciados, así que ¿por qué no hacerlo?
—Muchas gracias —musitó emocionada enlazándose en su cintura—. Me has hecho muy feliz.
—Lo que sea por llevar la alegría a vuestra mirada —corroboró acercándola más a él.
—Sin embargo la tuya está muy apagada ¿a qué se debe?
—No importa —respondió observándola de soslayo—, continuemos.
Liana guardó silencio, pero a su regreso no pararía hasta sonsacarle la verdad. <<El tigre caerá bajo el poder de la gatita>> pensó aguantándose las ganas de ronronear.
Ya era de noche cuando arribaron a Calton Hill, la iluminación tan profusa en las calles cercanas desaparecía allí donde la oscuridad tomaba posesión por completo, pero a pesar de que las nubes ocultaban a la luna tras su denso manto, evitando que el argentado brillo los guiara entre las lápidas, con la mano aprisionada entre el férreo puño la llevó con decisión hasta la marmórea punta.
Habían llegado a la base cuando le pidió que la dejara recuperar el aliento, el mareo que sentía se agravó tras subir las empinadas cuestas. Cuando la soltó se volteó una vez más hacia la urbe, el paisaje a aquellas horas nada tenía que ver con el del alborear, la iluminación azulada y amarillenta le daba un aspecto casi mágico a los monumentos, las estelas rojizas de los faros de los coches se perdían por las ahora tranquilas avenidas y plazas, fijó la vista en el Castillo que como un coloso se alzaba guardando la villa que se iba durmiendo poco a poco. Con una última ojeada se despidió mentalmente de su amado Edimburgo, tal vez nunca volviera a verlo, aunque realmente tampoco le importaba demasiado. Tomando aire para controlar la emoción que le atenazaba la garganta se giró hacia Aldair que la contemplaba en silencio, frunció el ceño al ver la expresión de su rostro, había tanto pesar en aquellos verdes orbes.
Aldair ya no tenía ninguna duda, se arrepentía de haberla llevado a ese viaje, pero al mismo tiempo le aliviaba saber que en sus manos estaba que la mujer que amaba y amaría siempre fuera dichosa. Atando en su interior todo la angustia y la amargura que lo llenaba decidió que era hora de hablar.
—Venid sentaos un momento —indicó una de las cercanas tumbas—, debemos conversar.
Ella obedeció su orden un tanto confusa.
—Aldair, ¿qué ocurre? —interrogó percibiendo que algo iba mal al percatarse de su gesto adusto.
—He decidido que regresaré solo —dictaminó dirigiéndose a la nada—, es mejor que os quedéis aquí.
—¿Cómo has dicho? —se incorporó como un resorte.
—Es lo mejor para ambos —respondió mintiéndose a si mismo, quizá lo fuera para ella mas para él sería su sentencia de muerte.
—Por eso me has traído aquí —manifestó desgarrada por dentro—, para abandonarme—, pestañeando nerviosamente tratando inútilmente de mantener el llanto a raya lo encaró—, te cansaste de mi ¿no es eso?, ya no me amas.
—No Dios mío claro que no —apresó sus hombros con fuerza—, os amo más que a mi vida, más que a todo…, —se le quebró la voz al verla llorar—, pero parecéis tan desdichada a mi lado.
—Aldair.
—Hoy al veros aquí tan alegre, con el color salpicando vuestras mejillas, el volver a oír el sonido de vuestra risa me hizo darme cuenta —arrastró con el pulgar la gota que resbalaba por el pómulo—, vuestra felicidad es lo único que me importa y si he de renunciar a vos para que seáis dichosa lo haré aunque me cueste la misma vida.
—Ya soy feliz contigo —afirmó aferrándose a él que mantuvo los brazos laxos—, tienes que entenderme y ponerte en mi posición, no soñé con volver a ver todo esto, pasear por el lugar que me vio crecer.
—No es necesario que mintáis, maise —tras unos segundos de silencio continuó—, aquí hay cosas a las que estáis acostumbradas y yo jamás podré brindaros.
—No te miento —hipó clavándole las uñas en los omoplatos—, por lo que más quieras créeme, no concibo mi existencia sin ti, llévame contigo o mátame, pero no me dejes.
—Jamás os haría daño ni con el pensamiento —con lentitud alzó los brazos rodeándola con ellos—, pero mi señora prefiero dejaros aquí y que con el tiempo me olvidéis que veros enfermar y morir de nostalgia a mi lado.
—¿De qué estás hablando?
—No soporto continuar viendo como os vais apagando como una tea lentamente, como vuestro hermoso rostro se torna pálido —poco a poco fue exponiendo todos sus miedos—, me ha consumido el veros forzar una sonrisa, la impotencia hacía presa en mí cuando abandonabais el lecho furtivamente…
—¿Por qué no dijiste nada? —interrogó alzando la testa—. ¿Por qué te guardaste todo ese dolor para ti?
—¿Qué me hubieseis dicho entonces?
—La verdad —afirmó deslizando las yemas de los dedos por el áspero mentón que iba necesitando un rasurado—, no me estoy deprimiendo amor mío, de hecho me siento más plena que nunca. No abandonaba nuestra cama por desidia, al contrario es un sitio que me gusta mucho sobre todo si tú estás en ella, pero hay cosas que prefiero hacer a solas—, posó una yema sobre los plenos labios para que no la interrumpiera—, no es de buen gusto para nadie ver a otra persona echar la primera papilla—, rió al ver el gesto atónito de su marido—. No estoy enferma grádh estoy embarazada.
Debía irse pero se resistía a hacerlo, no con ella suplicante, no sin tenerla un poco más pegada a su cuerpo. Con los ojos apretados y el corazón saltándose los latidos escuchaba sus peticiones y sollozos, ahora le dolía y durante un tiempo quizá siguiera haciéndolo pero con el paso de los días, de las semanas lo olvidaría, volvería a su rutina y él se convertiría primero en un recuerdo y más tarde en nada. Aún sabiendo eso, deseaba sentir sus caricias un poco más, escuchar su dulce voz y aferrarse a ella los pocos minutos que aún le quedaban. Las últimas palabras le hicieron tensarse.
—Em… —notó como se le aflojaban las rodillas—. ¿Cómo es posible?
—Es lo normal cuando una mujer y un hombre…
—Pe... pero... vos —tartamudeó de la emoción—, esas... hierbas.
—Nunca las tomé —le aclaró rozándole el mentón con los nudillos—, y hace bastante que se me acabaron las píldoras.
—¿Cuándo? —acarició con timidez el vientre aún plano.
—En verano —confirmó buscando sus ojos, parpadeó al verlos llenos de humedad y algo que no supo definir pero la asustó—. Aldair ¿no lo deseas?
—Por Cernunnos mujer, ¿cómo podéis pensar algo así? —preguntó dejando rodar las lágrimas al tiempo que se levantaba obligándola a hacer lo mismo—, aún no ha nacido y ya lo amo—, agarrándola de las nalgas la pegó a él y la elevó hasta que su boca quedó a la altura de la suya, sonrió cuando ella se aferró a sus hombros y tras rozar levemente los adorados labios comenzó a girar riendo como un desquiciado—. ¡Un hijo, nuestro hijo!
—Estás loco —chilló plagando de risas el solemne lugar.
—Por Vos mo grádh y por mi heredero.
—Nosotros también te amamos a ti —aseveró mientras la bajaba poco a poco y se abrazaba a él—, te adoro mi tonto Highlander, eres todo lo que siempre soñé tener y no esperé 27 años para que ahora quieras deshacerte de mi porque vomité un par de veces.
—Siempre quise haceros este regalo, estas son vuestras raíces, aunque no pude hacerlo hasta el día de hoy en que el Solsticio de Invierno está teniendo lugar —confesó sobre su cabello—, deseaba que tuvierais la oportunidad de ver otra vez este sitio tal como lo conocéis y que tan poco se parece a Ceann—uidhe. Sé que habéis sacrificado mucho por estar a mi lado, pero…
—Continúa por favor.
—Por los dioses, he pasado un infierno pensando que ya no me amabais —reconoció entre dientes.
—Lamento haber sido tan estúpida y haberte preocupado sin motivo.
—Hoy cuando os vi tan dichosa pensé que estaríais mejor sin mí.
—En ningún sitio estaré mejor que contigo, nene —se mordió el labio con rabia, cuánto sufrimiento había padecido su fornido escocés—, no te cambiaria por nada del mundo—, izó la vista, había tanto amor en los aceitunados orbes de su guerrero que supo que duraría eternamente—. ¿Aún no te has dado cuenta que mi hogar eres tú?
Fue incapaz de contestarle, no porque no quisiera hacerlo sino porque las palabras no lograban atravesar el nudo formado en su garganta. Continuó en silencio cuando ella lo guió hasta el obelisco, asió su daga y sin vacilar se cortó la palma antes de tenderle el arma mientras descansaba la otra sobre el vientre donde crecía su primer vástago.
—Tu hijo y yo estamos deseando regresar —musitó mostrándole la herida abierta—, llévanos a casa Aldair.
Sin necesitar más aliciente hizo lo que le pedía, sacó el medallón del sporran y acarició el pulido rubí. El amor lo había impulsado a enterrarla hasta el fin de los días y el mismo amor le instó a arañar la tierra sagrada para recuperarla, aún sabiendo que con su acto pudiera perder a la mujer que tanto amaba. Recordó como su mente y su corazón se abrumaron al tener que volver a cometer sacrilegio. Había pedido un sincero perdón al druida antes de retirarla de los huesudos puños, pero necesitaba la joya para la misión que debía llevar a cabo. Por fortuna los dioses habían estado de su lado, mas aunque el resultado hubiese sido nefasto para su alma, no dudaría en repetir la acción mil veces con tal de ver a su esposa feliz.
Pronunciando la antigua cantinela cortó su callosa mano y la unió a la de su sonriente mujer envolviendo con ellas la templada gema. Cuando el velo comenzó a arroparlos con su carmesí fulgor abrazándolos por el bucle de los tiempos buscó sus labios y la devoró en un ardiente beso que los hizo temblar de pasión.
Llegarían tiempos revueltos, años de guerras y desolación, pero saberse poseedor del amor de Liana lo hacia sentirse invencible. Algún día Morrigan batiría sus negras alas sobre él arrancándole de este mundo, mas hasta el instante mismo en que tuviera que doblegar la cabeza para rendir cuentas ante Donn, trataría de ser un buen guía para su pueblo, un buen padre para sus hijos pero sin duda su único afán sería hacer dichosa al preciado tesoro que con el que Ainé lo había bendecido. Su Liana. El sueño de mujer que lo conquistó devolviéndolo a la vida.
Fin
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miércoles, 9 de febrero de 2011
CONQUISTADO POR UN SUEÑO ¡MAÑANA EL DESENLACE!
Tras largos meses acompañando a Aldair y Liana, compartiendo con ellos risas, penas, celos, insultos, sexo apasionado y sobre todo mucho amor, mañana será el día en que les digamos adiós.
Os esperamos a todos para leer ese ansiado y a la vez apenado final, porque fue mucho el tiempo que nos llevó hacerla y el cariño hacia los personajes que salen es infinito.
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domingo, 6 de febrero de 2011
COINCIDENCIAS ASOMBROSAS V
RICHARD WAGNER Y EL NÚMERO 13
El compositor Richard Wagner nació en 1813.
Su nombre tiene 13 letras.
Escribió 13 óperas.
Los números de su año de nacimiento suman 13.
Encontró su vocación musical un 13 de octubre.
Sufrió 13 años de destierro.
Terminó Tannhauser un 13 de abril y dejó de ser tocada el 13 de marzo de 1845, tras su fracaso en París; fue repuesta el 13 de mayo de 1895.
El teatro de Riga (allí se presentó como director de orquesta) se inauguró un 13 de septiembre.
La casa donde se llevaban a cabo sus festivales en Bayreuth fue abierta un 13 de agosto y el último día que pasó en ella fue un 13 de septiembre.
Wagner murió el 13 de febrero de 1883, decimotercer año de la unificación de Alemania.
Estoy segura que si estuviese vivo y preguntásemos: ¿a quién le gusta el número 13? Él levantaría no una, sino las dos manos.
DE BODAS, GANADORES Y DEFUNCIONES
Año 1.981:
El príncipe Carlos de Inglaterra se casó.
El Liverpool fue campeón de Europa.
Falleció el Papa.
Año 2.005:
El príncipe Carlos de Inglaterra se casó.
El Liverpool fue campeón de Europa.
Falleció el Papa.
Así que no me seáis cabroncetes y avisad al Papa si veis que Carlitos se nos casa de nuevo y el equipo británico gana.
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Etiquetas: Coincidencias asombrosas
jueves, 3 de febrero de 2011
CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 40 (2ª parte)
En los aposentos de Baldulf un inquieto Aldair aguantaba como buenamente podía las bromas de su padre y del Lobo. Ya se había colocado la camisa y enrollado en las caderas los metros y metros de plaid que conformaban el kilt ajustándolo con la correa y la hebilla de plata, sus pies estaban cubiertos por las abarcas del ghillie, apenas le faltaba un par de complementos y estaría listo para ir a la capilla a esperar la aparición de su señora.
—Parecéis ansioso —comentó Niall al ver la celeridad con que se vestía—, pensadlo bien aun estáis a tiempo de huir.
—Bastardo
—Umm —sonrió al ver como los nervios iban haciendo presa de su amigo— quizá la dama sea más prudente y haya decidido salir corriendo hacia las montañas.
—Padre, hacedlo callad de una vez —pidió tomando su dubli sgian para colocarla en su lugar, a la vez que dejaba en su sitio la escarcela.
—¿Por qué iba a hacer algo así? —interrogó aguantándose la risa mientras se giraba para que no le viese la expresión—, el matrimonio es algo muy serio hijo mío, debéis pensarlo bien.
—Por Dios bendito —exclamó Aldair exasperado poniendo el broche en su kilt
—¿Habéis blasfemado adrede? —preguntó su amigo con gesto serio—, una excusa perfecta si queréis que el padre Kevin se niegue a casaros.
—Os juro que os odio con todas mis fuerzas, a ambos.
—Sí, sí ya lo sabemos —afirmó Niall alargándole un ramillete de brezo blanco para que lo prendiera a la camisa—, pero lo hacemos por vuestro bien, una vez estéis casado no deberéis mirar con lascivia a ninguna mujer más que a la vuestra, todos los encantos femeninos os serán vedados.
—Jamás ha habido hembra alguna en mi lecho desde que conocí a Liana —afirmó con vehemencia ante la jocosa mirada de ambos hombres—, ni tengo intención de que la haya, ella satisface todas mis expectativas…
—Ah si eso está muy bien —continuó Niall sin poder ocultar el divertimento—, pero ¿qué me decís de las borracheras? Estas se terminaron.
—Su belleza es suficiente licor para mis labios.
—Mas luego vienen los hijos y ahí las complicaciones —continuó intentando contener la risa—, ya no tienen tiempo para el marido, todas las horas y minutos son para esos pequeños mocosos y llorones.
—Los hijos… —musitó soñador—, los deseo con tanto anhelo, nada me complacerá más que sostener a los vástagos que engendremos entre mis brazos.
—Por no hablar de lo posesivas y mandonas que se vuelven a partir del día siguiente de la celebración —prosiguió como si nada.
—Características innatas en mi Liana y eso hace que la ame aún más.
—Bueno, que no se diga que no lo intentamos —encogiéndose de hombros palmoteó al ahora carcajeante anciano—, vayamos pues hacia la ermita.
—Padre debéis…
—Lo sé, lo sé no seáis impaciente, id y esperadnos allí —sonrió con beneplácito—, en unos minutos iré a por vuestra novia para conducirla hacia vos.
—Esperemos que la muchacha haya sido más lista y haya huido como alma que lleva el diablo —rió Niall ya en el dintel lo que le valió un doloroso golpe en el hombro por parte de su amigo.
Cuando hubieron salido, Baldulf alzó la vista hacia el tapiz que presidía su estancia, los ónices se le llenaron de agua al encontrarse con el hermoso rostro que le devolvía una verdosa mirada.
—¿Lo habéis visto Ariehn? —preguntó con voz rota—, nuestro hijo va a contraer esponsales, me hubiese gustado tanto que estuvieras aquí junto a nosotros —tragó saliva sonoramente—, es una buena mujer la que ha escogido, alegre, amable, de buenos sentimientos…, sé que te hubiese complacido la que eligió para gobernar su corazón y a los McRea —alargando la mano rozó el bordado lentamente—. Serán felices mo grádh, tanto como lo fuimos nosotros.
Ojeando una última vez el retrato de su difunta esposa, con paso firme dejó la habitación para dirigirse a la de Liana de Edimburgo.
Tras ponerse la escueta ropa interior de raso azul que había elegido para la ocasión, color que como tributo a las novias de su época había decidido llevar, Brianna la ayudó a colocarse el vestido que le encajó como un guante, la tela era como una caricia en la piel y se le ajustaba al busto y a la cintura de tal modo que parecía que Vitorio y Lucchino le habían tomado medidas. Su gente valía su peso en oro. Apenas la prenda de deslizó por su figura la puerta de la cámara se abrió, un grupo de mujeres encabezado por Kirsty entró sin esperar permiso, lanzando grititos gozosos.
—Estáis muy hermosa —dijo una—, nuestro Señor se desmayará al veros.
—Espero que no —rió.
—Tened —sollozó otra entregándole un pequeño ramo de flores blancas—, puse un ramillete de brezo entre ellas, para que os acompañe la fortuna.
—Gracias sois muy amables.
—Aún falta una última cosa —indicó Kirsty prendiendo un trozo de tartán McRea en su hombro derecho con un brillante alfiler dorado—, es la tradición.
A partir de ese instante todo fue un caos, las damas le aconsejaban, le apretaban, le estiraban de la falda hasta una tuvo la osadía de subirse a una de las sillas para peinar el encrespado cabello que parecía tener vida propia, al final con mucho esmero y paciencia quedó recogido bajo una delicada corona de florecillas albinas y violetas de la que salían tres níveas cintas que caían por su nuca y que no supo quien había traído. Cuando ya creía que el martirio tocaba a su fin, la más joven se acercó con una pieza de plaid.
—Es un arisaid señora —musitó tímidamente colocándoselo en la cintura— más tarde refrescará y podréis aliviar el frío con él.
Sumamente agradecida por las muestras de cariño, aunque un tanto agobiada se llevó la mano a la boca para no explotar cuando sonó un nuevo golpe en la madera, tras el permiso de rigor —que raras veces se esperaban a obtener—, la hoja se abrió sobre sus goznes dando paso a un emocionado y perfumado Baldulf. Orgulloso y ágil se acercó recorriéndola de arriba abajo.
—Por los dioses ¿estáis segura que deseáis casaros con ese haragán que tengo por hijo en vez de conmigo?
—Umm, pues ahora que te veo no lo tengo tan claro —replicó siguiendo la broma.
—Os juro que lo envidio —tomó los nudillos y deposito un tierno beso—, hermosa e inteligente. ¿Estáis dispuesta para irnos?
—Cuando quieras.
—Vayamos pues —le ofreció el brazo.
Ya estaba en el dintel cuando algo la detuvo, pidiéndole que la esperara un minuto corrió hacia sus pertenencias y rebuscó entre ellas hasta encontrar la pulsera repleta de amuletos que una vez perteneció a su tía y se la colocó en la muñeca rozando los diminutos colgantes.
—Me hubiese gustado tanto que estuvieras conmigo hoy —una suave brisa le acarició las mejillas sorprendiéndola y haciéndola sonreír—, gracias tía Henrietta.
La pequeña ermita ahora limpia y adornada para la ocasión estaba a rebosar, nadie había querido perderse el evento luciendo sus mejores galas, hasta el más humilde de sus paisanos estaba allí, unos dentro de la capilla, otros aposentados a las afueras, los primeros bancos ocupados por algunos jefes de otros clanes amigos y sus esposas, así como los druidas y algunos miembros más destacados del suyo propio. Ya había remirado a todos tantas veces que algunos le sonreían por inercia, se restregó las sudorosas palmas por enésima vez en el kilt sin dejar de otear la entrada ¿dónde diablos estaba Liana?. El resonar de la gaita le aceleró el corazón.
Del brazo de su suegro caminó a paso calmado hacia el templo, no encontraron a nadie en el corto sendero y al ver el agolpamiento de personas que la esperaban junto a este supo por qué. Los vellos se le pusieron de punta al oír las dulces notas del bello instrumento esparcirse por el aire, se estremeció por la emoción que comenzaba a hacer presa en ella.
—Anuncian vuestra llegada —aclaró Baldulf.
Pudo sentir las miradas de todos fijos en ella mientras caminaba hacia el altar, pero era el intenso fuego que refulgía en las esmeraldas esferas de Aldair lo que la tenía hipnotizada, si no fuera del brazo del anciano Laird de todos modos y como una autómata hubiese ido al encuentro de aquel hombre que la contemplaba con tanto amor. Haciendo uso de la fuerza de voluntad —que en esos momentos era escasa— logró desprenderse del verde magnetismo para continuar el recorrido a lo largo del glorioso cuerpo, la mandíbula se le cayó ante la imagen que tenía ante ella, aun tras las formales vestimentas podía sentir el poder que emanaba su futuro esposo. Clavó con saña los dedos en el antebrazo de su suegro llevándose una mirada condenatoria por su parte, pero era eso o lanzarse a correr para ser rodeada por sus brazos.
Tuvo que hacer acopio de valor para no mandarlo todo al diablo, correr por el pasillo, agarrar a Liana y sacarla de allí para hacerla suya. El corazón se le hinchió de pasión al verla tan hermosa y el orgullo regó cada célula de su ser al apreciar sus colores en la exquisita indumentaria. Una vez estuvo a su lado y sin poder dejar de contemplarla enlazó los dedos con los de ella depositando un largo beso en sus nudillos. Tras dejarla junto al acelerado pecho, ambos se giraron hacia el padre Kevin, que con un leve gesto de aprobación ante la muestra de cariño, dio comienzo a la ceremonia.
El largo discurso del sacerdote pasó a segundo lugar mientras que ellos se perdían entre sus amorosas y ardientes miradas. Las olorosas flores de las Highlands que engalanaban la sacristía, las numerosas personas que se apiñaban intentando no perderse nada, las llamas de las múltiples velas que titilaban alumbrando el espacio, todo desapareció, sólo existían ellos. Los ojos acariciando sus rostros, los dedos rozando sus manos, los labios entreabiertos clamando por ser besados.
El exagerado carraspeo de un sonriente Niall los trajo a la realidad, provocando una carcajada en Aldair y el calor de la vergüenza en Liana que dejó de mirar embelesada a su guerrero para fijar la vista en el orondo cura, que un tanto confuso ante el letargo que parecía haberles poseído, repitió la pregunta.
Con voz solemne y cargada de emoción reafirmaron su amor e intercambiaron los anillos, confirmando ante Dios lo que desde hacía meses ellos ya sabían, que eran el uno del otro y que más allá de la muerte seguirían perteneciéndose. Para deleite de los presentes y sin esperar a que el buen padre finalizara, Aldair enlazó a Liana por la cintura y cubrió su boca con un apasionado beso, generando algunos suspiros entre las mujeres, risas entre los hombres y una mirada de desaprobación por parte del pesado presbítero.
Una vez bendecida su unión, los vítores reverberaron entre los viejos muros. Sin dilación se vieron rodeados por unos pocos invitados deseosos de felicitarlos personalmente. Aldair meneó la cabeza sin sorprenderse en absoluto por quienes pretendían robarle a su esposa. Sólo su padre, Niall y los sinvergüenzas de Kai y Mervin tenían la desfachatez suficiente. Fue a poner orden cuando su lugarteniente le dejó paralizado, el serio Keith sostenía entre sus brazos a su señora y sin respeto alguno por él la besaba en los labios.
Oyó los jubilosos gritos de los que desde ese mismo instante eran su nueva familia y se giró hacia los congregados que se iban acercando, se disponía a agradecer los buenos augurios cuando se vio arrastrada lejos de Aldair por unos fornidos brazos, alzó la cabeza y sonrió al hombre que era la mano derecha de su esposo, cuando este sin previo aviso bajó la testa y cubrió su boca con un apretado beso. Pestañeó cuando el enorme guerrero la soltó y con una ligera sonrisa la felicitó, sin tiempo a replicar se vio junto a otro ancho cuerpo, esta vez en sus ojos brilló la diversión al ver que Kai se disponía a repetir el ritual que segundos antes llevara a cabo Keith, sin embargo su gozo se quedó en un pozo cuando una gran mano se interpuso entre ambas bocas. Divertida al examinar el furibundo rostro de su recién estrenado maridito y como el joven se echaba para atrás, decidió hacer uso de sus derechos como novia. Poniendo su mejor cara de niña buena, posó la palma en su tórax.
—Cariño, aquí tal vez no se estile, pero en mi época es normal ser besada por los invitados —parpadeó coqueta—, ¿y tú no querrás hacerme ese feo?
—Yo no veo ningún feo por aquí. —clamó Niall que sin darle tiempo a contestar a Aldair, la atrajo hacia él y ante la estupefacción de su amigo hizo realidad el deseo de Liana.
—¡Basta! —gruñó Aldair arrancándosela de los brazos— ¿que demonios creéis que estáis haciendo?
—Sólo le daba la bienvenida a la familia —aclaró el Lobo guiñándole un ojo a Liana.
—¿Y desde cuando pertenecéis vos ella? —barruntó colocándola a su lado.
—"Hermano" —palmeó el hombro repetidas veces— fuisteis vos quien comenzó a usar ese apelativo si mal no recuerdo.
—Yo...
—Como alguna que otra vez expresó mi ahora querida cuñada —señaló con la cabeza a la sonriente aludida—, Rita Rita lo que se da no se quita, por lo tanto, bienvenida a la familia Liana.
—Sólo os diré una cosa, si queréis conservar vuestra… Rita —indicó mirándole por debajo de la cintura intentando no soltar la carcajada y deslizando la mano por la esbelta cintura de su dama pegándola a él—, evitaréis besuquear a mí hembra y caballeros—, miró a los hombres que estaban al lado del amenazado—, la advertencia es para todos.
Los amonestados dieron un paso atrás a la vez lanzando frustrados suspiros y con una leve inclinación se alejaron de la pareja.
Libre al fin de los "saqueadores" Aldair la giró hacia él, sin poder reprimirse bajó la cabeza y rozó los tiernos labios.
—Sois una casquivana —susurró resbalando los nudillos por la columna dorada de su cuello.
—Y tú eres un aguafiestas —respondió conteniendo la emoción y el deseo—, pero te quiero igualmente.
—No más de lo que os quiero yo a vos —llevó los dedos al trozo de plaid que descansaba sobre su hombro y lo soltó— y esto, de ahora en adelante lo llevareis aquí —dijo prendiéndolo a la diestra—, sois la esposa de un Laird, mí esposa.
—Por siempre —aseguró acaparando la sonriente boca y atrapando el sí que él biseó.
Ante los atronadores silbidos y el griterío sin par, el fogoso matrimonio se separó y procedieron a salir atravesando las muestras de jolgorio y los múltiples pétalos de flores que les lanzaban a su paso, precedidos por un gaitero que arrancaba alegres notas al instrumento, mientras se encaminaban hacia el castillo para comenzar el festejo. Tras ellos Baldulf y Brianna, Niall y Nerys con el pequeño Aidan en brazos, justo detrás un embobado Kai había tomado posición, aguantando estoico las bromas sobre su futuro enlace y cerrando la comitiva el resto de la concurrencia.
En el exterior de la fortaleza se habían dispuesto largas mesas que rebosaban repletas de ricos manjares, carnes de caza y aves, dulces y frutas, que los serviles criados se afanaban por colocar, una vez posicionados en la cabecera, Aldair llenó una copa de licor y se la ofreció a Liana que tras cogerla agradecida, se quedó perpleja al verse observada por el resto de comensales como si esperasen algo de ella.
—Bebed de ella y pasadla a vuestro esposo —musitó Baldulf—, es una muestra del afecto que sentís hacia vuestro pueblo.
Liana hizo lo que su suegro le había indicado, una vez que Aldair tomó un sorbo y pasó el cáliz hacia su derecha para que todos pudieran asimismo saborear el néctar, la fiesta dio comienzo. Las exquisitas viandas saciaron los paladares más exigentes y las gargantas más resecas se vieron humedecidas por la de cerveza, que para deleite de propios y extraños corrió como un río. Los niños se vieron recompensados con dulces, que por orden de Balduf la cocinera había elaborado con doble ración de piñones. Estaba tomando el segundo de los ricos postres cuando Aldair, echando su silla hacia atrás, se puso en pie y tendió una mano hacia ella. Negó sutilmente, mas él con la más cautivadora de sus sonrisas agitó la palma con insistencia. Dejando sobre el platillo el pastelillo, asió los largos dedos y se incorporó. Una sarta de aplausos estalló en el ambiente cuando con paso decidido la condujo hasta la pequeña explanada y con un gesto indicó que comenzara la música, apenas la primera nota cortó el aire la enlazó por el talle, la apestilló a su cuerpo y fundiéndose en la noche de sus ojos comenzó a girar. Después de unos minutos fueron muchas las parejas que se animaron a acompañarlos en la danza.
Horas más tarde y tras haber bebido, comido y bailado con todos los que se lo pidieron estaba rebosante de felicidad pero completamente exhausta. Bajo la mesa buscó el muslo de Aldair y deslizó los dedos por él, para llamar su atención, cosa que obtuvo al instante, pues dejó a su lugarteniente con la palabra en la boca y se revolvió hacia ella con las verdosas retinas llenas de ardientes promesas.
—Estoy agotada.
—Esperad un poco más —aconsejó con ternura—, os prometo que os llevaré a la intimidad de nuestro cuarto —bajó la voz hasta apenas un susurro—, estoy tan ansioso como vos por comenzar nuestra noche de bodas, —clavó la vista en los montículos de sus senos que el escote dejaba al descubierto y repasó su labio superior con lascivia— de arrancaros ese vestido y poseeros hasta la saciedad.
Con la respiración acelerada, la temperatura de su cuerpo con unos cuantos grados de más y sonrojada como la grana, no percibió la presencia de la anciana hasta que ésta, arrodillada a su lado, le alzó la falda hasta la pantorrilla y la despojó de sus zapatos, iba a ordenarle que se incorporarse cuando la melodiosa voz la dejó sin habla.
—Mi señora —dijo tomando el empeine e introduciendo la extremidad en el balde lleno de agua fría—, es para mi un honor como la mujer casada de mayor edad lavar vuestro pie para que la fortuna, la salud y la prosperidad os acompañen en esta nueva vida que acabáis de empezar entre nosotros. Sed bienvenida.
Sin saber que decir y algo aturullada se dejó hacer hasta que tras secarlo delicadamente volvió a introducirlo en el zapato.
Las estrellas ya titilaban en el firmamento cuando Aldair se puso en pie y para deleite de damas y guerreros la besó vorazmente.
—Mi adorable esposa está cansada y necesita reposo —afirmó entre risas—, es hora de que la acompañe a nuestros aposentos.
—Serás golfo…
—Seguid comiendo y bebiendo hasta que vuestros huesos aguanten —continuó obviándola—, brindad a nuestra salud.
Las atronadoras carcajadas los envolvieron cuando sin previo aviso la asió y la colocó sobre su hombro, fueron muchos los que, envalentonados por los vapores del alcohol, emitieron palabras explicitas sobre lo que debía hacer, incluso alguna dama se unió a la petición. Dándole una palmada en el trasero, lo que subió el tono de las risas y con la firme promesa que haría lo que fuera menester para que pronto un pequeño McRea viniera al mundo, abandonó con su preciosa carga el banquete.
Continuará…
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