martes, 12 de octubre de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 28



Entró en el castillo como un vendaval y subió los escalones de dos en dos, con la vista borrosa por las lágrimas que afloraban sin cesar y el corazón sangrando por las palabras de Aldair.

Fueron muchos los que abandonaron sus quehaceres al verla pasar y la miraron con extrañeza al ver su rostro surcado por el llanto, si algo caracterizaba a su señora era la alegría que la envolvía constantemente. Los murmullos dieron paso a un espeso silencio cuando como un animal salvaje vieron aparecer a su Laird, estos se intensificaron tan pronto desapareció en pos de la mujer.

Dispuesto a dar su paseo diario, Baldulf abandonó su estancia y se encaminó por el pasillo, no era que le apeteciera mucho arrastrar sus cansados huesos de un lado a otro, pero tenía que reconocer que seguir los consejos que Brianna le había dado antes de su partida lo estaba fortaleciendo y poco a poco iba recobrando la plenitud de sus facultades, bueno al menos las que se esperaban de un hombre de su edad. Distraído en sus propios pensamientos no se percató de la joven que se dirigía hacia él hasta que ambos chocaron. Baldulf apenas tuvo tiempo de observarla unos segundos antes de que ella con una breve disculpa continuara su camino y se encerrará en su cuarto, mas ese breve instante fue suficiente para percatarse de la tristeza que bañaba el bonito rostro de su nuera y de sus oscuros ojos.
Preocupado por Liana se olvidó de su hora de aire fresco y cálidos rayos de sol que tanto bien hacían a su cuerpo y a su alma y se giró para aliviarla de sus pesares. Era muy probable que quisiera estar sola, pero quizá también necesitara un hombro sobre el que llorar. Apenas se había movido cuando unos enérgicos pasos a su espalda lo detuvieron, se volteó para encontrarse con un alterado Aldair que con el rostro desencajado y la respiración acelerada avanzaba con la vista al frente y sin el más leve parpadeo, podía apostar su vida que la falta de aliento no se debía al ejercicio.

—Aldair.
—Ahora no, padre –espetó con la mano en el postigo.
—Ahora sí, hijo –recalcó acercándose a él—, sobre todo si la tristeza de Liana se debe a vuestra culpa.

Aldair apretó fuertemente los párpados y la palma que apoyaba en la madera se cerró en un apretado puño.

—La hice daño y debo arreglarlo.
—Por todos los dioses exclamó empalideciendo al ver los despellejados nudillos, ¿acaso habéis osado golpearla?
—¿Y vos decís conocerme? Sabed que cortaría mi brazo antes que golpear a mi mujer —bufó iracundo flexionando los magullados dedos bajó la voz—, aunque las moraduras en su rostro no hubiesen sido tan dolorosas como la contusión que dejé en su interior con mis viles palabras.
—Perdonadme hijo por haber dudado de vuestra integridad le dio un leve apretón, mas debéis solucionar las desavenencias. Liana es una dama especial que ha demostrado el amor que siente por vos abandonando todo lo que hasta ahora conocía por seguiros, eso la hace única y digna de todo mi respeto y de la confianza de nuestra gente que ha ido ganando día a día con su gentileza y su alegría, de repente alzó la palma que había dejado reposada en él y la descargó sobre su antebrazo, además, si llego a perder la nuera que me tocó en gracia no me haré responsable de mis actos contra vuestra persona.
—No la perderemos –afirmó mientras un escalofrío recorría su columna al recordar la última sentencia de ella antes de escapar de su lado—, si eso ocurriera yo...
—Dejad de divagar y entreteneos con un viejo e id a contentar a vuestra dueña instó Baldulf al percatarse del intenso pesar que cubría el semblante de su hijo, y procurad que no vuelva a verla llorar a menos que sea de felicidad.

Aldair asintió y exhalando ruidosamente para infundirse valor, abrió la puerta. El panorama que encontró le desoló el alma haciéndolo sentir el peor de los miserables. Cerró con suavidad tras él no sin antes recibir una reprobadora mirada de su progenitor en cuyos añiles iris bailaba una velada amenaza, parpadeó y se concentró en Liana, esta yacía boca abajo en el lecho, con el rostro enterrado en la almohada y su hermoso cuerpo agitándose por los quejumbrosos sollozos. Dubitativo acortó los pasos que lo separaban de tálamo y se sentó en el borde, aun temiendo su rechazo estiró la mano y con lentitud le acarició la espalda. Ella se sacudió el gesto como si su contacto la hubiese quemado, sorbió por la nariz en un vano esfuerzo por disimular su llanto.

—Liana...
—Déjame en paz –murmuró con la voz ronca—, ya hablaste demasiado antes.
—Perdonadme, era mi orgullo y el dolor por vuestro rechazo lo que afloró a través de mis labios.
—¿Rechazo? ¿De qué me estás hablando?
—Repudiasteis ser la madre de mis hijos.
—¿Tu eres sordo además de idiota? –volteó la cabeza para mirarle—. ¿Es que no me prestas atención cuando te hablo?
—Siempre os la presto. Veo como os esmeráis en intentar hacer cosas que antes para vos sería inconcebible, como os habéis ganado a la gente de este clan y como ya formáis parte de esta gran familia.
—No fue eso lo que me diste a entender antes.
—Antes sólo dije insensateces –afirmó elevando el tono.
—Estupideces que me hicieron daño.

Aldair posó los dedos sobre la sonrosada mejilla intentando secar las saladas gotas que la cubría.

—¿Y pensáis que con vuestra actitud no me lastimáis? –le retiró un mechón que le cayó en ese momento sobre el rostro, colocándoselo tras la oreja—. Por un instante deberíais poneros en mi lugar y sabríais como me siento.
—No creo que te sientas peor que yo –se incorporó sentándose al otro lado de la cama dándole la espalda—. No has hecho nada para comprenderme.
—Me es muy difícil hacerlo cuando en lo único que puedo pensar es en que preferís envenenaros a darme un heredero.

Liana suspiró antes de girarse y mirarlo fijamente.

—Yo sería la mujer más feliz sobre la faz de la tierra si pudiese darte un hijo –levantó el índice para evitar que le interrumpiese—, pero no quiero tener ese bebé ahora, no cuando todavía no estamos casados, ni cuando apenas hemos disfrutado de nuestra relación.
—Aunque con esfuerzo, comprendí muchas cosas de vuestra época, con el mismo ahínco os permito que os pongáis esos pantalones a pesar de que así tentáis a mis hombres y me volvéis con ello loco de celos y de pasión, hice y hago muchas concesiones, pero no concibo que una mujer no anhele tener hijos en cuanto encuentra el amor, como es vuestro caso, por la nimiedad de no estar desposados fijó la vista en ella y sentenció, aunque creo que tampoco querriais tenerlos aunque nuestro matrimonio se hubiera llevado a cabo.

—¿Estás acusándome de utilizar un embarazo para que te cases conmigo?
—No confundáis mis palabras, Liana.
—Quien anda apabullado eres tú –se levantó para mirarle desde arriba—. Las mujeres somos personas con raciocinio y no tenemos por qué estar bajo el yugo del género masculino. Tenemos voz y voto. No necesito que ningún machito me de autorización para vestir como a mí me de la gana, ni tengo porque quedarme preñada sólo porque tú lo desees—, le señaló con el dedo—. Ser padres es cosa de dos no de uno y si yo ahora digo que no quiero ser madre, no lo seré—, enfatizó lo última frase dando un golpe con el pie en el suelo—. Ningún hombre manda sobre mí, ninguno.

Aldair se incorporó furibundo y con ganas de cometer una locura, para evitar caer en la tentación se dirigió hacia la puerta con grandes zancadas, pero antes de abrirla se paró.

—Deberíais estar agradecida de haber encontrado un escocés como yo, ningún otro os concedería tantas libertades—, volteó la cabeza para mirarla—. Perded cuidado en quedaros grávida—, la miró asqueado de arriba abajo—. En estos momentos el sólo hecho de pensar en tocaros me enferma.
—Tu indisposición tiene fácil solución, llévame a mi época.
—Olvidaos —exclamó entre dientes cerrando tras de si con un portazo.

Se marchó dejando a Liana con la boca abierta y la respiración atascada en la garganta. <<¿Se pone malo con sólo imaginarse tocándome? ¿Qué me da muchas libertades?>>

—¿Quieres enfermar de verdad, cariñín? –preguntó por lo bajo a la gruesa madera recién cerrada—, pues no te preocupes que lo harás, vamos a ver que tal te sienta cuando veas a otros babeando por mí y cuando más mujeres exijan tener las mismas condiciones que vosotros.


El gran salón se encontraba atestado. Las criadas iban y venían cargadas con grandes bandejas a rebosar de apetitosos y jugosos manjares disponiéndolas en las numerosas mesas para el deleite de los comensales. A pesar de que el delicioso olor de los asados llenaba la estancia, lo único que podía hacer Aldair era beber un trago tras otro de cerveza, pues su estómago se negaba a admitir nada sólido.
La pelea con su dama le había enfurecido y le dejó más confundido de lo que ya estaba. La última petición antes de salir del dormitorio acrecentaron las dudas que estaban cuajando en su interior agarrándose firmemente a las entrañas sobre si sus sentimientos eran compartidos.

Miró hacia Liana, pero verla reír y bromear con sus hombres lo encolerizó todavía más.

Había pensado castigarla y hacerle ver que aunque ella seguía siendo una señora, por el momento y hasta que no recapacitase, no tendría los privilegios de la dueña del castillo. Por ese motivo en el asiento que ella ocupada en cada comida a su derecha obligó a que se sentara su lugarteniente Keith, ya que su padre se negó a hacerlo fulminándole no sólo con la mirada sino también con las palabras y se quedó a su izquierda, como siempre. Lo que jamás se le pasó por la cabeza es que cuando ella entró al salón y vio lo que había hecho, en vez de sentarse con ellos en la mesa principal prefirió hacerlo en otra cercana junto a los elocuentes primos y sus amigos, todos iguales y cuyo único pensamiento eran mujeres, mujeres y por supuesto, mujeres. Y ahí estaba ella, encantada al verlos deshacerse en elogios y atenciones hacia su persona. Justo en ese momento Roy, el peor de ellos porque no había una moza en el pueblo que no cayese rendida a sus pies con que sólo les guiñase un ojo, disponía en su plato una gran tajada de carne y procedía a cortársela, para su asombro pinchó uno de esos trozos y se lo acercó hasta su boca, ella sonrió y la aceptó de buen agrado, echándose a reír tras tragarlo poniéndole una mano en el hombro. Las tripas se le retorcieron. ¿Cómo osaba tener semejante intimidad con su esposa?

Se había jurado mantenerse al margen, ignorarla el mayor tiempo posible, hacerle notar su desprecio logrando así que cambiase de opinión, pero su orgullo y los malditos celos le impedían quedarse quieto y no agarrar por el cuello a Roy y a cualquiera que se acercase a su Liana.

Apoyó las manos en la mesa y retiró la silla hacia atrás, mas unos débiles dedos alrededor de su muñeca le impidieron levantarse.

—Si hubieseis seguido mi consejo –masculló Baldulf—, ahora seriáis vos quien estuviese alimentándola.
—¿Y he de consentir que otro lo haga en mí lugar? –preguntó sin perder detalle de la escena que se representaba ante él.
—Me temo que sí, os merecéis el castigo por no haber sabido tratarla como se merece.
—Habláis como si no supierais nada.
—La edad y el haber estado al borde de la muerte me hacen ver las cosas de manera distinta.
—Ya que aún tengo un largo camino hasta llegar a vuestros años, quizá tenga que salir a buscar a Morrigan para que me ilumine –espetó acercando el asiento a su lugar.
—No tentéis a los dioses masculló Baldulf molesto, podrían revolverse contra vos, además Morrigan es una mujer y sin duda se pondría del lado de la bella Liana.

Soltando un bufido Aldair cogió la jarra con fuerza volcando parte de su contenido y se la acercó a los labios.

—Hijo mío –musitó siguiendo su ejemplo, aunque sin verter ni una gota del dorado líquido—, hubiese jurado que erais un muchacho inteligente, siento mucho haberme equivocado.


Cada vez que hablaba con Roy o con cualquiera que estuviese a su derecha, aprovechaba para lanzar disimuladas miradas hacia Aldair. Ver las distintas emociones que pasaban por su rostro le estaba alegrando la noche y bien sabía hasta el mismo diablo que lo necesitaba. Ese tontaino era un cabeza hueca que sólo escuchaba lo que le interesaba escuchar y con esa actitud le estaba amargando la existencia.

Examinó a sus compañeros de mesa. Todos eran simpáticos y no estaban nada mal, ni uno solo de ellos tenía un gramo de grasa debido a los continuos ejercicios que realizaban todas las mañanas y los músculos que la escasez de tela dejaban ver, hacía volar su imaginación. Lástima no ser una casquivana para ir de flor en flor. Echó un vistazo al impresionante pelirrojo que se encontraba a su lado y que tanto le estaba ayudando en sus perversos planes. Era un hombre sin pelos en la lengua y lo primero que le preguntó después de saludarla era si había problemas en el paraíso. Le pareció absurdo negarlo cuando las pruebas eran tan evidentes. Acto seguido le dijo, con una ladina sonrisa reflejada en ese rostro de portada, que si necesitaba su ayuda para conseguir conquistarle de nuevo estaba a su entera disposición y a partir de ahí empezó la representación. A pesar de eso, cuando le vio trocear la carne y ofrecerle un bocado estuvo a punto de rechazarlo, pero las llameantes pupilas de Aldair casi lograron que se le escapara una carcajada así que un instante después, ya había atrapado el suculento manjar entre los dientes.

Como que se llamaba Liana que conseguiría, de una manera o de otra que ese asno del que se había enamorado entrase en razón y si no... Bajó la mirada hacia su regazo para que nadie se percatara de la humedad que se había adueñado de sus ojos. Si no lograba que cambiase no merecía la pena seguir por más tiempo allí.


Hacia mucho tiempo que no era tan feliz. Le había costado un esfuerzo sobrehumano no reír a pleno pulmón llenando la gran sala con ese sonido que apenas podía recordar como era, así que para evitarlo se había pasado toda la cena clavándose constantemente las uñas en sus delgados muslos. Esa pequeña tortura fue bien recibida por el regocijo que le produjo ver a aquella mujerzuela relegada a un lado.
No había sido el único que disfrutó de aquella circunstancia, durante unos instantes, antes de elevarlos al cielo y rogar para que se produjera el milagro de que el amor se marchitase entre ellos y ella desapareciese para no volver jamás, sus ojos se clavaron en los de Moira que tampoco podía disimular su satisfacción.
Bien sabían los dioses que si la simple mención de su nombre lo exacerbaba, su presencia le generaba un cúmulo de odio sin igual, mas prefería que se fuera por las buenas, lo cierto era que aunque no le importaba en absoluto la vida de aquella ramera detestaba manchar sus manos de sangre.

Un repeluzno le dominó al sobrevenirle la imagen del extraño del bosque, la buena estampa que ostentaba luciendo los colores del clan cuando no le correspondía llevarlos, no hacía más que agrandar las sospechas del buen hacer con el que se había presentado.
Se revolvió en el asiento intentando desentumecer las horas pasadas en él, con un lánguido suspiro se incorporó dejando atrás el solitario salón. Ya era medianoche y seguro que le estaría esperando. No pudo evitar que un escalofrío atravesase sus viejos huesos al recordar su cerúlea mirada. Quizá debería dar media vuelta, subir los escalones que le separaban del hogar y deslizarse en el lecho para dejar reposar su cansado cuerpo, a la espera de que esa zorra entrometida desapareciese de sus vidas.
Obligó a sus pies a ponerse en marcha para encontrarse con el único ser que podría ayudarle a conseguir que su sueño se hiciese efectivo.

Continuará....



domingo, 10 de octubre de 2010

RELATO: EL BESO DE LA MUERTE




Desde el tenebroso borde del abismo y oculto entre la sombras que deambulaban a su alrededor, contempló a la criatura que día tras día se acercaba a las fronteras del Reino.
Nunca le había prestado especial atención, para él sólo era una mujer insignificante que ocultaba su figura y su rostro tras una larga túnica negra, que llegaba con las almas de los desafortunados mortales a los que les había llegado su hora y que se retiraba sin pronunciar palabra, pero  desde hacía unos minutos toda había cambiado, la atezada melena ondeaba con el viento proveniente de la Puerta Maldita por la que entras pero jamás sales, el finísimo peplo se aferraba a su cuerpo delineando unas formas exuberantemente femeninas, deslizó la vista por la espalda disfrutando de la estrechez de su cintura, se detuvo unos segundos sobre el trasero respingón que coronaba unas larguísimas piernas y a través de los agitados pliegues pudo divisar unas torneadas pantorrillas y unos finísimos tobillos.
Ver esa extensión de pálida piel provocó que por primera vez —desde que surgió de la nada— supiese lo que era el deseo.
Se vio atraído hacía ella como un hambriento ante un suculento plato rebosante de deliciosa ambrosía. Por un instante, al ver el ligero movimiento de su cabeza pensó que ella se volvería, pero como en cada una de sus visitas comenzó a alejarse.

—¡Espera! —bramó temeroso de perderla.

Su llamada surtió el efecto deseado, pues se paró y giró levemente el rostro hacia él.

—¿Qué deseas, Érebos? —preguntó con una voz melodiosa.
—Hablar.
—¿Hablar? —rió brevemente—. No tenemos nada que decirnos.
—Te equivocas, llevamos en este mundo desde la que tierra fue creada, podríamos conversar indefinidamente y nunca agotarnos —aseveró acercándose cada vez más al objeto de sus deseos.
—Yo ya estoy fatigada –aseguró con un suspiro cubriéndose con la capucha.
—¿Tan pronto te cansé? –inquirió divertido.
—Será mejor que me vaya.
—¡No! —la retuvo posando una mano sobre su hombro.
—Ya te traje lo que necesitas ¿qué más quieres de mí? —demandó observando los largos dedos que la aprisionaban transmitiendo su calor a través de los ropajes.
—¿Por qué me ocultas tu rostro? —quiso saber poniéndose delante de ella.

Morana le examinó dentro del resguardo del capuz y lo que vio le hizo vibrar su entumecido cuerpo. Ante ella con toda su magnitud estaba el mismísimo dios primordial del Inframundo, su cuerpo musculoso y marcado parecía esculpido en roca del monte Olimpo, su piel aceitunada brillaba bajo los reflejos añiles de los vapores del Aqueronte, bajó la vista hacia los pies y con lentitud fue ascendiendo por las piernas de poderosos muslos, tenía la cadera cubierta —ocultando el signo de su hombría— por un extremo de la clámide púrpura que descansaba sobre sus anchos hombros, en el vientre plano se dibujaban cada uno de los abdominales, tragó saliva antes de fijarse en el torso amplio y lampiño, el cuello se asemejaba a una de las columnas que abundaban en el templo de Afrodita, ascendiendo por la angulosa barbilla descubrió una sensual boca de labios carnosos y rosados, la nariz afilada antecedió a unos preciosos ojos ambarinos rodeados de largas pestañas que parecían abanicar con cada parpadeo, las arqueadas cejas del mismo tono azabache del largo y ondulado cabello que caía sobre las mejillas completaron el dibujo de la perfección hecha carne. Un calor olvidado hacía centurias comenzó a instalarse en su bajo vientre, soflamada de que a pesar de la caperuza pudiera advertir el fogoso estado de ánimo que la embargaba apartó los iris de los suyos y los fijó en el intrincado broche en forma de serpiente que prendía sobre su hombro.

—Déjame ver tu faz —pidió él llevando las manos hacia la prenda que le impedía contemplarla.

Morana dio un paso atrás asustada, ese hermoso dios no podía ver la cara que por primera vez le hacía sentir vergüenza, pues nunca antes le había dado importancia a sus rasgos.

—¿Por qué huyes, Morana? No te haré daño.
—Tú no podrías hacérmelo, no tienes poder sobre mí.
—Pues demuéstramelo y exponte tal cual eres –exigió cruzándose de brazos.
—No tengo que enseñarte nada, soy La Muerte y con eso debería de bastarte –recalcó ofendida.
—No me impresionas con eso –dijo desplazando su mirada a lo largo de su figura—. Pero está bien, por ahora no insistiré.
—Si crees que te daré las gracias por tu “generosidad” estás equivocado –espetó pasando por su lado—. Adiós, Érebos.
—No tan rápido, Parca mía –la sujetó del brazo para impedir su retirada—. Antes cuéntame el motivo de esa fatiga que dijiste tener.
—No vuelvas a llamarme así —exhortó furiosa—, Átropos es el nombre que vosotros los griegos dais a la que corta el hilo de la vida y que nada se parece a mi.
—Perdóname, no quise disgustarte —musitó tomando una de sus frías manos—, sentémonos y cuéntame que te aflige.

Se dejó guiar hacia una de las piedras que sobresalía sin poder retirar la vista de la gran palma que cubría la suya por completo transmitiéndole un agradable calor. Un lejano chapoteo la hizo tensarse, pero nuevamente él la tranquilizó.

—No temas es Caronte que viene a por su carga —afirmó obligándola a tomar asiento—, no te verá.
—¿No estás cansado de todo esto? —interrogó barriendo con el brazo parte del lugar que se extendía ante ellos—, ¿de tanto silencio, de tanta soledad?
—Comienza a ser aburrido, pero es nuestro cometido.
—Un trabajo que cada vez me cuesta más llevar a cabo, tu no sabes lo que es arrancar la vida a una persona que es querida para otros.
—¿Es muy duro?
—Es muy triste —bisbiseó retorciendo la saya entre sus manos—, y lo peor es ver su semblante cuando me ven aparecer.
—¿Por qué?
—Porque saben que ya no hay vuelta atrás —confesó con un sollozo.
—Por favor, no llores.
—Para ti es fácil, esperas en tu reino de tinieblas —respondió buscando sus ojos—, algunos ni saben que existes, sin embargo a mi me odian, escupen al suelo al oír mi nombre...
—Si te pedí que no lloraras es porque se me encogen las entrañas al verte padecer y créeme que si tuviera el poder de que las cosas cambiasen no dudes que lo haría.
—¿Haces eso con todas? –preguntó elevando la oculta ceja.
—Sólo con una atractiva dama llamada Morana.
—No es necesario que te burles de mí —contestó poniéndose en pie, las últimas palabras habían hecho mella en el hueco donde alguna vez debió estar su corazón.

Érebos la imitó, con presteza la volteó y la sujetó por los hombros obligándola a que le mirase.

—Eres tú quien te burlas de mí al no tomar en serio lo que te digo —manifestó enfadado—. Hasta la fecha ninguna mujer me impresionó tanto como tú.
—Pero yo no hice nada para llegar a afectarte de esa manera.
—Sólo existir –murmuró intentando ver algo a través de la oscuridad que la envolvía—, al admirar antes tu apolínea figura lograste hacerme sentir deseo, un estado que nunca había percibido y con tus amargas palabras me hiciste darme cuenta de lo que se oculta en tu interior y lo mucho que tienes todavía por mostrar—, le acarició los brazos lentamente—, quiero ser yo el afortunado que llegue a conocerte tal y como eres.
—Érebos... yo...
—Confía en mí, no te fallaré.

Morana apretó los párpados con fuerza, respiró profundamente intentando calmar los nervios que la atenazaban. Jamás nadie le había hablado así pues el único sentimiento que despertaba era el de terror, al amor nunca había entrado en sus planes y ahora... Quizá debía darle una oportunidad, no perdería nada y en cambio si podría ganar mucho.
Exhaló lentamente mientras se llevaba las manos a la capucha y retiraba pausadamente la barrera que la separaba de poseer a un dios o continuar con su eterna soledad. Cuando sus ojos quedaron prendados con los de él, aprisionó con firmeza los puños a sus costados intentando ignorar la ola de pánico que la atravesó.

Érebos quedó paralizado ante lo que tenía frente a él, extrañas y moradas marcas surcaban el rostro que debería haber sido bello confiriéndole un inquietante aspecto, los pálidos labios estaban firmemente apretados formando una severa línea y una fina cicatriz hendida en su pómulo izquierdo le atravesaba la delgada ceja, pero fueron sus ónices los que le hicieron retener el aire, sus globos oculares eran intensamente negros, como si una noche sin luna hubiese arraigado en ellos impidiendo que cualquier otro color morase en sus profundidades.

Sintiendo tanto dolor como un ser sin alma pudiera sentir al percibir el espanto en la hermosa cara del hombre, elevó las manos para ocultar su fealdad vejada de si misma por haber tenido un ápice de esperanza, al bajar la vista al suelo esta quedó atrapada en el magnífico miembro ahora despojado de la tela que minutos antes lo hacia invisible a su mirada.

Conmovido por la aflicción que reflejaba la desfigurada tez, alargó un brazo y con un dedo le alzó la barbilla.

—No me importa tu aspecto, Morana.
—No mientas —susurró.
—¿Te parece que lo hago? —interrogó señalando hacia abajo.

Morana bajó los párpados sorprendida por su respuesta y por el hecho que sus labios comenzaran a rozar levemente sus descarnadas mejillas, cuando estos llegaron a la comisura de su boca lo apartó.

—No, no me beses —advirtió apesadumbrada—, si lo haces estarás ligado a mi para la eternidad.
—Te deseo —aseguró Érebos atrayéndola hacia él.
—Tómame pues —asintió ávida por sentirse mujer nuevamente.

Érebos la apretó contra sí, asió la larga falda y acariciando la satinada piel con las temblorosas yemas la fue subiendo hasta que sus dedos rozaron el ardiente canal, asiendo las firmes nalgas la elevó haciendo que las piernas enlazasen su cintura. Desesperado por contemplar los exuberantes pechos que se dibujaban bajo la oscura tela, dio un rápido tirón de esta haciendo que la fíbula que la sujetaba a su hombro saliera despedida. Cuando los pálidos montículos aparecieron desafiantes ante él su pene vibró expectativo, asió con su boca uno de los endurecidos pezones y lo succionó hasta que de la garganta de su amada escaparon los ansiados gemidos. Deslizó la mano por su muslo hasta la palpitante vagina e introdujo un dedo en ella impregnándose de su rocío, al percatarse que estaba lista para recibirlo e incapaz de seguir soportando la presión de sus testículos guió su divina verga hacia la candente entrada y con un potente movimiento de caderas se hundió en su interior. Jadeó cuando las paredes se adhirieron a su alrededor oprimiéndolo a la vez que retrocedía y se sumergía en su sedosidad.

Extasiada por la sensación de verse llena de él echó la cabeza hacia atrás y clavó las largas uñas en sus omoplatos.  Poseída por una fiebre hasta ahora desconocida, clavó los talones en el prieto trasero que se contraía con el vaivén de sus embestidas, sintiendo el terciopelo de la clámide rozar sus pantorrillas lo que aumentaba el intenso placer.
Quiso gritar cuando él se quedó inmóvil y exigirle que continuase, pero los fulgurantes ojos que la contemplaban llenos de pasión le hicieron desistir.

—Quiero estar junto a ti por toda la eternidad —murmuró con la voz ronca—, eres la compañera que jamás pensé en llegar a tener.
—No sabes lo que pides —aseguró clavando las negras retinas en él—, aquí eres un dios, que como tantos otros perderás poder con el paso del tiempo, mas siempre tendrás a alguien que te venere y te ame.
—No soy como Zeus y su corte interesados en el amor de los humanos, Morana —dijo oscilando la pelvis—, es el tuyo el que ambiciono poseer, a quien anhelo pertenecer.
—Perderás tu posición y tu identidad —advirtió tomando el rostro entre las frías manos—, serás temido y odiado.
—Si estoy junto a ti, todo lo demás carece de importancia.
—¿Estás seguro? —le vio asentir con vehemencia—, sea pues, bésame.

Érebos trazó la curva de los blancos labios con la punta de su lengua y cuando ella con un suspiro le permitió el acceso, se zambulló dentro de su boca saboreándola con intensidad e impregnándose de la frialdad de la muerte. Cuando los brazos de Morana se enlazaron alrededor de su cuello, la apresó contra sí entrando y saliendo con poderosas embestidas, arrastrándolos y a un devastador orgasmo que los convulsionó de arriba abajo.
Con las jadeantes respiraciones y una plácida sonrisa en sus rostros, se contemplaron extasiados y asombrados con la experiencia vivida.

—Eres mío y yo soy tuya, hemos fundido nuestros cuerpos de tal modo que por los siglos tu nombre y el mío serán utilizados como uno solo —le acarició la sudorosa mejilla—.  Deja atrás el Hades, ya no es tu sitio y también el nombre por el que ahora has sido conocido y acompáñame en mi eterno viaje a través del bien y el mal.
—Soy todo tuyo mi amor, iré donde tu vayas y mi nombre será aquel por el cual quieras llamarme.
—Te amo Azrael, mi ángel de la Muerte.


FIN

Este relato y 27 más los encontrareis en el concurso, que ya os anunciamos en la entrada del book trailer, que hizo Karol de http://deseoyoscuridad.blogspot.com/
¡¡A disfrutar de ellos!!



PREMIO UN BLOG CON EMBRUJO

Y aquí estamos con el premio "Made in SokAly".
Un domingo sin él no sería lo mismo ¿no creéis?



Reglas:


1º-Agradecer  quien te lo dio.


2º-Entregar a 5 blogs que os hayan hechizado.

Ahí van nuestras seleccionadas:


http://deseoyoscuridad.blogspot.com


http://unminutodemieternidad.blogspot.com


http://lyrromanticosyeroticos.blogspot.com


http://la-biblioteca-encantada.blogspot.com


 http://lcmiel.blogspot.com

viernes, 8 de octubre de 2010

CONQUISTADO POR UN SUEÑO CAPÍTULO 27 (2ª parte)





La mañana estaba resultando un infierno pues sus pensamientos no le dejaban vivir y habían influido de manera desastrosa en sus quehaceres y en su relación con su gente, hicieron que el entrenamiento resultase un desastre, sus gritos y sus estallidos de cólera no solo no insuflaron ánimo en sus hombres sino que los hizo perder el ritmo, mas tarde discutió con su padre sobre una nimiedad, estuvo a punto de golpear al joven herrero por el simple hecho de que lo miró sonriendo y para más desconcierto y  para desestabilizarle aún más la preocupación había arraigado en él, aquella terca llevaba horas fuera de la seguridad del castillo.

En un vano intento de aquietarse decidió sentarse en el patio para sacar filo a su espada. Levantaba de vez en cuando la cabeza hacia el horizonte, mas el tiempo avanzaba y ella no aparecía. Exasperado pasó con más fuerza la piedra por la hoja, las risas de unas muchachas que regresaban con sus cestos de ropa del río le hizo ralentizar el movimiento, con un suspiro las examinó ¿por qué Liana no podía ser como aquellas mujeres que sabían cual era su sitio? ¿Tan difícil era obedecer al esposo y darle hijos sanos y fuertes? cualquiera de esas jóvenes serían felices al enterarse que esperaban un niño, pero Liana no sólo no lo obedecía, como muestra el hecho de que había vuelto a montar sola a pesar de su mandato, sino que además estaba dispuesta a poner en riesgo su salud tomando aquella pestilente pócima con tal de no quedarse preñada. Maldita la broma de los hados que le hicieron enamorarse de esa enojosa dama.
Respiró aliviado al verla aparecer por el portón, pero rápidamente continuó con su tarea, si pensaba que iba a correr como un corderito a su lado estaba muy equivocada, hasta ese día se había comportado como un necio acatando todos sus caprichos, pero ya era hora que aprendiera quien era el Laird, su Señor al que debía total y absoluta obediencia.

Liana dejó la yegua al cuidado del mozo y abandonó los establos, había visto a Aldair afilando concienzudamente su arma. Viendo que ese sería el momento perfecto para conversar, se sacudió los pantalones y fue a su encuentro.

Levantó la vista cuando Liana le tapó la luz del sol, gruñó y le hizo una señal para que se apartara. Ella chasqueó la lengua y se sentó con las piernas cruzadas a su lado.

—Aldair —miró al frente un poco dolida ante su indiferencia—, ¿podemos hablar ahora?
—Os escucho mi señora —otorgó haciendo saltar chispas con el pase del pedrusco contra el metal.
—¿Vas a seguir llamándome señora todo el tiempo? —preguntó mirándolo de soslayo.
—¿Acaso no lo sois? —contestó aplicando más fuerza a su tarea.
—Veo que sigues enfadado y así es inútil mantener una conversación
—¿Vos no lo estaríais si la mujer que amarais os mintiera descaradamente? —demandó con sarcasmo.
—No te mentí ¿acaso no te conté para que era lo que había en la bolsita?
—Oh si, para vuestros dolores de cabeza.
—Justo el que se me está levantando ahora mismo —susurró llevándose los dedos a las sienes—. Necesito tiempo, Aldair.
—¿Para planear más embustes? —interrogó elevando una ceja.
—¿Cómo los tuyos? —demandó a su vez.
—Jamás os he mentido —bufó soltando el arma—, ni una sola vez.
—Por eso cuando te pregunté si podríamos regresar a mi época cambiaste de tema.

Le vio recoger su espada y levantarla en alto deslizando el índice por el canto.

—¿De donde habéis sacado esa absurda idea?
—No todo el mundo me quiere aquí —respondió clavando la vista en sus rodillas—, algunos se han esforzado mucho en hacerme ver que no pertenezco a este lugar.
—¿Quien os ha molestado? —inquirió soltando el arma bruscamente y tomándola por los hombros la giró hacia él.
—Eso no importa —añadió sacudiéndose de su contacto—, y no cambies de tema.

Aldair la contempló largamente buscando las palabras adecuadas, un tic se instaló en su mandíbula y el corazón comenzó a bombearle frenéticamente.

—Solo os oculté esa información —musitó quedamente.
—¿Y por qué? —demandó abriendo los ojos como platos.
—Temí... —carraspeó ruidosamente—, temí que hicierais uso de ella si os cansabais de mi.
—¿Entonces es verdad?
—Lo es —confesó abrumado-, aunque no es tan sencillo como creéis —tras un momento de vacilación continuó—, sólo puede hacerse dos veces al año, durante los solsticios y...
—¿Por qué no confiaste en mi?
—Ya os dije tuve temor a...
—No eres un objeto Aldair, eres el hombre con el que decidí pasar el resto de mi vida —musitó depositando la palma sobre su muslo.
—Y vos la mujer que elegí para que alumbrara mis oscuras noches —susurró atrapando su mano entre la suya.
—¿Y por qué no hacemos las paces? No me gusta estar peleada contigo.
—No sabéis lo feliz que me hacéis con vuestras palabras —le pasó los nudillos por la mejilla—, recé para que rechazarais la absurda idea de no tener bebés.
—Yo no he dicho eso —se apartó de su caricia y lo miró fijamente.
—¡Demonios! Me habéis hecho concebir falsas esperanzas.
—Tú solito has imaginado lo que no era.
—Eso quiere decir que estáis decidida a continuar ingiriendo esa repelente porquería —rugió cerrando los puños al verla asentir.
—No estoy preparada para ser madre Aldair —espetó con igual furia— aún no.
—Todas las hembras nacéis preparadas para engendrar —afirmó casi sin aliento—, esa es vuestra tarea al fin y al cabo.

La cabeza le empezó a dar vueltas al escuchar semejante comentario, aunque comprendía que estando donde estaba era un pensamiento de lo más normal, para ella resultaba extremadamente ofensivo. Tomó aire dispuesta a plantarle cara y decirle unas cuantas verdades pero cerró la boca al ver a la joven que se acercaba con una jarra de peltre en una mano, mientras la otra descansaba apoyada en la cadera, que contorneaba de tal forma que Liana pensó que se le dislocaría de un momento a otro y se caería de bruces o al menos eso fue lo que deseó que sucediera al ver el repaso que le estaba dando a su hombre.
La chica, que apenas debía tener 19 años y no debía medir más de 1'55 llevaba el dorado cabello sujeto en una gruesa trenza que caía por su hombro casi hasta la estrecha cintura, sin poder evitarlo tocó el suyo haciendo una mueca ante su escasa longitud a la vez que se percataba como los enormes ojos azules brillaban con lascivia devorando al guerrero sentado a su lado y sus carnosos labios se curvaban hacia arriba coquetamente resaltando las sonrosadas mejillas. Con disimulo echó una ojeada a sus gastados vaqueros y se arrepintió de llevarlos, pues seguro no lucían tan bien como esa falda de lana marrón pegándose a esas torneadas piernas
A pesar de ser menuda tenía que reconocer que la mujer poseía cierta gracia,  bueno la realidad era que la mozuela era hermosa y exuberante cosa que quedó patente cuando se detuvo frente a ellos dejando una amplia porción de sus generosos senos a la vista, al tiempo que estiraba el brazo y le ofrecía la vasija a Aldair. Desde luego esa niñata la estaba arruinando físicamente, pues nunca antes se había quejado del tamaño de los suyos, pero al ver aquellos deseó que fuesen un poco más grandes.

—Os he traído un poco de cerveza mi señor —dijo la chica pestañeando sin cesar al llegar junto a ellos.
—Os lo agradezco Fiona —declaró él tomando la jarra que le tendían y dando un largo trago.
—He visto que habéis pasado varias horas bajo el sol y pensé que debíais estar sofocado— añadió la chica inclinándose ligeramente dejando a la altura de los ojos su busto casi desnudo.
—Sois una hembra como Dios manda —sonrió Aldair paseando las retinas por aquellos dos lechosos montículos que se agitaban frente a él por la respiración exagerada de la descarada.
—Estoy para serviros mi señor —contestó enderezándose mirando irreverentemente Liana que la escudriñaba irritada—, a cualquier hora del día o de la noche —recalcó sin ningún pudor.
—Tendré en cuenta vuestro ofrecimiento -respondió divertido al percatarse del semblante enfurecido de su dama -ahora regresad a vuestros quehaceres.

Faltó el canto de una moneda para que no se levantara y agarrara de los pelos a aquella furcia que coqueteaba con toda la naturalidad del mundo con Aldair sin importarle que ella estuviera presente, iba a decirle a esa zorra cuatro cosas bien dichas cuando se dio cuenta como babeaba el muy idiota cuando le puso las tetas en la cara y esta se transformaba por la lujuria y  sus dedos se crisparon sobre la jarra mientras se relamía los labios observando aquellos dos exagerados globos balancearse en sus narices. Herida giró el cuello para no seguir viendo la desagradable escena, aunque al oír el procaz ofrecimiento se volteó rápido y casi se muere del golpe de calor al escuchar la respuesta de él.

—Voy a cambiarme —dijo observando como Aldair contemplaba embelesado la marcha de la en-breve-serás-una-difunta-muchacha.
—¿Ya no queréis conversar?
—No, más tarde quizá, ahora tengo la garganta seca.
—Oh, ¿queréis darle un sorbo? —le ofreció poniéndole delante la cerveza reprimiendo las ganas de reír.
—No, gracias, me sentaría mal —dijo entre dientes, <<así te atragantes con ella, gilipollas>> pensó aguantándose las ganas de darle un coscorrón—. Tengo cosas que hacer, adi...
—Que amable ha sido Fiona ¿no creéis? —la interrumpió disfrutando de esa nueva faceta suya.
—Sí mucho —se puso en pie—, encantadora.
—Y hermosa.
—En efecto muy guapa —se mordió la lengua para no decir lo que realmente pensaba de esa buscona, con cuerpazo, pero de tres al cuarto.
—Sin duda una chica espléndida que sabe cual es el lugar que ocupa y lo que se espera de ella —tomó un trago para ocultar la sonrisa que curvó sus labios cuando la vio cerrar los puños—, una autentica McRea que no le haría ascos a una camada de hijos revoloteando a su alrededor.

Si lo que pretendía era humillarla y hacerla sentir como una autentica basura al dejarle bien claro que no era una del clan, ya que sus valores morales distaban mucho de los que regían por aquel entonces lo estaba consiguiendo  pensó tragándose las lágrimas. Apretó los puños con más ahínco hasta sentir como las uñas se clavaban en sus palmas. No le daría el placer al hijo de puta, que no cejaba de lanzarle puyas, verla llorar.
Los celos que le corroyeron el corazón con el coqueteo de Aldair y la sirvienta habían pasado dejando en su lugar un dolor que le estrujaba el alma ver como el hombre que amaba no perdía ocasión en agraviarla.
Con denuedo se tragó el nudo que le comprimía la garganta, lo sentía mucho por él, pero ella no era una mujer dócil, ni se sometía a la voluntad de un machista engreído y sin seso por mucho que lo quisiera.

—Pues aun estás a tiempo —espetó sorprendiéndose por la serenidad de su voz cuando se sentía temblar por dentro—, tal vez sea ella la mujer que te conviene y no yo.

Aldair estuvo a punto de atragantarse con la bebida al  oír la inesperada sentencia. Buscó sus ojos y vio un destello de pesar relucir entre la humedad contenida.

—Quizá esa Fiona o cualquier otra sea lo que necesites Aldair McRea —escupió las palabras tragándose un sollozo— estoy segura que estará encantada de parir a todos los hijos que quieras darle.
—Escuchadme —se incorporó para agarrarla arrepentido de su tonto juego, pero ella se apartó antes que pudiera tocarla volcándole con el rápido gesto la bebida encima.
—Sí estoy convencida de ello —continuó haciendo caso omiso de la maldición que brotó de la boca del hombre al sentir el dorado líquido chorrear por su torso—. Quizá lo mejor es que regrese a Edimburgo, a mi casa, a mi tiempo, con la gente que sí me quiere, con Carlos.
—¡Liana!

Pero ella ignoró su reclamo echando a correr hacia el interior del castillo. ¿Cómo podía ser tan petulante creyendo que esa mujer terca como una mula reaccionaría como una temerosa damisela y acataría sus órdenes rindiéndose a sus necesidades? Liana era Liana, orgullosa, quisquillosa y mordaz defectos que le desesperaban y que a la vez le hacían amarla como jamás amó a ninguna otra. Si esa insolente hembra pensaba que iba a escapar de él para regresar a los brazos de aquel gañan de su amigo es que había perdido el juicio.
Era tanta la rabia que lo poseía al ver la necedad que acababa de hacer que sin pensarlo lanzó un puñetazo contra el cercano muro, soltando un exabrupto al ver la sangre manar de sus nudillos, recogió la espada del suelo y con grandes zancadas se encaminó en su busca.

Continuará...







 Feliz fin de semana

jueves, 7 de octubre de 2010

PREMIOS ESPECIALES PARA UNAS AMIGAS QUE TAMBIÉN LO SON

Un jueves más queremos premiar a esas amigas que nos acompañan en nuestra andadura por el mundo bloguero, con unos regalos que hacemos con el corazón y que esperamos que les gusten.

El primer regalo van para Bea y Dácil de                                                   http://pasajes-romanticos.blogspot.com/, estas dos canarias un día decidieron unirse para crear un fantástico blog de reseñas, en el que muestran su saber hacer al mismo tiempo que nos mantienen informadas de las últimas novedades por salir al mercado, y nos hacen reir con esos batidos que ellas saben hacer tan bien.



El siguiente regalo es para Anna de http://www.tecnocar.com.es/princesa/ tal y como su nombre indica es una auténtica  princesa que nos dispensa con la gracia de sus historias. Es dulce en sus palabras y en sus gestos, por ello le deseamos lo mejor y que la alegría no le abandone.




DIPLOMA CONCURSO BELLAS Y BESTIAS CON "EL BESO DE LA MUERTE"

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DIPLOMA CONCURSO EL BIEN Y EL MAL CON "EL ROSTRO DE LA INOCENCIA"

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PREMIOS LITERARIOS

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