miércoles, 20 de noviembre de 2013

VENTUS - 2ª Parte (por Ade)



No sólo desafió a su hermano invadiendo el espacio que le correspondía, sino que con su comportamiento mostró una falta grave de respeto por una ley tan antigua como el mundo.
Desde que el tiempo es tiempo todos en su familia habían ocupado el lugar que les pertenecía sin interferir en el de los demás, hasta ahora.

Contempló a la mujer que tenía enfrente y el labio se le curvó en una sonrisa plena de satisfacción. Por esa hembra merecía que se transgrediera cualquier norma, aunque fuese momentáneamente.

Curioso que nunca la percibiese y precisamente esa noche algo... o alguien le incitó a abandonar su morada, como si las Parcas le hubiesen atrapado con el dorado cordel, impulsándole directamente hacia ella.

Soltó precipitadamente la ornamentada ánfora derramando un poco del transparente líquido que se hallaba dentro y al incorporarse sopló suavemente secándole la satinada piel y el cabello, complaciéndose con el bajo gemido que afloró de la arqueada garganta. Se sorprendió cerrando los ojos e inhalando el olor que procedía de ella, niebla y tempestad, cualidades inherentes en él y que le deleitaron los sentidos, mas éstos se expandieron cuando el aroma de la lujuria sobresalió golpeándole en el centro de su ser. Atrapó el candente aliento con su boca besándola con una pasión como jamás había gozado, mientras su lengua arrasaba la suya y con las grandes manos le enlazaba la nuca, atrapando el sedoso pelo entre los dedos, y la cadera acercándola a la suya que osciló lentamente provocando que el duro miembro se embraveciese aún más.

Los hinchados senos se aplastaron contra su torso y los tensos pezones le marcaron a fuego la descubierta dermis, grabándole en el interior un único e indestructible vocablo. Suya.
Levantó de golpe la cabeza y la miró fijamente, le oteó el rostro embelesándose con las rosadas mejillas y los húmedos labios ahora inflamados por su toque, y cuando se vio reflejado en las llameantes pupilas tembló, al darse cuenta de la realidad. Si, la mortal era suya.

Ella deslizó las yemas por su frente, trazó el arco de una de las cejas y le acarició el pómulo hasta la fuerte mandíbula, desencadenando con ese simple gesto un ardiente seísmo dentro de él. Capturó la palma cuando las falanges le bordeaban la boca y los mordió, regocijándose con su jadeo y deleitándose con el sabor a ambrosía al lamerlos. Su lengua jugó con ellos tal y como haría con el rociado sexo.

Una helada ventisca los rodeó vapuleándolos y supo que su tiempo por hoy había terminado. Debía regresar, era la época de su gruñón hermano.

La abrazó intentando calmarle la tiritera a la par que se grababa su cuerpo en el suyo. Regresaría una y mil veces, se saciaría de ella y alejaría la soledad que sin darse cuenta le gobernaba. La besó con ansias dejándoles con ganas de más a ambos, se obligó a alejarla, cogió la urna del suelo y salió.

—Regresaré —prometió girándose y mirándola con intensidad.
—¿Cómo te llamas? —pregunté con un hálito de voz.
—Soy Austro —contestó apoyándole la mano sobre el galopante corazón—. No me olvides.

Alzó el vuelo tras el ruego tapizando el cielo con sus plomizas alas y de pronto desapareció dejando una estela de densas nubes tras de si.

—¿Olvidarte? Imposible —afirmé cubriendo el sitio que él había tocado antes en mi pecho—. Aquí estaré.

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