domingo, 31 de octubre de 2010

ESTANTIGUA



Apuro el último trago de mi vino, dejo unas monedas sobre la sucia mesa de la taberna, me despido de mis compañeros de juego y me dispongo a irme a casa. No ha sido una buena tarde, aparte de perder unos cuantos euros al mus con los parroquianos, Juana o “Juanita la bruja” como le gusta que la llamen,  se ha pasado gran parte de ella “deleitándonos” con sus viejas historias de fantasmas y espíritus, cosa que me enerva. No es que le haga mucho caso a esas leyendas, el que más y el que menos sabe que son producto de la imaginación de esa loca, pero lo cierto es que he comprobado que cada vez que ella está cerca no soy capaz de ganar una sola partida.

 Antes me molestaba mucho su desagradable presencia, es una anciana encorvada y ataviada con antiguas faldas y camisolas negras, de figura escueta, manos huesudas y dedos retorcidos por la artrosis, labios finos y blanquinosos que cuando los abría dejada ver unas desdentadas encías, pómulos hundidos y ojos de pupilas blancas debido a la ceguera que padecía desde hacía décadas, el cabello cano lo llevaba recogido en una gruesa trenza que remataba con un trozo de cordel, del que escapaban sucios y enredados mechones que descansaban sobre los hundidos hombros y el arrugado rostro. Los que la conocieron de joven decían que había sido muy hermosa e inteligente, que estuvo prometida a un marinero -bien parecido- de espaldas anchas. Un buen mozo. Un día él se hizo a la mar, como cada atardecer Juana fue al puerto a esperar verlo llegar, pero no regresó, ni ese ni ningún otro día. Esa misma madrugada la vieron internarse en el bosque y dos días más tarde regresó al pueblo gritando su encuentro con la Procesión de las Almas, explicando a quien quería escucharla y a quien no como se había salvado. La pobre Juana había perdido el juicio. Desde ese día -años ha- eran muchos la que la alentaban, entre burlas, a contar su historia a cambio de unas monedas, unos buenos tragos o un poco de pan. No sé si es verdad o mentira, es lo que me contaron los más longevos del lugar al llegar, de eso hace hoy casi 5 meses.

Las carcajadas de unos pescadores que le ofrecen una botella a la desdichada, que se lleva a la boca con avidez, me sacan de los recuerdos, observo una vez más a la anciana que tras limpiarse los restos del caldo que resbala por su barbilla con el antebrazo, comienza su diatriba entre gestos misteriosos para regocijo de los ya embriagados marinos. Ella se gira y clava sus veladas retinas en mí, sonríe con sorna mostrándome sus vacías encías y me dice adiós con la mano antes de girarse hacia sus espectadores que la incitan a continuar. Con una escalofriante sensación ante su gesto, tomo mi capote y salgo a la calle.

El húmedo y gélido viento proveniente del cercano Atlántico me golpea el rostro, se cuela por mi camisa y me cala hasta los huesos. Con premura me cubro con la capa y subo la esclavina hasta cubrir mi cara casi por completo, a pesar de estar a finales de octubre y de que aún faltan casi dos meses para el invierno, aquí la fría estación parece haberse instalado desde hace una semana. Observo el cielo donde, la luna con su panza llena me mira altiva sabiéndose bella  y como algunas estrellas ya titilan cual joyas sobre un manto de terciopelo negro. Una nueva ráfaga hace que me deje de bucólicas contemplaciones y emprenda de una vez el camino hacia mi casa donde me aguarda mi hermosa Rosa.

Con ademán soñador, recordando el cálido y blando cuerpo de mi esposa, voy avanzando por el sendero embarrado por las recientes lluvias, el barro se pega a las suelas de mis gastadas botas haciendo mis pasos pesados y cansinos, una brisa extrañamente helada me roza el cabello, haciendo que mi interior se sacuda y que el pelo de mi nuca se erice, vuelvo a ajustar mi capa y de pronto me detengo. Hay algo raro en el ambiente, miro por encima de mi hombro, entre los grandes helechos que crecen en el borde del camino y no veo nada inusual, mas sé que algo no cuadra. El silencio, ese silencio sepulcral que me rodea, no se oye nada a mí alrededor, ni el crujir de las ramas, ni el ulular característico de los búhos al despedirse el día. Con el estómago encogido por el miedo trato de correr cuando un intenso olor a cera impregna mis fosas nasales, escudriño nuevamente buscando el foco de dicho aroma cuando descubro a mi derecha una intensa y blanquecina luz acercándose. Fijo los desorbitados ojos ante la estampa que se me muestra, dos largas hileras de seres ataviados con túnicas blancas y marrones van arrastrando los pies directamente hacia mí. Sé que debo correr mas no consigo moverme.

Siento como mi interior se sacude por el terror mientras la extraña comitiva continua acercándose lentamente, por primera vez veo al hombre que abre la procesión. Yo le conozco, ahora su tez rosada está pálida, su cuerpo orondo no es más que un saco de huesos bajo la amplia camisa y los holgados pantalones antaño apretados, sus castaños ónices de una viveza apasionada otrora parecen muertos sobre las enormes y violáceas ojeras que llegan hasta sus escuálidos pómulos, es José el antiguo profesor que se marchó con una de sus pupilas dejando mujer y dos hijos abandonados a la vergüenza de las habladurías y a la ira de un padre ofendido. Él me mira y algo destila en sus secos orbes antes de tender los brazos hacia mi y ofrecerme su carga y entonces entiendo. La verdad se abre ante mí como una flor en primavera tiende sus pétalos al tibio sol.

Negando doy un paso atrás y comienzo a rezar. Padre Nuestro…, las palabras se atascan en mi cerebro, no consigo recordar la oración, pruebo con otra Dios te salve María…, tampoco. Me dejo caer de rodillas y entierro la cara en los pies del maestro que permanece impasible a mi miedo y mi dolor, elevo los anegados ojos hacia él suplicando clemencia, como única respuesta vuelve a mover las manos indicándome que tome la cruz y el caldero que porta. No quiero,  pero mis palmas se aferran a ambos objetos mientras me incorporo y ocupo el sitio que ahora me corresponde, oyendo en mi cabeza la risa de Juanita la Bruja, después de todo tenía razón para mofarse, contó la verdad y nunca la creí. Si una sola vez hubiese hecho caso de sus palabras habría sabido como salvarme o tal vez estaba condenado de antemano. Un atisbo de lucidez me trajo su último gesto de despedida antes de que abandonara la taberna, quizá y aun sin verme, sabía que jamás nos encontraríamos. Un aliento gélido me susurra al oído incitándome a moverme.

Con el crucifijo y la marmita abro la procesión de los muertos, precediendo a una corte de almas en pena cuyas tétricas voces van entonando un cántico que llena de afligimiento cada recodo de mi ser.  Deseo mirar hacia atrás para conocer a mis nuevos compañeros de viaje, pero mis vértebras parecen soldadas, separo los labios para gritar mas mis cuerdas vocales parecen aprisionadas por un puño, tan sólo puedo ir hacia delante y esperar. Vagar noche tras noche consumiéndome un poco más con cada ocaso y sin disfrutar del alivio que me supondría la muerte, hasta que otro ser humano ocupe mi lugar como estandarte de la Santa Compaña.

Mariola

Nota: Aunque este relato lo escribí hace algún tiempo y reposaba en el fondo de mi baúl de los recuerdos, quiero agradecer a mi genial e increíble amiga y socia de aventura bloggera, su inestimable ayuda a la hora de darle un repasito y de buscar un titulo apropiado. Gracias Adela.

8 comentarios:

Maga de Lioncourt dijo...

Muy bueno, chicas!! Y muy apropiado para la ocasión :-)

Eso sí, si me permiten el comentario, te está sobrando un "y que" en el último párrafo.

Besos!!

Mariola dijo...

Gracias Maga, nos alegramos que te guste y no sólo te permitimos sino que te agradecemos, ya está corregido.

Un besazo.

KaRoL ScAnDiu dijo...

Joderl, que yuyu más yuyero... jajaja, si, sonó fatal y ninguna de las palabras existen, pero qué deciros... se me pusieron los pelos como escarcha, todos los pelos, no sé si me explico ,ajajaja;
D
Un pedazo relato Mariola querida, mas que apropiado para la época, y sin lugara dudas, un acojone que te cagas... jajaja;D

os kieo mis chicas, feliz noche, y que los monstruos no os cojan los pies y os arrastren bajo la cama... uajajuajjaujauaj... ¿veis? yo también sé asustar, jajaj;D

kisses

cris dijo...

te sigo wapa!!!


besos

INFECTADA X dijo...

Jooooooooooooder. Escalofríos que me dan, almejillas. Esto es apropiadísimo para el día de Halloween que pasé entre mocos, estornudos y golpes de tos. Sois geniales, almejas. Ayyyy que me las como a las dos cualquier día.
Besos enormes

Citu dijo...

Genial relato hasta miedito me fio muy bien chicas. Les mando un beso

Silvia dijo...

Cuando la ciega loca le saludó con la mano supe que algo malo pasaria.
Me gustó mucho tu relato Mariola.

Ade dijo...

A veces me daría a mi misma de yoyas por lo despistada que puedo llegar a ser, pero mi primi cuando quiere es todo corazón y sabrá perdonarme por no haberla comentado antes ¿a qué si? Porfiiiiii.

Sabes que me gustó horrores cuando lo leí y que sólo necesitó unos pocas correcciones, si tu no necesitas más, eres la caña.

Me pareció un relato tétrico y más que propicio para esa fecha, de la foto que subiste mejor no hablo, que esa mirada me dio un yuyu que te cagas (joe que fisna soy hablando jajaja).
Disfruté malamente cuando aparecieron las ánimas con el conocido en primera línea y se lo llevaron de "voluntario" para sus filas.
Dichosa Juanita la bruja, ya le podía haber avisado, que malaje es.

Sigue deleitándonos con todos esos relatos que inundan ese baúl que tienes.

Muchos besos y sabes que es un placer tanto leerte como ayudarte en lo que se pueda.

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