viernes, 30 de abril de 2010

AHORA Y SIEMPRE (CAPÍTULO 27)

Gruñó cuando el timbre del teléfono martilleó en sus oídos sacándola de su apasionado sueño. Obviando el insistente sonido apretó los párpados tratando de volver a dormir y retomar la aventura por donde la había dejado, justo cuando su sexy marido le arrancaba la ropa interior. Pero el maldito ring prevalecía por encima de todo, así que apartó las sábanas de un tirón de su cuerpo y salió de la cama.

—No es justo —murmuró observando la hora en el despertador, apenas eran las 9 de la mañana.

Caminó descalza hacia el aparato que continuaba con su repetitiva cantinela, al llegar junto a él se percató que había olvidado conectar el contestador, se llamó tonta por su despiste antes de contestar.

— ¿Si? —dijo con la voz adormecida.

—Hola dormilona —la voz cantarina de Nicky le llegó del otro lado.

—Dios, ¿nadie te ha dicho que es una indecencia llamar un sábado a estas horas? —preguntó bostezando—. Estaba durmiendo.

—Tu lo has dicho, estabas —rió divertida—, pero ahora estés despierta y hace un día magnífico, así que nos vamos al río.

—Me vuelvo a la cama.

—En menos de una hora estaremos ahí —añadió Nicky—, nosotras llevamos todo, tú vístete y espéranos.

—De veras que no…

—Una hora —advirtió la chica antes de colgar.

Sin preocuparse de calzarse se dirigió a la cocina y encendió la cafetera, mientras sacaba la bolsa de pan de molde y la mantequilla del frigorífico echó un vistazo al exterior. Miró el cielo limpio de nubes y el sol brillando con esplendor. Desde la calle le llegaba el sonido de la gente que se dirigía a sus trabajos y de otros que se preparaban para pasar el día en las montañas con su familia. Cuando el aroma del café inundó la habitación se apartó de la ventana y fue a apagarla.

Con una buena taza del humeante y negro líquido en una mano y una rebanada de pan untado con mantequilla y mermelada de moras en la otra, se encaminó hacia el salón y se sentó en el sofá, tenía que encontrar una excusa razonable para convencer a María y a Nicky. Les agradecía su apoyo y sus intentos de mantenerla entretenida, pero precisamente hoy no le apetecía ir a darse un baño, prefería quedarse sola. Estudió el desorden de la habitación. Eso era, decidió dando un mordisco a su tostada, les diría que tenía que limpiar, seguro que en cuanto viesen el desbarajuste que prevalecía en la sala les convencería rápidamente, seguro que sí.

Ligeramente recostado en el asiento del avión y en un ligero duerme vela Colt logró relajarse. No consiguió localizar a Bob antes de realizar el trasbordo aunque los pocos minutos que logró hablar con Sarah lo tranquilizaron un tanto al saber que pudo conversar con el ranchero y trasmitirle su pedido. Su amiga le comentó que Robert se haría cargo de todo. Abrió los ojos cuando alguien le sacudió el hombro, una joven azafata el ofrecía un cojín pero él lo rechazó. Miró su reloj, faltaba poco más de una hora para tomar tierra y desde allí otras 5 hasta Rothstone, un par menos si hubiese tenido su moto, suspiró cerrando los ojos nuevamente.

Haciendo caso omiso de todas sus excusas y réplicas se vio arrastrada, más que convencida, por aquellas dos desalmadas que cantaban destrozando a Elvis en los sillones delanteros del destartalado coche de María. Nicky volvió la cabeza un instante y le sonrió.

—Alegra esa cara, parece que vas a un funeral.

—No me hace gracia —contestó cruzando los brazos en actitud infantil.

—Nos vamos a divertir —dijo María sin apartar la vista de la carretera—, sol, agua y el Rey.

En poco más de media hora y cargadas con los cestos del picnic se encontraron en el porche de la pequeña cabaña. Megan sacó las llaves y abrió. Aunque había ido un par de veces con anterioridad para ventilar la casa y asearla tras permanecer todo el invierno cerrada, no pudo evitar que sus ojos se humedecieran cuando un mundo de recuerdos se le vinieron encima de golpe. Pestañeó y se volteó hacia las mujeres que colocaban todo sobre la mesa.

—Pongamos esto en la nevera —Nicky agitó un par de botellas de cerveza—, y vamos a darnos un chapuzón.

—Yo colocaré todo esto —se apresuró a contestar Megan acongojada—, id al agua, os acompañaré en unos minutos.

—De acuerdo —respondió María que se percató de la tristeza de su amiga.

En cuanto hubieron salido, Megan se dedicó a recorrer las pocas habitaciones, el dormitorio donde habían hecho por primera vez el amor, el baño donde lo observaba afeitarse desde la ducha, la cocina en la que él le preparó tantos platos, el salón con su sofá gastado donde se besaron hasta desgastarse los labios, sus ojos volaron hacia la repisa donde descansaban algunas de sus tallas, se acercó y tomó la pantera que tanto le gustó la primera vez, la acarició con un dedo y luego la colocó en su sitio. Estaba tan lejos y al mismo tiempo todo él se encontraba impreso en aquellos muebles y paredes. Sí no fuera tan terco, tan orgulloso…, si no fuera tan Colt no lo amaría como lo hacía. Se restregó las mejillas con el dorso de la mano y se dispuso a meter las botellas y otros alimentos a enfriar. Era mejor que dejará de lamentarse y bajara a la ribera del río o aquellas dos irían a buscarla.

Apenas el avión aterrizó y los auxiliares de vuelo abrieron las portezuelas, Colt se dirigió todo lo rápido que fue capaz hasta la cinta de equipajes. Un cuarto de hora más tarde rechinaba los dientes al ver salir una tras otras las maletas, todas excepto la suya, cálmate se dijo 5 minutos después al observar una valija roja brillante pasar por enésima vez delante de él, ya estaba a punto de gritar de frustración cuando la suya apareció entre las cintas de plástico. La agarró casi al vuelo cuando la tuvo lo suficientemente cerca y se encaminó a la puerta, haciendo caso omiso de las protestas de la señora que empujó al pasar.

El sofocante calor reinante en aquellos lares le golpeó el rostro en cuanto abandonó las instalaciones y la brisa caliente le calentó los pulmones en la primera inhalación, pero no le importó, asiendo con fuerza el asa de su equipaje se dirigió a los taxis aparcados en fila india en las inmediaciones, ya casi estaba llegando cuando alguien pronunció su nombre. Se giró para encontrarse con Robert Spencer que se acercaba llamándolo a gritos.

—Gracias a Dios que llegué a tiempo —dijo casi sin resuello tendiéndole una mano.

—¿Qué haces aquí? —demandó un extrañado Colt correspondiendo al saludo.

—Decidir si te llevo a Rothstone antes o después de partirte la cara —contestó con una sonrisa—, creo que después. Vamos tengo el coche allí.

—¿Cómo sabías que llegaba hoy? —interrogó caminando a su lado.

—He estado en contacto con la señora Parker —explicó abriendo el maletero para guardar el equipaje—, ella me informó.

—Robert —se detuvo frente al hombre que se disponía a ocupar su sitio frente al volante—. ¿Cómo esta Megan?

Al ver la angustia y la fatiga por la preocupación y el largo viaje, Bob estuvo a punto de flaquear y contarle la verdad, pero recordando las noches en vela, los llantos y el dolor de Megan, decidió que era mejor que aquel cabronazo sufriera un poco más. Se encogió de hombros y entró en el coche sin responder.

—Por favor —suplicó Colt colocándose en el asiento del copiloto—, dime que está bien, que se recuperará.

—Dentro de lo que cabe está bien –asintió sin mirarlo—, y sí, se recuperará, es cuestión de tiempo.

—Gracias a Dios —el suspiró de alivio que surgió de su interior hizo que Bob comenzara a arrepentirse de aquella comedia-. ¿Fue muy grave?

—Una herida profunda y sangrante —replicó consciente que ambos hablaban de cosas distintas—, en el pecho, pero Megan es joven, fuerte y sana, si todo sale como esperamos en poco tiempo volverá a ser la de siempre.

Colt no preguntó nada más, al enterarse de donde se había producido la herida el corazón le dio un vuelco y la garganta se le cerró presionada por un lacerante nudo que le obligó a tragar varias veces para poder respirar. Su mujer se iba a poner bien, debía hacerlo.

Robert condujo en silencio durante kilómetros. En más de una ocasión estuvo tentado de parar en el arcén y explicarle la realidad de los hechos, sobre todo en una que miró de soslayo a su mudo acompañante y lo vio con la cabeza apoyada en el respaldo, los ojos apretados y las pestañas brillando por la humedad de las lágrimas que mantenía a raya. No le cabía duda que Colt quería a su esposa. Aunque no compartía su forma de actuar, poniéndose en su pellejo podía llegar a entenderlo, incluso a admirarlo, se necesitaba mucho valor para abandonar lo que se ama cuando más lo necesitas.

Se detuvieron un par de veces para tomar café y repostar; en uno de los pueblos Colt visitó uno de los almacenes y se compró un bastón, le dolía las piernas y temía que en algún momento le fallaran las rodillas. Agradeció que Robert no lo asaltara a preguntas y como al parecer ambos tenían pocas ganas de conversar se dedicó a observar el paisaje que iba cambiando delante de él, a lo lejos las enormes montañas dejaban ver sus imponentes siluetas y al otro lado esperaba su Megan.

—¿Cómo te encuentras? —interrogó Bob incómodo por el silencio—, Megan nos contó.

—Estoy bien —interpeló sin apartar la vista de los grandes bosques.

—Lo cierto es que tienes un buen aspecto —asintió el hombre antes de tomar un desvío—, pensé que te encontraría en una silla de ruedas y con una botella de oxígeno.

—Dame tiempo —murmuró sin diversión.

— ¿Por qué te fuiste de ese modo? —Disminuyó la velocidad al entrar en una carretera peor asfaltada—. ¿Por qué no dijiste nada a nadie? Creí que éramos amigos.

—Tal vez debí llamarte —susurró—, pero quería cortar todo lazo con mi esposa, deseaba que se olvidara de mi, que me odiara y si te contaba la verdad estaba seguro que tarde o temprano…

—Gracias por tu confianza —lo interrumpió con desdén.

—No era cuestión de confianza —explicó clavando los ojos en él—, sé lo que aprecias a Megan y que al verla sufrir le hubieses dicho la verdad.

—Por supuesto —afirmó con burla—, aunque tal vez no te has parado a pensar que le hubiese podido ayudar conocer la verdad, tal vez habría soportado mejor el dolor al saber que estabas enfermo, en vez de huir como un cobarde.

—No trato de justificarme, ni espero que me comprendas —sonrió con tristeza—, fue por amor Bob, sería un cobarde si la obligara a permanecer a mi lado a la fuerza, si le negara la oportunidad de encontrar a alguien que la haga dichosa, que le de lo que desea, lo que necesita—, respiró profundamente—. La amo tanto que prefiero que sea feliz al lado de otro que desgraciada al mío.

—Puedo entenderte, quizá no esté de acuerdo con las formas —detuvo el coche justo a las afueras del pueblo—, pero hay algo que no comprendo ¿por qué regresaste ahora?

—Que no quiera que esté a mi lado no significa que no la ame, que no me preocupe —se pasó la mano por el cabello y fijó la vista en el cartel que daba la bienvenida al lugar—, cuando me enteré de lo que había pasado no pensé en nada, sólo supe que ella me necesitaba a su lado, que yo no sería capaz de sobrevivir si algo malo llegara a sucederle.

— ¿Y qué piensas hacer? —giró la llave en el contacto y puso el coche en marcha-. ¿Vas a quedarte o huirás como un perrito asustado en cuanto veas que está bien?

—No lo sé —observó las casas cada vez más cerca y la sensación de regresar al hogar se hizo fuerte en él—, por una parte me gustaría quedarme y por otra siento que si lo hago la encadenaré a un enfermo.

—No soy amigo de dar consejos, pero contigo haré una excepción —tomó el desvío hacia su rancho—, acepta el regalo que te ofrece la vida y disfrútalo mientras tengas tiempo.

Ninguno de los dos dijo nada más hasta que llegaron al rancho. Bob le insistió para que tomara una ducha y descansara un rato antes de ir a ver a Megan. Agotado por el viaje, las sensaciones y las dudas consideró que era una buena idea lo del baño, así aprovecharía para afeitarse y cambiarse de ropa. Ahora que sabía que la vida de Megan no corría peligro podía esperar unos pocos minutos más antes de verla.

Sentadas en el porche dejando que la suave brisa secara sus cabellos y su piel, las tres muchachas disfrutaban de una taza de café. Mientras Nicky y María reían sobre algo que la primera había dicho, Megan permanecía callada y perdida en sus pensamientos meciéndose en el balancín. Miró a la pelirroja cuando está le preguntó algo.

—Lo siento no estaba escuchando —se disculpó al ver el mohín que esta hacía.

—No me digas —masculló Nicky—, seguro que estabas pensando en Colt, Dios chica, olvídalo de una vez.

—No puedo —bajó la cabeza dejando que el cabello cubriera su rostro.

—Tienes que poder —le insistió—, ese hombre es la causa de todas tus desgracias, por su culpa has llorado como nunca antes, has dejado de comer y dormir, si no te quiere a su lado pégale una patada en el culo y busca a otro, hay miles que darían su brazo derecho por estar contigo.

— ¡Está enfermo! —lo defendió con decisión.

— ¡Y una mierda! —exclamó la joven poniéndose en pie y señalándola con un dedo—, esa es una excusa como cualquier otra, eres una tonta si realmente crees todas esas mentiras que te dijo.

—No son mentiras —sollozó—, ojalá lo fueran.

— ¡Nicky! —Gritó María—, deja de decir esas crueldades.

—Vale me callaré —dijo entrando en la casa.

María se acercó a una llorosa Megan y se sentó a su lado, la rodeó cariñosamente con un brazo y esperó pacientemente que dejara de llorar.

—No hagas caso a esa loca —le susurró bajito—, deben habérsele derretido las neuronas de tanto sol.

—Sé que Colt no se ha portado bien conmigo pero…

—Lo amas —la mexicana acabó la frase por ella.

—Sí.

—Bueno, verás como todo se arregla —se levantó—. Voy a ver que le ocurrió a esa tonta.

Dentro de la casa Nicky caminaba como un gato enjaulado, se había comportado como una idiota con su amiga, lo sabía, pero entre los nervios de su próximo viaje y al ver a Megan consumirse de ese modo la terminaron de desquiciar, además estaba aquel gilipollas de Bob que la había liado para que la llevaran a la cabaña con la intención de darle una sorpresa y llevaban más de medio día allí y no había aparecido. Alzó la cabeza hacia la recién llegada que la miraba enfadada.

—Lo siento.

—No es conmigo con quien debes disculparte sino con ella —afirmó señalando hacia fuera.

Ambas mujeres abandonaron la cabaña y se dirigieron hacia donde una solitaria Megan que miraba hacia el frente con la vista perdida. Nicky se agachó a su lado y le tomó la mano.

—Perdóname, me he comportado como una imbécil —señaló la chica—, sé que no es de mi incumbencia y no debí haberte hablado como lo hice, pero me duele ver como te dejas ir por culpa…

—No importa —contestó—, sé que tienes toda la razón, pero no puedo cambiar mis sentimientos de un día para otro y menos sabiendo que él me ama, que me dejó porque no quería hacerme daño.

— ¿Y por qué no te clavó directamente un puñal en el corazón? —bufó Nicky-, quizá es más sucio pero mucho más efectivo.

—Sé que debe parecer cruel, pero su comportamiento…, aunque parezca extraño me hizo amarlo mucho más —levantó la vista hacia una Nicky que la contemplaba como si se hubiese vuelto loca—, cuando vi el estado en que se encontraban aquellas personas, entendí el valor del acto que Colt había hecho, comprendí lo mucho que realmente me amaba.

—Megan —Nicky miró a María que permanecía muda.

—Si me hubiera permitido hablar con él, decirle que no me importaba nada que no fuera cuidarlo y estar a su lado cada día del resto de nuestras vidas —continuó apartándose una solitaria lágrima—, si me hubiese dejado al menos intentarlo, pero no me dio ni una sola oportunidad.

—Tal vez tengas una —susurró María junto a ella—, quizá ahora si quiera escucharte o tú lo obligues a ello.

Alzó la cabeza hacia ella sin entender, la joven miraba más allá de la pequeña barandilla que cubría toda la cabaña con una sonrisa curvando sus sensuales labios, siguió su dirección y parpadeó incrédula. No podía ser. Se puso en pie lentamente sin apartar la vista del hombre que se había detenido donde acababa el sendero y clavaba los ojos en ella. Arrastrando los pies bajó los dos escalones de madera y sin poderse aguantar echó a correr hacia él.

-Colt ¡oh Dios mío has vuelto! —lloraba y reía al mismo tiempo acortando las distancias que los separaban.

En cuanto estuvo a su lado se aferró a él sin darle oportunidad a rechazarla, enterró la cabeza en su pecho y sonrió cuando sintió como sus fuertes brazos la rodeaban.


Continuará...

miércoles, 28 de abril de 2010

SIGNOS ZODIACALES Y SU PEQUEÑA LEYENDA

Cada semana subiremos un horóscopo con sus características y veremos también de donde proviene ese signo.
Como seguiremos un orden, hoy le toca a nuestro Aries.
Esperamos que os guste.



Símbolo El Carnero: El que se abre paso con sus cuernos para guiar a su manada.
Planeta regente: Marte.
Elemento Fuego: Se le asocia con el entusiasmo, la independencia. La agresividad en el amor.
Cualidad Cardinal: Inicia la acción.
Color: Rojo.
Metal: Hierro.
Parte del cuerpo: La cabeza y la cara.
Frase clave: Yo soy.
Palabra clave: Acción.


La leyenda

Frixo, hijo del rey Atamante, fue condenado a muerte acusado falsamente del rapto de Biadice, siendo rescatado por un carnero de oro a lomos del cual escapó con su hermana Hele. Ella, mareada, se cayó muriendo en el acto, pero Frixo se puso a salvo y sacrificó el carnero a Zeus, el cual colocó su imagen en el firmamento.

Famosos nacidos bajo este signo

Carlomagno, Charles Chaplin, J.S.Bach, Marlon Brandon, Rasputin, Leonardo Da Vinci, Luis Miguel, Andy García, Russel Crowe, Steve Tyler, Tarantino, Goya, Van Gogh, H.C.Andersen, Anthony Perkins,Omar Sharif, Fellini, Adolf Hitler, Miró, etc.


(Información obtenida de San Google)



martes, 27 de abril de 2010

AHORA Y SIEMPRE. CAPÍTULO 26

Tiró el bolso sobre la cama y se dejó caer exhausta. Llevaba una semana de perros, el caluroso verano ya golpeaba con ganas y con las vacaciones escolares a la vuelta de la esquina, eran muchos los que devolvían libros y unos pocos los que los pedían en préstamo para leerlos durante los días de asueto. Así que pasó casi media mañana rellenando fichas y toda la tarde de pie colocando los ejemplares en sus respectivas estanterías, le dolían los pies, la espalda y el cuello, menos mal que ya era viernes y tenía todo el fin de semana por delante. Llevó una mano hacia sus quejumbrosas cervicales y las masajeó, ¿tendría Colt dolores?

Tratando de no pensar en ello, se puso en pie y fue hacia el baño, una ducha templada la relajaría y la calmaría. Abrió el agua hasta que alcanzó la temperatura que deseaba, se desnudó y se metió bajo el chorro, suspiró de alivio cuando la sintió resbalar por su piel. Pero no podía apartar de la cabeza la idea de que Colt estuviera sufriendo. Había llamado a Sarah un par de días antes y le comunicó que todo iba bien, aún así y aunque pareciera una pesada, en cuanto acabara el baño volvería a telefonearla.

Una hora después mientras ponía agua a hervir para prepararse una ensalada de pasta, descolgó el aparato que tenía en la cocina, miró el reloj dubitativa, las 21:00, calculó mentalmente que serían las 18:00 en Nueva York, comenzó a marcar el número de la oficina de su amiga, con un poco de suerte la encontraría todavía allí, lo cierto es que no le gustaba llamarla a su hogar, aunque le había reiterado que no suponía ningún problema, sabía que esas horas libres las dedicaba a disfrutar de sus mellizos y de su esposo y desde luego lo último que quería era importunarla. Oyó un tono, dos, tres…


Sarah discutía acaloradamente con Colt, la pequeña reunión de presupuestos había acabado una hora antes, pero como una leona a su presa lo acorraló y volvió a lo mismo de siempre.

—Eres un maldito imbécil —espetó la mujer—, terco, idiota.
—Vale —respondió cruzándose de brazos—, de verdad estoy cansado de este tema.
—Pues te aguantas —lo increpó—, te juro que no te entiendo, la amas y ella te corresponde ¿por qué diablos no vas a buscarla?
—Te lo he explicado por activa y por pasiva —suspiró poniendo los ojos en blanco.
—Pues lo siento, pero tu discurso de víctima no me convence, creo…—se detuvo al oír el timbre del teléfono.
— ¿No piensas cogerlo? —señaló el aparato aliviado por la interrupción.
—No te muevas de ahí, no he acabado contigo —ordenó, al ver que se batía en retirada, antes de descolgar—. Sarah Parker al habla.

Colt sonrió ante el tono autoritario de su amiga, le encantaba su gesto cuando se ponía en plan sargento. Se puso en pie decidido a abandonar el despacho a pesar de la dictatorial advertencia, al escuchar el nombre de quien estaba al otro lado volvió a sentarse.

—¡Megan! —Dijo Sarah con entusiasmo—, cariño ¿cómo estás?
—Bien —jugueteó con el cable entre los dedos—, ¿y vosotros?
—Muy bien —aseguró—, los mellizos creciendo a marchas forzadas y Tom como siempre.
—¿Y Colt?

Sarah miró de soslayo a su amigo y no pudo dejar de sonreír al ver el interés que mostraba por enterarse de la conversación, puede que fuera un tipo listo, pero desde luego el disimulo no estaba entre sus cualidades.

—Oh, aquí también hace muy buen tiempo —no estaba dispuesta a darle ninguna pista a aquel tonto—, Hyde Park está espectacular, deberías verlo.

Megan soltó una carcajada al oír aquello, Sarah había decidido que llamaría a su marido por el nombre del famoso parque si estaba cerca, así que Colt debía estar en el despacho de la fisioterapeuta. Apoyando el auricular entre el hombro y la oreja, tomó el paquete de espirales y las vertió en el agua hirviendo, sin dejar de hablar. Al ir a removerla golpeó sin querer el rabo del cazo y lo volcó. Soltó un chillido de dolor cuando el agua se derramó y la salpicó, soltó el teléfono, corrió hacia el fregadero y metió la mano bajo el chorro de agua fría para refrescar la dolorida piel.

-¿Megan? —la llamó Sarah al oír el golpe sordo de algo al caer—, ¿estás ahí?

Más aliviada, tomó el aparato que descansaba en el suelo y lo llevó a la oreja.

—Disculpa.
—Megan, ¿qué ocurre? —preguntó Sarah alarmada.
—No es nada, me cayó un poco de agua caliente en la mano —explicó tomando un paño para secarse—, unas pocas gotas, pero duele.
—Oh, Dios mío —exclamó asustada—, ¿te has hecho mucho daño?
—No, tranquila estoy bien.

Colt se puso en pie al oír la voz de preocupación de Sarah, se inclinó sobre el escritorio inquieto, frunciendo el ceño interrogante.

— ¿Qué sucede? —vio que Sarah acercaba un dedo a los labios para que se callara.
—Cariño, tienes que avisar a alguien que te ayude —apremió cada vez más nerviosa.
—No me escuchaste, estoy bien, ha sido el susto más que otra cosa.
—Llama a una ambulancia, sal a la calle y pide auxilio —se incorporó con el inalámbrico en la mano y dio unos pasos apurada—, date prisa.
— ¿Te volviste loca? —demandó sorprendida por el histerismo de su amiga.
—Megan, Megan… —chilló al auricular, mientras pulsaba la tecla de colgado— ¿Megan sigues ahí? Contesta.
—Sarah por Dios cálmate, ¿Sarah? —soltó un bufido al ver que se había cortado la comunicación.

Colt se moría de los nervios y de la incertidumbre por saber ¿qué habría pasado para que actuara de ese modo?

—Dime que pasa —exigió frenético golpeando la mesa con un puño.
—Es Megan —se giró hacia él con los ojos cuajados de lágrimas y el teléfono aún en la mano.
— ¿Qué le ocurre a Megan? —Al ver que lloraba y guardaba silencio, dio un nuevo golpe urgiéndola a hablar—, maldita sea, ¿qué pasó con Megan?
—Ha tenido un accidente mientras hablábamos —se sorbió la nariz—. Estaba cocinando y se clavó el cuchillo de las verduras y está sola. Oh Colt, creo que se desmayó.
—¿Dónde? —Demandó lleno de temor, él conocía las grandes dimensiones de aquel utensilio—, Sarah ¿dónde se clavó el cuchillo?
—No lo sé —bramó enloquecida a la vez que tecleaba sin cesar—, sólo dijo que le dolía, que había mucha sangre, luego oí un golpe y se cortó—, soltó una palabrota—. Comunica.
—Mierda —rebuscó con dedos temblorosos en su cartera hasta encontrar un papel doblado que le tendió—, ten, llama a este número y pregunta por Robert Spencer, cuéntale lo que ha pasado y dile que vaya a casa de Megan.
—Está bien —agarró la nota y lo vio dirigirse a la puerta—. ¿Dónde vas?
—A Rothstone —contestó desde el umbral, antes de salir y cerrar de un portazo—, mí mujer me necesita.

Tan pronto se hubo ido se sacudió las lágrimas y colgó el auricular, sin duda Megan pensaría que había perdido la cabeza y seguro que estaba intentando volver a localizarla, por eso mantuvo el teléfono inactivo mientras realizaba su gran actuación. En cuanto este descansó sobre su base comenzó a sonar de nuevo.


Megan se estaba poniendo nerviosa por momentos, era la sexta vez que marcaba el número de la residencia y siempre salía ocupado. Tal vez Sarah la estuviese llamando y se cruzaban las llamadas, suspiró cuando por fin oyó el tono y la chica le contestó.

—Oh Megan, intentaba comunicarme contigo, al parecer hubo un problema con las líneas —explicó rápidamente.
—Yo también estaba llamándote, pero fue imposible —contestó—, me quedé preocupada al oírte gritar y quería asegurarte que estoy bien.
—Perdona mi histeria —dijo tras un momento—, es que desde que tengo a los niños estas cosas me alteran mucho. Pensarías que me había vuelto loca.
—Desde luego que no —respondió rápidamente—, sólo me extrañó eso es todo.

Tras unas breves explicaciones por parte de ambas, se despidieron prometiéndose que se llamarían en breve.

Apenas acabó su conversación con Megan, comenzó a marcar el número que aparecía en el trozo de papel, la voz grave de un hombre le respondió al otro lado.

—Me gustaría hablar con el señor Spencer, Robert Spencer
—Al habla.
—Hola, soy Sarah Parker y le llamo desde Nueva York —explicó—, me dio su número el señor Elliot.

Robert se extrañó de aquella llamada y no pudo evitar lanzar una maldición al oír el nombre de aquel bastardo.

—Disculpe mi vocabulario señora —murmuró Bob tras su palabrota.
—No se preocupe, lo entiendo —rió con ganas—. Verá, le llamo porque creo que he hecho algo terrible, pero con buena intención desde luego, en fin será mejor que le cuente.

Media hora más tarde y tras poner a aquel hombre en antecedentes, no sin unas cuantas carcajadas y unas pocas maldiciones al decirle que casi había asesinado a Megan y con la promesa que él se encargaría de recoger a Colt a su llegada, se reclinó en su sillón y colocó las piernas encima de su atestado escritorio. Fijó la vista en la punta de su caro zapato de piel negra y luego en la puerta cerrada, por donde un rato antes había salido aquel terco a toda velocidad. Deseó que aquella farsa que había montado en un momento de inspiración tuviera éxito, porque sino no sólo perdería a un amigo, sino a dos. Bajó las piernas y fue hacia el perchero donde colgaba su bolso. Si París bien valía una misa para aquel rey francés, pensó mientras tomaba sus cosas, una pequeña mentira también valdría si con ello conseguía unir a dos seres que se amaban y debían estar juntos.


Colt introdujo frenéticamente ropa en su maleta sin pararse a pensar en lo que metía en ella, ya que su mente estaba ocupada por entero en Megan. Esperaba que Sarah hubiese podido localizar a Bob.

—Dios por favor —suplicó alzando los ojos al techo y con el corazón martilleándole en el pecho enfebrecidamente—, nunca te he pedido nada, te ruego que la salves, que lleguen a tiempo.

El sonido de alguien golpeando a la puerta antes de abrirla, lo hizo moverse y cerrar la valija, mientras el rostro sonriente de Tom aparecía ante él.

—Te conseguí un pasaje para esta noche —le comentó acercándose—, tendrás que hacer trasbordo y perderás unas cuantas horas, pero mañana por la tarde o como mucho a primera hora de la noche estarás allí. No pude lograr nada mejor, el próximo vuelo no sale hasta dentro de dos días.
—Te lo agradezco —agarró el equipaje con fuerza.
—Aún es pronto, en un par de horas te llevaré al aeropuerto —le arrebató la maleta y la dejó en el suelo—, no te preocupes.
—Si le llegara a pasar algo —murmuró con voz ausente—, yo…
—Estará bien —aseguró Tom dándole una palmada en la espalda—. Vamos a cenar, necesitarás fuerzas.

Comer, ¿cómo iba a comer cuando tenía el estómago encogido por la preocupación?


Cuando acabó de limpiar el desastre en que se convirtió la cocina no tenía ganas de cocinar, se preparó un bocadillo de atún, una pequeña ensalada y llevó la bandeja al salón, se sentó frente al televisor y zapeó devorando la improvisada cena. Se entretuvo un rato viendo un documental sobre hipocampos y otros seres marinos. Al primer bostezo apretó el mando y apagó, se incorporó y no se molestó en retirar los restos, ya lo haría mañana antes de salir.

Revisó puertas y ventanas, otra costumbre adquirida durante la convivencia con Colt, y fue a la alcoba. Se quitó la bata depositándola de cualquier manera sobre la silla y se metió en la cama, cerró los ojos dispuesta a disfrutar de una reparadora noche de sueño.


Llegó al aeropuerto con más de una hora de antelación, sin hacer caso a las protestas de Tom que insistió para que esperara, llamó un taxi y se marchó. La terminal estaba atestada, pero encontró un sitio donde sentarse. Nervioso, tamborileó los dedos sobre su rodilla sin dejar de mirar el reloj una y otra vez. El tiempo parecía haberse detenido, dio unos golpecitos a la esfera como si con ello pudiera hacerlo avanzar. Desquiciado se levantó y fue hacia las cabinas telefónicas, introdujo un par de monedas en la ranura y marcó el número de Bob, tras esperar tono tras tono, colgó de un golpe cuando nadie le contestó. Debía comprarse uno de aquellos malditos móviles, se dijo a si mismo.

Su cabeza era un bullicio de imágenes y cada cual peor, se imaginó a Megan tirada en la cocina desangrándose, o arrastrándose hacia la calle, o…, sacudió la cabeza e insistió en localizar a Robert con vanos resultados. Cuando anunciaron su número de vuelo, dejó caer el auricular que se balanceó en el aire y casi corrió empujando a la gente hacia la puerta de embarque. Unas horas más pensó, unas pocas horas y estaría a su lado.


Aunque estaba agotada o tal vez por ello, era incapaz de conciliar el sueño. Daba vueltas y más vueltas tratando de lograr la postura adecuada, pero era imposible. Encendió la luz y bebió un poco de agua del vaso que reposaba sobre la mesita, tumbada boca arriba apretó los ojos con fuerza obligándose a dormir, aquello era inútil, al entrelazar las manos sobre su regazo por encima de la sábana notó el metal, muy despacio acarició la alianza que volvía a estar en su dedo desde que regresara a casa, levantó la mano y observó el anillo que emitió un destello dorado al exponerlo a la luz, el pequeño aro que la unía a un hombre que siempre consideraría suyo. Porque a pesar que en unos pocos meses estarían divorciados, continuaría siendo su esposo en su corazón.

Parpadeando para evitar llorar apagó la luz y se abrazó a la almohada imaginando que era el cuerpo de su marido el que aferraba en la oscuridad. ¿Pensaría alguna vez en ella?—se preguntó pasando la mejilla por la suave tela— ¿recordaría las noches de besos y pasión que habían compartido en esa misma cama? Sí, se contestó a si misma, por que esa era la respuesta que necesitaba escuchar.

—Colt —murmuró a la noche—, te echo tanto de menos.

Sin oponer más resistencia al llanto que pugnaba por salir de su interior, dejó que las lágrimas humedecieran el almohadón mientras lo apretaba más contra ella.

—Vuelve a mi por favor —sollozó sabiendo que nadie la escuchaba—, te amo tanto que mi vida no tiene sentido sin ti.

Envuelta en el abrazo de las sombras creyó oírlo susurrarle palabras de amor, casi pudo percibir sus dedos acariciar su cabello, la piel de sus hombros desnudos, casi pudo sentir el calor de su cuerpo amoldado al suyo. Y sólo entonces consiguió dormir.

Continuará...

domingo, 25 de abril de 2010

PREMIO TU BLOG DA ALAS A MI IMAGINACIÓN



Reglas:



1-Agradecer al blog que te lo dio



2-Entregar a 5 blogs cuyo contenido fomenten tu imaginación.



En nuestro caso esta vez se lo vamos a dar a:



http://adifferentworldforgirls.blogspot.com/



http://www.deseoyoscuridad.blogspot.com/



http://devorandolibros.blogspot.com/



http://pequenasemociones.blogspot.com/



http://angelesdelromance.blogspot.com/










viernes, 23 de abril de 2010

AHORA Y SIEMPRE (CAPÍTULO 25)



Como cada tarde desde hacía tres días, salió cabizbaja de la que ahora sabía que era una Residencia. Comenzó a caminar hacia la salida tragándose las lágrimas del nuevo rechazo. Cada día había ido con la esperanza de verle, de poder hablar con él y convencerlo para que regresara con ella a finales de semana. Pero tan sólo logró palabras amables de quien supuso era una secretaria.

La joven toda sonrisa le indicó esa tarde que su marido estaba en una reunión muy importante, ayer fue que tenía mucho trabajo y antes de ayer que no pudieron localizarlo. No era tonta y era consciente que tras aquellos discursos se escondía la realidad de que Colt no quería verla. Y ella no podía más que seguir insistiendo en los pocos días que le restaban en Nueva York.

Ya estaba casi en la puerta cuando la familiar voz de Sarah gritando su nombre la hizo girarse, la joven se acercaba jadeante con su bata blanca ondeando a su espalda.

—Menos mal que te encuentro —dijo casi sin resuello.
—Por poco —trató de sonreír—, ya me iba, he perdido otra tarde en vano.
—Ya veo —le tomó las manos en un gesto cariñoso—, y de verdad lo siento mucho, hay veces que creo que me equivoqué en mi decisión de que supieras la verdad.
—No —añadió rápidamente—, te agradezco mucho que me abrieras los ojos. Era muy duro vivir imaginándome que Colt estaba con otras mujeres, me dolía cada vez que cerraba los ojos y lo veía arropado por unos brazos que no eran los míos. Aunque, hubiese preferido encontrarlo en la cama con otra que…
—No desesperes Megan —murmuró Sarah—, quizá entre en razón y acceda a verte antes de que te marches.
—No creo —soltó sus manos y las cruzó sobre su pecho—, pero si pudiera hacer que me escuchara durante unos minutos, si pudiera hacerlo entender…—, meneó la cabeza negando—, a veces creo que todo esto es una pesadilla, que me despertaré y nada de esto será cierto.
—Te entiendo.
— ¿Sabes? —La miró un instante antes de bajar la vista al suelo—, incluso he llegado a pensar que le han hecho un diagnóstico erróneo, que sus informes se confundieron con los de otro, no sé…, es cruel desear que otra persona esté enferma, es egoísta pero…
—No te mortifiques —la disculpó la fisioterapeuta—, no es egoísta es humano.
— ¿Habría alguna posibilidad de que hubiese ocurrido algo así?
—No —negó fehacientemente—, ojalá pudiera decirte que sí, pero todas las pruebas que se le han realizado dicen lo mismo, está enfermo.
—Maldita sea –apretó los puños a los costados—, si al menos pudiera hacer algo para ayudarle.
—Bueno, es imposible si él no quiere tenerte cerca —suspiró cansada.
—Ahora tengo que irme —dijo Megan—, he decidido ir a la biblioteca a ver si consigo saber más sobre lo que aqueja a Colt.

Sarah estudió un instante a la chica que tenía delante, ya no tenía aquella furia del primer día brillando en sus iris, ni aquel gesto batallador en su rostro. Ahora un destello de impotencia mezclado con un gran amor refulgía en ellos, unas grandes ojeras causadas por la falta de sueño se extendían bajo las largas pestañas y el tono rosado y sano de su piel había sido sustituido por uno malicento debido al cansancio y al pesar. Una parte de ella le decía que había hecho lo correcto al hacerla partícipe de la enfermedad de Colt, pero otra muy pequeña se arrepentía de haberlo hecho, tal vez él tenía razón, quizá debería haber cerrado la boca y permitir que Megan acabara odiando a su marido pensando que era un cabrón sin sentimientos.

Pero ella adoraba a Colt Elliot, el hombre que la ayudó, que la sujetó y la animó en sus malos momentos, el que le ofreció su hombro y su apoyo para que llorara sus fracasos, el que la acompañó noche tras noche obligándola a estudiar y a luchar cuando bajaba los brazos. Era un buen hombre que no se merecía la desgracia que le tocaba vivir, pero la vida rara vez era justa.

— ¿Por qué no me das unos minutos? —inquirió Sarah quitándose la bata—, ya casi acabó mi turno y puedo llevarte a que veas a alguien que te dará todos los datos que necesitas.
—De acuerdo —asintió Megan—, te esperaré por aquí.

Una vez sola deambuló por los hermosos jardines, se detuvo ante un parterre de pensamientos antes de dirigirse, guiada por el sonido del agua, hasta una pequeña fuente redonda y se sentó en el borde. Suspiró y alzó la vista hacia la fachada fijándola en una de las cortinas que estaba ligeramente ladeada, no podía ver quien había detrás, de ella aunque no le hacia falta, lo sabía perfectamente. Colt estaba allí, la estaba mirando. Sonrió.


Desde la ventana de su despacho la vio abandonar el edificio con los hombros hundidos y la cabeza gacha camino de la salida y sintió como su corazón sangraba. Luego habló con Sarah y ahora permanecía sentada al borde de la fuente sonriéndole, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera. Era tan fácil dejarse convencer por lo que tenía que decirle, envolverse en sus brazos y aceptar lo que le ofrecía, mas no era justo que su preciosa Megan tuviera que vivir un calvario, no podría soportar que el tufo de la enfermedad ocupara su olor a flores, que el llanto arrebatara el sitio a su risa, que la compasión opacara el brillo de sus ojos. No iba a amarrarla a un inútil que no le permitiría conseguir sus sueños. Y si la veía, si la oía caería a sus pies, se aferraría a ella como un parásito. Por eso ordenó que no la dejaran pasar, que no la permitieran acercarse a él, por temor a no ser capaz de rechazar una vez más lo que tanto amaba y debido a ese miedo, a pesar de necesitarla, de desearla y de amarla, lo mejor era dejarla en libertad. Cuando junto a su amiga la vio dejar el edificio se apartó y dejó que la cortina cayera a su lugar.

La casa donde Sarah la llevó parecía sacada de una revista de estilo, completamente de cristal, se erguía sobre una suave colina desde la que se podía contemplar una maravillosa vista de la ciudad a lo lejos. Los jardines que la rodeaban formaban un misterioso laberinto hasta la entrada franqueada por tres columnas de mármol rojo.

—Esto es… —cerró la boca al no encontrar la palabra y los párpados se abrieron maravillados ante los animales de seto que iban apareciendo ante ella.
— ¿Excéntrico?
—Fabuloso –contestó sin apartar la vista de un magnífico unicornio que se alzaba sobre sus patas traseras.
—A Jimmy le encantará saber que piensas así de sus criaturas.

Tras ser recibidas por un serio mayordomo, conducidas hacia una salita adyacente al majestuoso vestíbulo del mismo mármol que las columnas y agasajadas con café y té, el anfitrión hizo acto de presencia.

Sarah corrió hacia él y ambos se fundieron en un afectuoso abrazo. Megan aprovechó para estudiar al recién llegado, era un hombre alto, delgado y que se conservaba en un perfecto estado de forma a pesar de que debía rondar los 65 años, o al menos eso creía por las arrugas que se formaban alrededor de sus ojos y que surcaban su sonriente rostro. Iba vestido con pantalón corto blanco, un polo rojo y deportivas.

—Sólo por verte ha merecido la pena dejar a medias mi partido de golf -dijo dándole un beso—, ¿y esta preciosa señorita?
—Es Megan Elliot.
— ¿Elliot? —la miró de arriba abajo haciéndola sonrojar—. ¿Esa Megan Elliot?
—La misma —respondió Sarah.
—Dios mío —se acercó y la abrazó efusivamente, dejándola más sorprendida que antes—, no sabes lo mucho que he oído hablar de ti. Soy Jimmy Talbot.
—Encantada señor Talbot —manifestó dubitativa y acalorada, al parecer todo el mundo sabía de ella.
—Jimmy, querida —le indicó antes de volverse a Sarah—, ¿y a qué debo esta bonita visita?
—Megan quiere saber más sobre la enfermedad de Colt y nadie como tú para explicarle —contestó y luego se dirigió a Megan—, es el médico de tu marido y mi suegro.

El hombre no pudo dejar escapar una carcajada ante la cara de estupefacción de la jovencita de enormes ojos castaños que tenía a su lado. Disimuladamente la observó haciendo un análisis de lo que veía, era guapa sin ser bella, pero tenía algo especial que no sabía definir y que resultaba muy atrayente. Quizá no era el tipo de mujer que habría asociado a Elliot, pero aun sin conocerla con más profundidad entendía que aquel patán estuviese tan enamorado de ella.

— ¿Y qué es exactamente lo que quieres saber? —preguntó yendo hacia uno de los sillones de piel negra y dejándose caer.
—Todo.

Casi dos horas después Megan subió al pequeño automóvil de Sarah para regresar a la ciudad. Durante todo el trayecto se mantuvo callada, digiriendo la información que el doctor Talbot le había proporcionado, debatiéndose contra la angustia y la esperanza. Al llegar al hotel se despidió de su amiga, en recepción pidió la llave y tras indicarle al joven encargado que no iba a cenar fue a su cuarto. Dejó el bolso en el armario, se quitó los zapatos y vestida se tumbó en la cama. Necesitaba pensar, entender y sobretodo asimilar lo que sabía.

El médico no había escatimado palabras para presentarle los daños que esa enfermedad podía llegar a causar, la posible pérdida de movilidad casi resultó irrisoria cuando le presentó otras posibles afecciones, como problemas coronarios, respiratorios, gastrointestinales, diabetes…, Dios, la lista era interminable. Pero Jimmy Talbot también había abierto una puerta a la esperanza, al indicarle que Colt llevaba una progresión muy lenta, que con tratamientos adecuados conseguiría una buena calidad de vida durante muchísimos años.

El sonido del teléfono la sobresaltó y al alargar el brazo para tomar el auricular se dio cuenta que estaba llorando, se secó la humedad con el dorso de la mano y cogió el aparato.

— ¿Sí?
—Tiene una llamada en espera, del señor Elliot, Colt Elliot —le indicó la voz del recepcionista—, ¿la acepta?
—Sí –se incorporó hasta quedar sentada—, sí por favor.

El corazón le palpitó con fuerza cuando se oyó un clic y luego un par de tonos. Luego se hizo el silencio.

— ¿Colt? –Preguntó ansiosa- ¿estas ahí?
—Hola Megan —contestó tras unos segundos—, me han pasado recado que has venido a visitarme.
—Yo sí, bueno quería hablar contigo —dijo nerviosa.
—Si es por lo del divorcio no te preocupes —aclaró sin temblarle la voz—, ya hablé con mi abogado, en unos días lo tendrá todo listo.
—No, eso no importa —tragó saliva ante el hecho que estuviera agilizando los trámites—, he visto a tu médico, Colt me gustaría…
—Lo siento, me están llamando —corto rápidamente—, debo dejarte.
—Espera por favor —un último intento se dijo— Colt, mañana por la tarde regreso a Rothstone, me gustaría poder verte antes, discutir todo esto, hay muchas cosas que quisiera decirte.
—Lo lamento de veras —por un momento Megan pudo notar la duda en su voz— espero que tengas un buen viaje, hasta la vista.
—Espera, espera un minuto… —el clic al otro lado le indicó que había colgado.

Furiosa por la impotencia que la consumía, se tendió boca abajo y frustró su ira golpeando con saña la almohada, imaginando que era el cuerpo de su todavía esposo. Un rato más tarde, sin fuerzas por la pelea y el agotador día, el sueño la venció.

El aeropuerto estaba atestado de gente que iba y venía. Sarah se ofreció a llevarla y acompañarla hasta que su avión despegara. Tras facturar las maletas tomaron un café a la espera que de llamaran a los pasajeros de su vuelo para embarcar.

—Ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstancias —comentó Sarah llevando la taza a los labios.
—Es cierto –concedió Megan—, pero a pesar de todo me alegro mucho de haberte conocido.
—Yo también —alargó la mano por encima de la mesa y estrechó la de Megan al verla tan hundida—, no te preocupes, te mantendré al tanto de todo.
—Te lo agradezco —levantó la cabeza al oír la llamada por megafonía indicando que debía ir hacia las puertas de embarque—. Creo que es el mío, debo irme.
—Cuídate y llámame —le pidió Sarah poniéndose en pie.
—Lo mismo te digo —se abrazó a su nueva adquirida amiga—. Adiós y gracias por todo.

Oculto tras una de las columnas, Colt la vio mezclarse entre la gente camino a las pistas. No debería estar allí, no debía haber ido pero necesitaba verla una vez más. Se sobresaltó cuando una mano cayó sobre su hombro. Se giró para encontrarse con los ojos interrogantes de Tom y la furiosa mirada de Sarah.

— ¿La vas a dejar marchar? –le preguntó su amigo.
—Es lo mejor —asintió.
—Piénsalo, tengo contactos —aseguró Tom—, puedo encontrar el modo que la regresen, que pierda ese avión.
—No —sabía que decía la verdad, ya que había trabajado para el gobierno y tenía contactos en muchos sitios, incluido el aeropuerto—, debe irse.
—Maldito terco —gruñó Sarah—, jodido idiota.

No contestó al insulto y dejó de escuchar lo que le decían sus amigos cuando vio que la azafata le tomaba los documentos de la mano y los estudiaba, luego la joven le devolvió los papeles, le sonrió y se apartó. Dio un paso atrás, el paso que lo separaba para siempre de la única mujer que había amado nunca, de la única que amaría por encima de su propia vida.

Arrastrando los pies fue avanzando en la fila, la auxiliar tomó su billete y lo comprobó antes de darle acceso al túnel que la llevaría hasta el avión que la alejaría para siempre del amor de su vida.
Un leve cosquilleó le recorrió la espina dorsal, se giró de pronto al sentirse observada, escudriñó entre la gente esperanzada en encontrarse con él. Nada, personas anónimas que corrían con carritos llenos de equipaje, familias que se reencontraban o se despedían. Con un suspiró se giró y continuó adelante.


Continuará...

martes, 20 de abril de 2010

AHORA Y SIEMPRE. CAPÍTULO 24

Convencida que volverían a su despacho, lo siguió por el amplio pasillo. Colt movía furioso las manos sobre las ruedas de la silla, haciéndola avanzar rápidamente. Megan abrió la boca para pedirle que disminuyera un poco la velocidad, pero por miedo a que él se enfadara o cambiara de parecer, la cerró y continuó a su lado dando saltitos para seguir su ritmo.

Tras hacer varios giros por el corredor, desembocaron en otro mucho menos elegante de paredes blancas, las lámparas que colgaban del techo cada pocos metros bañaban con su luz blanquecina el limpio suelo azulado. Los muros estaban desnudos, sólo una placa de metacrilato con un número de sala grabado en negro junto a unas puertas de color madera daban un toque de color.

Colt se detuvo tan pronto llegaron a aquella ala del edificio, por primera vez desde que había decidido mostrar la atroz realidad a su esposa, tuvo miedo. Las manos comenzaron a sudarle, un extraño frío le recorrió la espina dorsal haciéndole estremecer. Pero el tiempo de mentiras había tocado a su fin. Ella quería respuestas y él se las daría, aunque en este caso una imagen valía más que mil palabras, se las mostraría con todo detalle, con toda crudeza. Tomando impulso se puso en pie y apartó la silla hasta dejarla apoyada junto a la pared.

Megan observó a su marido incorporarse y abandonar su hasta ahora medio de locomoción. Vio como sus ojos al mirarla se opacaron con un dolor difícil de definir, como si aquello que iba a hacer a continuación implicara una extrema dificultad para él. Dio un paso vacilante hacia ella y tendió una mano.

—¿Te importa si me apoyo en ti en algún momento sobre el recorrido? —Preguntó enarcando una ceja.
—No, no me importa —alargó el brazo y enlazó los dedos con los suyos—. ¿Dónde vamos?
—Ahora lo verás.

Cogidos de la mano y mucho más despacio que anteriormente, fueron dejando atrás puerta tras puerta hasta detenerse en la que indicaba Sala 10. Cuando él abrió la soltó y la instó a que entrara.

Un nuevo mundo apareció ante ella tan pronto cruzó el umbral. La habitación era enorme y los grandes ventanales que la rodeaban dejaban pasar la luz del sol a raudales a través de los huecos de las cortinas que estaban descorridas. Paseó la vista por todo el espacio, aparte de un par de mesas bajas atestadas de revistas, el único mobiliario del que constaba era una cantidad irrisoria de sillones que se dispersaban por doquier. Su atención quedó inmediatamente atrapada por las personas que ocupaban la habitación.

Allí había casi una treintena de hombres y mujeres ocupando los asientos o paseando con ayuda de andadores, bastones o sillas, atendidos por unas pocas enfermeras. Muchos de los que estaban sentados parecían dormitar, pero desde donde estaba no podría asegurarlo. Dio un paso adelante cuando sintió la palma de su marido empujar levemente sobre su espalda. Alzó los ojos hacia él interrogante.

—¿Qué es esto? —demandó nerviosa.
—No me mires a mí Megan, míralos a ellos –dijo tomándola nuevamente de la mano tironeó de ella haciéndola caminar hacia el interior—, observa sus manos, sus pies, sus rostros, sus ojos.

Megan obedeció su orden velada examinando a aquellas personas, los más jóvenes estarían rondando la treintena, mientras que los más mayores debían tener 50 y pocos años. Fijó la vista en un hombre que la estudiaba con cautela, sus manos estaban curvadas en una forma imposible lo mismo que sus pies, sus mejillas estaban hundidas, sus párpados caídos, pero fue su boca lo que le causó mayor efecto, le sonreía o al menos trataba de hacerlo, pero la forma invertida de sus labios la dejó sin aliento, recorrió al resto de los que se encontraban allí, todos presentaban los mismos síntomas.

Levantó los ojos hacia su esposo que clavaba su vista en ella como si quisiera traspasarla.

—Es hora de continuar —murmuró girándose para salir.
—Colt —tiró de él en un vano intento para que se detuviera—, ¿qué significa esto? ¿Por qué me has traído aquí?
—Después —contestó sin volverse—, ahora limítate a observarlo todo con detenimiento, más tarde hablaremos.

La guió sin soltarla hasta otra de las salas y repitió la operación, abrió y la instó a entrar. Esta era mucho más pequeña y aséptica, se parecía mucho a la de cualquier hospital, incluso había un par de camas en ella. Una estaba vacía y perfectamente lista para ser ocupada, la otra…, Megan vio al hombre tumbado sobre el lecho cuando Colt descorrió la cortina lentamente.

Debía rondar los 40 o quizá más no estaba segura. El señor no se inmutó cuando se pusieron a su lado, a pesar de que tenía abiertos sus cansados ojos azules y apenas parpadeaba, no pareció notar su presencia. Las manos inválidas descansaban sobre su estómago por encima de la colcha azul que lo cubría. Megan dio un saltito asustada cuando una de las máquinas que había al lado derecho de la cama emitió un leve pitido.

—Es el respirador —le aclaró Colt a su espalda antes de llevar la mano hacia la oreja del enfermo y tocar algo detrás de esta—. Hola Max ¿cómo estás hoy?
—Sigo vivo —respondió con dificultad girando por fin la cabeza hacia ellos—, algo es algo.
—Bueno, ahora debo irme —añadió haciéndole un gesto a su esposa para que saliera—, volveré mañana.
—Gracias chico.

Megan estaba completamente desconcertada, ella sólo quería saber el motivo por el que la trató como lo hizo, a que se debía su rechazo, sus mentiras. ¿Por qué insistía en mostrarle a toda aquella pobre gente enferma? ¿Por qué le enseñaba todo aquel sufrimiento ajeno? ¿Acaso él…? No, era imposible, completamente imposible.

Cuando Colt dejó la habitación se encontró a Megan en el pasillo apoyada contra la pared, ella volteó la cabeza hacia él con los ojos llenos de dudas, de preguntas y de temor.

—Ven —volvió a tomarla de la mano—, una visita más y después te contaré todo.

Megan salió del último cuarto casi a la carrera, sentía el corazón oprimido, sintiendo la falta de aire en sus pulmones. Entraron en aquella sala con pasos lentos, su marido la guió hasta una de las camas y se posicionó tras ella sujetándola por los hombros. “Mira Megan” le dijo con un deje de aflicción en su voz. Y ella había mirado. Abrió los ojos todo lo que le fueron posible para contemplar a la pequeña criatura que yacía en aquella cama. Vio sus piernecitas abiertas y dobladas junto a sus caderas, vio su pecho moverse levemente, vio sus bracitos deformes y su carita mostrando claros signos de deficiencia. Sintió sus piernas doblarse y soltándose del agarre de su esposo abandonó el lugar llena de dolor.

Colt la encontró apostada a la puerta, ausente. Sin decir nada la atrajo hacia su cuerpo y la abrazó fuertemente, dedicando tranquilizadoras y lentas caricias a lo largo de su espalda. Era consciente que aquella última visita la iba a destrozar, pero era necesario que viera por si misma lo que él le contaría en cuanto estuviera más tranquila.

Casi a rastras y con mucho esfuerzo debido a su debilidad, la condujo hacia un despacho desierto. Tras conseguir que se sentara y tomara un poco de agua, ocupó una silla frente a ella. Cogió sus manos temblorosas entre la suyas y la obligó a mirarlo.

—Megan —pronunció su nombre con suavidad, atrayendo su atención—, ¿te encuentras bien?
—Yo… —asintió—, yo tengo…
—No cariño —le dio un leve apretón—, ahora quiero que me escuches.
—De acuerdo —se removió inquieta en la silla.
—Antes que nada hay algo importante que quiero que sepas —dibujó el perfil de su nariz con un dedo—, te amo opih, más que a nada en el mundo. Nunca ha habido otra mujer desde que llegaste a mi vida, sólo tú.
—Pero si me…
—No importa lo que dijera antes —musitó rozando su labio inferior—, nadie ha ocupado tu lugar, ni en mi cama, ni en mi corazón. No te imaginas lo que te eché de menos todos estos meses. No sabes las veces que estuve tentado de llamarte, de coger un vuelo y regresar a casa.
—Pero no lo hiciste —cerró los ojos y se tragó un jadeó cuando los nudillos masculinos acariciaron la columna de su cuello—, ¿por qué?
—Estoy enfermo –declaró cortando la caricia y levantándose tan bruscamente que volcó la silla—, tengo síndrome de Steinert.

La vio abrir los ojos desmesuradamente como si hubiese oído un grave insulto, aunque ante su mirada interrogante supo sin duda alguna que no sabía de que le hablaba, pero él le iba a explicar con todo detalle lo que con tanto afán se había propuesto mantenerle oculto.

—Distrofia muscular miotónica —pronunció las palabras casi a golpes—, mis músculos se van debilitando y atrofiando lentamente. Si tengo suerte me convertiré en un inválido.

Dejó que sus palabras se instalaran en su cerebro antes de repetírselas mentalmente una y otra vez tratando de comprender. No, había entendido mal, era eso, su cuerpo aún seguía ardiendo por el deseo y sus sentidos continuaban abotargados. Levantó la cabeza para mirarlo, pero él le daba la espalda.

—Ya viste a toda esa gente —sus hombros se tensaron—, esto es una residencia para personas que sufrimos esta enfermedad.
—Estás mintiéndome —se incorporó y se acercó hasta él—, ¡dime que es mentira!
—No Megan —se estremeció al sentir sus palmas recorriendo su espalda, pero no se giró—, estoy diciéndote la verdad.
—Mírame maldita sea —agarró su antebrazo y lo sacudió.
—Cariño —volteó hacia ella esperando ver lágrimas, pero nunca la furia que encontró en su rostro.
—No puedes ¿entiendes? —le gritó—, no puedes decirme algo así, te juro que me iré y que te dejaré en paz, pero por favor no sigas mintiéndome, no sigas haciéndome daño.
—Opih —quiso abrazarla al ver el dolor que la recorría, pero se apartó de él—, por eso no volví, porque no quería hacerte sufrir, porque no deseaba que vieras en lo que me voy a convertir.

Megan estudió con detenimiento la cara de Colt, esperando, anhelando que él soltara una carcajada y la llamara estúpida, boba o cualquier otra cosa por el estilo por creerle. Que le dijera entre risas que todo era una macabra broma, que la detestaba y que tenía una amante esperándolo en su cama cuando regresara a casa. Por el contrario, lo que vio la dejó helada, supo que no le mentía al ver lo que reflejaban sus negros ojos. Derrota y entrega. Colt había aceptado su destino y se había rendido sin luchar. ¿Por qué?

—Está bien, supón que te creo —su voz sonaba temblorosa—, estás terriblemente enfermo, así que decidiste que lo mejor era separarte de mi y encerrarte en esta casa.
—Dios Megan –exclamó desesperado—, me fui de tu lado por tu bien, pensando en ti.
—No —lo apuntó con un dedo acusador—, te fuiste porque no confiaste en mí y no pensaste en la persona que te amaba ni un segundo, o no me hubieses dejado con la incertidumbre, con la terrible soledad que me embargó y me hirió salvajemente. Te marchaste porque fuiste un cobarde–, tragó saliva—, y para tu desgracia sigues siéndolo, ya que has bajado los brazos sin siquiera intentar luchar.
—¿Luchar? –la asió por los hombros y la sacudió—, ¿crees que si existiera una sola posibilidad de salir de esto no lo habría intentado? No, Megan—, escupió alzando la voz—, no hay cura.

La soltó al ver su gesto de dolor, sin duda la apretaba con demasiada fuerza.

—Sólo me queda esperar —dijo con determinación sin dejar de mirarla—, y puede que sea muchas cosas, pero no soy cobarde Megan, tuve que hacer acopio de toda mi valentía para no regresar a tu lado, para no condenarte a vivir la jodida pesadilla en la que se va a convertir mi vida.
—Colt…
—¿Acaso has olvidado todo lo que has visto hace un momento? —le espetó más dolido que furioso—, ¿no recuerdas esos hombres y mujeres deformes, a Max tendido en su cama ayudándose de una máquina para respirar, ciego y sordo? ¿Has olvidado al bebé?

Negó secándose las lágrimas que rodaron quemándole las mejillas. ¿Cómo iba a olvidarse de aquel niñito? Jamás podría apartar aquella terrible imagen de su cabeza mientras viviera. Pero ahora eran otras las que le venían como puñetazos en la cara. La de aquellos que estaban en la primera sala que visitaron, la del hombre que la miró sin verla…, Virgen Santa y si Colt le decía la verdad él acabaría igual. El dolor la desgarró por dentro, cortándola por la mitad. Sollozó al oír la voz de su marido.

—Siento mucho que hayas visto a ese niño —su disculpa era sincera—, pero era necesario.
—No quiero saber —masculló temiendo su explicación.
—Te dije que me alegraba de que hubieses perdido a nuestro hijo, también te mentí en eso —tragó saliva sonoramente—, en otras circunstancias nada me hubiera hecho más feliz que abrazar a mi pequeño, verlo crecer.
—No es necesario que sigas torturándote –le acunó entre sus brazos desgarrada al ver como rompía en llanto.
—Debes saberlo —susurró apartándola un poco para ver sus resplandecientes iris—, nuestro bebé tenía casi todas las probabilidades de nacer con esta mierda que me está destruyendo. Yo lo habría abocado a un destino peor que la muerte, teniendo que soportar la repulsión de la gente, la incapacidad de ser normal.
—Lo habríamos cuidado, lo habríamos amado igualmente —aseguró entre sollozos.
—Sí, lo habría querido con todo mi alma —la apretó contra si—, pero no hubiese podido con mi cargo de conciencia al saber que yo era el culpable de su desgracia.

Permanecieron abrazados sin decir nada durante largos minutos. Megan empapaba la camisa de Colt con su llanto, mientras él le dedicaba largas caricias a su cabello y su cintura. Él también lloraba en silencio, podía sentir su temblor desde que la pegara tanto a su cuerpo que casi eran uno sólo.
Megan alzó la cabeza hacia él y besó su barbilla con suavidad, lo vio apretar los párpados y se percató de las gotas que brillaban en sus largas y oscuras pestañas, continuó su recorrido de besos por el cuello.

Colt estaba roto, pero al mismo tiempo se sentía muy aliviado, contarle la verdad a su esposa había sido como si lo liberaran de una pesada losa sobre sus hombros. Apretó los ojos cuando sintió su suave boca en el mentón, una oleada de excitación lo recorrió de arriba abajo, haciendo que la sangre abandonara su cerebro a toda velocidad para descender a su entrepierna. Tomó aire y la apartó de él.

—No Megan, que sepas la verdad no cambia nada.
—Lo cambia todo –protestó ella ante el rechazo.
—Voy a seguir adelante con el proceso de divorcio —sentenció sin pestañear—, en pocas semanas serás libre de nuevo.
—No quiero que…
—No importa lo que quieras opih —la interrumpió elevando la voz—, esto se acabó.
—Escúchame tú ahora –suplicó al verlo negar.
—Vete Megan –la apartó empujándola suavemente y se encaminó arrastrando los pies hacia la puerta, antes de salir se giró— olvídame y vive.

Continuará...

domingo, 18 de abril de 2010

¡HAN PASADO 9 MESES! QUE RÁPIDO PASA EL TIEMPO CUANDO SE ESTÁ EN BUENA COMPAÑIA

sábado, 17 de abril de 2010

PREMIO TU BLOG ES MÚSICA PARA MIS OJOS


Reglas:

1-Agradecer a quien te lo dio.

2-Entregar a 5 blogs cuyo contenido sea como el premio dice: música para tus ojos.

Nuestra intención es que todos los blogs que seguimos, por uno o otro motivo, acaben teniendo uno de nuestros premios, así que esta vez se lo damos a los que nos alegran la vista con los libros que suben para el disfrute de todas/os:

http://persefoneluz.blogspot.com

http://arinovelas.blogspot.com

http://elclubdelasexcomulgadas.blogspot.com

http://leerdulceadiccion.blogspot.com

http://sweet-poison-novelas-vampiricas.blogspot.com

viernes, 16 de abril de 2010

AHORA Y SIEMPRE (CAPÍTULO 23)


—Megan —la voz de su marido le llegaba lejana a través de la bruma que se había formado en su cerebro— Megan.

Estaba mareada, todo el aire de la habitación parecía haberse evaporado de repente y le costaba respirar, nada de lo que había pensado, ni el más terrible de sus pensamientos la había preparado para encontrar a su esposo sentado en una silla de ruedas. Intentó asirse desesperadamente a algo cuando las paredes comenzaron a girar rápidamente, sintió que alguien la agarraba y tiraba de ella antes de que la oscuridad se la tragara.

Asustado ante la lividez de su esposa alargó los brazos justo a tiempo para sujetarla, maldijo su debilidad cuando sus rodillas se doblaron y estuvo a punto de caer al suelo, tiró ágilmente de ella y se dejó caer en la silla sosteniéndola sobre sus piernas. Sintió en sus antebrazos las cálidas manos de Megan que se aferraban con fuerza a él, clavándole las uñas a través de la tela de su camisa, antes de que su cuerpo yaciera flácido entre sus brazos. Se había desmayado.

Le golpeó suavemente las mejillas y la llamó una y otra vez sin conseguir hacerla reaccionar. Asustado, agobiado y sobre todo desesperado cogió el teléfono y pidió ayuda, en pocos minutos varias personas se presentaron en su despacho y se hicieron cargo de la situación.

Le dolía la cabeza cuando despertó en una habitación completamente desconocida. Estaba tumbada en una camilla o eso supuso por la rigidez que sentía en su espalda, olía a hospital y a pesar de la tenue iluminación pudo ver varios armarios acristalados con un montón de frascos de medicinas en ellos, trató de incorporarse pero desistió cuando una punzada de dolor le atravesó las sienes, se giró y vio que tras el biombo opaco alguien se movía. Iba a pedir ayuda cuando el murmullo de dos voces discutiendo la persuadió. No era cotilla por naturaleza, pero al escuchar su nombre, su oído se agudizó dispuesta a no perder detalle.

—Eres una maldita entrometida —la voz de Colt le llegó clara y a pesar del tono bajo que empleaba se notaba disgustado.
—Tenía derecho a saber —esta vez era Sarah la que hablaba—, no podía dejarla marchar creyendo lo que no era.
—¿Y quién te autorizó a meterte en asuntos que no te importan? —espetó él.
—No me digas que no me importa Colt, para mí eres como un hermano, un miembro más de mi familia —susurró la chica entre dientes—, y tú me diste la autorización al hacerle creer a Megan que era tu amante.
—Yo no le hice creer nada —escuchó que contestaba cada vez más enfurecido—, ella extrajo sus propias conclusiones.
—Y no fuiste capaz de sacarla del error —aunque se contenía por no gritar, Sarah alzó la voz—, tu no viste su cara cuando salió de aquí, no viste su desprecio al mirarme, ni el dolor que reflejaban sus ojos…
—Eso ya no es asunto mío —contestó cansado—, no me importa lo que sienta, ni lo que…
—Te importa Colt, te importa porque la quieres —afirmó Sarah con determinación—, te has molestado en huir de su lado porque la amas.
—¡No la amo! —Concluyó con firmeza—. Maldita sea ¿Por qué tuviste que meterte por medio?
—Porque no podía dejarla marchar sin que supiera parte de la verdad —ahora la voz de ella le llegaba más lejana—, porque te quiero y no creí justo que se fuera llena de odio hacia ti.
—Pues gracias por nada.
—Cuéntaselo —rogó Sarah— si no lo haces por ti, al menos hazlo por ella.

Confusa y desconcertada por la conversación que estaba escuchando se incorporó, se bajó de la cama y, a pesar del dolor intenso que continuaba palpitando en su cabeza, recorrió los pocos pasos que la separaban del biombo apartándolo con determinación).

¿Por qué se empeñaba en decir Sarah con tanto ahínco que la amaba y a su vez él afirmar vehementemente que no era así? ¿Qué era lo que debía contarle Colt? ¿Qué más secretos escondía su marido?

Agarrada a la estructura metálica de la pequeña cortina observó a la pareja, que continuaba con su trifulca ajena a su presencia. Colt le daba la espalda desde su asiento y Sarah, que ahora cubría su perfecto traje con un batín blanco, tenía el rostro demudado por la furia. Sonrió cuando esta levantó la cabeza y la miró.

—¡Megan! —la mujer la mujer avanzó hacia ella con pasos decididos—. ¿Cómo te encuentras?
—Bien —contestó sin apartar la vista de la figura de su marido que ni siquiera se volvió a mirarla.
—Me alegro mucho, nos diste un buen susto —la recorrió con ojo crítico de arriba abajo y asintió satisfecha—. Sí, tienes mucho mejor aspecto.

Sarah observó con detenimiento el rostro aún pálido de Megan y se giró un momento guiada por su mirada, sin duda era Colt el centro de su atención, un Colt que permanecía de espaldas a ellas, con los hombros tensos.

—Bueno, ahora que ya estás recuperada os dejaré solos —la chica sonrió y le dio un par de cariñosas palmadas en la mejilla—, supongo que tendréis cosas de que hablar.

Un buen rato después, en lo que Megan no sabía definir si fueron eternos minutos o largas horas, continuaba contemplando sin apenas pestañear la rígida espalda del hombre.

Colt notaba, como dagas clavadas en su cabeza la intensa mirada de su esposa, no hablaba, no se movía, sólo estaba allí tras él, esperando. Se pasó las manos por el rostro, dudando entre volverse y decirle lo que con tanto afán había guardado, tal como le pedía Sarah, o alejarse sin mirar atrás. Suspiró cansado, seguiría adelante con su decisión, apartaría a Megan de su lado, saldría del cuarto y obviaría sus ganas de girarse y saciarse con la visión de su hermosa imagen, de tender las manos y tocarla, se tragaría su necesidad de sentirla de nuevo pegada a él.

—Puesto que ya estás bien, regresaré a mi trabajo —dirigió la silla hacia la puerta.
—Colt —la suavidad con que ella pronunció su nombre lo hizo estremecerse—, espera.
—Ya te dije que soy un hombre ocupado —anunció deteniéndose—, si me disculpas.

Megan cerró los puños furiosa, Colt trataba de escapar de ella otra vez, pero no se lo permitiría, no sin obtener respuestas a las preguntas que rondaban su cabeza desde que había oído aquella conversación cuando pensaban que estaba inconsciente. Sarah casi le había gritado que la amaba y aunque él lo negó, recordaba perfectamente su rostro preocupado al verla aparecer, sus ojos llorosos, la humedad de sus mejillas y su vano intento por secarlas y el tono desesperado de su voz al pronunciar su nombre.

Puede que no la amara, que realmente no quedara nada de aquel amor que habían compartido, pero tras hablar con la fisioterapeuta, tras oírlos discutir estaba segura que había mucho más tras el enorme muro que Colt había erigido entre ellos, e iba a comenzar a quitar piedra a piedra hasta que la verdad quedara al descubierto. O al menos lo intentaría.

—¿Qué está pasando? —Preguntó acercándose lentamente—, era yo la que siempre tenía miedo, ¿Por qué huyes de mí?
—Nadie escapa —respondió volviéndose y observando detenidamente a la mujer que avanzaba a pasos cortos hacia él—, ya te dije…
—Qué eres un hombre ocupado, ya sé –miró la silla y luego a él—. Sarah me explicó que tuviste problemas durante tu visita al doctor, que te detectaron una enfermedad Socraeilítis o algo similar.
—Es cierto — confirmó apoyándose en los brazos y poniéndose en pie—, supongo que te contaría que se cura completamente, que no queda rastro de ella una vez atajada.
—¿Y esa silla?
—Aún estoy recuperándome, pero como ves puedo andar —dio unos pequeños pasos hacia ella—, sólo la uso para desplazarme, es más cómodo y no me canso tanto.
—¿Por qué no me avisaste?
—¿Tenía que hacerlo? —alzó una ceja interrogante, mientras sus labios se curvaban burlones.
—Soy tu esposa, Colt.
—Será por poco tiempo —con gran esfuerzo siguió acercándose—, en un par de meses ambos seremos libres para continuar con nuestras vidas.
—Sí, así es —le dio la espalda y cruzó los brazos sobre el pecho, sus frías palabras de Colt le dolían—, pronto seremos dos desconocidos, dos extraños…, pronto no quedará nada de lo que un día compartimos.
—Es lo mejor —alargó la mano hacia sus hombros, pero la bajó rápidamente—, aquello fue un error, uno del que me arrepiento cada día de mi vida.
—¿Hablas en serio? —Se volteó con los ojos muy abiertos, Colt se había apoyado en una mesa y la miraba con la vista perdida-. ¿Nunca, ni un solo minuto que pasaste a mi lado te mereció la pena?
—Al principio fue divertido —tragó saliva al ver como las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas—, eras distinta, una novedad algo fresco…, un juguete nuevo del que enseguida comencé a cansarme—, se encogió de hombros despectivamente—, me ahogabas con tus exigencias, con tus carantoñas, sentía que me estaba asfixiando en aquel pueblucho perdido de la mano de Dios.
—No sigas por favor —suplicó llevándose las manos a la cara.
—Es la verdad —desvió la vista de ella, fijándola en un punto lejano por encima de su cabeza intentando no abrazarla, abocarla contra él y apartar el llanto y el dolor que le estaba causando—, cuando vine a mi revisión pude respirar, sentirme libre de nuevo. Sé que debí iniciar el divorcio, pero una cosa llevó a otra y lo dejé pasar.
—¿Puedo preguntarte algo más?
—Claro —echó una ojeada rápida al caro reloj de acero que portaba en su muñeca, en claro gesto de que deseaba acabar aquel encuentro lo más pronto posible.
—Todo lo que me dijiste en tu despacho —se restregó las manos nerviosa—, ¿lo sentías, lo sientes realmente?
—Sí, Megan —bajó la vista para ocultar su mentira— no te amo, nunca lo hice y hubiese sido una tontería tener un hijo, al final hubiese sido una carga para ambos.
—Yo amaba ese bebé desde el mismo momento en que supe que lo portaba en mi vientre —gritó demudada al escuchar el tono de menosprecio que usaba —, lo quería, lo deseaba.
—Supongo, pero un niño necesita que lo cuiden, que lo alimenten, bueno todo eso que necesitan los pequeños —dijo con indiferencia—, tú sola no hubieses podido sacarlo adelante.
—Hubiese luchado por él con uñas y dientes —le faltaba el aire, acababa de dejarle claro que no se habría hecho cargo de su propio hijo-, no te habríamos necesitado ninguno de los dos, yo lo habría amado por mí y por ti, nunca hubiese echado de menos la falta de un padre.
—Suponiendo que yo fuera el padre —soltó las palabras consciente del daño que hacían, era su estocada final, su última baza.

Megan quiso que la tierra se abriera y se la tragara hasta sus más oscuras profundidades, que un rayo cayera y la fulminara al instante. Se sentía estúpida, pequeña, la más insignificante de las mujeres, de los seres. Cuando lo descubrió en la silla de ruedas creyó morir de pena, cuando vio su cara de desolación una luz de esperanza brilló en su interior. Había regresado al despacho creyendo, o más bien anhelando que las palabras de Sarah fuesen ciertas, que en el fondo él continuara amándola y ella le hubiese perdonado, todos y cada uno de sus insultos, todas y cada una de las lágrimas que había derramado en soledad por él. Mas aquello era lo último que iba a tolerarle, estaba cansada muy cansada de aguantar sus irreverencias.
Levantó la cabeza y buscó sus ojos, la gélida y burlona mirada de su marido acabó con todo su temple.

—¡Hijo de puta! –la mano de Megan se estrelló sobre su rasurada mejilla.

Colt vio venir la bofetada, pudo apartarse, agarrarla de la muñeca y detenerla, pero no hizo nada, sólo esperó hasta que sintió como la pequeña palma se estampaba sobre su rostro. Sé lo debía, era lo menos que podía hacer por Megan, dejar que soltara su dolor, su rabia, su frustración aunque fuera con insultos y golpes.

—¡Cabrón! –otro bofetón le cruzó la cara—, te odio, odio el día que te conocí.

Ciega por el pesar y la furia continuó su ataque, él permanecía impávido, soportando cada revés sin inmutarse.

—Bastardo —agotada por el esfuerzo dejó caer los brazos—, me pasé las noches en vela creyéndote muerto, herido, muriéndome de celos al pensar que estabas con otra mujer.
—Megan.
—Me he consumido tratando de saber que había hecho mal, en que había fallado —apartó los ríos que surcaban por sus mejillas de un manotazo-, culpándome por tu ausencia, por tu falta de interés hacia mí.
—¡Basta! —gritó asiéndola por los brazos y atrayéndola hacia él—, basta Megan.

Podía soportar todo, cualquier cosa, sus golpes, sus injurias, su desdén y su odio, sí, era eso lo que iba buscando desde que la vio en su despacho, podría vivir sabiendo que ella lo detestaría, tanto como para olvidarlo, como para sacarlo de su corazón y comenzar de cero. Pero no sería capaz de soportar aquella desolación, aquella derrota brillando en sus castaños iris, sin desgarrarse del todo por dentro. La pegó más a él, tanto que creyó escuchar como sus huesos crujieron bajo su abrazo. Soltó la presión y le alzó la barbilla con dos dedos. ¡Jesús bendito!, la había destruido, había acabado con lo único hermoso de su vida, con lo único que realmente le importaba. Bajó los labios hacia su boca y depositó un suave beso en ella. Su cuerpo se estremeció como una hoja seca movida por la brisa del otoño al percibir su suavidad, el calor tanto tiempo añorado. Megan lo miraba sin verlo, con las lágrimas corriendo libremente por sus pómulos.

—No puedo continuar con esto —murmuró soltándola y el frío volvió a instalarse en él—. Dios no puedo seguir lastimándote, cuando soy yo el que se hiere a si mismo.

Parpadeó confusa por sus palabras y dio un paso atrás para alejarse de él.

—Te mentí —se giró y apoyó las manos sobre el borde de la mesa, tras unos instantes continuó con la voz rota—. Cada insulto que te lanzaba a la cara me procuraban pesar, cada lágrima que has derramado en mi despacho y en está habitación es una llaga abierta en mi propio corazón-, pestañeó para evitar que la humedad que le empañaba la vista acabara derramándose, por encima del hombro le lanzó una sombría mirada— ¿Quieres respuestas Megan?

Ella asintió incapaz de hablar, atónita ante su cambio de actitud.

—Acompáñame entonces —caminó hacia la silla de ruedas y se sentó antes de dirigirse a la puerta—, tendrás la respuestas a todas tu preguntas y luego…, luego te irás para siempre.


Continuará...

martes, 13 de abril de 2010

AHORA Y SIEMPRE. CAPÍTULO 22

Cegada por el dolor y las lágrimas corrió por el pasillo, ansiosa por salir de allí, por escapar del mismo aire que respiraba aquel bastardo sin corazón. Iba a doblar una esquina cuando se tropezó contra alguien.

—Discúlpeme —dijo cabizbaja—, lo siento.
—¡Megan! —La voz de Sarah la hizo levantar los ojos—. ¡Jesús bendito! ¿Qué te sucede?

Sarah vio todo el sufrimiento del mundo reflejado en aquella mirada vidriosa por el llanto, cuando Megan trató de apartarse torpemente de ella la sujetó por un brazo.

—Ven, vamos a mi despacho —indicó Sarah—, tienes que calmarte.
—¡Suéltame! —gritó furiosa dando un paso atrás—, ¿lo quieres? Pues es todo tuyo, ojalá se te atragante, ojalá os atragantéis los dos.
—No sé de que hablas —contestó Sarah asombrada—, por favor explícate.
—Dios, hay que ser cínica —le espetó mirándola con asco—, ahora entiendo el interés que mostraste cuando llamé, bien pues no te preocupes yo me quito de en medio.
—Creo que estás confundida —concluyó la mujer cruzándose de brazos—, insistí que vinieras porque quería que vieras con tus propios ojos lo que estaba pasando.
—Pues ya le he visto, un hombre y a su amante —pasó a su lado para continuar su camino—, gracias, te debo una, sino hubiese sido por ti jamás hubiese conocido realmente al animal con el que me casé.
—¿Sabes? —Sarah la agarró haciéndola girar hacia ella violentamente—, creí que te merecías saber la verdad, ahora no estoy tan segura.
—¿Qué verdad? —se sacudió bruscamente para desasirse—, ¿qué te acuestas con Colt? No te preocupes, ya se encargó él de hacérmelo saber.

Sin esperar la contestación de una Sarah que la observaba con la boca abierta, empezó a caminar alejándose en busca de la salida. Necesitaba escapar de allí, necesitaba aire fresco que limpiaran sus pulmones, quería llegar al hotel tirarse en la cama y llorar hasta que no le quedara ni una lágrima. Porque lloraría por él hasta quedarse seca y luego lo arrancaría de su alma aunque fuera lo último que hiciera.

—¡No soy su amante! —el grito de Sarah hizo que se detuviera en medio del pasillo.

Megan se revolvió lentamente, estaba enfadada y dolida con Colt y se le revolvían las tripas al ver como aquella mujer negaba lo evidente. Cuando encontró sus furiosos ojos clavados en ella, cuando observó su semblante ofendido, estuvo a punto de ir hacia aquella sinvergüenza, agarrarla de los pelos y golpearla hasta que no le quedaran fuerzas.

—No me tomes por imbécil –bufó cerrando los puños a los costados—, puede que sea una pobre chica del campo, pero no soy idiota.
—Pues te estás comportando como si lo fueras —espetó Sarah malhumorada—, maldita sea escúchame, deja que te cuente lo que está sucediendo realmente, ¿qué puedes perder aparte de 10 minutos de tu tiempo?

Un mar de dudas comenzaron a abrirse paso en su cabeza, estaba completamente segura que a pesar de sus palabras Sarah compartía cama con Colt, ¿o tal vez no fuera ella pero conocía a la mujer que lo hacía? ¿O quizá aquella mujer que la miraba fijamente era sólo otra victima de su mal nacido esposo? Daba igual que hubiera una o un millón de mujeres, no quería saber, no tenía ganas ni valor para enterarse de lo poco importante que había sido en la vida del hombre que había amado, que para su desgracia aún amaba con todo su ser.

—Por favor Megan —insistió Sarah con voz desesperada—, por favor, concédeme esos 10 minutos.
—De acuerdo —aceptó movida por la curiosidad ante tanta obstinación—, te escucharé.
-Gracias —contestó sintiendo como su cuerpo se relajaba un tanto—, vamos a mi despacho, hablaremos con más tranquilidad que en el pasillo y sin miradas curiosas.

Mientras la guiaba por el largo corredor Sarah pensó como le plantearía la cruda verdad a Megan. No iba a ser fácil exponerle algunas cosas pero estaba segura que si no lo hacía ella, Colt tampoco lo haría. Le dedicó una mirada de soslayo a la mujer que la acompañaba silenciosa, aquella chica estaba enamorada y profundamente dolida. Y Colt había sido un verdadero hijo de puta, con razón o sin ella, se había comportado como un cabrón si le había hecho creer que eran amantes. Al llegar a una de las puertas la abrió y se ladeó para permitirle la entrada.

—Pasa y siéntate —cerró la puerta a sus espaldas—, ¿te apetece algo de beber o comer?
—No nada —se sentó en una de las sillas—, di lo que tengas que decir, tengo prisa.
—Un segundo —pulsó el interfono de encima de la mesa y dio orden que nadie la molestara.

Megan estudió el despacho, no era una habitación grande, constaba de un par de sillas oscuras, un escritorio con ordenador, un archivador metálico y varias estanterías con algunas carpetas, una ventana por la que la brillante luz del sol entraba a raudales y un enorme ficus en un rincón, las paredes estaban desnudas excepto por unos cuantos dibujos infantiles pegados con papel celo. Parpadeó confusa al ver los garabatos, pero no dijo nada.

—Lo cierto es que no sé por donde empezar —murmuró Sarah sentándose a su lado.
—Por el principio –miró su reloj impaciente—, no tengo mucho tiempo.
—De acuerdo, antes que nada quiero mostrarte algo —se inclinó hacia delante y tomó un porta fotos que descansaba sobre su escritorio y se lo tendió—, quiero presentarte a mi familia, son mi marido y mis mellizos.

Megan reconoció al hombre que miraba sonriente desde el retrato, era el joven que la interceptó en la puerta, en la fotografía se mostraba sosteniendo a dos pequeños de unos 5 años, rubio uno y moreno el otro, sus grandes ojos azules estaban llenos de amor y orgullo. Una punzada de envidia la recorrió al ver a los niños.

-Muy guapos —le devolvió la foto y se percató como la chica sonreía al deslizar la vista por ella—, ¿no entiendo que tiene eso que ver con Colt?
—Nada y todo —dejó el marco en su lugar y la miró—, amo a Tom y a mis "bebés" más que a nada en el mundo, no haría nada que pudiera hacerles daño a ninguno de ellos, nada—, se detuvo un instante y suspiró—. Colt me presentó a Tom hace unos 10 años, desde el mismo momento que lo vi supe que era él, que jamás habría nadie más que él para mí.
—Muy romántico…
—Sé que no te importa lo que te estoy diciendo —sonrió comprensiva—, pero lo hago para que sepas que no arriesgaría lo que comparto con ese hombre por nada del mundo. Tom y mis hijos son mi mundo, mi razón de ser.
—Me alegro por ti –se removió en la silla impaciente—, de veras.
—Megan, entre Colt y yo no hay más que una sólida amistad forjada a lo largo de los años —respiró profundamente—. Él me ayudó a salir de la miseria de la reserva, pagó mis estudios, me apoyó en los momentos difíciles, me dio la oportunidad de convertirme en lo que soy. Si no hubiese sido por Colt, ahora no sería más que una india sin futuro, sin familia…
—Muy interesante —cortó poniéndose en pie—, me gustaría seguir escuchándote pero debo irme.
—Colt iba a regresar a tu lado —espetó al verla dirigirse hacia la salida—, no hablaba de otra cosa que no fuera volver a ti en los días que permaneció en el hospital.
—¿Hospital? —detuvo la mano en el pomo de la puerta y se volteó sorprendida—, me dijo que venía por negocios.
—Sí, lo sé —asintió irguiéndose—, no quería preocuparte, después de todo iban a ser unos pocos días.

Megan caminó hacia la silla y se dejó caer, alzó los ojos hacia ella, confusos, interrogantes.

-Cuando estuvisteis aquí juntos, Colt fue a visitar a su médico ya que al parecer tenía algunas molestias, nada importante —continuó Sarah—, o eso creyó, tras varios infructuosos diagnósticos al fin se dieron cuenta que lo que realmente tenía era Sacroileítis.
—Sacro… -abrió los ojos, no tenía ni idea que era esa enfermedad, pero el nombre sonaba aterrador—. Oh, Dios mío.
-Aunque tiene un nombre espantoso no es un mal tan grave, con antiinflamatorios, analgésicos y fisioterapia se cura sin dejar secuelas —sonrió sin que la alegría llegara a sus ojos—, el problema es que si no se hace un análisis o una biopsia, los síntomas se pueden confundir con una hernia, ciática… y Colt ha tenido muchas lesiones, por lo que en un principio se le trató equivocadamente.

Sarah se paseó por la habitación sin apartar la vista de Megan, su rostro se había quedado blanco y se retorcía las manos nerviosamente sobre el regazo.

—Una vez que dieron con lo que realmente lo afectaba se le cambió el tratamiento —se acercó hasta ella y posó una mano en su hombro—, permaneció unos días en el hospital debido a una pequeña infección y después lo llevé a mi casa, soy fisioterapeuta—, aclaró—, allí tengo un pequeño gimnasio bien equipado y podía continuar perfectamente la rehabilitación, él…
—Continua por favor —terció Megan al percatarse que había más.
—Colt trabajó muy duro, día tras día, había noches en que acababa tan agotado que Tom debía acompañarlo a la cama —le dio la espalda rápidamente, pero a Megan no se le pasó por alto la tristeza que había en su cara, ni tampoco en su voz—, se esforzaba al límite, maldita sea.
—¿Se esforzaba? —un escalofrío de miedo le recorrió la espina dorsal—. ¿Qué estás ocultándome?
—Lo siento Megan, no puedo decirte nada más –se arrodilló frente a ella—, tal vez ni siquiera debí contarte esto, Colt se va a enfadar mucho cuando se entere, pero creí que era justo que lo supieras.
—¿Está enfermo? —se puso en pie de un salto, Sarah desvió la vista—, es eso, ¿qué tiene? Por favor.
—Ya he hablado demasiado —contestó la mujer alzándose—, ahora será mejor que continúe con mi trabajo.
—No puedes soltarme algo así y después irte como si nada —le gritó Megan—, necesito saber que está pasando.
—Habla con Colt —Sarah estuvo a punto de seguir hablando al ver el rostro compungido de Megan, pero se mordió los labios, fue hacia la puerta y salió.

Permaneció sola en el despacho unos minutos más, sentada y con la vista clavada en un punto en la pared, haciéndose preguntas y dándose contestaciones a cual de ellas más tétricas, desde que Colt tenía un cáncer terminal hasta que todo era una burda mentira para burlarse de ella, desechó esto último, nadie podía ser tan cruel para decir algo así y Sarah parecía totalmente afectada contándole aquella confusa historia. Se levantó y abandonó la habitación. Cerró tras ella y comenzó a caminar por el largo pasillo, era una tontería seguir atormentándose cuando alguien tenía todas las respuestas a sus dudas. Se paró frente a una puerta, si su sentido de la orientación no la engañaba era la del despacho de Colt. Iba a llamar pero bajó la mano al pomo y abrió.


Tan pronto como Megan dejó su compañía, Colt se sintió el más miserable de los hombres. Había escupido cada una de sus palabras con intención de golpearla, humillarla y herirla en lo más profundo de su alma y por cada una de sus reacciones sabía que había dado en el blanco. Era lo que quería mas a pesar de su logro, no se sentía especialmente bien, por el contrario su corazón se encogía apretado por el dolor y la culpa.
Abrió el cajón superior derecho de su escritorio, levantó unos cuantos papeles y sacó el marco de plata que guardaba con tanto celo. Al otro lado del cristal el rostro feliz de Megan le sonreía mientras apoyaba la cabeza en su pecho y la sostenía entre sus brazos. Deslizó un dedo por la foto soñador.
Megan no tenía ni idea lo que había sentido al verla allí delante, ni se imaginaba la oleada de amor que lo había recorrido al volver a ver sus preciosos ojos fijos en él, el deseo que endureció su cuerpo, la pasión que hizo hervir su sangre imaginándola desnuda debajo de él, las ganas de abalanzarse sobre ella y hacerla suya una y otra vez, hasta oírla gritar su nombre mientras volaba entre sus brazos.
Sintiendo que le faltaba el aire aspiró profundamente, el sutil perfume de su esposa aún flotaba en el aire y le llenó la nariz y la cabeza de recuerdos que conservaría para siempre como un tesoro.
Por encima de la camisa acarició la alianza que llevaba colgada en una cadena y que descansaba sobre su pecho, el anillo que lo unía a una mujer, a la única que había amado y que sería capaz de amar hasta su último aliento.
Se giró y se puso cara a la ventana, pestañeó al sentir los ojos arderle y cuajarse de lágrimas al comparar el rostro que lo miraba y el que había visto en aquella habitación un rato antes. Si el dolor y la angustia tuvieran cara sin duda había sido la de su mujer. Si el odio tuviera un nombre sería el suyo al escuchar que se alegraba que su hijo no hubiese nacido, jamás olvidaría su expresión de dolor tras oírle afirmar su satisfacción al saber que había perdido a su bebé. Pero lo que Megan nunca sabría era la amargura que le supuso saber que su pequeño se malogró, aquello sería como un puñal clavado hasta el fondo de su alma. Lo que jamás conocería era que cada una de las palabras de desdén que salieron por su boca era una verdadera agonía para él, que le costó toda su fuerza de voluntad hacer que lo detestara, el martirio que sufrió al ver por fin el asco y el desprecio en sus bonitos y dulces ojos.
Una lágrima cayó y resbaló por el cristal. Había conseguido alejarla para siempre de su lado, estaba seguro que no volvería a verla jamás. Había ganado, pero el sabor de la victoria le amargaba la garganta como bilis. Había hecho lo correcto, lo sabía, a pesar de que el precio que ambos pagaban era muy alto.
Se secó las húmedas mejillas cuando oyó la puerta abrirse, sin duda era su amiga para interesarse por él.

-Ahora no Sarah –hizo un gesto con la mano sin volverse—, necesito estar solo.

Sabía que no la esperaba de vuelta, pero se sintió furiosa al ver que sí aguardaba a Sarah, cerró la puerta con todas sus fuerzas y con pasos largos cruzó la estancia hacia donde él le daba la espalda dispuesta a enfrentarlo, las palabras murieron en su garganta tan pronto estuvo a su lado.

Irritado con Sarah por no respetar su intimidad y sus deseos de soledad alzó la cabeza para encontrarse con un rostro descompuesto.

—¡Megan! —se levantó al ver la palidez de su rostro—. ¡Megan!


Continuará...

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